Beta (Serie Alfa, Beta y Omega nº 9) CAPÍTULO 41
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CAPÍTULO 41

SOMOS FAMILIA

Helia llevaba casi diez minutos mirando la misma bandeja de instrumental; las pinzas estaban en su sitio. Las gasas ordenadas, las jeringas nuevas permanecían dentro de sus envases y los frascos de desinfectante ocupaban la esquina de la mesa como siempre.

Todo estaba exactamente donde tenía que estar, y aún así, Helia no conseguía concentrarse.

Revisó de nuevo la bandeja, soltó el aire lentamente y dejó las pinzas sobre la mesa.

Su espalda le molestaba. No era dolor. Hacía años que había aprendido a convivir con la sensación de tirantez que aparecía algunas mañanas, con el picor que recorrían las líneas cuando empezaba a cambiar el tiempo y con la desagradable sensación de notar aquella palabra contra la piel cada vez que se duchaba.

Aunque debía de reconocer que su odio había disminuido últimamente, sobre todo desde que Dardo había tomado la costumbre de medio desnudarlo por las noches y llenarle la espalda de besos y cosquillas.

Helia hasta despertaba con los labios del Alfa pegados en el centro de sus omoplatos, suplicándole que no se hiciera más daño.

Helia se pasó una mano por la nuca.

No dejaba de pensar en ello. En si su decisión realmente era la correcta para él. Para ellos.

Atlas ya le había dicho que no había una forma sencilla ni una cirugía limpia que pudiera hacerle desaparecer aquella marca sin dejar otra herida en su lugar.

Había que retirar la piel marcada y aquello significaba dolor, que tal vez su piel nunca volviera a cicatrizar y olvidarse de las cosquillas y besos de Dardo por las noches.

Ya que su espalda iba a estar tan destrozada que apenas podría ser tocado por una pluma.

Salió de la pequeña sala en la que guardaban el instrumental esterilizado. Habían dos lobos ocupando los asientos del del fondo. Uno tenía el antebrazo vendado, y el otro una pequeña herida sobre la ceja que probablemente se había hecho entrenando.

Suni ya estaba levantando nuevos informes y la vida continuaba para todos.

Helia encontró a Atlas en su despacho, sentado junto a la mesa y revisando muy concienzudo sus propios análisis de sangre que Suni le había sacado a primera hora para poder someterse a la intervención.

—Atlas —Helia lo llamó al darse cuenta de que el Alfa no se había dado cuenta de su presencia.

Sus ojos siguieron clavados en la misma hoja de papel, y Helia sospechó que ni siquiera había leído las palabras.

—Atlas.

Nada.

Helia terminó por lanzarle una pequeña pelota antiestrés que siempre llevaba en el bolsillo de la bata para los lobos que se ponían más nerviosos de la cuenta.

El hombre parpadeó.

—¿Qué?

Helia señaló el papel.

—¿Todo está bien?

Atlas pestañeó.

—Sí. Todo parece estar bien —Atlas carraspeó—. Entonces, ¿realmente quieres hacerlo esta tarde?

Helia tomó aire.

¿Qué le iba a decir? ¿Que ya no estaba seguro? ¿Qué después de haberlo hecho investigar tanto, buscar entre miles de opciones, comprar el material, pedir permiso a Caleb y hacerse a la idea, ya no estaba del todo seguro por culpa de unos cuantos mimos?

—Yo...

Atlas esbozó una pequeña sonrisa.

—He tenido una idea —le dijo el Alfa.

—¿Cuál? ¿No habíamos sopesado ya todas las opciones?

—Sí, y no es nueva. Sólo... preferiría no tener que rebanarte la espalda y tener a dos Alfas asesinos detrás de mí por el resto de mi vida.

—¿Dos?

—Dardo y Caleb. Anoche me hicieron una bonita visita para amenazarme.

—Los mataré.

Atlas sacudió la cabeza.

—En parte, tienen razón, Helia. La elección siempre será tuya, pero creo que realmente no vale la pena sufrir más por un tío como él, así que me he tirado toda la noche pensando y dibujando, y...

—Atlas desplegó un folio de su bolsillo—.

Es un boceto, si hay algo que no te guste se puede cambiar.

Seguramente duela un poco más por el estado de tus quemaduras, pero creo... que podré disimularlas bastante bien.

Helia tomó el dibujo en sus manos.

La idea de tatuarse algo fue desechada al principio de todo. A Helia no le agradaba tener más marcas sin sentido en su cuerpo pero esto era...

—¿Seguro que podrás disimularlas?

Atlas le tomó un bolígrafo prestado, señaló con él dos puntos del dibujo.

—Encajaré el dibujo para que queden aquí. Las disimularé con sombras y tinta roja y me aseguraré de integrarlo con tu piel. Puedes enseñárselo a Dardo y ver si os gusta a los dos.

—Me parece que no hará falta eso —masculló aún con los ojos en el boceto.

Había visto personalmente en la manada el trabajo de Atlas y podía decir que era uno de los mejores del mundo.

—Por si acaso. ¿Quieres que te siga reservando la cita de hoy o prefieres unos días pasa pensarlo?

Helia observó el anillo plateado sobre su dedo.

—No hace falta. Iremos esta tarde.

—Me alegro. Sería bueno si tienes alguna crema anestésica, bebe mucha agua y come algo que te siente bien, serán como mínimo seis horas.

—De acuerdo, gracias.

—No hay de qué, y... enhorabuena por el compromiso.

—Dime que no lo sabe ya toda la manada.

Atlas sonrió. Parecía un poco más cansado que de costumbre, incluso sus ojos habían perdido ese brillo alegre que siempre poseían.

—Dardo y tú sois el primer tema de conversación de la manada. La gente ya está discutiendo sobre cómo serán vuestros trajes.

En parte, Helia se lo temía. Pocas veces se celebraba una boda en la manada, y los lobos de Caleb se volvían locos por las ceremonias y celebraciones. Quizá, Dardo había esperado poder hacer una ceremonia discreta a puertas cerradas con tan sólo Caleb.

Helia no pudo dejar de mirar el dibujo el resto de su turno.

Eran tres dragones.

El del centro era enorme y era el que cuyas alas taparían el nombre de Canneck. Había otro mediano a su derecha y uno más pequeño a la izquierda.

Todos tenían las alas extendidas, la cola curvada y parecían estar volando juntos.

Dardo. Nathan. Y él.

***

El estudio de Atlas estaba en una de las habitaciones más grandes de su cabaña.

Había una camilla negra en el centro, varias lámparas dirigibles y focos, una mesa llena de instrumentos cuidadosamente ordenados, paredes cubiertas de bocetos y dibujos y música suave.

Observó los diversos premios y certificados que mostraba en la estantería y trató de distraerse mientras que Atlas preparaba la mesa de trabajo.

Dardo permanecía junto a la puerta. Demasiado serio. Helia ya lo había notado desde que habían entrado, y Nathan y Sean jugaban en una esquina con unos cuantos dibujos que Atlas les había pedido que colorearan para él.

—Puedes tomar asiento, Dardo —le señaló Atlas al sofá de cuero negro que ofrecía a sus visitas.

Dardo gruñó en respuesta.

Helia caminó hacia él.

—¿Qué pasa? En casa parecías tranquilo —le preguntó el Beta.

Dardo observó la espalda de Atlas con mirada asesina.

—No quiero que te vea desnudo.

Se escuchó la risa de Atlas.

—Sólo necesitaré descubrirle la espalda, Dardo. Nada más. Y no es la primera vez que se la veo.

—Atlas, así no lo ayudas.

—Perdón.

—No quiero que te toque —gruñó Dardo.

A Helia no debió de resultarle adorable, pero lo hizo. Dios... estaba enfermo por ese hombre.

Le sujetó las mejillas a Dardo y le dio un pequeño beso en los labios.

—Atlas es un profesional, no tienes que preocuparte.

—Y ya somos familia, Dardo —añadió Atlas girándose con los guantes puestos—. Creeme cuando te digo que lo que siento por Helia no es más que un bonito sentimiento de amistad y cariño.

—Elimina el cariño de esa frase —gruñó Dardo.

Atlas negó con la cabeza, con media sonrisa.

—Los calcos están listos. Cuando estés preparado, Helia.

Helia tomó aire profundamente, volvió a besar a Dardo y Dardo lo profundizó más de lo sociablemente aceptable. Lamió sus labios con un gruñido de advertencia al gran Alfa de sus espaldas y lo marcó dejando bien claro de quién era el Beta.

Helia quería regresar a casa y meter la cabeza en su cuello.

Se separaron a regañadientes, y Helia tuvo que recoger su cabello en un moño alto.

—Empiezo a detestaros —se burló Atlas cuando Helia caminó hacia él con Dardo.

—Perdón.

—Desgraciadamente, no es la primera vez que me encuentro con estás escenas, y no será la última. Los machos dominantes tienen a desconfiar de otros.

Helia tomó los primeros botones de la camisa y se la quitó lo más rápido posible. Cuanto antes empezaran, antes acabarían. Se giró de espaldas a Atlas.

—Toca más de lo debido y te arranco las manos, Atlas —amenazó Dardo.

—Tranquilo, amigo. O conseguirás que haga a tu dragón con cara de tonto.

Atlas le aviso que notaría algo frío, luego le colocó el dibujo y Helia se pasó la siguiente hora escuchando el descontento de Dardo mientras que Atlas borraba y colocaba líneas para hacer encajar las alas bajo la cicatriz. Una vez listo le pidió que se acostara en la camilla sobre su estómago.

Dardo tomó una banqueta y se sentó a su lado. Su piel se puso de gallina cuando escuchó el sonido de la aguja.

—¿Estás cómodo? —le preguntó Atlas.

—No mucho, pero supongo que es lo que hay.

—Si quieres detenerte en algún momento, dímelo. Trataré de hacer descansos cada hora. El dolor es normal, pero si se vuelva insoportable tienes que avisarme. Podemos seguir otro día.

Helia asintió, Dardo tomó su mano.

***

Dardo tenía que reconocer a regañadientes que Atlas era un maldito genio en su trabajo.

Era considerado, muy minucioso. Cada diez minutos le preguntaba a Helia cómo se sentía, y le explicaba todo lo que hacía y la parte que vendría a continuación.

El Alfa había dejado de gruñirle a la hora, cuando las primeras iniciales de ese hijo de puta desaparecieron bajo las sombras rojas de las alas, y cuando se dio cuanta de que Atlas no estaba tocando a Helia más de lo debido.

Hacían paradas cada hora. Atlas se subía comida y distraía a los cachorros con más dibujos y películas mientras que Helia sufría en silencio y Dardo se mordía la lengua.

—Ya casi está terminado, Helia. Me falta la cola del dragón pequeño y un par de sombras más. Lo estás haciendo increíble.

Helia se quejó entre dientes.

—En mi mente soy yo el que te clava esas agujas.

Fue media hora más. Los cachorros dormían en el sofá, era de noche y Dardo no veía el momento de salir de aquellas cuatro paredes y mimar a Helia.

—Listo —anunció Atlas tras limpiar su espalda y colocarle un plástico trasparente que se fundió como una segunda piel—. Crema tres veces al día, empezando mañana. Lávalo solo con agua y repasaremos las líneas cuando esté curado y si hace falta.

Dardo lo ayudó a ponerse en pie.

Era... un trabajo increíble. A pesar de su gran tamaño, las líneas eran finas y delicadas, la tinta roja enmascaraba el relieve de las cicatrices y los dragones realmente parecían estar surcando su espalda y moviendo sus colas.

—¿Cómo aprendiste a dibujar así? —le preguntó Dardo.

Atlas se quitó los guantes manchados de tinta.

—Fue una via de escape.

Atlas no añadió mucho más y Dardo lo dejó estar.

Supuso que no era el único lobo en haber pasado por algo complicado.

—Esto es increíble, Atlas —murmuró Helia viendo su espalda a través de los espejos.

—Me alegro que te guste.

—Lo has tapado por completo.

—Aún creo que pude haber mejorado un par de líneas.

—No seas ridículo. Está más que perfecto.

Atlas estiró su cuello, salió a por un par de botellas de agua y Dardo aprovecho para mirar la pieza más de cerca.

Gruño.

Maldito Atlas y su gran trabajo.

Besó la sien de Helia.

—¿Cómo te sientes?

Helia se giró hacia él.

—Raro.

Llegaron a casa bastante más tarde de lo que habían previsto.

Nathan estaba profundamente dormido en los brazos de Dardo, con la cabeza apoyada contra su hombro y una mano cerrada alrededor de la tela de su camiseta.

No había abierto los ojos ni una sola vez, era increíble lo fuerte que era.

Nathan había pasado de tener pesadillas continuas por las noches a dormir profundamente.

Dardo lo acostó en su cama. Su lobo aún no entendía por qué ya no hacía guardia en sus pies y se iba a otro sitio a dormir lejos de él.

Helia le había dicho muchas veces de dormir junto a Nathan en el cuarto grande, sin embargo, Dardo tenía que empezar a enseñarle al niño un poco de independencia aunque le costara.

—Buenas noches —besó su frente.

Encontró a Helia en mitad del pasillo con ojos fijos en la pantalla del teléfono, aguantando la respiración y casi llorando.

—Ey... ¿pasó algo? —le susurró Dardo.

Helia tragó saliva. Negó con la cabeza, se limpió las lágrimas y sonrió débilmente.

—Estaba esperando una noticia de Caleb.

—¿Y?

—Y... ya está. Todo terminó.

Dardo frunció el ceño.

—¿Eso es bueno? ¿Malo?

Helia rió limpiando de nuevo sus lágrimas.

Precioso sonido.

—Es increíblemente bueno, Dardo.

Antes de que Dardo preguntara de qué se trataba, Helia lo abrazó, enterró su rostro en el cuello del Alfa y lloró silenciosamente.

Dardo lo llevó a la cama con cuidado de no tocar su espalda. Helia se aferró al cuello de su camiseta y tuvo que hacer malabares para acostarse en la cama en una postura cómoda para los dos. Terminó boca arriba, con Helia sobre su pecho aferrado al teléfono.

Dardo dejó que Helia se desahogara. Había tenido que ser un día complicado para él emocional y físicamente. Se encargó de darle apoyo, de acariciar su cabello oscuro, de besar su coronilla y abrazarlo suavemente hasta que el Beta se quedó dormido.

Tenía el cuello empapado. Un Helia dormido que seguía aferrándose a él. Dardo le quitó el teléfono de la mano, tuvo que haber apretado a un botón, ya que la pantalla se iluminó y un mensaje corto y conciso apareció en ella.

—Canneck está muerto. Recuerda no contárselo a nadie.

Dardo apagó el teléfono.

Sonrió, y lloró también.

Helia era libre al fin.

Los tres eran libres.