CINCUENTA Y DOS
BELLA
E l olor a sangre ya se ha impregnado en las paredes de la habitación. Ya he dejado de distinguir si es la del mejicano o la nuestra, de aquella noche que nos superó el deseo.
No queda nada del hombre que había sido.
Damián ya no es más que un saco de carne y huesos moribundo.
Tiene el rostro completamente deformado, un ojo cerrado por la inflamación y los labios abiertos por las grietas de la deshidratación.
Respira con dificultad; en cualquier instante ya no será más que un cuerpo sin vida.
Tendremos que darnos prisa en encontrar una solución, porque sigue sin hablar.
Maldito capullo.
Me apoyo en la pared con los brazos cruzados mientras observo a Elio caminar despacio alrededor de él.
Lleva casi una hora sin pronunciar una sola palabra, y eso es peor que verle masacrar al tipo.
Cuando permanece callado es porque está pensando y cuando eso pasa, no sucede nada bueno.
Taddeo está al otro lado de la habitación, pendiente de los movimientos de su amigo.
Tiene los nudillos ensangrentados de la tunda que le ha dado a nuestra presa hace muy poco.
Bestia se detiene frente al mejicano. Le sujeta la barbilla con una mano, obligándolo a levantar la cabeza.
—Dímelo otra vez —pide con excesiva calma; conociéndolo no augura un buen futuro.
El hombre escupe sangre.
—No... sé... dónde chingados está —balbucea derrotado.
Elio deja salir una risa baja que helaría la sangre a toda la población.
—Has dicho esa frase tantas veces que casi empieza a aburrirme —afirma de forma sosegada. Se gira hacia mí—. ¿Tú te lo crees?
—No —miento.
En realidad sí empiezo a pensar que no sabe nada más.
Damián debe saber lo que le espera. Esconder lo que le podría salvar la vida sería de idiota.
Pero Elio ya no busca respuestas, busca una excusa para seguir haciendo daño.
Lo conozco demasiado bien, y eso me gusta a mí tanto como a él.
Quiero más sangre, así que alentarlo a ello no me parece mala idea.
Él vuelve a mirar a lo que queda de El Sombra.
—Entonces cambiaremos de presa —dice con la misma calma.
Saca el teléfono de Damián de su bolsillo. Lo enciende y marca un número. Suena el tono una sola vez cuando responden al otro lado de la línea. Desactiva el altavoz y se lo pone en el oído.
—Tengo a tu padre —asegura con tono contundente.
Se hace el silencio unos segundos, pero me imagino el miedo recorriendo el cuerpo de Juan. Después de unos días, al fin tiene noticias de su padre, y no son nada tranquilizadoras.
—Si quieres volver a verlo con vida, mañana te estaré esperando.
Te enviaré una ubicación —exige Elio con los ojos fijos en el secuestrado—.
No vengas con un ejército. Si veo un solo hombre fuera de lugar, no quedará suficiente de él para enterrarlo —amenaza haciendo que se me empapen de nuevo las bragas.
Han pasado varios días desde aquella mañana en el bosque y sigo sin entender cómo puede doler tanto querer a alguien.
Pensé que después de decirlo en voz alta, la presión desaparecería, que confesarlo sería como dejar escapar todo lo que llevaba acumulado.
Qué equivocada estaba. No ha hecho más que empeorar porque ahora ya no puedo esconderme detrás de la duda ni puedo convencerme de que solo era atracción.
Es imposible mentirme diciendo que acabaré olvidándolo.
Lo quiero. A veces consigo ignorar ese sentimiento durante unos minutos concentrándome en cualquier tontería a lo largo del día, pero siempre termina volviendo.
Basta con escuchar su voz desde la habitación de al lado o notar su presencia detrás de mí para que el corazón vuelva a querer salirse del pecho.
He intentado levantar un muro. Me recuerdo una y otra vez que nunca me prometió amor y que no tenemos un futuro prometedor.
Sin embargo, él tampoco es el mismo. Lo noto en cosas como que ya no invade mi espacio como antes.
Cuando caminamos, procura dejar apenas unos centímetros entre los dos.
Si me despierto antes que él, siempre encuentro una taza de café esperándome a la vuelta, y preparado tal y como me gusta, con la leche fría.
Cuando paso demasiadas horas sin comer, aparece con cualquier excusa absurda y me obliga a alimentarme.
Incluso ha aprendido a leerme, aunque creo que eso ya lo hacía antes; cuando estoy cansada, ni siquiera me pregunta, solo busca un sitio donde descansar.
No son grandes gestos, pero me hacen ilusionarme, y de ahí la lucha interna que tengo a cada segundo.
Aun así, hay algo que ha cambiado y me desespera.
Ha empezado a apartarme de todas las operaciones.
Cuando consigue información no la comparte conmigo, antes sí lo hacía.
O si empiezan a organizar entre los dos el siguiente movimiento, siempre encuentra una tarea distinta para mantenerme ocupada.
Lo hace a propósito, y eso me enfurece porque parece haber decidido que ahora necesita protegerme de una parte del mundo que siempre ha sido también mía.
Joder, parece que el hecho de enamorarme me hubiera convertido de repente en alguien frágil y delicada.
—¿Y si Juan no sabe nada? —expongo el problema en alto.
Gira la cabeza con lentitud hacia mí. Sus ojos oscurecidos se clavan en los míos.
—Entonces nos divertiremos viendo cómo suplica mientras observa morir a su padre —pronuncia con frialdad—. Después, los masacraremos a todos. El cártel de Jalisco será historia.
No creo que ganemos esta vez, pero si quiere guerra, iré con él hasta el final.
Horas después nos encontramos en uno de nuestros almacenes.
Es lo suficiente grande para que quepan los juguetes que quiere utilizar en el intercambio, que están a un lado de este espacio.
El sonido de los dientes de esos mortíferos peces llena el ambiente.
Hay planos repartidos por una pequeña mesa con fotografías, rutas de acceso y varias imágenes aéreas del terreno donde tendrá lugar la operación.
Es una vieja nave portuaria abandonada lo bastante aislada como para que nadie interrumpa la función.
En el centro del plano, Elio marca un círculo.
—Aquí irá la urna —afirma decidido. Taddeo asiente. Luego, marca otro punto—. La grúa estará aquí.
Damián estará colgando de esa estructura cuando Juan entre. Mi cuerpo tiembla de la emoción por ver cómo será su expresión de terror. No pude evitar imaginar la escena, el cuerpo suspendido, la urna esperando debajo, el sonido del cable tensándose.
Es grotesco.
Es una obra de arte.
Es perfecto.
Elio deja el bolígrafo sobre la mesa y me observa unos segundos. Conozco esa mirada. No pensará dejarme atrás, ¿verdad?
—Tú no vienes —asevera clavando sus ojos en los míos.
Confirma mis dudas. Frunzo el ceño.
—¿Perdón?
—Lo que has oído.
Ahí está otra vez. Ese intento constante de mantenerme al margen.
No necesito que me protejan. Nunca lo he necesitado.
Si hay algo que me enamoró de él desde el principio fue precisamente que nunca intentó cambiar quién era.
Nunca me pidió que fingiera ser alguien distinto.
Nunca apartó la mirada cuando descubrió las partes más oscuras de mí.
Por eso ahora me desconcierta tanto. Es él quien parece empeñado en fingir que esas partes ya no existen.
Y se equivoca. Sigo siendo la misma. Que haya llorado y declarado mis sentimientos no me cambia la personalidad.
Sigo sintiendo esa fascinación por el riesgo, por caminar siempre al borde del precipicio, por ese mundo extremo que para muchos resulta incomprensible y que a mí siempre me ha hecho sentir más viva que cualquier existencia tranquila.
Enamorarme no ha borrado ninguna de esas partes de mí. Solo ha añadido una nueva.
Por primera vez desde que lo conozco, tengo la sensación de que él solo ve la versión del bosque, la Bella que puede romperse.
Aprieto la mandíbula. No lo permitiré. Si de verdad quiere mantenerme al lado, tendrá que aceptar que ambas versiones conviven dentro de mí.
La mujer que ha aprendido a quererlo con intensidad es la misma que la que le gusta vivir al límite.
Porque, si alguna vez construimos algo juntos, será caminando los dos en la misma dirección, aunque el camino resulte demasiado oscuro para cualquiera que no sea capaz de entendernos.
—Pensaba que ya habíamos superado esa fase de dar órdenes —suelto conteniendo mi enfado.
—No es una orden —aparta la mirada sin querer entrar en la guerra que sabe que voy a desatar.
—Entonces es una sugerencia muy mala —arremeto.
—No vas a ir —dictamina con firmeza.
Me acerco hasta quedar frente a él. Sigue sin mirarme.
—Sí lo haré —le anuncio acercando mi rostro al suyo.
Sin tocarlo, lo incito a que me mire, y eso hace. Al menos tengo ese poder en él. Pone toda su atención de nuevo en mí.
—Te he dicho que estás fuera —ordena en tono duro.
—¿Por qué? —insisto cruzándome de brazos.
—Porque sí.
—¡Vaya! He escuchado argumentos con más fundamento —no pienso aceptar esa decisión.
Puedo sentir su aliento porque pega sus labios a los míos y me agarra por la cintura.
—Escúchame bien. Si todo se va a la mierda, necesito saber que tú no estás allí —explica muy serio.
Noto un pequeño nudo en el estómago por sus palabras y su forma de decirlo. Quiere protegerme a toda costa. Él jamás había convivido con el miedo, y desde el día del bosque parece haberse hecho presente ese sentimiento en él.
Le acaricio despacio el cuello. La esperanza se hace tan grande en mi corazón que creo que sí existe al fin lo que merezco.
—¿Te preocupa perderme? —pregunto con un hilo de voz.
Él me aleja de su pecho, cosa que nunca había hecho tampoco antes. ¿Evitarme físicamente? Solo quería follarme a todas horas, y ahora ni una mirada provocadora.
—No confundas preocupación con estrategia —suelta volviendo a los mapas.
Esas palabras me golpean como puñales. Qué idiota soy. Nunca aprenderé la lección. Siento mi corazón romperse un poco más.
—Claro —susurro con la voz rota.
Dirijo mis ojos a los mapas para que ninguno de los dos note que se me llenan de lágrimas.
—Si alguien descubre que eres importante para mí… —murmura.
Corta la frase cuando nota que lo está diciendo en voz alta. Nuestros ojos se vuelven a encontrar, esta vez con una intensidad tan profunda que, joder, quema. Esas palabras han declarado demasiado.
Retrocede un paso al darse cuenta de lo que está pasando.
—Olvida lo que he dicho.
Comienza a recoger todos los documentos de la mesa con urgencia.
Frunzo los labios. No quiero sonreír, pero él tiene ese poder en mí. Puede quebrarme en un segundo y al otro hacerme la persona más feliz del mundo. Así de intensa soy.
—No pienso hacerlo —murmuro, contagiada por la esperanza y conteniendo una sonrisa.
Él resopla y guarda todo más deprisa.
—Prométeme que no vendrás —insiste antes de encaminarse a la puerta.
Aúno toda la fuerza de mi interior por asentir con la cabeza. Lo veo alejarse y tengo que obligarme a relajar mis músculos tensos.
Te he mentido, Bestia. Pienso ir contigo al fin del mundo.
La noche siguiente observo el escenario desde detrás de una hilera de contenedores.
Me he vestido igual que varios hombres del cártel.
Ropa oscura, un poco ancha para disimular que soy mujer.
Me he rodeado vendas a presión en el pecho para disminuirlo.
El rostro cubierto por un pasamontañas. Y mi arma está preparada.
Desde aquí distingo a la perfección la enorme grúa y el cuerpo de Damián suspendido sobre la inmensa urna de cristal. El agua se mueve como un torbellino. Las pirañas están ansiosas por su comida.
Aprieto con fuerza la empuñadura de la pistola. Elio se enfadará cuando descubra que estoy aquí, pero ya lidiaré con eso si sobrevivimos.