Capítulo 21 #2
Una vez que he terminado en la cocina, me dirijo a la habitación y tomo mi viejo pijamas. Después, rebusco entre la ropa limpia una muda de ropa interior y me introduzco en el baño para tomar una ducha.
Al salir, miro el reloj una vez más. Es casi la una y media de la mañana y Harry aún no regresa.
Un nudo se instala en la boca de mi estómago y reprimo el impulso que tengo de llamarle y preguntar si se encuentra bien. Sé que absolutamente nadie quiere meterse con alguien como él, pero no deja de preocuparme lo tarde que es.
Trato de alejar todos los pensamientos tortuosos y me digo a mí misma que todo está bien. Que, seguramente, Harry llegará en cualquier momento y que lo único que tengo que hacer es esperar a que regrese para poder charlar.
Una vez que me he convencido de esto, me encamino a la cama y tomo un viejo libro que he estado leyendo últimamente. Entonces, enciendo la lámpara de noche y me acomodo sobre el mullido colchón.
El estallido rompe en la bruma de mi sueño. El sonido estruendoso del cristal quebrándose hace que me incorpore de golpe. Todo a mi alrededor da vueltas debido a la rapidez de mis movimientos, así que tengo que quedarme quieta unos segundos para detener el mundo a mi alrededor.
Me siento aturdida y desorientada, así que miro hacia todos lados solo para descubrir que me encuentro en la habitación de Harry.
Clavo la vista en el pequeño reloj que descansa sobre la mesa de noche, y mi corazón se estruja cuando noto que son pasadas las tres de la mañana.
Pasos sordos y torpes resuenan por todo el apartamento, y me pongo de pie lo más rápido que puedo. Entonces, avanzo por el pasillo hasta llegar a la cocina, el lugar de donde provino el sonido.
En el instante en el que pongo un pie dentro del espacio, me congelo.
Harry Stevens está acuclillado en el suelo, mientras levanta los restos de un vaso roto. El líquido se ha derramado en todos lados y hay pequeñas manchas de sangre que se diluyen en el contenido del vaso.
Avanzo con cuidado, y me estremezco cuando mis pies descalzos hacen contacto con la duela helada. Trato de ignorar el frío, y me arrodillo para ayudarle a levantar los trozos de vidrio.
—¡No! —Su mano libre golpea la mía lejos, y alzo la vista para encararlo. Su ceño está fruncido con indignación, su mirada está adormecida y su voz suena más arrastrada que de costumbre—. Yo lo hago.
Está ahogado en alcohol y el pánico sin sentido se apodera de mi cuerpo en ese momento.
A pesar de eso, me obligo a concentrarme en la tarea de levantar el desastre para no salir huyendo.
—¡He dicho que no! —Su voz truena en toda la estancia y, de pronto, quiero apartarme de él.
«Harry nunca te haría daño. Harry nunca te haría daño. Harry nunca te haría daño…». Me repito una y otra vez, mientras trato de recuperar el aliento y la compostura.
Él se levanta y arroja los restos del vaso al cesto de la basura.
Camina de vuelta y se tambalea mientras lo hace; sin embargo, eso no lo detiene de quitarme de las manos los trozos que he recogido. No me pasan desapercibidos los cortes en sus palmas, y tampoco el hecho de que apenas puede mantenerse en pie.
Lo observo lavarse las manos mientras me incorporo. No puedo apartar la vista de él y tampoco puedo dejar de sentirme cautelosa. No se me da bien confiar en la gente que bebe.
Harry seca sus manos en la parte trasera de sus vaqueros, antes de girarse para encararme. Sus ojos me recorren de pies a cabeza y noto cómo su mirada se oscurece varios tonos. La respiración se me atasca en la garganta cuando su vista se clava en la mía y un estremecimiento me alcanza.
—¿Cuánto bebiste? —Sueno muy asustada, sin embargo, una sonrisa perezosa se desliza por sus labios. Entonces se encoge de hombros.
—No lo suficiente. —Su sonrisa se tambalea un poco—. Nunca bebo lo suficiente.
Hay tanto significado detrás de sus palabras, que no sé si lo he comprendido como debería, pero no me atrevo a preguntar a qué se refiere en concreto.
Nos quedamos en silencio unos instantes. Ninguno de los dos aparta la mirada del otro. Ninguno se mueve. Es un reto. Una confrontación. Una batalla que no estoy dispuesta a perder.
—¿Ahora sí me tienes miedo? —pregunta, con amargura, al cabo de un rato.
—No.
De pronto, acorta la distancia entre nosotros.
Todo pasa tan rápido, que apenas puedo registrarlo. Mi cuerpo choca contra la pared detrás de mí, y sus caderas se estrellan contra las mías. Su abdomen firme y plano se pega al mío y su aliento me golpea el rostro.
—¿Qué tal ahora? —Sus palabras son siniestras y pesadas, pero no dejo de mirarlo.
—No. —Mi seguridad flaquea.
Toma una de mis manos y me obliga a ponerla sobre su mejilla izquierda, encima de sus cicatrices. Los dientes me duelen de tan fuerte que los aprieto y mi estómago se atenaza ante mi tacto directo con su vulnerabilidad más grande.
—¿Te dan asco? —Su voz suena ronca y profunda.
El coraje y la frustración reemplazan el miedo durante un segundo, y retiro mi toque solo para acercarme y plantar los labios en su mejilla, justo donde la cicatriz más prominente se encuentra. Noto cómo su respiración se atasca en su garganta y planto otro beso sobre otra de ellas.
Mis manos ahuecan su rostro y trazo los patrones de las cicatrices con la mano derecha, mientras que deposito besos sobre ellas una y otra vez.
Entonces, arrastro los labios hasta la comisura de su boca.
—Nada de ti me da asco, Harry —susurro.
Su cabello me hace cosquillas en la mejilla, su aliento me calienta la oreja y soy capaz de sentir el latir de su corazón contra mi pecho.
—Entonces, déjame tocarte. —La súplica que tiñe su voz, hace que el corazón me duela—.
Solo quiero hacerte sentir bien, Maya… —Sus manos se deslizan por mi cintura y mis caderas para ahuecarse en mi trasero.
Entonces, me empuja hacia adelante, de modo que su pelvis y la mía se presionan aún más.
Todo dentro de mí se estremece y quiero besarlo.
Quiero apartarme. Quiero pedirle que me deje ir, y que me sostenga fuerte.
—Harry… —La palabra sale en un suspiro entrecortado.
—Maya, te deseo tanto. —Suelta, casi en un gruñido—. Te necesito tanto, tanto… —Su cabeza se hunde en el hueco de mi cuello y sus labios se presionan contra la piel caliente de esa zona—. Me vuelves loco —murmura contra mi piel, y aprieto su camisa dentro de mis puños.
De pronto, se acaban las palabras. Su rostro sale de su escondite, solo para estrellar sus labios contra los míos.
Todo mi cuerpo tiembla en respuesta, y correspondo a la fiereza de su beso.
Sus manos calientes se deslizan por debajo del material de mi blusa, y sus dedos callosos trazan caricias suaves en mi espalda.
Todo es abrumador. Pierdo el control de mí misma y no sé cómo demonios recuperarlo. Necesito estar consciente de que se trata de Harry. Necesito estar en mis cinco sentidos, para no perderme como la última vez…
Sus manos suben aún más y deshacen el broche de mi sujetador. Me aparto para recuperar el aliento, pero no me da tregua alguna. Sus besos se deslizan por mi mandíbula hasta el punto donde mi pulso late.
Mi respiración es más irregular que nunca y la desesperación de sus movimientos me asusta.
La fuerza de sus acciones contrasta con la dulzura de sus caricias, y me siento petrificada.
La urgencia con la que me besa me deja sin aliento.
Estoy hiperventilando. Me siento acorralada entre lo que mi cuerpo quiere y lo que mi cabeza grita.
Sus manos buscan las ondulaciones suaves de mi cuerpo, y su tacto se siente áspero y cálido. Los patrones de su lengua en mi clavícula hacen que todo dentro de mí se contraiga con violencia, y quiero más. Quiero menos. Quiero tener tiempo para procesarlo todo.
Sus manos se aferran a la parte trasera de mis rodillas y, sin más, dejo de tocar el suelo. Mis piernas están alrededor de sus caderas, y me encuentro atrapada entre su cuerpo y la pared. Entre su deseo y el mío. Entre el miedo y el fuego que se ha apoderado de mi sistema.
—Maya, estoy tan jodido —susurra contra mis labios—. Tengo tanto miedo de lo que siento por ti. Tengo tanto miedo del poder que ejerces en mí…
—Harry… —Trato de hablar, pero mi voz es un susurro débil.
—Te has clavado tan dentro aquí en mi pecho que… —me interrumpe. Sus ojos se aprietan y se aparta un segundo—. ¡Maldita sea! No puedo mirarte sin sentir que todo mi mundo se va a la mierda.
Un gruñido brota de su garganta y me besa con fiereza.
Mis manos siguen inmóviles sobre su pecho, mientras me aprisiona aún más.
Sus dedos se envuelven en mis muñecas y las coloca sobre sus hombros, en un intento de hacerme partícipe de lo que sucede.
Entonces, mis dedos se envuelven alrededor de su cuello.
El sabor a alcohol de su beso inunda mis papilas gustativas, y el miedo gana un poco más de terreno en mí. Sus manos buscan en el elástico de mi pijama, y lucho para que me deje bajar. No puedo permitir que las cosas lleguen al punto de la última vez. No sin decirle…
—Harry… —Mi voz sale en un resuello—. Harry, necesito que hablemos.