Bestia (Bestia nº 1) Capítulo 38
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Capítulo 38

—Juro por Dios, Stevens, que si no tienes cuidado, voy a tirar de tu cabello y voy a arrastrarte por todo el edificio —Kim amenaza, al ver cómo Harry se deja caer sobre el sofá cama donde me encuentro instalada.

Él ni siquiera se inmuta ante el tono autoritario y reprobatorio que utiliza la chica.

Al contrario, con aire despreocupado, toma uno de los cojines de la sala para colocarlo detrás de su cabeza y tira de mí en su dirección.

Sin embargo, sus movimientos son más delicados y precisos de lo que parecen, ya que cuida la forma en la que mi cabeza se asienta sobre su hombro.

—Te extrañé —susurra en mi oído, mientras ignora a mi amiga.

—¡Estoy hablándote, idiota! —Kim lanza un cojín en nuestra dirección, pero Harry lo atrapa en el aire y lo empuja de regreso hacia ella. Una risa tonta me asalta solo porque jamás había visto a Kim tan indignada.

—¿No tienes otra cosa mejor que hacer? —Harry dirige su atención hacia ella—. En realidad, me encantaría pasar tiempo a solas con mi novia.

Mi corazón hace un baile al escucharlo llamarme de esa manera, pero trato de lucir casual y despreocupada mientras concentro mi atención en Kim.

El gesto indignado que esboza, me hace ahogar una carcajada. Mi amiga nos mira como si pudiese estrangularnos solo con el poder de su mente.

—¡No te atrevas a burlarte de mí, Maya Bassi! —chilla, y me señala con un dedo. Entonces, río con fuerza. Las carcajadas escandalosas no dejan de salir de mi garganta.

Ella entrecierra los ojos, al tiempo que se echa a andar en dirección al pasillo para ir a su habitación.

—¡Voy a darte pizza para la cena! ¡Ya lo verás! —grita hacia nosotros, justo cuando creo que no va a decir nada más.

La risa que se me escapa es tan estridente, que resuena en todo el apartamento.

—Tu amiga está loca. —Harry se deja caer una vez más y besa mi mejilla. Una sonrisa juguetona baila en sus labios.

—En realidad, solo cuida de mí —la defiendo—. Del modo: «No muevas un solo dedo en tu vida o te mataré antes de que puedas matarte a ti misma en un descuido».

Una risa fresca se le escapa. Su cabeza se echa hacia atrás mientras la carcajada limpia abandona su cuerpo; sin embargo, no dice ni una sola palabra cuando esta se diluye para convertirse en una risa silenciosa.

Esta mañana fui dada de alta del hospital.

Harry no pudo estar ahí en ese momento porque, al parecer, su jefe lo necesitaba con urgencia. Fueron Will y Kim quienes se encargaron de traerme sana y salva de vuelta a su departamento.

Estaré incapacitada del trabajo alrededor de seis semanas.

Mi sueldo apestará durante todo ese tiempo, ya que la paga que recibo como mesera no es buena en realidad.

Lo que hace que el empleo valga la pena, son las propinas.

Suelo ganar el doble de lo que me pagan en el restaurante gracias a ellas, pero no puedo quejarme demasiado cuando el dueño del Joe’s Place va a pagarme por quedarme tirada en casa durante el tiempo que tarde en recuperarme.

No le he hablado a Harry acerca del asunto de Tyler.

Tampoco le he hablado sobre las flores. De hecho, hice que la enfermera se deshiciera de ellas diciéndole que eran un regalo de un chico con el que había salido antes de salir con Harry.

Le dije, también, que no quería que él las mirara porque iba a enloquecer.

Ella rápidamente se las llevó lejos y prometió que me ayudaría a guardar el secreto.

He pasado todos estos días pensando en la forma en la que le diré lo que pasó, pero no se me ocurre cómo hacerlo. Simplemente, el día de hoy, he pasado alrededor de veinte minutos tratando de encontrar las palabras adecuadas para contarle todo esto a Harry.

Sé que podría moler a golpes a Tyler si se entera de lo que pasó.

Sé, también, que mi chico no se conformaría con eso. No va a tener suficiente con golpearlo y eso es lo que más me preocupa. Harry es tan volátil, que no me sorprendería si intentara hacer algo más extremo.

Sé que una paliza es lo menos que se merece un tipo como Tyler, pero no estoy muy segura de que vaya a mantener en secreto mi existencia si Harry toma medidas en su contra. Nos tiene en la palma de su mano. Si llegase a hablarle a Rodríguez sobre mí, no sé qué podría ocurrirnos.

Me asusta pensar en lo que Harry es capaz de hacer si me veo amenazada por su jefe, y me asusta aún más pensar en la forma en la que podrían resultar las cosas si todo esto se sale de control.

Una esfera de angustia se ha formado en mi estómago y es cada vez más y más grande. Cientos de escenarios fatalistas me invaden, y puedo sentir cómo todo el calor me abandona de un segundo a otro. Estoy tan preocupada…

—¿Qué sucede, amor? —La voz ronca y suave de Harry invade mi audición. Su aliento tibio golpea mi mejilla y su nariz se frota contra la piel de mi pómulo—. Hace dos minutos reías, y ahora estás en otro mundo.

Giro un poco la cara para mirarlo; sin embargo, el plástico duro alrededor de mi cuello me impide hacerlo como me gustaría. Harry se remueve y coloca mi cabeza sobre uno de los cojines antes de apoyar su peso sobre su codo para poder mirarme a los ojos.

Su expresión luce ligeramente alarmada, así que tengo que reprimir el impulso que siento de pasar el pulgar por las arrugas que han empezado a formarse en su entrecejo.

Quiero borrar todo indicio de intranquilidad de su rostro. Quiero cerrar los ojos y olvidarme de todo lo que me preocupa, pero sé que no puedo hacerlo. Necesito dejar de postergar esto. Debo ser honesta con Harry y contárselo todo.

Si no hablo ahora, podría ser demasiado tarde la próxima vez. No debo olvidar que estuvieron a punto de matarme a golpes. De no haber sido por Kim, habría muerto en ese callejón.

—Necesito hablar contigo —susurro, finalmente.

La confusión y el miedo toman fuerza en las facciones de Harry, pero no dice nada de inmediato. Parece procesar esas tres palabras, como si las hubiese dicho en un idioma desconocido para él y necesitara escarbar en su memoria para rescatar su significado.

—¿Sobre qué? —dice.

Trago duro.

Muerdo la parte interna de mi mejilla. Mi cuerpo comienza a traicionarme y la serenidad previa va disolviéndose en la espesa bruma del nerviosismo.

Mi boca se abre para comenzar a hablar, pero aún no estoy lista, así que la cierro de nuevo. Trato una vez más, pero no soy capaz de pronunciar nada. Entonces, pruebo con algo diferente.

—Necesito que me prometas que no vas a volverte loco —digo.

Algo cambia en su mirada. Hay un brillo extraño en ella. No me atrevo a apostar, pero podría jurar que hay un atisbo de sospecha en sus ojos esmeralda.

—¿Hay algún motivo por el cual pueda volverme loco? —Suena cauteloso ahora.

No me atrevo a asentir, así que dejo que el silencio hable por mí.

Harry se incorpora poco a poco. Su cuerpo abandona el sofá cama y, una vez de pie, gira sobre su eje para encararme. La rigidez de su mandíbula y la forma en la que sus hombros se cuadran, me hacen saber que está en alerta.

«Está listo para estallar y ni siquiera has dicho nada», susurra la voz dentro de mi cabeza, pero la ignoro por completo.

Me acomodo en una posición sentada y me deslizo por la superficie para quedar justo al borde del colchón. Estoy tan cerca de él que, si estirara la mano, podría tomar la suya.

—Te escucho. —Trata de sonar sereno y tranquilo, pero no puede engañarme. Está más alerta y ansioso que nunca.

Mis dedos se envuelven alrededor de su muñeca, pero eso solo hace que la rigidez de su cuerpo se intensifique.

—No sé por dónde empezar.

—Me estás poniendo nervioso, Maya —advierte.

—¿Puedes sentarte, por favor? —Sueno tímida.

Sus manos se cierran en puños y las venas de sus brazos resaltan con ese simple movimiento. Entonces, toma una inspiración profunda. Sé que trata de relajarse, pero parece que le es imposible conseguirlo.

—Maya, solo dilo… —dice, en un susurro áspero y ronco.

—Harry, necesito que te sientes —pido, y trato de sonar autoritaria esta vez.

—Maya, ¿qué es? —suelta, con impaciencia—. Déjate de misterios y suéltalo ya.

El silencio se extiende entre nosotros, pero hay algo vicioso y amargo mezclado en él. No es solo silencio, es algo más oscuro que eso.

—Maya, por el amor de Dios, dímelo —ruega—. Voy a enloquecer ahora mismo si no me lo dices y…

—Te mentí —lo interrumpo.

El silencio vuelve.

—¿Qué?

«De acuerdo. Ese fue un pésimo comienzo…».

Alzo la vista para mirarlo.

Sus facciones se han ensombrecido y sus ojos feroces están fijos en mí. Su piel ha palidecido varios tonos, mientras que su mandíbula apretada afila los ángulos de su rostro.

—¿Me mentiste? —dice, como si tratara de digerir la información. Como si se negara a creer lo que he dicho—. ¿En qué me mentiste? ¿Cuándo?...

Sé que trata de mantenerse tranquilo, pero luce como si estuviese a punto de vomitar.

—Harry, necesito que te sientes —pido, una vez más.

—¿Me engañaste? —Su voz tiembla ligeramente.

Mi ceño se frunce en confusión, antes de que sus palabras se asienten en mí con brutalidad.

—Por supuesto que no. —La indignación se mezcla con el nerviosismo que siento—. Se trata de otra cosa.

Luce como si hubiese arrancado una tenaza fuera de su pecho. Como si hubiese salido a la superficie después de haber pasado mucho tiempo debajo del agua.

—¡Jesús, Maya! —exclama, con alivio—. ¿Por qué tienes que hacerlo así de dramático? Casi enloquezco aquí.

—¿Puedes sentarte, por favor? —pido una vez más, medio irritada.

Él se deja caer a mi lado y me mira. Una sonrisa tira de las comisuras de sus labios y me siento más allá de lo enferma porque voy a eliminar ese gesto en unos segundos más.

—Te escucho —dice, pero ya no luce preocupado en lo absoluto.

—Debes prometer que no vas a enloquecer —repito.

—Maya, ve al grano, por favor. —Hace un ademán con su mano para incitarme a hablar.

Cierro los ojos con fuerza y tomo una inspiración profunda. Un ligero temblor se ha apoderado de mis manos.

—Es acerca de tu amigo Tyler —digo, tras unos instantes de silencio absoluto.