CAPÍTULO 7
¿TE PONGO NERVIOSO?
Dardo no podía dormir. La clínica estaba en completo silencio.
Había abierto un poco la ventana para que entrara el aire de la noche y, aún así, seguía sintiéndose atrapado entre aquellas cuatro paredes.
La brisa nocturna se colaba por la rendija moviendo las cortinas y llevando consigo el olor húmedo del bosque. Tierra mojada. Hierba.
El Alfa tomó una buena respiración.
Aún no lo habían dejado salir fuera, Helia le había dicho que su cuerpo tenía que coger fuerzas, que debía descansar, bajar el estado de alarma con el que estaba acostumbrado a vivir.
Y la verdad era que aún no podía creer el giro que había dado su vida, y dudaba de si algún día podría acostumbrarse a esa sensación de... de tranquilidad.
Dardo estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared junto a la cama.
Una de sus piernas dobladas mientras que la otra permanecía estirada.
Había intentado meterse en la cama y acostarse en ella, pero le era imposible.
Su cuerpo se había acostumbrado a dormir en el suelo, y en sitios mucho peores que ese.
El colchón de la cama era demasiado blando.
Demasiado cálido y seguro.
Su cuerpo no confiaba en él.
Cada vez que cerraba los ojos sobre aquel colchón, una parte de él permanecía alerta, esperando un golpe. Esperando que alguien abriera la puerta, esperando que lo encadenaran de nuevo.
Sus ojos se desviaron hacia la pequeña bola peluda que dormía sobre las mantas.
Al menos, uno de ellos si que le daría uso a la cama.
El cachorro estaba completamente estirado, ocupando más espacio del que su diminuto cuerpo necesitaba. Una de sus patas colgaba por el borde de la cama y sus orejas se movían de vez en cuando mientras soñaba.
Dardo lo observó, sintiendo esa pequeña sensación de paz.
Lo había conseguido. Lo había mantenido seguro.
Había habido demasiadas ocasiones en las que pensó que lo perdería.
Muchas más de las que recordaba. Dardo se lo había dado todo.
Lo había protegido con uñas y dientes. Se había quitado su comida para dársela a él.
Lo había protegido de la lluvia, de los látigos, de la gente.
Se había peleado con otros animales. Con hombres. Con lobos.
Había matado por él.
Y volvería hacerlo.
Su mirada descendió hasta las pequeñas cicatrices que asomaban entre el pelaje marrón del cachorro.
Apenas se veían ahora que estaba más fuerte.
Helia había hecho un buen trabajo alimentándolo.
Los niños de la manada tampoco se separaban de él y siempre había alguno que venía a visitarlo a la clínica y a jugar con él.
El cachorro parecía feliz. Tranquilo. Aún le seguía resultando extraño, pero esperaba que el pequeño pudiera olvidar todo lo sucedido en el circo.
La mirada de Dardo fue hacia la puerta. Luego hacia la ventana. Y finalmente hacia la silla en la que Helia había estado sentado aquella tarde mientras le ponía por vena una bolsa anaranjada con suero y vitaminas por la que había estado insistiendo más de una hora.
Dardo gruñó bajo. O más bien lo hizo el lobo.
No entendía lo que pasaba.
No recordaba nada de Helia, ni de lo que él le contaba. Y sin embargo, su lobo actuaba como si ya lo conociera.
Era irritante. Confuso. Insoportable.
Lo había metido en su círculo de seguridad junto a la cría. Dardo nunca había aceptado a nadie más así, y eso que en circo la mayoría de los animales sufrían lo mismo que él, y su lobo nunca había protegido a ninguno. Pero con Helia...
El cachorro se removió sobre las mantas. Dardo levantó la cabeza de inmediato. Al principio sólo fue un pequeño gemido, pero pronto sus patas empezaron a moverse rápidamente, sus ojos se pusieron blancos, su respiración se aceleró y chilló.
Pesadilla.
Dardo se levantó llegó hasta la cama. Nunca sabía qué era lo mejor, si despertarlo de golpe o dejarlo en sus sueños hasta que se tranquilizara. Dardo eligió lo primero. No podía soportar que gritara. Era su debilidad.
Le acarició entre las orejas, lo sacudió suavemente sobre el lomo.
—Despierta —Dardo lo agarró con cuidado por los costados y lo sacudió.
El cachorro abrió los ojos de golpe, soltó un chillido aterrado y saltó sobre Dardo.
Las pequeñas garras se clavaron en su antebrazo.
Dardo lo sujetó con más fuerza, pero el cachorro volvió a arañarlo en el estómago intentando escapar.
Dardo finalmente lo dejó ir y la pequeña bola marrón salió disparada, se golpeó y tiró la silla al suelo, y corrió hasta la esquina más alejada de la habitación apretándose contra la pared.
Temblando, llorando y con las pequeñas orejas pegadas al cráneo.
Por primera vez desde que habían llegado a la manada, Dardo no supo qué hacer.
Había sabido alimentarlo.
Había sabido protegerlo.
Había sabido matar por él.
Pero no sabía cómo luchar contra los monstruos que aparecían cuando cerraba los ojos.
Dardo avanzó muy despacio hacia él. Agachándose.
—Ya está —murmuró con una voz áspera que apenas reconoció como suya—. Ya está.
El cachorro se encogió todavía más.
Sus pequeñas garras resbalaron contra el suelo intentando alejarse.
No lo reconocía.
Dardo sintió algo desagradable en el pecho. Escuchó entonces unos pasos apresurados al otro lado de la puerta, y un segundo después, Helia entró en la habitación de golpe.
La trenza de su cabello estaba despeinada. Varias hebras oscuras pegadas a la mejilla y la bata blanca más abrochada, torcida sobre una camiseta azul, una de las mangas incluso estaba doblada hasta el codo, como si se la hubiera puesto corriendo.
Sus ojos recorrieron la habitación; la cama vacía, el cachorro escondido, Dardo junto a la pared, las gotas de sangre del suelo.
—¿Qué ha pasado? —preguntó cruzando la habitación.
Dardo se puso ligeramente tenso cuando el Beta se acercó a la esquina, pero el cachorro reaccionó antes que él.
Un pequeño llanto escapó de su garganta.
Helia se acuclilló despacio.
—Eh... eh, pequeño...— su voz fue más suave—. Ya está. Todo ha pasado.
Helia extendió una mano con cuidado. No intentó tocarlo. Sólo la dejó allí.
Esperando.
—Estás a salvo —murmuró.
Dardo observó cómo el cachorro dejaba de llorar poco a poco, no del todo, pero sí lo suficiente para dejar de intentar esconderse dentro de la pared.
Helia permaneció agachado junto a él durante varios segundos más hasta que finalmente el pequeño dio un paso vacilante, luego otro y terminó metiendo la cabeza bajo la bata del Beta.
Helia soltó un suspiro.
—Eso es —susurró acariciándolo con la punta de sus dedos.
Dardo los observó sin decir nada.
El cachorro terminó acomodándose sobre las piernas del Beta, todavía temblaba, pero ya no lloraba.
Helia levantó entonces la mirada hacia él, y su sonrisa débil desapareció.
—Te ha arañado —dijo.
Dardo bajó la vista.
La sangre seguía descendiendo por su antebrazo.
No parecía gran cosa.
—Estoy bien.
Helia se incorporó.
—Quédate aquí.
—No necesito...
—Dardo —advirtió Helia y Dardo gruñó pero aceptó que fuera a buscar lo que quisiera para curarlo.
El cachorro esta vez si que reconoció su olor y buscó su mano y sus caricias haciéndose una pequeña bola junto a su muslo. Helia regresó con una pequeña caja que llevó hasta la esquina. Se sentó frente a él tan cerca que Dardo podía sentir de nuevo su olor.
Apretó la mandíbula con rabia cuando no pudo identificar qué cojones era.
—Dame el brazo.
Dardo no se movió.
Helia levantó una de sus finas cejas.
—Por favor, Dardo.
El médico parecía cansado. ¿Había dormido algo desde que ellos estaban ahí?
El Alfa terminó extendiendo su brazo de mala gana. Helia tomó su muñeca con cuidado, como si temiera hacerle daño, y empezó a limpiar la sangre con un algodón mojado que le hacía picar la piel.
—Ha tenido una pesadilla —habló Helia finalmente.
—Lo sé.
—Lleva varias esta semana, creía que una vez que tú despertaras dejaría de sufrirlas.
Dardo observó cómo los dedos del Beta trabajaban sobre su brazo. Sus manos eran pequeñas. Delgadas. Pálidas.
—Siempre las ha tenido.
Helia levanto la vista. Un mechón le cruzaba el rostro.
—Espero que su vida aquí cambie eso. ¿Puedo preguntar cómo has terminado con él?
Dardo deseó apartar la mirada. No quería hablar de ello. Sin embargo, no podía apartar los ojos del perfecto rostro del Beta.
¿Por qué lo fascinaba tanto? ¿Qué tenía? Sólo era un Beta paliducho con el cabello desordenado, la bata mal colocada y sombras oscuras bajo sus ojos. Debería parecer corriente. Y aun así no era capaz de encontrar nada corriente en él.
Sus labios tenían un rosa pálido, sus ojos lucían tristes. Bajo sus mejillas había un pequeño tinte rosáceo, y su piel brillaba sin ninguna maldita imperfección.
Dardo quiso morderlo.
—No tienes que responder si no quieres —añadió Helia al ver que el silencio se alargaba.
Terminó de limpiar la sangre de su brazo y empezó a rodearlo con una venda nueva.
Dardo miró de nuevo el movimiento de sus dedos.
—Quita el otro brazo. También te ha arañado el estómago.
Dardo gruñó, pero le hizo caso. Y el Beta se inclinó un poco sobre su abdomen.
—No son tan profundos. Si hubieras llevado una camiseta.
—Me molesta la ropa.
El pantalón medianamente podía llevarlo, pero la camiseta le tiraba de todas partes cada vez que usaba sus brazos o giraba la cabeza. No lo aguantaba.
Helia volvió a empapar el algodón, a pasarlo por los arañazos. El mechón seguía cayendo por la mitad de su rostro. Uno. Dos. Tres. Dardo agarró el trozo de pelo largo entre sus dedos. Helia seguía trabajando en su piel, pero el Alfa vio como sus manos empezaban a temblar muy débilmente.
—¿Te pongo nervioso? —acabó preguntando Dardo.