Beta (Serie Alfa, Beta y Omega nº 9) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

VETE

Dardo apretó los dientes.

Caricias. Claro que Dardo sabían lo que eran. Él mismo acariciaba al cachorro todas las noches antes de dormir. Era el único. Pero jamás las había sentido en su propia piel. Y le gustaban. Le gustaban mucho, y más si venían de las manos de ese Beta sin olor al que su cabeza había decidido eliminar.

Su frente estaba apoyada contra el hombro y el cabello de Helia. Frotó su cabeza, gruñó. Las manos de Helia seguían atrapadas entre las suyas. Dardo observó sus dedos durante varios segundos.

No entendía nada.

Era la primera vez en toda su vida que no quería empujar a la persona que le ponía las manos encima ni despedazarla. Y su lobo parecía estar de acuerdo con él.

Helia volvió a mover ligeramente las muñecas.

—Dardo —repitió su nombre, el cuál acababa de descubrir—. Tienes que soltarme.

—No quiero —habló el Alfa.

Claro que no quería. ¿Por qué iba a soltarlo?

—Pero es que me estás haciendo daño.

Dardo aflojó su agarre.

—Ya —gruñó.

—Al menos deja que suba mis manos. No están en un sitio apropiado.

Dardo levantó la cabeza de su hombro. ¿A qué se refería con sitio no apropiado?

Miró hacia dónde Dardo mantenía sus manos sujetas.

Bajo su ombligo, rozando la cintura del pantalón azul de paciente que le obligaba a llevar.

Y junto a su polla que debido a esas caricias había decidido que era el momento de hincharse y salir a saludar.

El Alfa frunció el ceño, confundido de nuevo.

¿Por qué estaba así? Hacia mucho tiempo que su polla se había rendido. En el circo no había hueco para sentirse bien. Su cuerpo había eliminado esa necesitad tan tonta de reproducirse para concentrarse en sobrevivir, pero ahora...

Dardo soltó las muñecas de Helia de golpe.

—Vete —le gruñó.

—¿Eh?

—Vete de aquí, a menos que quieras disfrutar del espectáculo. No me importa —Dardo se metió la mano en los pantalones sin poder aguantar más.

Los ojos de Helia se abrieron como platos, se levantó rápido y empezó a recoger todas sus cosas tiradas por el suelo.

Dardo gruñó apretando su polla y sacándola del pantalón sin ninguna vergüenza.

—Deja la bata.

El Beta asintió. Antes de que se marchara apresuradamente Dardo puso ver sus malditas mejillas coloradas.

Agarró la bata del suelo y se la llevó a la nariz.

Insultó al aire. Olía a limpio, a algo dulce que aún no conseguía distinguir y que le hacia volar la cabeza.

¿Por que demonios no podía olerla? ¿Era por ser Beta?

¿Por qué tenía que ser Beta? ¿Habría algún lugar en su cuerpo en el que si tendría olor?

Dardo registró toda la bata con su nariz.

Gruñó. Se enfadó y se llevó la bata a la polla.

Si ese Beta no olía a nada, Dardo haría que oliera a él.

Se masturbó alrededor de la impoluta tela blanca y se aseguró de correrse en ella mientras pensaba en el cabello suelto de Helia y en sus manos sobre su cabeza.

Mierda. La próxima vez no lo dejaría salir de ahí.

***

Helia sentía el rostro colorado mientras escuchaba tras la puerta.

¿Por qué se había quedado ahí? No había sido su intención causar esa reacción en Dardo, tampoco quedarse a escucharlo a través de la puerta y mucho menos en dejar su bata, sabiendo perfectamente para qué iba a usarla.

¿En qué diablos estaba pensando? Era Dardo.

El lobo al que acababan de rescatar. El niño perdido.

El niño del que Helia no había podido cuidar bien.

Helia sacudió la cabeza, y menos mal que escuchó la puerta de la cabaña abrirse y la campanilla que colgaba del techo. Despegó los pies del suelo y se arregló de forma inconsciente la camiseta esperando enfriar su mente y rostro.

—¿Hola? ¿Helia?

—Voy —se apresuró a responder por el pasillo—. Hola —saludó Helia al Alfa que acababa de entrar y que permanecía en el centro de la sala —¿Ha pasado algo? ¿Estás bien?

—Sí. Sólo pasaba por aquí cerca y me he acordado de que se me olvidó cogerle cita a Sean para su próxima revisión.

—¿A las cinco de la madrugada? —preguntó Helia, enarcando una ceja.

El Alfa sonrió. Se llamaba Atlas, era el padre del pequeño Omega Sean, y estaba recién divorciado.

Su ex mujer y él tenían la custodia compartida del pequeño.

Atlas era el tatuador oficial de la manada, y no hacía falta que lo dijera.

Todo su cuerpo estaba cubierto de líneas, dibujos y sombras, incluso en su mejilla, justo al lado de su oído tenía una rosa pequeña con un tallo tatuado.

Su aspecto podría resultar amenazante, pero una vez que lo conocías, Atlas era el lobo Alfa más dulce que Helia había tenido la oportunidad de conocer.

Atlas esbozó una sonrisa, se rascó la nuca y se pasó la mano por el cabello rubio.

—De acuerdo. No he venido por eso —Atlas se acercó, le sacaba fácilmente una cabeza—. He escuchado las últimas noticias y quería saber cómo estabas.

—Gracias. Estoy bien.

—¿Seguro? No imagino lo complicado que te debe estar resultando.

—Es más difícil para Dardo.

—Claro, también —Atlas se aclaró la voz—. Espero que se esté recuperando pronto, y bueno, ahora que ha regresado y que ya no necesitas seguir en su casa me gustaría que te replantearas el venir a vivir conmigo, y bajo mi protección.

Helia desvió la mirada del Alfa.

—No sé si...

—Sé que el proceso de Dardo será lento, y que necesitará de la ayuda de todos.

Imagino que querrás asegurarte de que está totalmente adaptado antes de que viva por su cuenta.

No tengo prisa, ¿de acuerdo? —Atlas levantó una mano, le apartó un mechón del rostro y eso se sintió completamente diferente a cuando Dardo lo hizo—.

Pero me gustaría que pensaras mi oferta.

Sin segundas intenciones. Sé que muchos lobos te han estado cortejando y molestando, Sean te adora, yo también y tengo una habitación libre.

Helia mostró una de sus mejores sonrisas fingidas.

—Gracias, Atlas. Pero no quiero que nuestra amistad se vea afectada por esto, tomar a un lobo bajo tu protección podría dar a malentendidos.

—No me importa.

Helia sacudió la cabeza.

—Lo hará cuando encuentres a tu pareja. En serio, yo mismo puedo solo con esos lobos molestos. Muchas gracias de nuevo por la visita, y agendaré ahora mismo la revisión de Sean.

Atlas suspiró.

—Tenía que intentarlo. Espero no haber irrumpido tu noche.

—No te preocupes. Buenas noches.