Bestia (Bestia nº 1) Capítulo 49
88%

Capítulo 49

—Entonces, volviste con él… —Jeremiah afirma, pero suena más a una pregunta que a otra cosa.

Yo asiento con un movimiento de cabeza y clavo la vista en el suelo.

—No espero que lo entiendas —digo en voz baja—. Solo quería que estuvieras enterado. —Alzo la mirada para encararlo y le regalo una sonrisa triste—. Eres mi mejor amigo, Jeremiah. No quiero ocultarte cosas.

Él toma una inspiración profunda y deja ir el aire con lentitud.

—No lo entiendo, Maya —dice tras unos segundos de silencio—.

No entiendo qué es lo que ves en él, o qué es lo que te da que te pone como loca, o qué hay de bueno detrás de la facha de matón que tiene —sus ojos se clavan en los míos—.

Realmente no lo entiendo… Pero lo acepto.

Lo acepto por ti. Porque, si te hace feliz, todo está bien —traga duro—.

Solo espero que él sepa mantenerte fuera del mundo en el que está metido.

Un nudo de ansiedad se forma en mi estómago solo porque hemos comenzado a planear nuestra huida. Dentro de unas semanas vamos a marcharnos y yo sigo sin saber cómo diablos voy a decirle a Harry que Anne está enferma y que no puede irse así como así.

Hace unas semanas le prometí que saldríamos de esto juntos. Que me iría con él y que todo iba a quedar atrás; pero he seguido posponiéndolo para tratar de convencer a Anne de que hable con él.

Harry está más impaciente que nunca. Estoy segura de que, si no fuera porque he postergado todo con pretextos estúpidos, ahora mismo estaríamos muy lejos de aquí.

Ha pasado casi un mes entero desde que fue obligado a sacar la mierda de un puñado de tipos que pensaron que sería fácil vender sustancias ilegales, y aún no he podido olvidar el pánico que vi en su expresión. Él tampoco ha podido apartar esa tortura de su cabeza.

No hay que ser un genio para darse cuenta de lo ansioso que está por alejarse del mundo en la que está metido, y tampoco hay que serlo para notar cuán afectado se encuentra desde el incidente de esa noche.

—Harry quiere irse de la ciudad —confieso con un hilo de voz, y siento cómo la atención de Jeremiah se posa en mí.

—Y quiere que te vayas con él, ¿no es así? —De pronto, el ambiente se torna tenso.

No quiero decirlo en voz alta, así que asiento. Aprieto los puños sobre las rodillas y trato de reprimir el pánico que me invade.

—¿Y qué es lo que tú quieres, Maya?

—Quiero irme —asiento—, pero me da mucho miedo hacerlo.

No es fácil dejar todo atrás. Nunca he salido de esta ciudad.

Nací y crecí aquí. Dejarlo todo se siente tan equivocado…

—Guardo silencio unos instantes y trato de reprimir el ligero temblor de mi voz—.

Además, hay algo que Harry no sabe y que es lo suficientemente importante como para evitar que quiera irse.

Mi vista se posa en mi amigo y noto cómo su ceño se frunce en confusión.

—¿Qué podría ser tan importante para que alguien que está hasta el cuello de problemas decidiera quedarse? —murmura, pero lo dice más para sí mismo que para mí.

—No puedo contártelo —susurro.

—¿Por qué no? Somos amigos, ¿no es cierto?

—Sí, pero… —niego con la cabeza— no quiero arriesgarme a que Harry se entere por boca de alguien más. No sería justo para él.

—¿Estás diciendo que no sé guardar un secreto? —la fingida indignación en el tono de su voz me hace sonreír. De pronto, la tensión se fuga de mi cuerpo.

—Eres un idiota —digo entre dientes, pero mi sonrisa es grande.

Él me guiña un ojo y posa su vista en la calle.

Nos encontramos sentados a las afueras del gimnasio donde practico defensa personal. Hace unas horas, antes de entrar a mi sesión semanal, recibí un mensaje suyo y nos quedamos de ver aquí para hablar.

Han pasado semanas desde la última vez que lo vi, así que no había tenido oportunidad de contarle lo que ha ocurrido en mi vida últimamente.

—Los chicos te extrañan, ¿sabes? —dice tras unos instantes de silencio—. Todo mundo pregunta por ti. Deberías salir con nosotros antes de que, ya sabes, te vayas y eso.

Una sonrisa se dibuja en mis labios, pero una punzada de dolor me atraviesa.

—Salgamos esta noche —sugiero—. Vayamos a una cafetería. Algo tranquilo.

Jeremiah me regala una mirada que no logro descifrar, pero no ha dejado de sonreír.

—Vayamos a un bar y festejemos mi regreso a la soltería —trata de sonar casual, pero el filo triste en el tono de su voz lo delata.

—¿Estás soltero de nuevo?

La sorpresa que me provoca su declaración, hace que el pesar se arraigue en sus facciones y, de pronto, me siento culpable por el decaimiento de su estado de ánimo.

—¿Por qué? —sueno realmente conmocionada—. ¿Qué pasó?

Niega con la cabeza y sonríe.

—Amber dice que no está lista para una relación seria —masculla.

—Creía que una relación seria era lo último que querías —mi ceño se frunce en confusión—. No dejas de decir que no quieres ataduras o compromisos con nadie…

—Yo también lo creía así —me mira, y el brillo en sus ojos me hace saber que él tampoco lo esperaba—.

Creí que no estaba listo para tener una novia formal y una relación seria, y toda esa mierda que a ustedes las chicas les encanta, pero me equivoqué.

—Niega con la cabeza—. Quiero encontrar a alguien con quien compartir absolutamente todo.

Alguien que pueda entenderme. Que me odie y me ame al mismo tiempo.

Que quiera golpearme por ser un idiota que no sabe medir lo que dice y que quiera besarme por la misma razón.

Quiero tener algo como lo que tienes tú con Bestia.

Sin el narcotráfico y eso, claro está —la mirada reprobatoria que le dedico hace que se corrija casi de inmediato—: ¿Qué?

¿Qué dije? ¿Es porque le llamé Bestia? ¡Lo siento! ¡Quise decir Harry!

—Eres un idiota —una sonrisa boba se dibuja en mis labios y paso un brazo por encima de sus hombros para atraerlo en un abrazo fraternal.

—No lo busques, Jeremiah —digo—. Esas cosas no se buscan.

Llegan solas… —Hago una pequeña pausa—. Y no, no hablo del narcotráfico —le dedico una mirada cargada de fingido fastidio.

Él ríe por lo bajo, pero retomo la seriedad del tema—.

Estoy segura de que encontrarás a una chica maravillosa, que va a desear lo mismo que tú.

Vas a conocer a alguien que te complemente del modo en el que nadie más pueda hacerlo.

Jeremiah asiente, antes de envolver su brazo en mi cintura, y recarga su cabeza en la mía.

—Deberías de presentarme a alguna de tus amigas del trabajo —susurra tras un largo momento—. Tú debes tener amigas buenas para mí.

Una risa tonta me asalta y le doy un codazo juguetón.

—¿Tengo cara de tener mil amigas en el trabajo? —digo, apartándome para mirarlo.

Hace una mueca de decepción.

—Tienes razón. No eres una chica sociable.

—¿Estás diciendo que no tengo amigos? —chillo con indignación, y deja escapar una carcajada, mientras se pone de pie y extiende su mano para ayudarme a levantarme de la banqueta.

—Estoy diciendo —dice, una vez que comenzamos a caminar—, que espero que intentes hablar con más personas. La gente no muerde, Maya. Sé que te hicieron mucho daño antes, pero no todo el mundo es malo.

—Lo sé —sonrío para mí misma—. Ahora lo sé.

Él no dice nada más. Se limita a sonreír y hundir las manos en los bolsillos de sus vaqueros mientras avanzamos hacia su auto.

Mis dedos se entrelazan con los de Harry y tiro de él. A pesar de que imprimo toda mi fuerza para tratar de levantarlo, no lo muevo ni un solo milímetro de su lugar.

—¡Harry! —mi voz sale en un quejido ahogado por el esfuerzo—. ¡Por favor!

—Te he dicho que no, Maya —suena tajante, pero hay un destello de diversión en su voz—. No voy a hacerlo.

La irritación se apodera de mi sistema cuando tira de su mano con facilidad y me hace dar un traspié. Aparto los mechones de cabello de mi frente y lo miro con toda la molestia que puedo reunir.

—¡Es solo una salida a un bar! —chillo con más brusquedad de la que pretendo—. Tampoco es como si te estuviera pidiendo que corrieras desnudo por todo el edificio.

—Preferiría hacer eso —dice, con determinación—. Preferiría correr desnudo por todo el edificio a ir a un bar con tus amigos.

—¿Qué te han hecho ellos? —digo. El enojo se filtra en mi voz—. ¡Ni siquiera los conoces!

—Conozco a uno de ellos —la mueca de fingido horror que esboza hace que mi molestia aumente.

—¡No, no lo haces! —la voz me suena más aguda que nunca, pero él ni siquiera se inmuta—. ¡Nunca has tratado a ninguno de ellos! ¡Ni siquiera a Jeremiah!

—¡Ni siquiera menciones a ese imbécil! —escupe.

—¿Estás celoso? —las palabras salen de mi boca sin que pueda detenerlas.

—¿Qué?

—¿Estás celoso de Jeremiah? —el enojo va transformándose poco a poco en algo cálido y dulce.

Una risa carente de humor brota de sus labios y cruza los brazos sobre el pecho.

—¿Yo? ¿Celoso de ese? Para nada.

Mis cejas se alzan y reprimo una sonrisa.

—¿Estás seguro?

—Por supuesto que lo estoy.

Asiento con lentitud.

—Entonces, supongo que no te molesta que vaya yo sola, ¿cierto? —lucho con todas mis fuerzas por lucir casual, pero apenas logro contener la risotada que empieza a construirse en mi garganta.

Su mirada se oscurece varios tonos y su mandíbula se aprieta antes de inclinarse hacia adelante sobre el sillón, en una postura amenazadora.

—Si ese hijo de puta te pone un solo dedo encima, yo…

—Pero creí que no estabas celoso —trato de sonar inocente, pero mi expresión ya se ha roto en una sonrisa satisfecha y burlona.

La mueca en su cara se contorsiona y se transforma en una cargada de vergüenza y enojo; sin embargo, eso no impide que me acerque y me acomode a horcajadas sobre su regazo. Sus brazos se envuelven en mi cintura en un acto posesivo y territorial, y gruñe algo ininteligible antes de intentar besarme.

—¿Qué has dicho? —pregunto con diversión, mientras me aparto para impedir que profundice el roce de nuestros labios.

La mirada irritada que me dedica me deja claro que no está feliz con que tome el control de la situación. Intenta besarme de nuevo, pero vuelvo a moverme justo cuando está a punto de lograrlo.