CAPÍTULO 6
INTENTO
El sonido del agua seguía cayendo sobre la ducha.
Helia estaba sentado en el borde de la cama, con el cachorro dormido sobre sus piernas, roncando suavemente.
Esta semana había sido muy complicada para él, el pequeño se negaba a cambiar de aspecto, o no sabía hacerlo.
No tenía feromonas, por lo que Helia creía que se trataba de un Beta, pero aún necesitaban un poco de sangre para asegurarlo.
De momento, Helia no lo quería estresar, Dardo acababa de despertar y necesitaban volver a estar juntos como la familia que los dos eran.
Helia volvió la mirada a la puerta del baño.
Dardo la había dejado medio abierta, lo más probable para asegurarse de que el cachorro seguía en la cama y estaba bien.
El cachorro gimió en sueños y Helia acarició entre sus orejas.
El agua se detuvo. Un par de segundos después, la puerta terminó de abrirse de golpe.
Helia deseó no haber estado mirando en ese instante.
Dardo estaba completamente desnudo. El cabello corto estaba completamente empapado, su piel relucía limpia y las gotas se deslizaban por cada centímetro de su cuerpo.
Su larga y espesa barba había desaparecido, dejando al descubierto una mandíbula marcada, unos labios mullidos y unos pómulos afilados.
Aunque seguía delgado, su cuerpo era una obra de músculo y cicatrices.
Helia se atragantó con su propia respiración y se levantó de golpe.
—La ropa —exclamó bajo, para no despertar al cachorro—. Está en el perchero, detrás de la puerta. Y también hay una toalla, ¿es que ni siquiera te has secado?
Helia se metió en el baño para señalar y asegurarse que había entendido dónde estaba cada cosa.
—No —respondió Dardo.
Helia cogió la toalla y tuvo que ponerse de puntillas para llegar a la cabeza del Alfa y frotarla contra su cabello quitándole parte del agua. Se concentró en mirar hacia arriba. Al techo. A cualquier parte excepto a él.
—¿Tiene nombre?
La mandíbula de Dardo se tensó.
—En el circo lo llamaban Pinki, porque es pequeño y atraía a la gente. Pero no quiero que crezca con ese recuerdo.
—Puedes pensar en un nombre nuevo —aconsejó Helia. Dejó de mirar a la pared del techo para bajar la vista a los hombros del Alfa.
Siguió secando. Lo rodeó para llegar a su espalda y se quedó más que petrificado.
Ya había visto parte de sus cicatrices. Después de que se desmayara, Helia le realizó con Suni un examen más que exahustivo, se aseguraron de vendar sus costillas, y curar sus viejos cortes, pero no reparó en las viejas cicatrices.
Su espalda...
Su espalda estaba plagada de ellas. Cortes largos y finos, otros más gruesos. Marcas irregulares. Y...
—Sacaban los látigos cuando querían un buen espectáculo —Dardo arrancó los pantalones de la puerta y se los colocó de forma brusca, luego, hizo lo mismo con la camiseta.
A Helia le ardían los ojos de rabia. Sin decir nada más, caminó rápidamente hacia el armario, fingiendo que buscaba algo para poder deshacerse de esa angustia que no lo dejaría volver a dormir tranquilo en toda su vida.
El cachorro levantó la cabeza, desconcertado, al ver a Dardo soltó un pequeño aullido de felicidad y se revolvió en la cama.
—Me quedaré por él. De momento. Pero no prometo nada.
Helia asintió sin mirar. Seguía intentando respirar, recordar cómo se hacia.
—¿Te he hecho llorar más veces antes? —De repente, su voz sonó muy cerca.
Helia se giró lentamente. Dardo estaba frente a él, ya vestido, aunque con el cuello de la camiseta mojado y pegado a la piel.
Sus ojos seguían siendo irreconocibles. Dardo nunca había sido un chico fácil, cualquiera que lo mirara sabía que el lobo siempre estaba merodeando en la superficie, pero ahora...
sus ojos eran completamente salvajes, oscuros.
—Sólo una.
—¿Y qué hice para arreglarlo?
Helia esbozó media sonrisa.
—Eras pequeñ...
—Que hice —insistió, y en su voz ya no había rastro alguno de pregunta. Era una orden.
Su piel se puso de gallina.
—Limpiaste mis lágrimas, y te aferraste a mí durante toda la noche.
Dardo gruñó. Helia lo escuchó gruñir y lo siguiente que sintió fueron las baldas del armario contra su espalda antes de que Dardo agarrara su rostro y lamiera primero una mejilla y luego la otra. Su lengua era áspera, casi raspaba como la de un felino y estaba caliente.
Helia se quedó completamente inmóvil, esperando que este ataque casi rabioso cesara antes de que su cabeza empezara a confundir las cosas.
—Puedo hacer lo segundo esta noche —masculló Dardo. Toda la habitación estaba llena de feromonas, y aunque Helia no podía reconocerlas, sabía que no eran para nada amistosas.
—No es...necesario —logró decir el sanador, intentó escapar por uno de los huecos, pero el cuerpo de Dardo se hizo instintivamente más grande y no le permitió el paso.
Su frente presionó contra la de Helia.
Helia apenas tomó aire.
—¿Por qué no puedo recordarte? —gruñó con rabia Dardo—. Por más que lo intento...
Helia tragó saliva, paralizado por la cercanía. Dardo lo había acorralado sin apenas tocarlo, y eso era lo más aterrador. El espacio entre ellos no existía. Su aliento caliente le golpeaba las mejillas. El calor de su cuerpo, su olor, su fuerza... todo era demasiado.
—Descubriremos lo que te pasó —susurró.
La respuesta de Helia no pareció gustarle. Dardo gruñó. Apretó más su frente contra la suya. Su nariz rozó la sien de Helia. Bajó su mano a su cintura. Su palma enorme abarcó todo su costado, apretándolo contra la madera.
—Quiero saber a que hueles —murmuró, con la voz más baja y peligrosa.
Helia tragó saliva.
—Ya te lo he dicho. No tengo olor.
Dardo volvió a presionar su cuerpo contra él. No de forma tierna, ni cuidadosa.
—Tú, sí.
Helia negó con suavidad, sin atreverse a alzar la voz.
—Los Beta no tenemos feromonas. Al menos, no como los Alfa o los Omega...
Pero Dardo no lo escuchaba.
Su nariz bajó por la mejilla de Helia hasta su cuello, como si buscara en cada rincón una pista.
Algo. Lo que fuera. Sus respiraciones se mezclaron.
Helia apretó los ojos, paralizado. Su mano subió desde la cintura, envolviendo sus costillas.
Dardo olfateó otra vez su cuello. Luego subió hacia su oreja.
Helia giró el rostro, intentando evitarlo.
El aire de la habitación era cada vez más denso. Sus rodillas temblaron.
—No es buena idea amenazar así a la persona que te ha curado —se atrevió a decir— .Suéltame. Necesito mi espacio personal libre.
Dardo gruñó.
—Cuando Caleb invadió tu espacio hace una hora no le pediste que se alejara.
—¿Cuándo...?
—Bajo. En la cocina.
Helia recordó el momento en el que Caleb le había puesto una mano sobre el hombro para darle apoyo.
—Eso no es...No es lo mismo que esto, Dardo.
—Él te toca. Yo te toco. Si él te huele. Yo te huelo.
—Caleb esta emparejado, tiene a un Omega y no está interesado en mí. Somos amigos. Tú y yo también podemos serlo—respondió buscando una salida con los ojos. No sabía cómo reaccionaría Dardo si de golpe lo apartaba y tampoco quería averiguarlo.
Los labios de Dardo ahora estaban junto a su oído. Helia se mordió la lengua.
—¿Amigos?
—Sabes lo que significa, ¿cierto?
—Sí.
—Los amigos no se amenazan —Helia tomó aire—. Tampoco se acercan tanto. Ni ponen las manos bajo la ropa.
Dardo inclinó la cabeza. Helia esperó su respuesta, pero fue interrumpido por un tirón en el pantalón del Alfa.
Un quejido agudo, seguido de otro tirón.
Ambos bajaron la mirada.
El cachorro estaba a los pies de Dardo, aferrado a los camales de su pantalón, mirándolo con ojos húmedos. Ladró en tono bajo, insistente, y tiró de nuevo, como si su diminuto cuerpo pudiera separarlo de Helia.
Dardo parpadeó. El lobo dentro de él soltó un gruñido ... y se echó atrás. Se agachó y lo recogió entre sus brazos, dejó que el cachorro se acurrucara en su pecho.