Bestia (Bestia nº 1) Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

Su nariz toca la mía y se acerca un poco más, de modo que siento cómo su aliento caliente golpea la comisura de mi boca. Entonces, mis manos se cierran en puños y su chaqueta de piel queda atrapada entre mis dedos.

—No, ¿qué?... —susurra. Su voz suena casi gutural.

No soy capaz de formular una oración coherente, así que me quedo ahí, tratando de arrancar las palabras de mi boca, sin poder mover un solo músculo. Sin querer hacerlo…

Sus labios rozan los míos con suavidad y se retira mientras espera por mi reacción. Sé que está dándome la oportunidad de apartarme, pero no lo hago. Me quedo quieta mientras espero su siguiente movimiento.

No se mueve.

Es entonces cuando me doy cuenta de qué es lo que desea. Quiere que yo lo bese. Quiere que sea yo quien decida si va a suceder o no.

Me muerdo el labio inferior y observo los suyos antes de posar mi vista en sus ojos cerrados. Mis manos se deslizan hasta su nuca y tiro de él, de modo que nuestras frentes quedan unidas. Nuestros alientos se entremezclan y trato de acallar la batalla campal que hay entre mi cabeza y mi corazón.

—Bésame, Maya —pide, pero no me atrevo a moverme.

Mis dedos se enredan entre las hebras de su cabello, y tiro de él con más fuerza de la debida. Un gruñido adolorido brota de sus labios en ese momento, pero no es suficiente. Quiero hacerle mucho daño y, al mismo tiempo, anhelo fundirme entre sus brazos.

La indecisión me corroe por dentro y me quedo así durante unos largos momentos antes de que, finalmente, mis manos se enreden en su cabello aún más.

En ese momento, trago saliva con dureza y dejo que mis instintos tomen las riendas de la situación.

Mis labios encuentran los suyos con brusquedad y tiro de su cabello de nuevo. Un gruñido ronco retumba en su pecho y su mano libre se enreda en mi cintura para acercar mi cuerpo al suyo.

Su abdomen se encuentra pegado al mío, su brazo está envuelto a mi alrededor y me presiona con tanta fuerza, que soy capaz de sentir todas y cada una de las ondulaciones que hay en él.

Su lengua busca la mía, y correspondo su caricia con intensidad y avidez. Mis dientes se apoderan de su labio inferior y muerdo tan fuerte, que gime de dolor antes de besarme con más urgencia.

De pronto, se aparta.

Me siento desorientada por el abrupto abandono de su contacto, así que abro los ojos para averiguar qué ha pasado, y me encuentro mirando de lleno su expresión desesperada y anhelante.

—Sé que dije que me alejaría, pero no puedo hacerlo, Maya.

Lo siento, pero no puedo resignarme —susurra sin aliento—.

Haré absolutamente todo para recuperarte, Maya ―dice, con determinación—.

No te pido que me tomes de regreso; solo te pido que me des la oportunidad de redimirme.

Dame la oportunidad de demostrarte cuán enamorado estoy de ti, Maya. Por favor.

—Harry…

—No te pido que me creas —urge—. Solo quiero invitarte a salir, llevarte a lugares lindos, pasear contigo… Cortejarte como se debe. Y, si después de todo eso sigues sin querer estar conmigo, lo aceptaré. Lo aceptaré pero, por favor, dame la oportunidad de probarte que valgo la pena.

—No quiero ser la chica que te lo perdona todo. —Sueno miserable—. No quiero ser esa mujer que va a volver a ti así le hagas el más horrible de los daños. No quiero ser una más en tu vida, Harry.

—Déjame demostrarte que no lo eres.

—¿Cómo se supone que crea eso cuando vi a una chica sentada en tu regazo hace no más de una hora? —reprocho, pero aún puedo sentir sus labios rozando los míos—. ¿Cómo se supone que te crea cuando ni siquiera eres capaz de ponerle un alto a la chica que tienes por amiga con derecho?

Me aparto para mirarlo mejor. Luce herido, pero no me importa.

—Ella no es mi amiga con derecho —se defiende.

—Como sea… —mascullo, al tiempo que desvío la mirada. Su respuesta, sin embargo, no me ha dejado satisfecha.

—Maya, sé que no tengo cara para pedirte nada. Estás en todo el derecho de mandarme al demonio en el instante en el que desees porque he hecho cosas horribles, pero, si me das la oportunidad de reivindicarme, te juro que haré hasta lo imposible para hacerte feliz. Déjame hacerte feliz.

El golpe sordo en el vidrio del lado del conductor, nos hace saltar en nuestro lugar y me quedo con un nudo de palabras atascado en la garganta.

Harry maldice mientras regresa a su asiento y encara a la persona que ha interrumpido nuestra conversación.

Tyler, el tipo que me acorraló en el apartamento, está ahí; del otro lado de la ventana.

El chico a mi lado masculla otra maldición y baja del auto dando un portazo brusco. Yo me quedo ahí, quieta, mientras trato de recuperar el aliento. Mientras intento ordenar todos los pensamientos que me abruman.

El sonido de sus voces roncas llega a mí, pero ni siquiera soy capaz de escuchar retazos de la conversación que mantienen. Harry suena duro y glacial, justo como en la bodega, y Tyler suena molesto.

Pongo todo mi esfuerzo en tratar de escuchar lo que dicen, pero no lo consigo. Hablan entre dientes y eso hace imposible entenderles.

De pronto, Harry se gira sobre su eje, dejando a Tyler con la palabra en la boca y trepa al auto.

—¿Qué pasa? —miro hacia la ventana, solo para encontrarme con el rostro furibundo de Tyler.

Harry no dice nada. Solo enciende el motor y pone la palanca de velocidades en reversa.

Tyler grita algo que no soy capaz de entender, pero Harry lo ignora por completo. Se limita a maniobrar para salir del estacionamiento. Entonces, antes de que su compañero pueda acercarse de nuevo a la ventana del coche, pisa el acelerador en dirección a la calle.

—¿Qué fue eso? —pregunto mientras miro hacia atrás al tipo aterrador que nos observa alejarnos—. ¿A dónde vamos?

—Voy a llevarte a casa de Kim —dice, sin apartar la vista del camino.

—No le dije a Jeremiah que iba a marcharme. —Sueno más preocupada de lo que me gustaría.

Harry no responde. Solo conduce en silencio.

—¿Qué fue lo que pasó con ese tipo, Harry? —inquiero al cabo de unos instantes, preocupada por la serenidad en su rostro, pero él sigue sin responder.

—¿Harry?

—No pasó nada —dice, tras avanzar unas cuantas calles más en completo silencio.

—¿Cómo quieres que confíe en ti si no eres capaz de contarme qué sucede?

Harry aprieta las manos en el volante y toma una inspiración profunda.

—La gente con la que estoy involucrado es muy peligrosa, Maya.

Tyler está preocupado por mí. Cree que eres un distractor y está asustado por lo que puede llegar a ocurrirme si me ablando —dice a regañadientes, con voz ronca y profunda—.

Hay muchas cosas de las que tengo que hablarte, pero ahora mismo no es el momento para hacerlo.

—¿Qué clase de cosas?

—Voy a contártelo todo, Maya. Ahora no, pero prometo que voy a hacerlo pronto.

Quiero gritar de la frustración. La sensación angustiante de que algo muy malo va a ocurrir no me deja tranquila y, de pronto, me siento enjaulada en la prisión en la que se ha convertido mi cabeza.

Necesito saber en qué está metido Harry. Necesito saber cuánto peligro supongo para él y cuán sano es que me mantenga alejada. Si llegara a ocurrirle algo por mi culpa, jamás me lo perdonaría.

Casi hemos llegado al edificio donde vive Kim.

Harry no habla. Ni siquiera me mira. Parece absorto en sus pensamientos.

Finalmente, tras unos minutos más de camino silencioso, aparca afuera del complejo habitacional. Con todo y eso, no me muevo.

Quiero quedarme aquí y sacar las palabras de su sistema. Quiero quedarme aquí y saber qué es todo eso de lo que trata de protegerme y, al mismo tiempo, quiero alejarme y tener la oportunidad de pensar en la locura de noche que he tenido.

—¿Vas a pensarlo? —El sonido de su voz me saca de mis cavilaciones. Mi vista se posa en él, solo porque no comprendo de qué diablos está hablando—. ¿Vas a pensar en lo que hablamos? —Me mira a los ojos—. ¿Vas a pensar si estás dispuesta a darme una oportunidad?

—Lo haré —dudo unos instantes, pero añado de todos modos—: ¿Te veré pronto?

—Eso espero —dice y me regala una sonrisa aliviada—. Por ahora, solo deseo verte entrar sana y salva a ese edificio. Voy a enloquecer si no entras de una buena vez, ¿sabes?

Mi corazón aletea con sus palabras sin que pueda evitarlo y se salta un latido ante la expectativa de volver a verlo. Muy a mi pesar, una sonrisa tensa se dibuja en mis labios.

Entonces, sin decir nada, abro la puerta del copiloto.

Estoy a punto de bajar, cuando me detengo en seco.

No estoy muy segura de qué estoy haciendo.

Tampoco estoy segura de que sea lo más sensato por hacer —no cuando mi cabeza aún es una maraña confusa y extraña.

No cuando aún no estoy segura de querer arriesgarme de nuevo con él—, pero, de cualquier modo, me arrodillo sobre el asiento y estiro la mano para alcanzar el material de su chaqueta.

Tiro de él en mi dirección y ahueco su rostro entre las manos antes de plantar un pequeño beso en sus labios.

Él se tensa, pero no le doy mucho tiempo para procesarlo. Antes de que pueda corresponderme o, incluso, decir algo, bajo del vehículo y doy un portazo. Me apresuro a la entrada del edificio y me detengo un segundo para echarle una mirada rápida.

Podría jurar que he visto una sonrisa en sus labios. Podría jurar que me ha guiñado un ojo, pero no estoy segura, así que me limito a ondear la mano a manera de despedida y entrar al edificio.