CINCUENTA Y CINCO
BELLA
E l dolor me despierta antes que la luz. Abro los ojos con lentitud y durante unos segundos permanezco inmóvil escuchando solo el silencio que envuelve la habitación. El olor amaderado que hay en el ambiente me resulta demasiado familiar. Es su casa. Su habitación. He vuelto a Italia.
Sigo viva.
No puedo evitar soltar el aire despacio mientras cierro los ojos un instante; el alivio que siento es increíble.
Todavía me cuesta creerlo. Recuerdo la explosión, el calor, el dolor atravesándome el cuerpo y después un vacío absoluto.
Estaba segura de que moriría y lo había aceptado.
Si ese era el precio a pagar por salvarle la vida a Elio, lo asumiría encantada.
Intento incorporarme, pero el vendaje que rodea mi costado tira de la piel y noto un pinchazo que me obliga a detenerme.
Mi cabeza empieza a llenarse de preguntas. ¿Quién sobrevivió? ¿Dónde está Vito? ¿Y Elio? ¿Y Ciro? ¿Y Taddeo?
La puerta se abre de golpe y yo levanto la vista despacio. Y ahí está él. Aun más guapo si cabe. Lleva un pantalón negro, una camiseta oscura, como siempre, y en una mano sostiene un ramo de rosas rojas.
La imagen resulta tan absurda viniendo de él que durante unos segundos pienso que sigo bajo los efectos de la medicación. Él se da cuenta de que estoy mirando las flores y frunce el ceño.
—Me dijiste que no podrías prometerme flores —lo vacilo.
—Bueno, resulta que he descubierto que puedo prometerte cualquier cosa, porque lo haría —asegura.
Esa frase me relaja más que cualquier medicación. Esa es la importancia que tiene sobre mí. Deja las flores sobre la mesilla de mi lado; le noto la inquietud en la forma torpe de ponerlas.
—¿Qué quiere decir eso? —pregunto conteniendo el entusiasmo al ya saberlo.
—Que me he dado cuenta de que no puedo vivir sin ti —declara un poco incómodo.
Su mirada se clava en la mía solo un segundo porque al momento la aparta. ¿Bestia está avergonzado? Me enternece verlo así. Tiene un lado sensible que me emociona. Quizá sí que puede amar y quizá sí que tomé una buena decisión al quedarme.
—Ya te dije que no me iría, que me quedaría —le confirmo sin venir a cuento sabiendo que no se refiere a eso.
Sé que esta situación es nueva para él y no quiero que se cierre en banda porque crea que parece un estúpido enamorado. Lo conozco y sé que lo haría. Así que se lo pongo más fácil al cambiar de tema.
Acaricio con cuidado uno de los pétalos.
Nunca nadie me había regalado flores. Él desvía la mirada hacia la ventana.
No quiero que se sienta presionado. El solo gesto de hacer algo así dice mucho de él y de lo que siente hacia mí.
Solo con saberlo me basta. No tengo porque forzarlo a decir frases que no está acostumbrado a pronunciar.
No me hace falta un “te quiero”. Las acciones pesan más que las palabras.
Iremos poco a poco.
Tenemos toda la vida.
Antes de que pueda preguntarle por los demás, llaman suavemente a la puerta. Elio ni siquiera se gira para recibirlo.
—Pasa —levanta la voz.
Vito asoma la cabeza. Cuando nuestras miradas se cruzan, una sonrisa cansada aparece en su rostro.
—Mira quién ha decidido dejar de dar trabajo a los médicos —su tono es el mismo que antes de que pasara toda esta locura.
Es suave y tierno conmigo, aunque para los demás sea el demonio personificado. Noto un nudo formándose en mi garganta.
—Vito…
Él entra despacio con una gran sonrisa hasta que se detiene junto a la cama. Sin decir nada, me aprieta la mano.
—¿Estás bien? —pregunto casi sin voz.
—Eso debería preguntártelo yo —suelta mientras me acaricia el cabello.
Me inclino para darle un abrazo. Necesito sentir que todo es real.
Las lágrimas empiezan a acumularse en mis ojos.
Les fallé. Los dejé y me fui sin mirar atrás.
Me desboqué y él ha tenido que arreglar mi desastre.
Toda la vida cuidándome y yo dándole dolores de cabeza.
No es justo y no se lo merece. Me retiro para hablarle.
—Después de todo lo que pasó... Creía que tú... y que papá... —se me quiebra la voz antes de terminar.
—Pensabas que habíamos dejado de considerarte de la familia —termina por mí. Asiento muy despacio. Vito resopla—. Eres idiota —se ríe desinhibido.
—Todos somos idiotas menos tú, que eres el mejor —interrumpe Elio vacilándolo.
Vito lo ignora. Una sonrisa ladeada aparece en su cara.
—Llevas meses montándote una película tú sola —pronuncia volviendo su atención a mí—.
No me importa cómo seas. No me importa que el resto del mundo piense que estás loca.
No me importa que disfrutes del peligro más de lo que debería hacerlo una persona normal.
—Suspira—. Eres mi hermana —dice esas tres palabras con una firmeza absoluta— y eso no cambiará nunca.
Quiero llorar, abrazarlo, pero me contengo. Al sentir tanta emoción, mis músculos se tensan y el dolor en el costado vuelve a hacerse presente; lo ignoro.
—Pero...
—No —me interrumpe—. Se acabaron los peros —sentencia—. Además, Gepetto piensa exactamente lo mismo.
Lo miro sorprendida. Dios mío, cómo echo de menos a mi padre.
—¿Has hablado con él? —me intereso.
—Claro —me sonríe.
—¿Y?
—Me dijo que si alguna vez volvías a dudar de que sigues siendo su hija, te encerrará en su edificio y tendrás que soportarlo todos los días. Imagínate tener que aguantarlo día y noche.
Vito deja escapar una pequeña risa. Me río con él al ver su rostro espantado por el simple pensamiento.
—Por encima de mi cadáver —se escucha a Elio en un murmuro.
Una risa mezclada con un sollozo escapa de mis labios. Mi Bestia no dejaría que me fuera de su lado, pero me alivia saber que mi padre me acepta.
—Eso suena mucho a él —comento volviendo a hablar del gran Gepetto.
Las lágrimas ya no pueden detenerse y salen mostrando la emoción tan grande que siento. Vito se inclina y apoya la frente un instante contra la mía.
—Ya está —su voz es un susurro—. Se acabó cargar sola con todo.
—No está sola —se vuelve a escuchar a Elio, que se gira hacia nosotros con el ceño fruncido al vernos tan cerca.
No le gusta que nadie me toque o esté tan próximo a mí sin su consentimiento.
—Ni tú —añade Vito mirándolo a él al apartarse de mi cama.
No entiendo qué ha pasado entre los dos. Lo que si sé es que ya no se miran igual. Ahora hay más respeto y más comprensión.
Al rato, todas las personas de mi vida pasan unos minutos por la habitación para cerciorarse de que me encuentro despierta y en buen estado.
Mi padre, Cara, Maia, Taddeo, Ciro, incluso Rosi y Baloo.
Aunque cuando vino mi papá, envié a Elio a por agua para que no estuvieran cerca.
Se miran como si se quisieran asesinar todo el tiempo.
Estoy agradecida por la importancia que me demuestran todos. Vito tenía razón, no estoy sola.
El que no me deja espacio ni un solo segundo es mi Bestia, que está presente en cada conversación, en cada caricia.
Siempre con sus ojos puestos en mí. No me alegro de que haya sufrido.
Es más, aún pienso en formas para vengarme del hijo de puta de Santoro.
Yo acepto en lo que se ha convertido, igual que él ha hecho conmigo.
Nos hemos encontrado en un mundo que no es para nosotros porque solo queremos sangre.
Nunca se sabe lo que necesitas hasta que estás a punto de perderlo, y eso le ha pasado a él.
Doy gracias porque no haya sido tarde para los dos.
Toda mi vida creí que estaba rota. Que había algo defectuoso dentro de mí, que algún día terminaría alejando a todos los que amaba. Pasé años intentando descubrir si debía convertirme en alguien distinta o esconder las partes de mí que el mundo señalaba como monstruosas.
Al final he comprendido que la respuesta nunca fue cambiar, sino aceptar tu verdadero ser y convivir con ello.
He descubierto que una familia no siempre se forma por el ADN, sino por las personas que deciden estar a mi lado incluso cuando conocen mi peor versión, como han hecho Elio, Taddeo, Vito, Cara o Maia.
También he aprendido que la sangre también puede encontrarme cuando menos lo esperaba, como ha hecho Ciro, y hacerme sentir completa de una forma que jamás imaginé.
Y por supuesto, también me ha quedado más que confirmado que mi padre me querrá toda la vida sin importar el contexto. Su amor es incondicional.
A veces quién queremos ser y quién deberíamos ser no es la misma persona. Intenté cambiar, camuflarme, me metí en psicología para matar a mi verdadero yo. Quería comprender y ahora sé que no hace falta. No tengo por qué remar a contracorriente. Soy quien soy. Me acepto y me quiero.
Aún no estoy preparada para enfrentar el tema de Sofía, pero lo estaré. Si he podido superar esto, podré con cualquier cosa que se me ponga por delante.
Nunca dejaré de ser la mujer que disfruta caminando por la oscuridad ni Elio dejará de ser el monstruo que aprendió, a su manera, a querer.
No somos un cuento de hadas y nunca lo seremos.
Somos dos almas imperfectas que encontraron un lugar donde ya no hacía falta esconderse, el uno con el otro.
Quizá el mundo siempre nos vea como villanos.
Y quizás tengan razón. Pero, por primera vez en toda mi vida, cuando cierro los ojos, sé exactamente quién soy. Y eso es estar muy viva.