CINCUENTA Y CUATRO
BESTIA
T odo ocurre a cámara lenta. Los hombres del cártel levantan las armas. Pantera apunta en un solo movimiento. Lobo gira sobre sí mismo buscando cubrir todos los ángulos posibles. Los animales se lanzan contra varios enemigos mordiendo con saña.
El estruendo de los primeros disparos convierte el silencio en un caos irreconocible.
El eco rebota contra las paredes metálicas.
Voces, gritos, disparos. Durante unos segundos es imposible distinguir quién dispara a quién.
Taddeo da en los objetivos a la primera haciendo que caigan varios, uno detrás de otro.
Más italianos se adentran en la nave y atacan a los mejicanos por la retaguardia.
Lobo se mueve con precisión, obligando a los mejicanos a retroceder mientras grita órdenes.
Pantera me cubre y sigue buscando mi mirada; la suya es pura desaprobación, pero yo lo ignoro. Me importa una mierda todo ahora mismo.
—¡Déjame en paz! —vocifero.
Avanzo unos pasos. Las balas impactan contra las columnas de acero, muy cerca de mí.
Alguien del cártel intenta cerrarme el paso, pero lo aparto de un empujón sin dejar de avanzar.
Siento el corazón golpeándome las costillas con una violencia insoportable.
Me agacho para coger una semiautomática del macuto que dejé a unos metros.
En este infierno, la pistola que llevo en la espalda no será suficiente.
Apunto y derribo personas a diestro y siniestro.
Necesito alimentar este agujero negro que me consume el pecho.
Tengo una sed de sangre tan grande que solo se puede aliviar con el dolor ajeno.
No me importa nada. Ni nombres ni caras ni el ruido del mundo.
Solo necesito ver muertes, quiero ver cómo el sufrimiento que se derrama es otro que no sea el mío.
Mi voz interior me grita que destroce a todos, solo veo rojo, y mientras esa voz me domina, sonrío en la oscuridad sabiendo que el único alivio posible a todos mis problemas es infligir el mayor dolor jamás visto.
De repente me sorprende un mejicano a mi espalda.
Noto el metal frío en mi nuca. La rabia me ha cegado y no he estado atento a mi entorno.
Vaya forma más idiota de morir. ¿No podré ver más a Bella?
¿Ni sentir sus besos? ¿Sus caricias? ¿Su enfado?
¿Su risa? Ella es lo único que aparece en mi pensamiento al saber que voy a morir.
Siempre ha sido ella.
No llego a girarme. Un disparo suena antes y el hombre cae al suelo.
Por instinto, miro hacia el lugar de donde venía el tiro.
Entre la gente distingo una figura, una que conozco muy bien.
Tiene el arma todavía alzada y el rostro oculto por un pasamontañas, pero esos ojos con esas pestañas enormes los habría reconocido entre un millón.
De repente, su cabeza se gira, movida por instinto, y ve cómo un enemigo intenta apuntar a la pantera.
El animal muerde con una ferocidad digna de un salvajismo impartido por el mismísimo diablo.
Ella va hasta el hombre y le degüella el cuello con uno de sus dedos.
La punta de la uña le rasga abriendo a su paso la piel sensible de la garganta.
Puedo ver desde aquí el chorro de sangre saliendo a borbotones de esa raja y el tipo dando los últimos espasmos de vida.
Ella se quita el trapo para enseñarme su rostro. Y ahí está esa sonrisa insolente que siempre aparece cuando sabe que acaba de llevarme la contraria. Chupa el dedo corazón lleno de sangre, disfrutando de la vida que acaba de quitar y haciéndome así un corte de manga.
El aire abandona mis pulmones. Siento una mezcla de rabia por haberme desobedecido y alivio por saber que está viva. Y joder, me ha puesto tan cachondo que quizá sea peor que todo lo demás.
No puede estar aquí. Le había dicho que no viniera. La obligué a prometerlo. Pero si yo he fallado a las promesas que he hecho al ser un monstruo, ¿qué podría esperarme de ella? Es igual que yo. Nuestros ojos se encuentran con la intensidad que nos lleva consumiendo desde el principio.
Justo detrás, un impacto alcanza la base de la grúa. Un chorro de combustible empieza a derramarse por el suelo y el olor a gasolina llena todo el ambiente.
Por primera vez, siento el verdadero terror. Por Bella. A mí siempre me ha dado igual la muerte, pero daría la vida por ella. Quiero que tenga la oportunidad de convivir con su verdadero ser y que sea feliz, que deje de esconderse y sea lo auténtica que es.
Uno de los disparos acaba en el líquido inflamable.
El rugido de la explosión me golpea el pecho con la fuerza de un huracán.
El fuego se extiende por el almacén devorándolo todo a su paso.
Se instala el caos absoluto. Las órdenes se mezclan con los gritos.
El humo se extiende por la nave. La onda expansiva me arranca del suelo.
Mi espalda impacta contra el hormigón causándome un dolor extremo en la espalda.
En medio del aturdimiento, escucho cómo algo enorme cruje sobre mi cabeza.
Mi cuerpo apenas puede moverse. Estoy vivo, joder. Eso es lo único seguro. Intento localizar a Pantera y luego a Ciro, pero es imposible verlos entre tanto desastre. Hay hombres corriendo despavoridos de un lado a otro. Algunos ignoran el fuego y siguen disparando.
El brazo de la grúa cede con un estruendo aterrador y comienza a desplomarse. Intento incorporarme, pero no puedo. Una viga me inmoviliza las piernas. El polvo cubre el aire.
Entre el humo, ahí está ella, a solo unos metros.
Está viva y tirada en el suelo, pero se intenta levantar.
En ese momento, un fragmento de la estructura sale despedido por una pequeña explosión nueva y la alcanza de lleno.
Su cuerpo se dobla por el impacto. El arma se cae de sus manos y la veo caer al suelo, inconsciente.
Mi corazón deja de latir.
—¡NO! Maldita sea.
Intento moverme con todas mis fuerzas. Empujo la viga gruñendo para sacar todo lo que llevo dentro, pero no cede ni un milímetro.
Solo puedo verla inmóvil, de lejos. Y ahí está otra vez, el terror puro consigue imponerse a la rabia.
Solo lo he sentido con ella. Y joder, odio esta sensación.
Vuelvo a intentar empujar. Los músculos me arden.
La frustración me oprime el pecho hasta hacerme sangre en la lengua de tanto apretar la mandíbula.
No...
No puede terminar así.
Vuelvo a empujar. El metal se mueve unos centímetros antes de caer de nuevo sobre mis piernas. Un alarido sale de mi garganta. Por primera vez en muchos años me siento completamente impotente.
Al momento, escucho pasos. Se me pasa por la mente que quizás son los mejicanos que han venido a rematarme. Cojo la pistola de mi espalda, me pongo alerta. Levanto el brazo con esfuerzo. Una silueta atraviesa el humo y viene corriendo hacia mí.
No puede ser…
Pantera.
Está cubierto de hollín. Tiene un corte profundo en la frente y el brazo empapado en sangre. Cojea un poco, pero no reduce la velocidad. Llega hasta mí sin decir una palabra. Se agacha, apoya ambas manos sobre el acero y empuja dejando salir un rugido de esfuerzo. Respira con dificultad.
—¿Qué haces? —logro decir.
No me responde, solo vuelve a empujar. La estructura se levanta lo justo para que pueda sacar una pierna y después la otra. El pecho me arde. Pantera pierde el equilibrio y tiene que apoyarse en una columna para no desplomarse. Lo miro sin comprender.
—¿Por qué has hecho eso? —insisto, confundido por todo lo que ha hecho por mí.
—Porque eres idiota —suelta con una risa cansada.
Somos dos hombres que se han pasado media vida odiándose y ya no queda apenas nada de ellos.
—No deberías estar salvando a idiotas. No sé cuándo te vas a enterar de que no tengo solución. No te gustará tratar conmigo. No seré un hermano modélico. Soy una bestia y haré de tu vida un infierno —replico fulminándolo con la mirada.
—Te recuerdo que sé tratar con bestias salvajes; domestiqué a una pantera. Y no, no pienso abandonarte por mucho que te esfuerces en echarme de tu vida. No pienso perder a mi hermano —declara muy seguro, sin un ápice de rencor o malas intenciones.
Esas palabras atraviesan todas las murallas que llevaba años construyendo. No soy capaz de responder ni de sostenerle la mirada. Podría haberme dejado morir y me ha salvado la vida, al capullo que ha desencadenado este caos y el que tantas veces se ha burlado de él.
Un disparo lejano resuena en la nave. Veo de lejos a Ciro. Sigue cubriéndonos junto a los dos animales que se lanzan ante los últimos mejicanos vivos.
—Tenemos que salir de aquí —indica Vito agarrándose el costado.
Asiento con determinación. Levanto la vista buscando a Bella, pero cuando veo que todo el lugar ha sido cubierto por placas y hormigón, el corazón empieza a golpearme el pecho con tanta fuerza que duele.
—¿Dónde está? —inquiero con desesperación.
—¿Quién? —Pantera frunce el ceño.
Corro hasta el lugar sin molestarme en responder. Aparto una plancha de metal. Ignoro el dolor de las manos cuando el acero caliente me abre la piel.
—¡BELLA! —grito con pánico
Sigo buscando sin darme por vencido. Me niego a perderla.
Quito otro bloque de hormigón y al fin veo una mano cubierta de polvo.
El tiempo deja de existir. Caigo de rodillas junto a ella y empiezo a retirar los restos con desesperación; ni siquiera sabía que era capaz de sentir esto.
Su rostro aparece ante mí. Un hilo de sangre desciende por su nariz.
Los ojos los tiene cerrados. La levanto con cuidado entre mis brazos.
—No...
Acerco la oreja a sus labios. Necesito escuchar aunque sea un suspiro o una respiración débil. Lo que sea. Solo noto un vacío que me desgarra por dentro. Toda mi vida había creído que no necesitaba a nadie, que cualquiera podía morir y que el mundo seguiría girando igual. Nadie era importante.
Qué equivocado estaba.
Ahora se hace presente una jodida verdad que llevaba demasiado tiempo negándome. Podría soportar perderlo todo, mi sangre, mi nombre, hasta mi cordura.
Pero no a ella.
NO A ELLA.
Mi actitud cambia. No hay lágrimas ni dolor.
Era la única que podría darme paz, la última esperanza de la humanidad.
Si ella no está en este mundo, lo haré desaparecer.
No quedará ni una persona viva. Niño, anciano o mujer.
No importa. Formaré un nuevo mundo en la otra vida donde le llevaré a Bella todo lo de aquí y nos uniremos para siempre.
Porque sin ella no tengo corazón. Ella se hizo dueña de él desde el momento en el que me miró con esos ojos llenos de vida.
POR Y PARA SIEMPRE.
La Bestia no puede vivir sin su Bella.