Bestia (Bestia nº 1) Capítulo 30
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Capítulo 30

Harry Stevens está sentado tras el volante de su vehículo, pero este no está en movimiento. El auto está aparcado a pocos metros de distancia de la bodega donde la fiesta se lleva a cabo, y el silencio que se ha instalado entre nosotros es casi tan insoportable como el abismo que parece separarnos.

Mi vista está fija en un punto en la calle vacía, mientras espero a que hable. No lo hace. No lo ha hecho durante los últimos diez minutos y eso empieza a desesperarme.

Tengo las manos cerradas en puños sobre el regazo y mi mandíbula se ha entumecido debido a la fuerza con la que aprieto los dientes. Estoy nerviosa. Ansiosa. Quiero bajarme del auto y echarme a correr lejos para no tener que escuchar lo que sea que es eso que no quiere decirme.

—No puedes hacer estas cosas, Maya —dice finalmente. Su voz suena rasposa y ronca—. No puedes pedirme que te deje en paz, para después buscarme. No soy un hijo de puta sin sentimientos. No contigo.

No respondo.

—Entiendo que no puedes creer en mí y acepto la desconfianza.

Comprendo a la perfección cómo debes de sentirte porque he estado ahí antes —continúa—, pero eso no te da el derecho a venir aquí y…

—Se detiene. Las palabras parecen estancarse en la punta de su lengua, así que debo esperar unos segundos mientras ordena sus ideas—.

Lo que trato de decir, Maya, es que sé que lo arruiné; pero, a pesar de todo, eso no te da derecho de venir y lastimarme de esta manera.

No me atrevo a mirarlo.

—No puedo seguir esperando por ti si tú no deseas perdonarme.

De nada me sirve estar dispuesto a ganarme tu confianza una vez más, si tú no quieres hacer el esfuerzo de permitirme entrar —dice—.

Sé que te han fallado muchas veces en el pasado.

Sé que solo ha habido mierda sobre mierda en tu vida y que lo único que he hecho es acrecentar la carga sobre tus hombros.

Es por eso por lo que he aceptado el hecho de que no quieras tenerme cerca nunca más.

—Lo miro por el rabillo del ojo y noto cómo aprieta el volante con sus manos.

Mi corazón da un vuelco cuando tengo una vista de su gesto descompuesto y un nudo comienza a formarse en mi garganta—.

Sin embargo, cuando haces estas cosas, no sé qué pensar.

No sé si esto es una señal clara de cuánto deseas estar conmigo o solo ha sido un momento de debilidad de parte tuya.

No sé qué quieres de mí, Maya. De verdad, no lo sé.

Siento su mirada fija en mí, pero no me atrevo a encararlo. No hago otra cosa más que mirar hacia la calle desde el interior de su vieja camioneta, mientras que me armo de valor para responder.

—Ni siquiera yo sé qué demonios quiero de ti —digo, al cabo de un rato, con un hilo de voz—. No quiero ser esa chica que todo lo perdona solo porque le tiene un pavor inmenso a la soledad; sin embargo, tampoco quiero ser esa que está dispuesta a perderlo todo por orgullo.

—Lo sé. Y me encantaría poder darte eso que quieres —dice, en un susurro triste—.

Me encantaría poder decirte que sé exactamente qué ocurrió esa noche…

, pero no puedo. No puedo asegurar o negar nada porque te lo juro que no lo recuerdo.

Lo único que tengo, es la certeza de saber que no soy ese tipo de persona, pero sé que no es suficiente. Lo sé…

Cierro los ojos con fuerza.

El dolor que tengo en el pecho es insoportable, pero no quiero llorar.

No quiero ser más esta Maya débil y torpe que lo único que hace es aovillarse en la esquina de una habitación a llorar hasta que todo pasa.

No quiero ser más esa niña idiota que se deja pisotear, y no es capaz de alzar la cara y enfrentar al mundo.

—Quiero creerte… —me sincero con la voz enronquecida por las emociones—. De verdad, quiero ser capaz de confiar en ti ciegamente, pero…

—Pero no puedes… —termina por mí—. Y lo entiendo.

Por primera vez desde que llegamos aquí, me atrevo a mirarlo.

Su cabeza está agachada y el cabello le cae sobre la cara, impidiéndome ver su expresión.

Quiero estirar la mano y apartar las ondas lejos de su rostro, para así poder ver qué emociones se esconden en su mirada, pero no me atrevo a cruzar esa barrera que se ha formado entre nosotros.

No me atrevo a hacer otra cosa que no sea mirarlo.

—Eres la única persona en el mundo que ha hecho algo por mí sin esperar nada a cambio —susurro—.

La única que me tendió la mano cuando estaba harta de luchar.

Eres el único ser humano en el mundo que notó cuánto pedía a gritos desesperados que alguien me sacara del infierno en el que vivía, porque yo no tenía el coraje para salir por mi cuenta…

Me mira.

Su expresión serena parece resquebrajarse en el momento en el que sus ojos y los míos se encuentran.

—La noche que… —Trago duro, porque se siente como si trajera una bola atorada en la tráquea—. La noche que me sacaste del apartamento de mi papá… —Muerdo mi labio inferior con tanta fuerza, que pruebo el sabor de mi sangre, pero me obligo a decir—: Pretendía quitarme la vida.

El dolor en su expresión es tan profundo, que cala en lo más hondo de mi pecho.

—Cuando vivía en ese lugar, lo pensaba todo el tiempo.

—Me apresuro a continuar cuando está a punto de replicar—.

La posibilidad de quitarme la vida rondaba por mi cabeza más veces de las que me gustaría admitir.

Y sé que es cobarde, pero deseaba con todas mis fuerzas que todo terminara.

Deseaba borrar todo lo que había hecho mi madre en el pasado.

Quería borrar la tortura en la que se convirtió mi vida cuando ella…

—Me detengo abruptamente. No estoy lista para hablar de eso. No puedo.

—Maya…

—Ella se fue y me dejó con él, Harry. —Lo interrumpo—.

Me dejó atascada en ese infierno… —Sacudo la cabeza, para ahuyentar los recuerdos que se acumulan en mi memoria, y dejo escapar el aire con lentitud antes de decir—: Una noche, le compré un frasco de pastillas para dormir a un tipo que vendía medicamentos sin prescripción en las calles del barrio y, siempre que mi papá me…

—Las ganas de llorar son insoportables ahora, así que tengo que detenerme de nuevo a respirar—.

Siempre que él me… tocaba, me encerraba en mi habitación y vaciaba el contenido en mi mano.

Lo contemplaba por horas y trataba de empujarme a hacerlo, pero…

—Maya, por favor, no sigas. —La tortura en su voz, me quiebra—. Lamento no haber estado ahí. Lamento no haberte sacado de ese lugar antes.

—No es tu culpa. Simplemente, a lo que quiero llegar con todo esto, es a que…

—trago duro—, solo has traído cosas buenas a mi vida.

Solo has hecho cosas maravillosas por mí.

Alejaste de mí todos esos pensamientos horribles, Harry.

Desde que te conozco no he pensado ni una sola vez en quitarme la vida y ahora no puedo dejar de pensar en que lo único que yo he hecho, es tenerte miedo…

La tristeza se arraiga en su mirada.

—¿Me tienes miedo? —dice, en un susurro dolido.

—Sí, Harry —admito—. Me asusta estar a tu alrededor. Me da mucho miedo darme cuenta de lo profundo que estás dentro de mí y de cuánto daño eres capaz de hacerme. Me aterra darme cuenta de lo que siento por ti. Me aterroriza quererte como lo hago.

—¿Y de qué me sirve todo eso si no crees en mí? —reprocha en un susurro, pero suena aliviado—. ¿De qué me sirve saber que sientes lo mismo que yo, si no es suficiente para que estés conmigo?

El silencio que nos invade tras sus palabras es tenso y tirante, pero no me atrevo a romperlo. Él tampoco dice nada, así que nos quedamos ahí, sentados en los asientos de su viejo auto, mientras digerimos el hecho de que lo nuestro está demasiado jodido como para hacer algo para arreglarlo.

—Has hecho tanto por mí… —digo, con un hilo de voz.

—No quiero que sientas que me debes algo, Maya —dice con la voz enronquecida.

—Pero lo hago —susurro—. Te debo más de lo que alguna vez podré pagar. Y no hablo de cosas materiales.

Una risa extraña brota de sus labios y me obligo a mirarlo.

—¿Qué es tan gracioso?

Su mirada está fija en la calle, pero su gesto sigue siendo incrédulo y triste.

—El hecho de que no te has dado cuenta de cuánto me has dado tú a mí. No creo que algún día puedas ver realmente lo que has hecho conmigo.

Mi corazón se salta un latido. Quiero estirar la mano para tomar la suya, pero también quiero bajar del auto y marcharme.

—Desearía que las cosas fuesen diferentes para nosotros —digo, pero lo hago más para mí que para él.

—¿Puedo pedirte algo?... —susurra con timidez, luego de un momento en silencio—. No volveré a pedirte nada más. Lo prometo.

—Claro… —respondo sin pensarlo.

Me mira a los ojos y noto la indecisión en su mirada.

—Déjame besarte —Todo mi cuerpo reacciona ante su petición. El corazón se me acelera, las entrañas se me revuelven y se anudan con nerviosismo, y la respiración se me atasca en la garganta—. Solo… necesito besarte. Una última vez, Maya. Por favor…

De pronto, se vuelve hacia mí y apoya una rodilla en el cuero del asiento para impulsarse hacia adelante.

No puedo evitar la reacción involuntaria que tengo ante sus movimientos y, entonces, me encuentro con la espalda pegada a la puerta del coche.

Su mano se posa en el vidrio para apoyar su peso y se inclina en mi dirección.

Las puntas de su cabello hacen cosquillas en las mejillas, y es solo en ese momento, cuando noto cuán cerca está en realidad.

Tengo que hacer la cabeza hacia atrás para poder mirarlo. Sus ojos verdes se han oscurecido varios tonos y sus labios, enrojecidos por el frío, están entreabiertos.

—Harry, no… —Coloco las manos en su pecho, con la intención de empujarlo, pero me quedo quieta. Estoy hipnotizada por el sonido de su respiración acelerada y el golpeteo intenso de mi pulso.