CINCUENTA Y TRES
BESTIA
L a sangre tiene un olor distinto cuando deja de importarte. Recuerdo que las primeras veces aún se me revolvía el estómago. Ya solo ha pasado a ser uno más.
Esta noche hace mucho viento y muy caliente, lo que me recuerda el país tan cálido en que estamos. Contemplo el cuerpo suspendido sobre la inmensa urna de cristal. El cable de acero cruje cada pocos segundos, balanceándose con el peso.
Aprieto el mando de la grúa hasta notar cómo el plástico se clava en la palma de mi mano. Con esto haré que termine una vida.
Respiro despacio. La calma que suele acompañarme en los momentos de tensión no se ha querido perder esta situación tampoco. Conseguiré lo que llevo meses buscando. Traeré a mi madre de vuelta.
La mia mamma .
Pero no lo es. Y pensar eso me vuelve loco. He estado toda una vida viviendo lo que no me pertenecía. ¿Cómo sería haberse criado con mis verdaderos padres? ¿Sería una persona distinta a lo que soy ahora? ¿Hubiera sido mejor? ¿O peor?
Los mataron, y aún parece todo tan irreal que no llego a sentir nada al respecto.
Lo único verdadero y real es ella. Bella ha hecho que quiera mantener a una chica a mi lado.
Si le puse el collar, si la obligué a quedarse conmigo en reiteradas ocasiones, es porque no puedo sopesar ni siquiera la idea de que se aleje.
Me ha dado paz, una que ansiaba sin saberlo.
Confío en ella con todo mi ser y, para colmo, es la chica más guapa y atractiva que existe en el mundo.
Me comprende, me acompaña, me eleva en todos los sentidos.
Entiendo que mis métodos para mantenerla conmigo no sean del agrado de la mayoría de seres humanos, pero que no me comprendan no les da la razón inmediata.
Eso no es ni debatible. Es mía y punto. Es mi único punto de apoyo real ahora que todo se ha ido a la mierda.
Mentiras.
Secretos.
Un maldito hermano con sangre enemiga.
No sé amar, no creo que sepa hacerlo, pero aun así no dejaré que se vaya. Pondré todo de mi parte para hacerla sentir en casa.
Levanto la vista. El mejicano sigue colgando frente a mí, tan destrozado que apenas puede mantener los ojos abiertos. Aun así, sigue sin hablar.
—Eres más duro de lo que imaginaba —murmuro solo para mí—. O es que en realidad no sabes nada. Sea por el motivo que sea, hoy vas a morir solo porque así yo lo he decidido —sentencio.
Él ni siquiera reacciona; la sangre le resbala por la barbilla hasta caer al agua llena de peces asesinos.
El sonido de varios motores rompe el silencio.
Sonrío con arrogancia. Observo el punto fijo rojo que baja por mi pecho. Taddeo. Está en las sombras, acechando con un rifle, cuidándome las espaldas. Mueve el punto para hacerme saber que ha visto los coches y que está conmigo en esto.
Las puertas de la nave se abren despacio. Un regimiento de hombres armados entra formando un pasillo. En medio de todos ellos avanza Juan, el hijo de Damián. No baja la cabeza, tiene la mandíbula apretada y los ojos entrecerrados. Intenta aparentar control.
Esbozo un sonrisa ladeada, los dos sabemos que no lo tiene. Al mirar hacia su padre, sus ojos se abren y puedo ver el miedo.
Espero a que se detenga frente a mí. No le amenazo con mi arma porque tengo algo mejor. Levanto una mano y señalo hacia arriba.
—Míralo —anuncio.
Su rostro está pálido. Acostumbrado al color bronceado que tienen todos aquí, él ahora mismo parece extranjero. Ladeo la cabeza; la situación me parece muy divertida.
—Ahora ya sabes que no estaba mintiendo —le digo con calma.
Él traga saliva con dificultad.
—¿Quién chingados eres? ¿Qué quieres? —habla muy serio.
No puedo evitar estallar en una carcajada maníaca.
Me jode que no sepa quién soy, pero también lo entiendo.
Si no hablo italiano en este momento, no se imagina a qué mafia pertenezco.
Aunque haya tratado con mi clan y con el de La Camorra para intercambios, lo ha hecho con capos.
Poca gente sabe la apariencia tanto de Lobo como de Gepetto, y mucho menos de Pantera o de mí, ya que somos los que actuamos en las sombras para nuestro beneficio.
Así que no sabe con cuál de las dos mafias está hablando.
Lo que más me enfurece es que me tome por tonto. Sabe muy bien lo que quiero. Seguro que tiene información sobre Santoro. Aun así, seguiré con el espectáculo.
—Esa es la cuestión. Yo llevo días preguntándome lo mismo —obvio la pregunta de mi identidad y respondo refiriéndome a Bella, que no puedo apartar de mi mente. Doy un paso al frente y clavo mis ojos en los suyos—. ¿Dónde está? —inquiero sin dilación volviendo a la ubicación de Santoro.
—No lo sé —la respuesta me llega muy rápido. Parece que la tuviera ensayada.
A esto me refiero cuando sé que sabe algo.
Los malditos mejicanos saben todos los putos cotilleos del mundo.
Saben bien cómo jugar sobre el tablero, cuentan con una información que nadie tiene en su totalidad.
Con ellos vivos, nadie tiene privacidad.
Si quieres saber cualquier cosa, solo tienes que pagarles una buena cantidad y será tuyo.
Así que sí, sé que tiene que conocer el paradero de Lamberto.
También está la opción de que se haya aliado con él, y si es así, le quedan pocos minutos de vida.
Todo el que se acerque a ese cerdo merece morir.
—Te daré otra oportunidad.
Abro los brazos con gesto dramático y su respiración empieza a acelerarse. Casi estoy saboreando el final y me muero por ver la masacre que voy a desatar.
Él mira a su padre con miedo. Luego, sus ojos vuelven de nuevo a mí.
—Lo juro. La neta, no sé de qué estás hablando —afirma seguro.
—Entonces tienes un problema —le confirmo.
He dejado de distinguir cuándo estoy buscando respuestas y cuándo simplemente necesito diversión para no sucumbir en la locura.
Ya no queda nada. Ni remordimiento ni miedo ni esa ridícula necesidad de fingir que soy humano.
Solo existe un vacío negro que se agranda dentro de mí y exige ser llenado.
La sangre es el único lenguaje que entiendo y el dolor, la única medicina que calma el veneno de todo lo que me hicieron.
Quiero ver cómo se rompen, cómo su mirada se llena de pánico mientras les arranco pedazo a pedazo esa falsa seguridad.
Cada grito es música para mis oídos. Cada gota roja que cae al suelo es una pequeña victoria contra la mierda que cargué durante años.
No me importa quién sea en estos instantes y si es verdad o no su confesión.
Solo necesito que sufra y que lo haga despacio para alimentarme.
Noto todas las miradas clavadas en mi dedo.
Juan levanta una mano y todos sus hombres me apuntan con precisión.
Decenas de armas con un solo objetivo: yo.
Pero ese punto rojo que antes ha jugueteado conmigo aparece justo en la frente del mejicano.
Arqueo una ceja, él se da cuenta y le pide a sus hombres que bajen las semiautomáticas.
Ese gesto ya no me vale de tregua. Quiero sangre. Esbozo una sonrisa malvada para llevar a cabo mi plan, y el mejicano lo sabe porque levanta su arma y me apunta con ella.
— Abbassa la mano [8] . —la voz atraviesa la nave llenando todo el espacio.
Lo reconozco al instante. Hacía años que reconocería esa voz incluso en medio del infierno.
Pantera.
El silencio de después es ensordecedor. Alzo la cabeza para buscarlo detrás de los hombres armados y ahí están los dos: Pantera y Lobo, con sus respectivos animales, como compañeros de toda la vida. Una imagen de la que me habría reído ante cualquiera que me lo afirmara hace solo unos meses.
Vito camina con la calma desesperante que siempre ha tenido. No lleva el arma apuntando a nadie. Sus manos permanecen relajadas, aunque yo ya sé que eso no es motivo para bajar la guardia; puede desenfundarla más rápido que cualquiera de los presentes. Lo he vivido.
Mi hermano, Ciro, sí mantiene el arma preparada, recorriendo con la mirada cada rincón de la nave, midiendo distancias, posibles coberturas y hombres ocultos.
Él siempre tan previsor. Pantera actuará, es imprevisible como yo, pero Lobo estará pensando en cómo sacar vivos a todos, o al menos a los que le importan.
Los conozco demasiado bien. Son demasiados años de confidencias con uno y de investigar al otro.
Pantera no le dedica ni una mirada al que cuelga de la grúa ni a su hijo. Solo clava sus ojos en los míos.
—Has montado un buen espectáculo —me dice con voz tranquila cuando llega hasta mí.
Juan lo deja pasar con el rostro confuso y aterrado.
Supongo que sabe quién es el que pasa por su lado.
Bagheera le enseña los dientes relamiéndose cuando sigue a su dueño.
Avanza junto a Ares, que también hace el mismo gesto pero al lado contrario.
Los cuerpos de todos los mejicanos se tensan.
Saben a la perfección quiénes son los dos.
Los animales que llevan a su lado los han delatado.
Sonrío con frialdad.
—¿Te gusta la decoración? —pregunto en tono burlón.
—No —contesta seco.
—¿No crees que ya es hora de irnos a casa? —interrumpe Ciro mientras me fulmina con la mirada.
Suelto una carcajada.
—¿Habéis venido a darme un sermón? —mi tono suena divertido.
—He venido a llevarte a casa —responde Lobo.
Esas palabras me hieren en lo más profundo de mi ser.
—No tengo casa —admito.
Pantera da un paso más hacia mí.
—Sí la tienes —asegura dedicándome una expresión nueva que no había visto antes de su parte.
¿Dónde está el tipo que me amenazaba? Ahora parece mirarme con ¿ternura?
—Te estás destruyendo tú mismo y por ende, a los de tu alrededor —declara Ciro.
Aprieto la mandíbula.
—¿Dónde cojones está Bella? Espero que ni se te ocurra decirme que colgada de alguna plataforma ahí arriba —murmura con amenaza Vito lo suficiente bajo para que no lo escuchen los mejicanos.
—Está a salvo. Se ha quedado fuera —le anuncio para su tranquilidad.
Lo veo exhalar el aire contenido.
Los mejicanos no entienden nada. Permanecen inmóviles, con el rostro confuso, observando nuestra conversación.
Ciro se hace cargo de la situación y rompe el silencio. Sin apartar la vista del perímetro, se gira hacia Juan.
—No hemos venido a mataros —pronuncia mi hermano—. Solo queremos que nadie haga una estupidez.
Suelto una carcajada.
—Llegáis un poco tarde para eso —aseguro.
—¿La Camorra? —pregunta Juan asimilando todo lo sucedido.
Pantera esboza una sonrisa de orgullo, cosa que Ciro no.
Es más sonado el otro clan que el nuestro.
Gepetto se ha encargado de hacerle saber al mundo quién es el que gobierna Italia.
Siempre ha sido el rey del tablero; por mucho que no lo soporte, he de decir que sabe jugar muy bien.
Pero ahora descubrirán de lo que es capaz alguien de La Cosa Nostra.
—Soy Lobo y él es Pantera. Tenéis ante vosotros a La Camorra y a La Cosa Nostra. Llegaremos a un acuerdo. Queremos vuestra colaboración en un problema que estamos teniendo y queremos la solución que más nos beneficie a todos —propone mi hermano.
—¿Y si no se me pega la gana aceptar? —Juan alza el mentón—. Ese güey ya cruzó la raya. ¿Qué los hace pensar que lo dejaré ir?
—Os mataré a todos en menos de un segundo —irrumpe Pantera con la voz como el hielo—. Tengo más de cien efectivos fuera cubriéndonos y otros veinte en tu casa de Jalisco esperando mi orden para reventar a tiros a tu familia. ¿Podrás vivir sin tu mujer e hijos?
Esa es la Pantera que yo conozco, no el idiota con la voz tierna y comprensiva que he escuchado antes.
Observo el cuerpo de Damián cada vez más cerca del final; en mi mente ya está siendo devorado con crueldad.
Sus huesos crujiendo entre los dientes de las pirañas, salpicando agua y sangre a todos los asistentes. Qué puta maravilla.
—Elio —escucho como advertencia, de forma contundente. Pantera ha mencionado mi nombre sin miedo ni odio, sin el desafío constante como cuando nos enfrentábamos. Ha vuelto a ese tono condescendiente—. Mírame.
No obedezco. Nunca lo he hecho con nadie, y no será él el primero. Mi vista se va hacia el botón.
—No te gustarán las consecuencias —me recuerda.
—¿Y tú qué sabes lo que me gusta? —inquiero mirándolo de frente.
Me refiero más a mi relación con él que a la situación en la que nos encontramos. Si él hubiera estado presente en… No. Ciro no pudo hacer nada, y no podría haberlo hecho él. Lo que me hizo el cerdo de Santoro siempre ha sido inevitable.
—Porque te conozco —afirma en el mismo tono suave que antes.
Lo desafío con la mirada. ¿Ahora quiere venir de hermano mayor? Y una polla.
—No me conoces una mierda —espeto rozando mi rostro con el suyo para enfurecerlo.
Pantera no responde a mi provocación.
—Claro que sí. Sé cuándo matas porque hace falta y sé cuándo lo haces porque alimentas a la Bestia.
No sé por qué apareció esa parte tuya, pero te recuerdo que conozco una persona así, con esos valores.
Bella. La quise, la quiero y la querré siempre sin importar cómo sea —pronuncia con ese tono que me lleva sacando de quicio desde que ha aparecido.
Siento que todo el pasado se remueve dentro de mí.
¿Habrá sido capaz Ciro de contarle mis secretos más íntimos?
¿Que Santoro me pegaba? Que sepa mis debilidades me deja en una posición muy vulnerable.
Espero que mi hermano no haya hecho eso.
No soy el proyecto personal de nadie. No tienen que estar aquí dando la cara por mí.
No.
Aunque eso no cambia nada. La verdad solo la sabe mi monstruita. Yo soy lo que soy. La rabia me consume por completo y no hay vuelta atrás. Les demostraré el puto Bestia que soy y por qué deberían irse.
—Entonces mírame bien porque la crueldad también forma parte de mí. No deberías tener tantas esperanzas puestas en una persona como yo —dictamino con una sonrisa torcida y perversa.
Pantera se cruza de brazos y niega con la cabeza. Parece decepcionado.
Juan da un paso al frente. Tiene el rostro desencajado, pero aún sigue aferrándose a una última esperanza.
—¡Escúchame! Nosotros no sabemos nada de tus chingadas. Déjalo libre —pide el mejicano desesperado.
Todo suena lejano. Es como si no estuvieran aquí. Me importa una mierda todo. Solo veo rojo.
—Hermano, para —ordena Ciro con los ojos entornados.
—Elio —la voz de Pantera se cuela en mí más firme.
No es mi puto hermano. No es nadie para mí. No tengo que obedecerlo. No estaba cuando me golpeaban hasta casi la inconsciencia. Ni cuando me violaron entre varios. Ni cuando no podía dormir del dolor. NO es mi hermano.
Mi dedo aprieta el aparato para desatar la trampa mortal.
El zumbido del mecanismo rompe el aire. Durante una fracción de segundo nadie reacciona. El cable comienza a descender sin vuelta atrás.
—¡NO! —el grito de Juan resuena por toda la nave.