Capítulo 21 #3
Él aferra su agarre con más intensidad, pero no dejo de removerme para que me deje ir.
Sus dedos se clavan en la carne de mis muslos, y lo empujo con fuerza.
La angustia se arraiga en mi sistema porque, por un momento, creo que no va a dejarme ir; sin embargo, me relajo cuando me baja al suelo y se aparta.
Su mirada salvaje y herida se posa en mí, y lucho por recuperar el aliento. Un destello de dolor brilla en sus ojos, pero me siento aliviada por el espacio ganado entre nosotros.
—¿Qué tengo que hacer para que no me rechaces? —La angustia en el tono de su voz hace que me sienta la peor de las personas.
—Harry, no te rechazo. Es que… —Me detengo. De pronto, se siente como si pudiese echarme a llorar en cualquier momento. Se siente como si pudiese desmoronarme en un segundo.
Él espera por mi respuesta.
—No te entiendo… —dice, tras un largo momento, en un susurro dolido—.
Maya, necesito saber qué es. Necesito saber si soy yo quien se está precipitando, o si eres tú quien no desea eso conmigo.
Quiero que me digas la verdad. No tiene caso que siga alimentando lo que siento por ti, si no eres capaz de ser sincera conmigo.
—Su voz suena más ronca que nunca—. Maya, sin miedo a equivocarme, puedo decir que jamás me había sentido como me siento cuando estoy contigo.
Estoy… Creo que me estoy enamorando. —Mi corazón se salta un latido—.
Me estoy enamorando de ti y eso me aterra.
Me aterra porque despierta una parte de mí que creía muerta para siempre.
Puedo hacerte feliz, Maya… —Se acerca con lentitud, casi con miedo, y ahueca mi rostro entre sus manos—.
Quiero hacerte feliz, pero necesito que me digas qué demonios tengo que hacer para que me aceptes.
—Tengo tanto miedo… —digo, en un susurro entrecortado.
—¿De qué tienes miedo? —El susurro suplicante que brota de sus labios, hace que me sienta más enferma que nunca.
«De tu rechazo, de tu repulsión, de tu lástima… De que nunca vuelvas a mirarme como lo haces ahora».
—Maya, dime —suplica—. Por favor…, por favor, dime…
Uno…
Dos…
Tres segundos pasan… Y, entonces, se aparta.
El dolor en su mirada es desgarrador. Me destroza la manera en la que la decepción se arraiga en su rostro y el sonido de la risa llena de amargura que se le escapa.
—Si no puedes ser sincera conmigo —dice, con la voz enronquecida, al tiempo que niega con la cabeza—, será mejor que esto se termine. Sea lo que sea esto que tenemos, será mejor que paremos.
El sonido de su voz diciendo eso me quiebra. Se siente como si cayera desde muy alto. Como si pudiese estallar en mil fragmentos, y no hubiese poder humano que fuera capaz de reconstruirme.
Las palabras se agolpan en mi garganta, pero no pronuncio ninguna. Harry me mira con aprensión y cautela, pero no puedo hablar.
Las lágrimas calientes y pesadas me abandonan, y apenas puedo respirar. Apenas puedo sostenerle la mirada. Estoy tan enojada conmigo misma. Tan desesperada de mis reacciones idiotas. Tan cansada de ser así de cobarde.
Sé que espera que lo detenga, pero no puedo. No tengo el valor.
—Buenas noches, Maya —dice, finalmente, y se gira en sus talones para salir por la puerta de la cocina.
Voy a perderlo para siempre. Lo único bueno que me ha pasado en la vida se marcha y no voy a poder detenerlo si no se lo digo. Él merece que se lo diga. Me ha contado tanto. Se ha abierto tanto conmigo. Ha hecho tanto por mí…
Me precipito hacia la sala.
Harry ha tomado su chaqueta de nuevo y va en dirección a la puerta. Son las tres de la mañana y va a marcharse de su propio apartamento porque no quiere estar cerca de mí. Va a irse y, si cruza esa puerta, no voy a poder recuperarlo nunca.
—H-Harry… —La voz me sale en un susurro entrecortado.
Él no se gira para mirarme; sigue andando. Su mano se aferra al pomo de la puerta y la abre.
—Harry, me violaron —Las palabras salen de mis labios con tanto horror y angustia, que duelen.
Se congela de inmediato.
Alivio, dolor, humillación, vergüenza, mortificación… Todo se estrella contra mí, como un camión a toda velocidad.
«¡Lo dije, lo dije, lo dije!».
No quiero llorar, pero no puedo dejar de hacerlo. Estoy llorando como nunca lo había hecho. Estoy quebrándome en fragmentos diminutos.
Un sollozo intenso proveniente de mi garganta rompe el silencio, y me cubro la boca con la mano para amortiguar el sonido.
No se ha girado para mirarme. Ni siquiera se ha movido…
—Lo siento… —sollozo—. Lo siento, lo siento, lo…
Él se gira lentamente y me mira. Luce descompuesto y asqueado, y el dolor dentro de mi pecho es insoportable. Sabía que iba a reaccionar así. Sabía que iba a rechazarme y que todo iba a cambiar.
—¿Quién? —Su voz suena áspera y ronca. Mi vista se desvía y me abrazo a mí misma. Sollozos lastimeros me brotan de la garganta, y me siento más avergonzada que nunca—. Maya… ¿Quién?
No puedo responder. No puedo dejar de llorar. No puedo hablar.
—¡¿Quién, Maya?! —estalla, y reprimo un grito ahogado—. ¡¿Quién, maldita sea?!
—¡Mi papá!