Capítulo 29 #3
Nadia se abalanza sobre mí y me rasguña la cara mientras trato de cubrirme.
Sus dedos se enredan en las hebras de mi cabello y tira con tanta fuerza que temo que pueda arrancar los mechones desde la raíz.
Clavo las uñas en sus antebrazos y aprieto con brusquedad.
Siento que alguien tira de mí por la cintura para apartarme de ella, pero no estoy dispuesta a dejarla ir. No así de fácil.
Una mano es liberada de mi cabello, pero una bofetada me da de lleno. Puntos oscuros oscilan en mi campo de visión, y otro golpe viene a mí. Casi por acto reflejo, mi puño se cierra y golpeo a ciegas hacia adelante.
El agarre en mi cabello cede y me apresuro a tirar otro golpe a puño cerrado; sin embargo, alguien ya me ha elevado del suelo y me aleja de ella y, por más que trato y lucho para liberarme, me es imposible hacerlo.
Un grito cargado de frustración se me escapa, pero he dejado de patalear. Sé que no voy a poder liberarme del agarre implacable que se ejerce sobre mí, así que me resigno y aparto el cabello lejos de mi rostro para contemplar lo que he hecho.
Harry sostiene a Nadia por la cintura y me mira con asombro y… ¿orgullo?
La chica en sus brazos tiene todo el cuello y el escote llenos de sangre proveniente de su nariz. Su mejilla izquierda está enrojecida por mi bofetada y su pómulo derecho se ha inflamado.
—¡Oh, Dios mío! —La chica que hace un rato estaba sentada en el regazo de Harry, mira a Nadia con horror—. ¿Te rompió la nariz?
—¡Eres una hija de puta! —Nadia grita—. ¡Voy a hacerte pagar por esto! ¿Me oyes? ¡No sabes con quién acabas de meterte!
Mi respiración es tan dificultosa, que no puedo pronunciar palabra alguna, así que me limito a mostrarle el dedo medio de mi mano derecha.
La chica de cabello corto se gira para encararme y señala hacia la puerta principal.
—Lárgate de aquí, perra —dice.
Una risa eufórica y molesta brota de mi garganta.
—Con mucho gusto —escupo.
El agarre en mi cintura cede de inmediato y me giro para encarar a la persona que me mantenía lejos de Nadia. No me sorprende descubrir que se trata de Jeremiah.
El chico frente a mí me mira como si no pudiese reconocerme, y el enojo previo se incrementa; sin embargo, no digo nada. Me limito a regalarle un asentimiento rápido y a encaminarme hacia la entrada de la bodega lo más rápido que puedo.
Antes de llegar a la salida, visualizo a Luke.
Él trata de hablar conmigo, pero lo paso de largo.
No sé qué demonios me pasa. Es como si toda la ira contenida hubiese estallado.
Como si toda la amabilidad me hubiera abandonado de un momento a otro y hubiese perdido la capacidad de dialogar con los demás como una persona decente.
—¡Maya! —La voz de Jeremiah llega a mí cuando estoy fuera del lugar—. ¡Maya, detente!
No dejo de caminar. El enojo aún es insoportable, así que no puedo detenerme. Si lo hago, voy a recalar en su contra, y no quiero hacerlo.
—¡Maya! ¡Carajo! ¡Detente!
—¡Déjame sola! —medio grito de vuelta y, por un momento, creo que ha logrado captar el mensaje, ya que deja de gritar mi nombre.
Los pasos detrás de mí suenan cada vez más cerca, y quiero gritar de la frustración porque sé, en ese momento, que Jeremiah no va a darse por vencido.
—¡Deja de seguirme! —chillo, pero el sonido del caminar apresurado no cede. Entonces, me giro sobre los talones y escupo—: ¡Dios, Jeremiah! ¡Déjame en…!
Las palabras mueren en mi boca cuando me encuentro de frente con la figura imponente de Harry Stevens.
Está a pocos pasos de distancia, y me mira fijo. Sin embargo, su expresión sigue siendo inescrutable.
Metros atrás se encuentra Jeremiah, quien luce sin saber qué demonios hacer. La resolución en su mirada me hace saber que está dispuesto a enfrentarse a Harry en el momento en el que algo extraño ocurra y eso hace que una oleada de calor me invada.
Harry mira al punto donde mi vista está clavada.
—¡Lárgate de aquí! —escupe hacia mi amigo.
Jeremiah se yergue sobre su figura y alza el mentón.
—No voy a irme sin Maya. —Trata de sonar firme, pero hay un ligero temblor en su voz.
—¡Largo! —La voz de Harry truena con tanta fuerza, que me encojo un poco.
—Jeremiah, por favor… —digo cuando Jeremiah está a punto de replicar.
Él parece dudar, pero termina asintiendo.
—Estaré aquí cerca. Si me necesitas solo tienes que gritar —Le regala una mirada cargada de advertencia a Harry, y no puedo evitar sentirme agradecida por la preocupación que siente.
Entonces, se echa a andar en dirección a la bodega, pero no desaparece del todo. Sé que va a quedarse cerca y lo agradezco de cierta manera.
Cuando está lo suficientemente lejos, Harry se gira para encararme. Su rostro inexpresivo se distorsiona hasta formar una mueca iracunda y furiosa.
—¿Me puedes explicar qué demonios pretendías al venir aquí? —escupe, con brusquedad—. ¡Maldita sea, Maya! ¿Es que acaso eres estúpida?
No puedo creer que esté tratándome de esta manera. Ni siquiera fue capaz de callar a la idiota de su amiga y ahora está aquí para echarme en cara mi presencia en este lugar.
«¿Qué demonios le sucede?».
—¿Para eso me seguiste? —chillo, con incredulidad—.
¡Venía a verte, pedazo de mierda! ¡Venía a verte porque…
! —Las palabras se me atascan en la garganta.
La vergüenza y la frustración me invaden rápidamente y reordeno mis ideas antes de escupir—.
¡Eres un idiota! ¡Lo único que quería era verte y disculparme por ser una imbécil contigo!
¡Lo menos que merecías era que te escuchara y me comporté como una completa hija de puta, pero tú…
! ¡Eres un idiota! ¡Un verdadero, idiota!
—¡No tenías por qué venir aquí! ¡Pudiste buscarme en el apartamento, maldita sea! —escupe—. ¡No puedes estar aquí!
—¡¿Por qué no?!
—¡Porque es peligroso, pequeña idiota! —Alza la voz y acorta la distancia entre nosotros para ahuecar mi rostro entre sus manos—. ¡Esta gente es peligrosa! ¿Es que acaso no te das cuenta?
De pronto, mi capacidad de hablar se esfuma. La cercanía de su cuerpo y el tacto cálido de sus manos es insoportable.
—Suéltame —pido en un susurro, pero en realidad no quiero que lo haga.
Su frente se une a la mía y puedo sentir su aliento caliente mezclándose con el mío. Mi corazón se dispara en latidos intensos e irregulares, y un puñado de piedras cae en mi estómago.
—No —susurra—. No, Maya. Vamos a dejar de ser unos idiotas y vamos a hablar como la gente civilizada. No voy a dejarte ir. No una vez más.