Beta (Serie Alfa, Beta y Omega nº 9) CAPÍTULO 8
17%

CAPÍTULO 8

OMEGA

Helia se quedó inmóvil durante un segundo. ¿Nervioso? ¿Estaba nervioso? Claro que no. Helia nunca se ponía nervioso.

—¿Por qué me pondrías nervioso? —respondió.

Los dedos de Dardo seguían sujetando el mechón de cabello que había escapado de su oreja. Lo sentía en la base de su cráneo como si ese mínimo toque enviara pequeñas descargas a través de las hebras de su cabello.

—Dímelo tú. Te tiemblan las manos.

Helia llevó la vista inmediatamente hacia el abdomen de Dardo. Los tres arañazos ahí habían sido superficiales, ni siquiera necesitaba que los limpiara ni que le colocara ninguna venda a diferencia de los del brazo, pero... pero no podía volver a verlo herido. Ni aunque fuera un diminuto rasguño.

El torso de Dardo estaba cubierto de cicatrices. No habían tantas como el desastre que tenía en su espalda, pero sí las suficientes como para que a Helia se le encogiera todo el cuerpo de dolor.

Lo único que le consolaba un poco, era que ninguna de ellas parecía reciente.

Todas estaban cicatrizadas, incluso la más grande que le cruzaba el torso como si se tratara de un cinturón de seguridad.

En su abdomen, eran más finas, y algunas bajaban por el dobladillo del pantalón hacia sus muslos y pelvis.

Helia apretó con fuerza el algodón.

—Acabo de tomar café —le respondió finalmente.

Dardo no respondió. El Beta sentía su mirada fija en él, sus dedos en el cabello. ¿Por qué lo seguía observando tanto?

Helia tuvo el impulso de lamerse los labios, de apartarse, de marcharse.

No lo hizo.

—Caleb quiere venir a hablar contigo mañana. Te va hacer algunas preguntas sobre lo que recuerdas y también vendrá Hayden para tomarte declaración.

Dardo gruñó muy bajo.

—Ese es el humano que me capturó y me separó del cachorro.

—Necesitan un testimonio para el juicio contra tus raptores.

Helia vio como el que temblaba ahora era Dardo. Sin embargo, dudaba que fuera de nervios. Más bien era rabia.

—No es necesario que sea ahora, puedo pedirles que vengan otro día —añadió Helia dejando a un lado el algodón y cerrando la caja de primeros auxilios.

—Quiero hablar con él.

Helia parpadeó.

—¿Con Hayden?

—Sí —masculló, su voz un tono más bajo con la mandíbula apretada.

El cachorro levantó la cabeza desde las piernas de Helia, como si también hubiera percibido el cambio en la atmósfera. Dardo soltó finalmente su cabello. Su mano cayó sobre su propia rodilla y los nudillos crujieron cuando cerró el puño.

—¿Estás seguro? ¿Recuerdas que Hayden fue quién te trajo aquí? Él no te hizo daño. Tuvo que separarte del cachorro para darle de comer.

—Lo sé.

—No intentarás hacerle daño, ¿cierto?

Dardo levantó la vista hacia él. Aún le costaba creer que ese hombre era el niño con el que jugaba al escondite por la clínica.

Helia recordaba sus manos pequeñas llenas de raspones.

Rodillas siempre heridas. Un cachorro testarudo que aparecía siempre cubierto de barro después de pelearse con media manada.

Ahora tenía delante a alguien que parecía capaz de partirle el cuello a un oso con las manos desnudas. La diferencia era tan grande que resultaba absurda.

—No —respondió Dardo finalmente.

La manada tenía normas estrictas contra la violencia hacia los humanos. Esperaba que Dardo realmente se comportara con Hayden. Echó un vistazo al cachorro que seguía durmiendo e hizo el amago de levantarse para dejarlos descansar cuando Dardo lo agarró de la muñeca.

—¿Qué ocurre? —preguntó el Beta.

Dardo no respondió enseguida.

Sus ojos oscuros bajaron hacia la mano que aún sujetaba, como si tampoco entendiera por qué lo había detenido.

—¿Tienes más pacientes?

—Eres el único ahora mismo.

Dardo tiró de su muñeca hasta que la mano de Helia volvió a tocar el suelo y el Beta estuvo sentado otra vez en el mismo lugar. Dardo no le respondió pero Helia entendió a la perfección sus acciones.

Quería que se quedara.

—El cachorro se ha vuelto a dormir, ¿por qué no descansas tú un rato también? Si necesitas que me quede, lo haré.

Dardo le gruñó bajo. Agarró de nuevo su cabello y ésta vez su trenza y la deshizo. Helia no sabía por qué el lobo Alfa tenía tanta fijación con la trenza.

La goma cayó al suelo. Los mechones oscuros se deslizaron por sus hombros y espalda. Y Dardo soltó un sonido satisfecho. Luego, agarró el cuello de la bata blanca y la bajó de un tirón hacia sus brazos.

—¡Dardo! —exclamó Helia—¿Qué hac...?

—Quítatela.

—No me la puedo quitar cuando quiera.

—Has dicho que ya no tenías más pacientes. Quítatela —volvió a ordenar en tono Alfa.

Helia no era un Omega. Helia no tenía por qué obedecer a Dardo, pero lo hizo, y la bata blanca acabó hecha una bola en el suelo.

Luego, Dardo volvió a tirar de él hacia el hueco de su derecha, entre el cachorro y él.

Tan apretado entre los dos que Helia tuvo que encoger los hombros para evitar rozar los del Alfa.

Dardo observó el espacio entre ambos durante un segundo, tiró de nuevo. Más cerca. El hombro de Dardo casi encima del suyo.

—¿Qué?

—Duérmete.

Helia parpadeó.

Una persona normal habría elegido la cama. Alguien con una vida normal estaría ahora mismo en la cama. Pero Dardo lo había encajado entre la pared y su cuerpo y el del cachorro. Dentro de su círculo de protección.

¿Cómo Helia le explicaba que ya no hacía falta que hiciera eso? ¿Qué nadie en la manada le iba hacer daño? Que todo era seguro. Que el cachorro estaba seguro. Y él también.

—A lo mejor estás más cómodo en la cama —sugirió Helia.

Dardo ni siquiera miró la cama. Como si no existiera.

—No —respondió.

—Seguro que es más cómoda.

—No.

—Y al cachorro le gusta.

—No.

Helia soltó un suspiro.

—Dardo, así no funcionan las conversaciones. No puedes darme la misma respuesta todo el rato.

Dardo lo ignoró por completo. Empezaba a odiar que hiciera eso.

Helia apoyó la cabeza contra la pared. Tenía el hombro derecho atrapado entre Dardo y el cachorro, y empezaba a sospechar que ninguno de los dos pensaba moverse.

El cachorro seguía profundamente dormido. Había terminado con la cabeza apoyada sobre el muslo de Helia y una de sus pequeñas patas descansaba encima de su rodilla.

Helia empezó a acariciarle con la punta de los dedos.

Creía que ya no volvería a tener una conversación normal con Dardo y sus ojos empezaron a entrecerrarse.

—Nació en el circo.

Helia abrió los ojos, para mirarlo. Dardo tenía la cabeza casi gacha, observando sus manos mientras las abría y cerraba. No dijo nada, esperó a que el Alfa estuviera preparado para seguir.

—Su madre era una loba del circo —continuó después de varios segundos.—La utilizaban para criar. Cada vez que tenía una camada, se llevaban a los cachorros. Los vendían, o los mataban por diversión.

Los dedos de Helia se detuvieron sobre la cabeza del pequeño.

—La metieron en mi celda. Creían que si tenía contacto que una hembra embarazada o con sus cachorros me volvería más... dócil.

—Pero no es así. Los lobos, y más los Alfas tan dominantes siempre tienen a proteger a los más débiles de la manada.

—Ellos no se preocupaban por aprender sobre nosotros. Si algo no funcionaba, se lo quitaban del medio sin hacer preguntas. Cuando la loba dio a luz, me volví más agresivo. Entraron una noche para llevarse los cachorros.

Helia sabía que no le iba a gustar lo que ocurrió a continuación, pero se mantuvo frío. Quieto. Tranquilo.

—Intenté que no se los llevaran. Eran tres.

Dos hembras muy pequeñas y él. Me golpearon con todo lo que tenían hasta que perdí el conocimiento.

Cuando volví a despertar se habían llevado a las hembras, y el cachorro estaba enredado entre mis patas llorando.

Nunca supe por qué lo dejaron conmigo. Quizá para amenazarme o controlarme más, pero no les funcionó durante mucho tiempo.

Helia asintió con la cabeza. Recordaba las palabras de Hayden, el plan de esos hombres era asesinar a Dardo y al pequeño la misma noche que fueron rescatados, ya que el Alfa se había vuelto demasiado agresivo e incontrolable.

—¿Entendías lo que estaba pasando? —le preguntó Helia. Le dolían las costillas. La garganta. Los hombros. El estómago.

—Algunas veces.

—¿Llegaste a tener contacto con otros lobos?

Dardo negó.

—La mayoría eran animales salvajes. Creo que a parte de mí y de la hembra, no habían más. A ella la cruzaban con lobos normales, por eso las crías no les servían.

Helia echó un vistazo al cachorro, volvió a acariciarle la cabeza.

—Es un Omega, ¿sabes? —habló Helia después de unos minutos en silencio—.

Los análisis llegaron hace un rato. Tiene un pequeño problema de hierro en sangre, vitaminas y presenta un poco de desnutrición, pero con respecto al resto está sano.

Creo que tiene al rededor de cinco años, y parece más pequeño que los de su edad.

Quizá por no haber sido alimentado adecuadamente.

Dardo asintió con la cabeza. Tenía la mandíbula tan apretada que a Helia le dieron ganas de levantar la mano y masajearle el hueso.

—Pero crecerá —añadió rápidamente—. Su cuerpo está respondiendo bien a la manada y está ganando peso. Quizá no tarde mucho en cambiar.

Dardo hizo el mismo movimiento con la cabeza.

Helia no quería dejarlo así.

—¿Has pensado ya en un nombre?

—Aún no.

—No podemos llamarlo siempre cachorro. ¿Quieres que te ayude a buscar uno?

Dardo giró la cabeza hacia él. Sus ojos parecían agotados.

Helia levantó la mano, casi tan lento y suave que parecía estar a cámara lenta.

Dudó en si acercar sus dedos o no al rostro del Alfa.

No sabía cómo podía reaccionar, pero necesitaba darle un poco de su apoyo.

Sólo un poco. Colocó la palma de la mano sobre la mejilla de Dardo, y sus dedos le acariciaron el pómulo.

La primera reacción de Dardo fue fruncir el ceño y gruñir.

—No pasa nada. Es sólo una caricia —susurró Helia. La otra mano seguía entre las orejas del cachorro —. Al pequeño le gustan.

¿Alguna vez en aquel infierno alguien le había mostrado un poco de cariño? ¿O sólo conocía los golpes?

Al ver que Dardo no se apartaba, Helia siguió acariciando. Despacio. Sin prisas. Como hacía con los cachorros asustados que llegaban a la clínica después de una pelea.

Su pulgar recorrió el pómulo áspero del Alfa. La barba apenas comenzaba a crecer de nuevo y pinchaba ligeramente contra su piel. Debajo de ella, la mandíbula seguía tan rígida que parecía esculpida en piedra.

Helia se trasladó a ese punto tan tenso que antes había querido relajar, junto a su oído.

—¿Tienes sueño? —le preguntó Helia.

Dardo negó con la cabeza. Helia lo escuchó tragar saliva, sus pupilas se dilataron y el Beta pudo sentir el sutil cambio de feromonas en la habitación.

Se estaba sintiendo cómodo. Bien.

Su pulgar siguió recorriendo despacio la línea de su mandíbula y entonces ocurrió algo que Helia no esperaba. De forma lenta, como si el propio Dardo tampoco fiera consciente de ello, la cabeza del Alfa descendió un poco más contra su mano.

Dardo volvió a fruncir el ceño, a gruñir bajo. Su mejilla se frotó en su palma, como si estuviera aprendiendo algo completamente nuevo, como si su cuerpo hubiera descubierto por primera vez que una mano podía servir para algo más que para hacer daño.

El pecho de Helia se encogió dolorosamente.

Dardo lo agarró entonces de la muñeca. Su rostro giró, su nariz se frotó en la palma, luego su otra mejilla, la frente, los labios. Helia dejó de acariciar al cachorro dormido para llevar la otra mano al rostro del Alfa.

Dardo seguía con el ceño fruncido. Como si no entendiera del todo lo que estaba pasando.

Su agarre se endureció, sus dedos eran tan grandes que prácticamente le cubrían toda la muñeca.

Helia podía sentir el calor de su piel, las callosidades acumuladas durante años y la ligera tensión que todavía permanecía en sus músculos.

Dardo parecía incapaz de relajarse del todo.

Como si cada fibra de su cuerpo hubiera sido entrenada para mantenerse alerta incluso cuando ya no existía ningún peligro.

Su rostro volvió a girarse contra la palma de Helia. Despacio. Con cautela. La nariz rozó su piel. Una vez. Después otra. El Alfa inspiró profundamente.

Helia tragó saliva.

Sus dedos se deslizaron entre el cabello corto del Alfa. Le acarició los laterales, las orejas cuyas puntas habían sido cortadas, volvió a sus mejillas con ambas manos y de nuevo tras las orejas.

Dardo soltó un sonido más grave. Su mano libre salió disparada hacia la otra muñeca de Helia, y pasó de acariciarlo a que el Alfa moviera sus manos a su antojo.

Helia apenas tuvo tiempo de reaccionar.

Dardo tomó una de sus manos y la presionó contra el centro de su torso.

Los músculos de su pecho apretados y tensos bajo la piel marcada por las cicatrices.

Llevó la otra mano a su costado. No parecía hacerlo con ninguna intención concreta, más bien como un animal que intentaba comprender una sensación nueva.

Con ceño fruncido, los labios apretados y los fijos en las manos y dedos de Helia.

Tiró de su mano bajo. Más abajo hacia su abdomen.

—Dardo...—susurró Helia—. Espera.

El Alfa no respondió. Su cabeza descendió un poco más. Su frente terminó apoyándose contra el hombro de Helia. El enorme cuerpo se inclinó apenas unos centímetros, pero fue suficiente para que el Beta notara cuánto pesaba realmente.

—Suéltame, Dardo.

Dardo le gruñó.

No le estaba haciendo daño, pero no le gustaba el lugar hacia dónde el Alfa le estaba llevando las manos.

—¿Dardo? ¿Me estás escuchando?