Capítulo 38 #2
Mi voz suena tan baja, que al principio ni siquiera creo que me haya escuchado; sin embargo, sé que lo ha hecho. Sé que lo ha hecho porque ha trabado sus ojos en mí.
—¿Qué pasa con Tyler? —habla, con cautela. Su voz suena más profunda que nunca.
Mis puños se cierran y las uñas se entierran en mis palmas. El latir desbocado de mi corazón está haciendo que la cabeza me palpite y que la visión se me nuble.
—Él… —Apenas puedo hablar—. Él me… —Trago duro y mojo mis labios—. Me amenazó.
No dice nada. No se mueve. Dudo mucho que siquiera respire…
No me atrevo a mirarlo. Sé que espera a que continúe, pero el nudo de mi garganta está tan apretado, que no puedo decir nada.
Lucho contra la opresión que se ha colado en mi sistema. Lucho contra el nudo en mis entrañas y el pánico de lo que puede llegar a ocurrir. Sé que ya no hay vuelta a atrás. He llegado a un punto sin retorno. Debo decírselo todo…
—El día que tuviste esa fiesta con tu jefe —empiezo a hablar—, Tyler me siguió en su coche.
Me persiguió y me acorraló. De no ser por Jeremiah, no sé qué habría ocurrido.
—Las palabras son arrancadas de mi boca—.
Me dijo que debía alejarme de ti. Que no era una amenaza, pero que debía hacerlo o las cosas iban a terminar mal.
—Me obligo a mirarlo. Su rostro está carente de expresión, pero su mandíbula está tan apretada como sus puños.
Mi corazón se estruja con fuerza, pero continúo—: Al día siguiente de eso, ocurrió lo del callejón.
Entonces, su cabeza gira en un círculo lento, como el de alguien que calienta para hacer ejercicio.
—Dijiste que habían sido chicas. —Toda emoción se ha ido de su voz, también. Algo ha cambiado en él y se siente terriblemente mal. Como si todo vestigio de humanidad se hubiese fugado de su cuerpo. Como si el Harry que conozco hubiese desaparecido—. ¿Fueron chicas realmente?
—Sí.
—¿Nadia y sus amigas?
Silencio.
Una risa carente de humor brota de sus labios.
—¿Algo más que necesite saber? —Habla con una naturalidad aterradora, pero tiene la vista clavada en el suelo.
Dudo unos instantes.
—Tyler envió flores al hospital.
Harry vuelca su cara hacia mí con brusquedad, y un escalofrío recorre mi espina dorsal cuando miro su rostro de lleno.
No luce furioso. Ni siquiera parece molesto.
Sin embargo, hay algo aterrador en su expresión.
Su mirada esmeralda es hielo puro, pero ni siquiera hay un ceño enmarcándola.
La tranquilidad de sus facciones me pone la carne de gallina, y lo único que puedo hacer, es mirarle a los ojos.
Su vista se aparta de los mía en ese momento y se pone de pie con lentitud.
—Bien —susurra, pero tengo la impresión de que habla para él mismo y no para mí.
—¿Harry? —Mi voz es un susurro asustado.
—Tengo que irme —responde, pero su voz suena monótona y mecánica—. Hay algo que necesito hacer ahora mismo.
El frío se apodera de mí. Mis pulmones duelen, mi pecho arde, mi corazón late con tanta fuerza que temo que va a escapar de mi caja torácica en cualquier momento y el aliento me falta.
—Harry, por favor, no te vayas. —Me pongo de pie rápidamente, pero él ya está avanzando hacia la puerta—. Por favor, no hagas nada estúpido.
Se detiene en seco justo al llegar a la puerta. Entonces, me mira por encima del hombro.
—No debió meterse contigo, Maya. No debió hacerlo.
Entonces, abre la puerta y sale a toda velocidad por el pasillo.
—¡Harry! —grito, cuando salgo del departamento, pero él ya ha recorrido casi todo el pasillo hasta las escaleras.
«Oh, mierda…».
El pánico amenaza con paralizarme, pero me obligo a moverme. Entro de nuevo al apartamento de Kim lo más rápido que puedo, y me pongo los zapatos antes de salir corriendo. Siento cómo mis piernas flaquean con cada paso que doy, pero no me detengo. Necesito llegar a Harry. Necesito detenerlo.
Bajo los escalones de dos en dos, y un dolor punzante me recorre la columna en el segundo en el que uno de mis pies golpea el suelo de manera descuidada y violenta.
La debilidad de mis músculos me hace más lenta y torpe de lo normal, así que tengo que empujar mi cuerpo más allá de sus límites para alcanzar a llegar a la recepción en el instante en el que él sale a la calle.
—¡Harry! —grito cuando cruza la calle en dirección a su viejo auto. Él ni siquiera parece escucharme, ya que abre la puerta del piloto y trepa sin mirar en mi dirección.
El dolor en mi cabeza es intenso, abrumador y cegador. Casi puedo escuchar el golpeteo de mi pulso en cada rincón del cerebro. Casi puedo escuchar el movimiento de los trozos de hueso fracturado en la base de mi nuca.
El motor de su coche ruge a la vida y algo se activa dentro de mí. Mi vista recorre la calle frenéticamente en busca de un taxi, pero no encuentro nada.
Harry maniobra una vuelta en u en ese momento, y yo empiezo a correr para ganar terreno y no perderlo de vista.
Actúo en piloto automático. No puedo pensar con claridad.
No puedo dejar de correr; ni siquiera cuando el coche de Harry me pasa de largo a toda velocidad.
El ardor en mis piernas es insoportable, pero no dejo de moverme.
Me he obligado a empujar el dolor del cráneo lo más lejos posible y ahora solo puedo concentrarme en el viejo cacharro de color negro que está atascado en el tráfico de las calles de San Francisco.
A lo lejos, soy capaz de visualizar cómo un semáforo se pone en rojo.
Aprovecho ese momento para correr con más fuerza.
Mi vista capta un destello amarillo por el rabillo del ojo y me detengo justo a tiempo para esquivar a un chico en bicicleta.
Él me grita una palabrota, pero no me importa.
Mi atención puesta en el taxi que está a pocos metros de distancia de mí.
Me abro paso entre los vehículos detenidos en el tráfico de la luz roja, y abro la puerta trasera del coche sin siquiera mirar si está ocupado por alguien. Para mi buena suerte, está vacío.
El chofer me mira por el espejo retrovisor, pero no dice nada. De pronto, comenzamos a movernos. Mi vista se clava en el familiar auto de Harry, así que, cuando el conductor me pregunta hacia dónde nos dirigimos, le digo que siga en línea recta.
Le pido que gire cuando Harry lo hace, y le pido que se dé prisa cuando Harry se pierde de mi vista.
De pronto, sé exactamente a dónde nos dirigimos. La familiaridad de las calles hace que un escalofrío me recorra entera. Nos dirigimos al muelle. A las bodegas donde se llevó a cabo la fiesta a la que fui con Jeremiah.
Estoy a punto de decirle al hombre del taxi hacia dónde debe girar, cuando la realidad me azota. No traigo ni un maldito centavo. ¿Cómo demonios se supone que voy a pagarle?...
Mi corazón se salta un latido y otra clase de presión se apodera de mis entrañas. No tengo idea de qué diablos voy a hacer, ni de cómo voy a librarme de esto, pero no puedo quedarme aquí. No puedo permitir que Harry haga una locura.
El coche se detiene en otro semáforo y veo la oportunidad. Esto podría salir mal por un millón de razones, pero, aun así, lo hago…
Abro la puerta del taxi y me echo a correr entre los coches, en dirección opuesta al sentido del tráfico.
Una voz masculina grita a mis espaldas, pero no me detengo.
Giro entre los coches y corro hasta llegar a la acera.
Entonces, me introduzco en una de las calles aledañas y muevo las piernas con frenesí hasta que me arden los pulmones y la cabeza se siente como si pudiese estallarme.
No sé cuánto he corrido, pero, cuando me doy cuenta, estoy avanzando entre enormes edificaciones metálicas. He llegado al muelle. He llegado a las bodegas de aluminio que se encuentran cerca de la zona donde los barcos pesqueros atracan.
Necesito orientarme un poco, así que me detengo en seco.
Giro en redondo para localizar esa bodega de pintura desteñida y paredes llenas de óxido. Es la única bodega de aspecto lastimoso, así que no debería ser difícil de encontrar; sin embargo, me toma unos minutos más de lo que espero. Una vez ubicada, cruzo la distancia que me separa de ella.
Estoy a medio camino rumbo al inmenso cubo de lámina, cuando lo veo. La figura imponente de Harry aparece en mi campo de visión, y me detengo en seco solo porque he notado que lleva un bidón de plástico en una mano.
Mi carne se pone de gallina en ese instante, pero me obligo a ignorar la sensación de pesadez que se ha instalado en la boca de mi estómago. Entonces, avanzo a toda velocidad en su dirección.