Bestia (Bestia nº 1) Capítulo 42 #2
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Capítulo 42 #2

Avanzo por el inmenso pasillo y no me pasa desapercibido el hecho de que la mayoría de los locales están cerrados. El centro comercial está por terminar la jornada laboral, lo que quiere decir que debo marcharme ahora mismo si deseo alcanzar a tomar uno de los últimos autobuses.

Apresuro el paso lo más que puedo, pero no puedo arrancar el enojo lejos de mi sistema. Nunca me había sentido así de molesta con Jeremiah y eso me asusta, ya que, desde que inicié las terapias, apenas puedo controlar mi temperamento.

Es como si hubiese abierto una puerta que había mantenido bloqueada durante mucho tiempo. Es como si todos los sentimientos negativos que reprimí durante meses, lucharan por salir a la menor provocación.

Sé que, en cierto modo, Jeremiah no está equivocado.

Harry nunca me demostró con pruebas que no ha matado a nadie.

Solo me dio su palabra y eso fue suficiente para mí porque confiaba en él.

Con todo y eso, a estas alturas sigo sin creer que Harry sea capaz de hacerle daño a alguien.

Siempre fue un chico dulce y amable. Jamás me puso un dedo encima sin mi consentimiento y jamás fue agresivo o violento conmigo.

No tengo motivo alguno para no creer en su palabra o desconfiar de él. No creo que algún día llegue a tenerlo.

Lo cierto es que con Harry siempre he ido a ciegas. Siempre tratando de confiar. Siempre avanzando a media luz…

—¡Maya! —La voz a mis espaldas hace que me detenga en seco, pero sé que no es Jeremiah. Es una diferente.

Mi corazón se detiene una fracción de segundo, pero me digo a mí misma que solo ha sido un producto de mi imaginación, que no es él y que no puede ser posible que me lo haya encontrado en el mismo lugar dos veces en menos de una semana. Las probabilidades de que eso ocurra son casi nulas.

Giro sobre mi eje con extrema lentitud y el pulso se me acelera con anticipación a lo que viene. Tengo que tragar duro para eliminar el horroroso nudo que se me ha formado en la garganta, pero no me importa. Nada importa ahora mismo.

«Oh, mierda…».

—Harry… —mi voz sale en un suspiro tembloroso y torpe.

Se encuentra a pocos pasos de distancia —alto e imponente, como siempre—, pero se siente como si estuviese parado justo frente a mí.

Su mirada dura está cargada de una emoción que no soy capaz de reconocer.

—¿Qué estás haciendo aquí? —Su voz suena tranquila en contraste a lo que dice su cuerpo.

Quiero responderle, pero estoy tan aturdida, que ni siquiera puedo formular una oración coherente.

—Yo… —digo, para después balbucear algo ininteligible. Mis ojos se cierran con fuerza y tomo una inspiración profunda antes de intentarlo de nuevo—: Vine a comprar algo que necesitaba. —Dudo un segundo, y añado—: ¿Y tú?, ¿qué estás haciendo aquí?

Él hace un gesto en dirección a uno de los locales de comida.

—Mi mamá trabaja en ese lugar —dice—. Vengo a recogerla para llevarla a casa y pasar algo de tiempo con ella.

—Oh… —me aclaro la garganta y cruzo los brazos sobre mi pecho, en un intento desesperado por aminorar el temblor que me embarga.

Un silencio incómodo se apodera del ambiente, pero no me atrevo a decir nada para romperlo.

—Es tarde —Harry habla tras unos instantes—. ¿Cómo vas a volver a casa?

—Tomaré el autobús. —Hago una seña vaga con el pulgar de mi mano, en dirección hacia la salida más cercana.

—Maya, son las diez de la noche —dice con seriedad, pero suena más bien divertido—. La última corrida de autobuses sale faltando quince minutos antes de las diez. ¿Estás segura de que vas a alcanzar a tomar uno?

La vergüenza me invade en ese momento y siento cómo mis mejillas se encienden con rubor.

—Tomaré un taxi, entonces —me obligo a responder.

Todo vestigio de humor se fuga de su rostro. Su ceño se frunce y las entrañas se me aprietan.

—Un taxi sigue siendo peligroso, Maya. Más a esta hora. —Su tono de voz suena más ronco de lo normal, y es lo único que necesito para saber que trata de mantener la irritación a raya.

Me encojo de hombros y esbozo una sonrisa tensa.

—Estaré bien —aseguro—. Lo he hecho antes.

La lucha interna se refleja en la intensidad de su mirada, pero no entiendo qué es lo que la provoca.

Por un momento, creo que trata de decidir si va a ofrecerse a llevarme o no, pero mi vocecilla interior, esa que es realista y cruel, me dice que solo trata de buscar una forma de salir de esta incómoda situación.

—¡Maya, cariño! —Una voz femenina atrae mi atención. Mi vista se posa en la figura baja de cabello oscuro que sale de uno de los locales, y el nerviosismo me invade. La mujer acorta la distancia que hay entre nosotras y me envuelve en un abrazo apretado—. ¿Trabajas por aquí?

Anne Hill me mira con curiosidad. No me atrevo a apostar, pero podría jurar que luce más allá de lo satisfecha con mi presencia en este lugar.

—En realidad, vengo aquí muy seguido —digo, porque es verdad. Desde que mi amistad con Jeremiah inició, vengo a este centro comercial una o dos veces por semana.

—¡Qué sorpresa! —Su sonrisa es radiante—. Yo trabajo justo en ese lugar. —Su dedo índice señala una cafetería rústica y acogedora—. Puedes venir a verme cuando te plazca.

No estoy segura de cómo responder a eso, así que me limito a asentir y a sonreír.

La madre de Harry empieza a parlotear acerca de los distintos tipos de panecillos que venden en el local, así que no me atrevo interrumpirla. El entusiasmo en su voz es contagioso y, de pronto, me encuentro escuchándola hablar acerca de los tipos de glaseado que sabe hacer.

—Mamá, estás asustándola —Harry masculla, y sonrío sin poder evitarlo.

—¡Por supuesto que no estoy asustándola! —exclama ella con indignación.

—¡No la has dejado abrir la boca! ¡Has hablado durante los últimos tres minutos sin parar! —Harry dice con exasperación, pero noto cómo reprime una sonrisa—. ¡Maya no tiene el valor de pedirte silencio!

—¡Eso no es cierto! —Anne chilla—, ¡A Maya le agrada charlar conmigo! Ella no es una malagradecida como tú.

Una pequeña risa brota de mis labios y niego con la cabeza antes de aclararme la garganta.

—Me encantaría poder quedarme un poco más —digo, una vez encontrado el hueco en su conversación—, pero debo irme. Ha sido un gusto verlos una vez más.

—Oh… De acuerdo. —Anne me mira con genuina tristeza, pero no deja de sonreír cuando se acerca a mí y me envuelve en un abrazo fuerte y firme—. Ve con cuidado. Puedes venir a saludarme cuando quieras.

—Lo haré —prometo y ella asiente satisfecha.

Entonces, dirijo mi atención hacia Harry. No estoy segura de qué decir o qué hacer, así que me limito a hacer un gesto de mano en su dirección.

—Nos vemos luego, Harry —digo, en voz baja, antes de girar sobre mis talones y echarme a andar por el corredor.

—¡Maya! —La voz ronca inunda mis oídos, y un estremecimiento me recorre entera. No quiero lucir muy ansiosa, así que trato de mirarlo por encima del hombro cuando dice—: Te llevaré a casa.

Mi boca se abre para decir algo, pero no encuentro el sonido de mi voz. Mi pulso late tan fuerte, que soy capaz de sentirlo justo detrás de mis orejas, y un puñado de rocas se ha asentado en mi vientre.

—Es tarde —añade, pero luce como si tratara de justificarse a sí mismo el motivo de su ofrecimiento—. Es peligroso que andes sola a esta hora. Déjame llevarte a casa.

—Puedo tomar un taxi. —Sueno insegura y tímida—. De verdad, no es necesario que…

—Por favor —me interrumpe, y algo llamea en sus pupilas en el instante en el que sus ojos y los míos se encuentran.

Todo dentro de mí grita que no debo aceptar su oferta.

Que debo marcharme ahora mismo y no volver a poner un pie en este centro comercial por el bien de mi salud mental…

Pero no puedo hacerlo. No quiero. No quiero perder la oportunidad de preguntar qué ha sido de él.

No quiero perder la oportunidad de pasar un par de minutos a su lado.

—De acuerdo —digo, finalmente. Trato de sonreír, pero en realidad quiero gritar.

«Después de esto, no volverás más a este lugar. Vas a sacarlo de tu vida una vez que sepas que se encuentra bien…». Me digo a mí misma para justificar lo que acabo de hacer.

—No se diga más —Anne llena el silencio incómodo y una parte de mí lo agradece—. Vamos a casa.

Harry asiente con dureza y esboza una sonrisa tensa.

—Vámonos.