Bestia (Mafia Italiana 3) CINCUENTA Y UNO
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CINCUENTA Y UNO

PANTERA

N unca pensé que descubrir que tienes un hermano pudiera doler tanto.

La mayoría de la gente imagina ese tipo de noticias como un regalo.

Sangre de tu sangre. Un vínculo que aparece de la nada para completar una vida.

En mi caso fue exactamente al revés: llegó acompañado de una cuenta atrás.

Apenas había tenido tiempo de aceptar que Elio era mi familia cuando ya estaba convencido de que iba directo a una tumba sin rumbo fijo. Despareció de mi lado al instante.

Mi moto avanza por un camino de tierra escondido entre colinas cubiertas de encinas y pinos. El sol todavía no ha terminado de aparecer. Me gusta mi moto más que el coche por la sensación de que el aire fresco me golpee la cara.

Bella sigue siendo mi hermana. Nada cambiaría eso. Hemos crecido juntos, discutido juntos, sobrevivido juntos. No hace falta compartir la misma sangre para querer a alguien como si fuera una parte de ti.

Pero Elio… No tengo recuerdos de ningún cumpleaños a su lado. No puedo decir cuál es su comida favorita ni la primera vez que sonrió. Tampoco sabía que existía hasta hace unas semanas.

Y, aun así, he ido asimilando la situación y mi interior me grita que lo busque.

Tengo una necesidad instintiva de protegerlo, de impedir que cometa más locuras.

Y eso es irónico, porque siempre ha sido uno de mis mayores enemigos.

Si aquel día en La Nonna lo hubiera matado, ¿qué sería de mí ahora? No me lo habría perdonado nunca.

Joder.

Suspiro y reduzco la velocidad al llegar a una vieja nave agrícola medio escondida entre los árboles. Desde fuera parece abandonada. Tiene las chapas oxidadas, paredes de piedra desconchadas y un tejado casi derrumbado. Eso lo hace un lugar idóneo para reunirse.

Detengo la moto y no pasan ni dos segundos cuando dos hombres armados aparecen entre la vegetación. Uno se acerca más a mí que el otro.

—No puedes pasar —indica señalando el camino de vuelta.

—Buenos días para ti también. —Lo observo con una ceja arqueada.

—Da la vuelta. No te lo repetiré —exige en tono contundente.

—No haré tal cosa. Y cuida tus modales conmigo; ya sabes quién soy y no me gusta tener que repetir mis palabras —endurezco el tono.

Este hombre es de los que confunden profesionalidad con tener arrogancia. Y eso conmigo, no.

—He dicho que...

No lo dejo terminar. Saco las llaves de la moto y en un instante ya estoy enfrentándolo. Pego mi rostro al suyo, clavando mi vista en la suya. Él da dos pasos hacia atrás. Así me gusta, que me demuestre el respeto que me debe.

—Relájate —suavizo el tono—. Si hubiera querido entrar disparando, ya estarías muerto.

El otro guardia levanta su arma. Lo miro de reojo.

—Baja eso antes de que te hagas daño —lo vacilo, y vuelvo a relajarme.

Los dos intercambiaron una mirada. Estoy perdiendo el tiempo con estos dos tontos. Es evidente que están decidiendo si intentar detenerme o asumir que el problema pasa a ser de otro. Les facilito la decisión. Me encamino hacia la puerta principal con las manos en los bolsillos.

—¡Eh! —grita uno de ellos.

Levanto una mano sin girarme. El tiempo apremia. Mi hermano estará en graves problemas dentro de poco. Aunque ya arrastra algunos que hemos tenido que solventar entre el imbécil de Lobo y yo.

—Luego os firmo un autógrafo —anuncio en tono desenfadado.

Empujo la pesada puerta metálica. El chirrido resuena por toda la nave. Dentro hace varios grados menos que fuera. Unas lámparas industriales cuelgan del techo iluminando una enorme mesa de madera sobre la que descansan mapas, fotografías y varios ordenadores portátiles.

Cinco hombres dejan de hablar al mismo tiempo.

Todas sus miradas se vuelven hacia mí. En la cabecera de la mesa, Ciro levanta despacio la vista después de todos.

La expresión de su cara basta para entender que acabo de arruinarle la mañana.

Es muy fácil hacer eso. Suele alterarse rápido cuando mi presencia lo molesta. Y yo disfruto de ello.

Apoyo una mano sobre el respaldo de una silla vacía.

—Bonito sitio. —Miro alrededor con exagerada curiosidad—. Aunque un poco triste. Le pondría una planta.

Contengo una carcajada al ver la vena de Ciro hincharse a gran velocidad.

Uno de sus hombres carraspea para ocultar una risa. Ciro lo fulmina con la mirada y el tipo baja la cabeza con sumisión.

—¿Quién te ha dejado entrar? —pregunta con una calma que me resulta de lo más extraña viniendo de su parte.

Esperaba un “fuera de aquí” o algunas de sus frases arrogantes estrella para debatirle y vacilarlo un poco.

Me encojo de hombros.

—Yo mismo.

Su mandíbula se tensa. Ciro se incorpora con lentitud.

—Nadie fuera de esta sala sabe que existe —asegura con firmeza.

Ladeo la cabeza y pongo las manos juntas sobre la mesa.

—Entonces deberías revisar tu concepto de "nadie" —debato.

Sus ojos se entrecierran. Los hombres que lo rodean alternan la vista entre los dos como si estuvieran presenciando un partido de tenis.

—¿Cómo lo has encontrado? —insiste.

Sonrío.

—Porque lo sé todo —lo vacilo con prepotencia.

Me dejo caer sobre el respaldo de la silla.

Sabía del lugar porque le he hablado a Cara sobre la urgencia de encontrarlo ya que el puto Lobo no me coge las llamadas. Me la zumban sus malditos negocios; ahora mismo lo más importante es la panda de locos que tenemos por hermanos.

—Mis hombres deberían haberte parado en la entrada —su tono sigue sin ser el juguetón de otras veces. Está molesto de verdad.

—Lo intentaron —afirmo. Miro hacia la puerta con lentitud. Los dos guardias están allí inmóviles, se les nota de lejos la incomodidad—. No han sido muy convincentes —debato.

Uno de ellos baja la cabeza.

—No los humilles más de la cuenta —asevera Ciro sin apartar los ojos de mí—. Bastante tienen con trabajar para alguien que acaba de dejar en evidencia su seguridad.

—Míralo por el lado bueno. Ahora sabes que puedo asistir a tus reuniones cuando quiera —lo provoco.

—Ni se te ocurra. Tu territorio es el sur. Si pones un pie aquí otro día cualquiera, serás hombre muerto antes de entrar siquiera por el camino —amenaza con frialdad.

La respuesta me arranca una risa corta. Ahí está mi lobito. Me gusta sacarlo de quicio.

Ciro apoya ambas manos sobre la mesa.

—Es muy imprudente por tu parte entrar en territorio enemigo solo y sin un plan —se inclina hacia delante.

Mi sonrisa desaparece poco a poco. El ambiente cambia, la tensión puede sentirse. Miro uno por uno a los hombres que hay alrededor de la mesa y termino clavando la vista en Ciro.

—No me hace falta nadie más. Soy Pantera, con eso basta. Y no es tu territorio. Te recuerdo que el verdadero poder reside en La Camorra. Y por ende, esto es mío. —Señalo la hora del cargamento que indica en uno de los mapas.—. Si te lo dejo es porque a MÍ me da la gana. Recuerda tu lugar, lobito.

La mandíbula de Ciro se tensa. Mis palabras infunden el respeto al que ya estoy acostumbrado. Nadie respira ni habla, excepto el imbécil. Como siempre.

—Antes de amenazarme, asegúrate de tener un plan, como te he dicho. ¿Qué pasaría si alguien se llevara a lo que tanto quieres de MI casa? —amenaza dejando ver por primera vez una media sonrisa.

Se refiere a Maia, que está en estos instantes en su casa con Cara. Pero se equivoca. Mi mujer no es como la suya. Cara es dulce, demasiado para este mundo; la mía es una víbora.

—Que ella misma se los cargaría, y apuesto por ello si quieres. Ha aprendido del mejor —me río con calma.

La sala se queda en un silencio tan tenso que hasta el zumbido de uno de los fluorescentes empieza a resultar molesto.

Nadie hace el menor movimiento. Los hombres que un instante antes discutían sobre rutas, cargamentos y cifras ahora tienen la atención fija en nosotros.

Sus negocios acababan de pasar a un segundo plano.

—¿Estás seguro de ello? —Entrecierra los ojos.

Es un puto vacilón. Nunca le haría nada a Maia. Por mucho que yo le jurara guerra o muerte. Él no es de utilizar mujeres. Yo tampoco. Cara es intocable. Por eso quizás lo soporto o incluso me guste estar con él compartiendo algunas opiniones.

Le sostengo la mirada e inclino la cabeza.

—Con mi vida —aseguro para que él se quede satisfecho.

Me he desviado del motivo por el que vine.

Suele pasarme cuando me encuentro con el señorito remilgado.

Nos vacilamos y nos provocamos. En realidad, es un golpe de aire fresco entre tanta tensión.

No sabes quién te puede ser desleal o utilizar la información contra ti.

Lo único que podrían utilizar contra mí es Maia, y con él está en buenas manos.

—Los he encontrado —suelto sin más dilación. Creo que ya es hora de acabar con esta pelea de egos.

—¿A quién? —pregunta Ciro.

—A los dos.

Su expresión cambia. Sus ojos se abren. Con solo esas palabras, él ya ha comprendido a qué me refiero.

Bella y Bestia.

—¿Dónde están? —inquiere con urgencia.

Uno de los hombres de su derecha abre la boca quizás creyendo que puede intervenir.

Ciro levanta dos dedos sin apartar los ojos de mí y el hombre cierra la al instante.

Esa es la diferencia entre un verdadero Don y alguien que simplemente da órdenes.

No necesita levantar la voz. Todos saben cuándo callarse.

Al cabrón se le da muy bien. Nos divertiremos mucho cuando yo ascienda a Don. Mucho.

—Hacia el sur —le confirmo.

Ciro frunce ligeramente el ceño.

—Eso no tiene sentido —murmura pensativo.

Lo último que tuvimos que arreglar fue con la mafia holandesa. La búlgara no ha dado señales de vida, me temo que tendremos que lidiar con ellos más adelante. Mataron a Petar y no lo pasarán por alto. Estoy casi seguro de que estamos en una guerra y están preparándose para ella.

—Lo tiene si sabes a quién buscan —le doy una pista—. Van a por el plato fuerte.

Abre sus ojos uniendo las piezas.

—El mejicano —dictamina.

Asiento despacio.

Él suelta una maldición entre dientes. Es curioso.

Había visto al Lobo enfrentarse a peligros inminentes sin cambiar la expresión, pero esto ha conseguido tensarle la mandíbula.

Porque ambos sabemos lo mismo. Bella y Elio por separado ya son capaces de convertir cualquier operación en un incendio. Pero juntos… Eso es incontrolable.

—¿Qué información tienes? —pregunta finalmente.

Me acerco a la mesa y aparto con dos dedos uno de los mapas que ocupaban el centro. Cojo el que me sirve y con un rotulador, marco un punto en él.

—Han secuestrado a Damián. —Levanto la vista—. ¿Todavía crees que van de vacaciones?

Apoyo ambas manos sobre la mesa y respiro hondo. Miro el trazo rojo que he marcado. Mi cabeza está muy lejos de aquella nave. Pienso en él, en Elio. Es absurdo que un desconocido pueda ocupar tanto espacio en mis pensamientos. Hasta hace unas semanas era únicamente mi enemigo y ahora es mi hermano.

Todavía me cuesta pronunciar esa palabra.

Hermano.

No hemos compartido infancia ni existen fotografías de los dos cubiertos de barro jugando en algún jardín. No hay peleas por un juguete ni cumpleaños celebrados; tampoco cicatrices hechas juntos.

Nada.

Nos han robado todos esos años, y precisamente por eso me niego a perder los que todavía quedan.

Bella seguirá siendo mi hermana hasta el último día de mi vida.

No necesito compartir ADN para eso. Ha estado presente en cada uno de mis recuerdos importantes.

Pero la sangre solo la comparto con él. Y ni de broma, ahora que lo tengo, lo encontraré muerto para enterrarlo unas semanas después.

No lo permitiré.

—¿En qué estás pensando? —Me saca Ciro de mis pensamientos.

—En que son idiotas —espeto furioso por el miedo a perderlos.

—Eso ya lo sabíamos —suspira.

Me incorporo despacio.

—Se han encontrado dos monstruos y ahora se sienten invencibles —suelto lleno de ira.

Ciro asiente comprendiendo dónde quiero llegar.

Bella siempre había tenido un talento especial para lanzarse de cabeza cuando alguien a quien quería estaba en peligro.

Nunca he sido ingenuo. Siempre he cazado las personalidades de lejos, era mi trabajo.

Y ella siempre ha tenido ese punto de psicópata.

Por mucho que lo quisiera esconder, yo lo veía.

Cuando pasábamos por delante de un tío medio muerto, ella se relamía los labios, le brillaban los ojos cuando mató por primera vez.

Pero no sé por qué, nunca me lo he tomado en serio. No esperaba que llegara a este punto.

Y Elio, por lo que sé de él, parece incapaz de distinguir una buena idea de una sentencia de muerte. Juntos se estarán retroalimentando mutuamente hasta convencerse de que pueden acabar con cualquiera. Y estoy muy preocupado.

—¿Cuántos hombres llevamos? —pregunta Ciro sin apartar la vista del mapa.

—Veintiocho, y pueden salir en veinte minutos —responde uno de los presentes al instante.

—No —contradigo—. Si aparecemos tantos, huirán antes de escucharnos. Tiene que parecer que no es una encerrona.

—¿Cuál es tu idea? —inquiere Ciro, interesado.

—Solos tú y yo. No queremos que huyan. —Hago una pausa—.

El resto espera en los alrededores, camuflados, por si la cosa se tuerce.

De La Camorra irán unos cincuenta. —Ciro permanece pensativo unos segundos.

Es evidente que está calculando todas las posibilidades.

Al final asiente. Sonrío—. ¿El Don recibiendo órdenes de un Sottocapo? —me burlo con arrogancia.

—No te acostumbres. Solo es por ellos —aclara. Rodea la mesa hasta quedar frente a mí—. ¿Cuándo salimos? —pregunta decidido a comenzar ahora mismo.

—Ya. —Compruebo por costumbre el cargador de mi pistola antes de volver a enfundarla—. Vamos a por esos dos. Tú a por tu hermana y yo a por el mío.

Es la primera vez que lo admito en voz alta, y no será la última.

No perderé a ninguno de los tres. A Bella, a Elio y a Ciro. Si le pasara algo al lobito, mi mujer sería la primera que me mataría. Y puedo apostar por ello.