Capítulo 41 #2
Una risita la asalta y río un poco, también.
—Si veo un solo par de tetas en esa película, juro que voy a golpear a Jeremiah —dice.
—Es probable que haya tetas. —Hago una mueca—. Es una película con carros a toda velocidad. Sería pecado que no hubiese tetas.
Tori suelta un gemido quejumbroso y mi sonrisa se ensancha.
Parloteamos sin cesar mientras volvemos hacia el cine, y estoy tan inmersa en la conversación, que ni siquiera me doy cuenta de por dónde ando hasta que mi cuerpo golpea con fuerza contra algo blando y firme.
—¡Dios! ¡Lo siento! —exclamo mientras doy un paso hacia atrás y miro a la persona contra la que he colisionado.
Ojos color verde esmeralda me miran fijamente y mi estómago se aprieta al instante. Mi corazón se salta un latido, el cuerpo se me tensa, la respiración se me atasca en la garganta y el pulso se me acelera en cuestión de segundos.
De pronto, me siento pequeña, indefensa e insignificante.
Su cabello está un poco más corto de lo que recuerdo, pero no demasiado; lleva un gorro tejido encima de las familiares ondas rebeldes, y sé que lo lleva puesto porque trata de esconder las escandalosas marcas que ensucian el lado izquierdo de su cara.
—¿Maya? —Su voz suena temblorosa, nerviosa e inestable, y las rodillas me tiemblan.
No estoy muy segura de qué hacer o qué decir, así que no me muevo en lo absoluto.
—Harry… —mi voz sale en un susurro ronco.
Él luce más allá de lo asombrado, pero no lo culpo. Yo tampoco esperaba encontrármelo en un lugar como este.
—¡Hola! —me apresuro a decir. Trato de sonar casual cuando hablo, pero sé que no lo he logrado.
Él asiente y sonríe, pero el gesto no llega a sus ojos.
—Hola… —El destello nervioso en su mirada me confunde, pero la forma en la que echa un vistazo hacia atrás, me saca de balance, ya que luce como si estuviese buscando la forma de escapar de mí.
—¿Cómo estás? —me siento como una completa idiota, pero no puedo pensar en otra cosa para decir.
—Bien —dice—, ¿cómo estás tú?
—Bien. —Trato de aminorar la euforia que se filtra en mi voz, pero no lo consigo.
—Me alegro —entonces, mira de nuevo hacia atrás—. Escucha, tengo que irme.
El nudo en la boca de mi estómago se aprieta con fuerza y una oleada de decepción me golpea.
—Oh… De acuerdo —asiento y sonrío lo mejor que puedo.
Él trata de corresponder a mi gesto, pero la mueca que esboza es apenas una línea tensa. Entonces, sin decir una palabra más, se gira sobre los talones para echarse a andar lejos de mí.
Da un par de pasos por el corredor y, de pronto, se congela.
—Vámonos —sisea, y me toma unos instantes darme cuenta de que habla con alguien a quien no puedo ver. Su anatomía se interpone entre la persona a la que se dirige y yo.
—¿Qué ocurre, Harry? —La voz femenina hace que el pecho arda y la sangre se me agolpe en los pies. La punzada dentro de mi caja torácica hace que respirar sea difícil.
En ese momento, una cabeza se asoma del otro lado del cuerpo del chico que me da la espalda y la confusión se apodera de mí.
La mujer fácilmente le dobla la edad, pero eso no la hace menos atractiva. Su cabello oscuro resalta el color claro de sus ojos, y su piel ligeramente bronceada la hace lucir radiante y rejuvenecida.
—¡Hola! —La mujer ondea su mano con efusividad y no sé qué hacer. Entonces, da un paso y aparta a Harry de su camino para estirar la mano en mi dirección—, Anne Hill. Mucho gusto.
—Maya Bassi —pronuncio, confundida, pero correspondo a su saludo con un apretón de manos.
La mujer me regala una sonrisa fresca y relajada, y se siente como si hubiese visto ese gesto antes en otro lugar.
—No sabía que Harry tenía amigas tan bonitas —dice y me tenso por completo.
«¿Qué demonios…?».
—Mamá —Harry habla, y el entendimiento cae sobre mí.
—¿Qué? —La mujer lo mira como si la hubiese ofendido gravemente—. ¡Estoy siendo amable!
El alivio que me invade es enfermo. Sé que no tengo derecho alguno de sentirme satisfecha con el hecho de que sea su madre, pero no puedo evitarlo.
Anne ignora las protestas de Harry y me sonríe.
—Te pido una disculpa en nombre de Harry —dice—. Nunca le ha gustado presentarme a sus amigos. No me considero una mujer hostigosa, así que no entiendo su renuencia, pero es un placer conocerte, cariño.
—El placer es mío, señora. —Le regalo mi mejor sonrisa y observo a Harry, de reojo. Luce incómodo y ansioso.
—Es bueno verte, Maya —Harry dice y mi corazón hace un baile extraño.
—También es bueno verte, Harry. —Mi voz se ha enronquecido varios tonos.
—¿Cómo has estado? —Su pregunta me toma por sorpresa.
No sé cómo sentirme respecto al hecho de que está intentando prolongar nuestra conversación, pero decido que yo tampoco estoy lista para despedirme.
—Muy bien —digo, y quiero hablarle acerca de la terapia, las clases de defensa personal, la idea de retomar la escuela y todas esas cosas buenas que han ocurrido en mi vida últimamente; pero no me atrevo a decir nada.
Se siente incorrecto hablar de eso ahora—.
Sigo trabajando en el restaurante y sigo viviendo con Kim, pero ya estoy buscando un lugar para mí.
Ha fijado una fecha para su boda con Will y no quiero incomodarlos con mi presencia cuando inicien su vida de casados.
—Comprendo —dice—. ¿Has encontrado algo bueno?
—Nada. —Hago una mueca de pesar—. Pero seguiré buscando.
—Si sé de algún lugar, te lo haré saber. —Me guiña un ojo y el agujero en mi estómago se hace más grande.
Una sonrisa tensa se dibuja en mis labios.
—¿Qué hay de ti? ¿Cómo has estado? —Trato de sonar casual cuando pregunto.
—Genial. —Sonríe, pero no se siente como un gesto real—. Acabo de asociarme con una pequeña compañía pesquera y todo ha sido bastante provechoso. El negocio crece lento, pero seguro. No llevo prisa.
—Me alegra saberlo —digo, porque no sé qué otra cosa hacer.
Un silencio incómodo se instala entre nosotros, y pasan unos segundos antes de que Anne lo rompa.
—Deberías invitar a Maya a cenar a tu apartamento un día de estos —dice. Mi atención se fija en ella y me regala un guiño—. No es por alardear, pero preparo un estofado delicioso.
—Maya tiene cosas que hacer, mamá —Harry dice entre dientes—. Trabaja todo el día y…
—¡Tonterías! —Ella hace un ademán con la mano para restarle importancia a la pobre excusa de su hijo—, estoy segura de que Maya podrá hacerse un espacio en su apretada agenda para nosotros, ¿no es así, cariño?
—¡Claro! —afirmo, pero no estoy segura de querer aceptar su invitación.
—Está dicho, entonces —La mujer suena más allá de lo entusiasmada—. Cenaremos los tres juntos.
Anne parlotea sin cesar sobre las cosas que necesita comprar para la preparación de su estofado y trato de poner toda mi atención en ella, pero es imposible. Mis ojos se clavan en los de Harry y cientos de emociones se agolpan y se arremolinan en mi pecho.
La nostalgia que no había sentido en semanas vuelve con más fuerza que nunca, y las ganas de decirle que lo he hecho bien son insoportables. Me aterra saber que quizás él lo ha hecho mejor; pero, de cualquier modo, quiero que sepa que todo ha comenzado a marchar de la manera adecuada.
También quiero preguntarle tantas cosas, que ni siquiera sé por dónde empezar.
«¿Cómo estás? ¿Estás cuidando de ti mismo? ¿Por qué estás tan delgado? ¿Has dormido adecuadamente?». Formulo en mi cabeza, pero no lo pronuncio en voz alta. Solo me limito a mirarlo a la cara, sin decir nada.
Alguien se aclara la garganta a mis espaldas y eso rompe el hechizo en el que me veo envuelta. Tori sostiene su teléfono contra su oreja y me regala una sonrisa cargada de disculpa.
—Es Jeremiah. Dice que la función ya va a comenzar —dice.
En ese instante, vuelco mi atención hacia Harry.
—Vine al cine con unos amigos. —La imperiosa necesidad de aclarar que no hay nada entre mi mejor amigo y yo, hace que hable. Hago énfasis en la palabra amigos, pero no entiendo por qué lo hago. No es como si tuviera que rendirle cuentas—. En realidad, vamos un poco retrasadas.
—Oh… Está bien.
Suena… ¿decepcionado?
—Debemos irnos. —Algo dentro de mí se hunde con pesar mientras lo digo, pero me obligo a concentrar mi atención en la madre de Harry para que él no sea capaz de notarlo—. Fue un placer conocerla, señora.
—El placer fue mío, cariño. —Ella sonríe.
—Diviértanse. —Harry hace lo propio, pero el gesto no toca sus ojos.
Yo asiento con torpeza y me aparto de su camino antes de echarme a andar en dirección opuesta a donde ellos se encuentran.
Las piernas tiemblan y todo lo que he luchado por construir, se tambalea en el instante en el que los recuerdos me asaltan.
Las caricias, las palabras susurradas; su risa ronca y aterciopelada, la suavidad de su cabello entre mis dedos, la curva de su sonrisa, el hoyuelo en su mejilla; el perfume de su piel, el sabor de sus besos…
Todo se arremolina en mi cabeza y la opresión en mi pecho es tan grande, que se siente como si pudiese gritar.
Los ojos se me cierran con fuerza y tomo una inspiración larga y profunda.
Me digo a mí misma que no lo extraño más.
Que lo he olvidado y que he superado aquella faceta de mi vida llamada Harry Stevens; sin embargo, no puedo arrancar la sensación de desasosiego que me invade.
Tampoco puedo llenar el inmenso vacío que se ha instalado en mi estómago y sé, por sobre todas las cosas, que este encuentro tampoco va a dejarme tranquila durante mucho tiempo.