Bestia (Bestia nº 1) Capítulo 42
71%

Capítulo 42

Will ondea su mano en dirección al lugar donde Kim y yo nos encontramos.

La jornada de hoy ha sido una completa locura y lo único que quiero hacer es descansar, pero sé que eso no va a ser posible, ya que quedé con Jeremiah para ir al centro comercial a conseguir una camisa.

Al parecer, mañana tendrá una cena en casa de Amber, la chica con la que está saliendo, y está más allá de lo nervioso.

Los padres de la chica han aceptado conocerlo y ha estado al borde del colapso debido a eso. No lo culpo. La chica realmente le gusta y quiere que las cosas funcionen.

—¿Estás segura de que dijo que vendría a recogerte? —Kim pregunta. Suena preocupada.

Le ha hecho una seña a Will para que la espere un segundo mientras habla conmigo. Se siente como si estuviese hablando con la mujer que fue mi madre alguna vez y tengo que reprimir el impulso de rodar los ojos.

—Sí —digo—, no te preocupes. No va a ocurrirme nada.

Entorna la mirada, pero hay una sonrisa en las comisuras de sus labios.

—Te odio —masculla—, me haces sentir como una madre sobreprotectora cuando andas sola por ahí.

—Sí, bueno… —Hago una mueca de fingido horror—. No quiero siquiera imaginar cómo serás con tus hijos.

—¡Vete a la mierda! —chilla con indignación, pero su sonrisa es ancha.

—Ve a casa tranquila. —Le regalo un guiño e ignoro su gesto cargado de fingido enojo—. Will te está esperando.

Kim fija su atención en su prometido un par de segundos antes de volverse hacia mí una vez más.

—Vamos a follar en tu ausencia —anuncia y un escalofrío de pura repulsión me recorre—. Procura tardarte, por favor.

—¡Jesús! —exclamo—. ¿Era necesario poner esa imagen en mi cabeza?

Ella muerde su labio inferior y me guiña un ojo.

—Por supuesto que era necesario —dice con descaro y me envuelve en un abrazo rápido—. Nos vemos más tarde.

Entonces, se echa a andar en dirección al auto de su novio.

Cinco minutos después de que Kim y Will se marchan, el auto de Jeremiah aparca frente a mí. Ni siquiera se molesta en bajar de él, pero no necesito que lo haga.

Abro la puerta del copiloto e introduzco la mitad de mi cuerpo cuando, de pronto, hace sonar la bocina. Un chillido aterrorizado brota de mis labios y salto del susto en mi lugar.

Las carcajadas de su parte no se hacen esperar y siento la irritación apoderándose de mis entrañas.

—Eres un idiota —mascullo mientras me acomodo en el asiento del copiloto y doy un portazo.

—¡Dios! ¡Debiste ver tu cara! ¡Fue épica! —dice entre risas.

Mi vista se clava en él y me aseguro de imprimir todo el veneno que puedo cuando sus ojos encuentran los míos.

Jeremiah está a punto de decir algo, pero subo el volumen del estéreo para no escucharlo. Él se queja y trata de llegar al mando del sonido, pero lo detengo con un golpe en el dorso de la mano.

—¡No te atrevas, Jeremiah! —Lo amenazo, pero apenas puedo reprimir la sonrisa que amenaza por abandonarme.

—¡Es mi auto! —exclama, medio indignado.

—¡Me asustaste como nunca! —exclamo, de vuelta—. ¡Me lo debes!

Él refunfuña algo que no entiendo, pero clava la vista en el camino y conduce por las calles atestadas de tráfico.

Llegamos al centro comercial casi veinte minutos después de haber salido del Joe’s Place y, para ese entonces, nuestra pequeña riña se ha disuelto entre risas, bromas tontas y charlas sin sentido.

—No quiero usar nada formal —mi amigo anuncia cuando entramos a una tienda de ropa para caballero—. No quiero que piensen que me estoy esforzando para agradarles. No me sentiría bien conmigo mismo si trato de ser otra persona para que me acepten.

Una sonrisa se dibuja en mis labios y asiento mientras nos dispersamos entre los aparadores metálicos.

Miro alrededor y me dirijo hacia la sección de ropa casual. Mi vista viaja por todo el espacio repleto de prendas y se detiene un par de segundos en la camisa a cuadros que viste uno de los maniquís.

De pronto, mi mente evoca una imagen dolorosamente familiar…

Cabello en ondas color caramelo, ojos color esmeralda, labios mullidos y sonrosados, cicatrices en el lado izquierdo de la cara… Esa camisa se parece demasiado a una de las que Harry solía usar con frecuencia. Se parece a esa que utilizó la chica encargada de romperme el cráneo hace unos meses.

Los recuerdos me invaden a una velocidad impresionante, y no puedo hacer otra cosa más que quedarme ahí, quieta, mientras espero a que mi corazón ralentice su marcha.

Desde que vi a Harry Stevens la semana pasada en este centro comercial, no he dejado de pensarlo. He tratado de mantener a raya todos los recuerdos, pero tenerlo de frente fue como abrir la caja de pandora y permitir que las memorias enterradas salieran a la superficie.

Esa noche no pude dormir. Busqué en mi teléfono el número que tantas veces he intentado eliminar de mi lista de contactos, pero que nunca he tenido el valor de desaparecer.

Una parte de mí, esa que no ha aceptado aún que el pasado debe quedarse atrás, deseaba con todas sus fuerzas llamarle o enviarle un mensaje de texto; sin embargo, otra parte, esa que está decidida a dejar de ser esa chica débil y asustada que siempre he sido, me obligó a dejar el aparato en la mesa de centro de la sala de Kim.

A partir de entonces, sacar a Harry de mis pensamientos ha sido casi imposible y me siento estúpida al respecto.

No se supone que deba pensar en él. No cuando he decidido sacarlo de mi vida definitivamente. Tampoco se supone que deba sentir esta opresión dentro de mi pecho y estas ganas de correr a buscarlo solo para preguntar cómo se encuentra…, pero las siento. Las siento y apesta como el infierno.

—¡Maya! —La voz de Jeremiah me saca de mis cavilaciones y lo veo alzando una camisa estampada con un diseño horrible.

Su sonrisa socarrona me hace saber que está a punto de hacer un comentario cruel respecto a la prenda, pero se detiene al instante.

Su ceño se frunce y deja el material que sostiene entre los dedos antes de acercarse a mí—. ¿Qué pasa?

Trato de concentrarme en la estructura de metal donde se encuentran colgadas decenas de camisas y finjo estar interesada en una en especial.

—¿De qué hablas? —Trato de sonar tranquila y relajada.

—Al principio, creí que era yo quien estaba siendo paranoico respecto a ti, pero Nick también ha notado que llevas toda la semana comportándote extraña —dice. Suena amable y preocupado al mismo tiempo.

Mis ojos se cierran e inhalo profundo antes de atreverme a encararlo. No estoy muy segura de querer decirle lo que ocurrió, pero si no se lo cuento a alguien, voy a explotar.

—Vi a Harry —digo, tras un par de segundos en silencio.

Su expresión está en blanco, pero noto un destello de pánico en su mirada.

—¿Te buscó? —pregunta, con cautela.

—No. —Niego con la cabeza—. Me lo encontré.

—¿Cuándo?

—La semana pasada. Cuando vinimos al cine con Tori y los demás.

—¿Te hizo algo? —La preocupación se filtra en su rostro y quiero golpearlo por reaccionar de esa manera.

No es como si Harry fuese a tratar de hacerme daño solo porque ya no estamos juntos.

—Solo dijo «hola» —digo, porque es cierto—. No hablamos más de cinco minutos.

Un suspiro tenso brota de sus labios y pasa una mano por su cara antes de mirarme de nuevo. No se necesita ser un genio para descubrir que no le agrada la idea de que Harry y yo hayamos tenido contacto.

—¿Sentiste algo cuando lo viste?

—¡No! —exclamo, con indignación, pero no se siente correcto decir eso cuando en realidad sentí que el mundo entero se tambaleaba.

—Oh, mierda… —susurra, y niega con la cabeza.

Sabe que no es verdad. Sabe que sentí un universo de cosas al mirarlo de nuevo y eso me avergüenza en niveles que están fuera de mi comprensión—.

Maya, casi te matan por su culpa. Uno de sus amigos mandó a que te golpearan.

¿De verdad deseas estar cerca de una persona que solo ocasiona problemas a tu vida?

—Hablas como si Harry hubiera sido quien me rompió el cráneo con un bate de béisbol.

—La irritación en mi voz es palpable—. Además, no es como si estuviese considerando volver a verlo.

Yo no lo busqué y tampoco estoy diciendo que voy a ir a buscarlo.

No necesitas tratarme como si fuese una estúpida.

Jeremiah desvía la mirada y aprieta la mandíbula.

—Se ha convertido en el favorito de su jefe, ¿sabías eso? —dice, sin mirarme—. Eso es lo único que se comenta en el barrio últimamente.

Mi corazón se acelera otro poco.

Me niego a creer eso. Me niego a creer que Harry se ha hundido un poco más en ese horrible mundo.

—Sí, bueno… —me obligo a decir—, en ese barrio se dicen muchas cosas que no son ciertas. Hasta donde sé, tú creías que Harry era un asesino, cuando, en realidad, nunca ha matado a nadie.

—¿De verdad? —Su mirada furiosa se posa en mí—. ¿De verdad nunca ha matado a nadie? ¿Te dio pruebas sobre eso, o solo te dijo que no lo ha hecho y le creíste como la estúpida que eres? ¡Por Dios, Maya! ¡Reacciona! ¡El tipo es un…!

—¿Quién demonios crees que eres para tratarme de esta forma?

—lo corto de tajo, furiosa, con la voz entrecortada por las emociones—.

¿Crees que tienes el derecho de juzgar a alguien a quien no conoces con base en lo que la gente dice?

—Un par de miradas curiosas se posan en nosotros, así que me obligo a mantener mi voz baja cuando digo—.

¿Qué te dijeron sobre las cicatrices? ¿Qué se las había hecho en una pelea callejera?

Pues, ¿adivina qué?, se las hizo un hijo de puta que lo juzgó, así como tú lo haces ahora.

—Trago duro para aminorar la sensación de ahogamiento que me invade—.

Y espero que los papás de tu novia —le lanzo la camisa que ni siquiera sabía que sostenía—, no te juzguen de la forma en la que tú juzgas a Harry.

Entonces, me echo a andar fuera del local.

Escucho su voz gritando mi nombre, pero ni siquiera me vuelvo para mirarlo. Estoy tan enojada, que apenas puedo pensar con claridad.

Al cabo de unos instantes, mi teléfono suena en mi bolso, pero no respondo. Sé que se trata de mi amigo y no deseo hablar con él ahora mismo.