CINCUENTA
BELLA
U n brazo rodea mi cintura desde atrás. Los dos caemos al suelo entre la hierba. La inercia nos hace rodar varios metros por una pendiente cubierta de hojas secas hasta detenernos contra el tronco ancho de un roble.
—¡Déjame, imbécil! —le grito intentando apartarlo de un empujón.
Me enfado conmigo misma por ser tan torpe, por ser tan débil.
Pero lo reflejo en él. Forcejeo con toda la fuerza que me queda.
Consigo liberar un brazo y alejarlo de mí por el pecho; intento girarme e incorporarme, quiero volver a echar a correr, pero él anticipa todos mis movimientos.
Me inmoviliza las muñecas con una sola mano y bloquea mis piernas con el peso de su cuerpo antes de que pueda escaparme otra vez.
Sigo removiéndome, respirando de forma entrecortada, con el corazón desbocado y las lágrimas resbalando sin control por las mejillas. Su rostro se acerca al mío. Dejo de luchar un segundo. Nuestros ojos se clavan el uno en el otro. Ya no queda rastro del hombre cubierto de sangre. Se ha lavado.
Lleva la ropa limpia, una de esas camisetas negras de él que tanto me excitan porque se le marca cada músculo, cada hendidura. Está todavía más guapo que cuando lo observé dormido, y ese pensamiento me duele como si me acabaran de apuñalar.
Puto corazón de mierda que confirma lo único que llevo intentando repetirme desde que me marché. Tengo que irme. Tengo que alejarme de él antes de que termine de romperme por completo. Él nunca podrá quererme de la forma en que yo empiezo a quererlo.
—Suéltame —pido ahogando mis emociones para no dejarlas salir.
—¿Qué cojones ha pasado, Bella? Ayer estaba todo bien. ¿Por qué haces esto? —su tono expresa rabia, pero también confusión.
—¡He dicho que me sueltes! —repito en tono más alto.
Su aliento choca con el mío. Me urge besarlo. Me muero por volver a caer en el abismo. Pero no. Lucho.
—¡Y yo he dicho que me digas qué mierda ha pasado! —exclama enfurecido.
Contengo las lágrimas. Aprieto los dientes. Tenso todo el cuerpo dispuesta a no dejar salir mi lado más frágil. Aparto la vista para resistirme a sus malditos encantos.
—Mírame —ordena bajando el tono. Niego con la cabeza—.
Mírame —exige con más contundencia. Me obliga a mirarlo cogiéndome por la barbilla—.
No dejaré que te marches, ¿me oyes? Te dije que estaríamos juntos hasta la eternidad, y eso haremos.
Eres mía —asegura con una intensidad en los ojos difícil de obviar.
Sí, soy tuya, y esa certeza duele tanto que me destroza.
—No hagas esto… —se me quiebra la voz—. Elige a cualquier otra, Elio, yo no puedo más. No quiero seguir con este juego enfermizo —miento. Sí quiero, pero no puedo.
—No quiero a otra. Te quiero a ti —sentencia con decisión—. Dime qué pasa. Sé que te gusta. Tu cuerpo me lo gritaba desde nuestro primer encuentro.
“Te quiero a ti”. Ojalá me dijera eso de la forma en la que me gustaría. Siento que me quedo sin aire.
—No puedo —suelto en un hilo de voz.
—No me hagas sacártelo a la fuerza. Dime qué es tan grave —insiste con el tono más confundido que antes.
Cierro los ojos con fuerza. Si lo admito en voz alta, será peor, se hará más real y dolerá mucho más.
—Anoche cambió todo. —Hago una pausa al notar cómo se me cierra la garganta. Abro los ojos inundados en lágrimas. Siento que me asfixio y no puedo hacer nada al respecto—. Me estoy enamorando de ti. Para mí ha dejado de ser un maldito juego —aseguro con la voz rota.
Las palabras se quedan suspendidas entre los dos. Él se queda estupefacto. No pestañea. Son los segundos más largos de mi vida. Y duele tanto admitirlo que noto cómo mi corazón está destrozado. La tensión es palpable. Ya no existen cantos de pájaros ni el rocío de la mañana. Solo él y yo.
—Yo… no puedo… —exhala despacio mientras suelta mis muñecas.
Y ahí está. Lo que tanto temí. Una parte de mí ya lo sabía, y esperaba justo eso.
No me quiere. Duele tanto que siento un nudo en la garganta tan grande que apenas consigo tragar saliva.
Él nota cómo me rompe por completo esa confesión porque me deja libre y se pone a horcajadas con las cejas levantadas y una actitud insegura que nunca antes la había visto.
—No puedo. Hace mucho tiempo que dejé de ser alguien capaz de sentir. Soy una bestia. Todo lo que toco termina roto. Es más, me gusta corromper todo a mi paso, infligir mucho dolor —resopla con frustración—. Los monstruos no aman, Bella.
Su voz ha perdido toda la arrogancia. Suena cansada y ¿rota?
Las lágrimas vuelven a resbalar por mis mejillas. Asiento muy despacio.
—Lo sé —le confirmo con la voz quebrada.
Cierro los ojos un segundo solo para intentar recomponerme. Lloraré y me hundiré en mis sentimientos, pero lo haré cuando esté sola. Necesito poner distancia cuanto antes.
Intento apartarlo para levantarme, pero no me deja. En realidad, no me está sujetando con fuerza. Solo permanece encima de mí, impidiéndome marcharme, y yo no tengo fuerzas para seguir luchando. No quiero ni puedo.
—Pero hay una cosa que sí sé —me sorprende al hablar. Él inspira profundo antes de continuar, parece que le cuesta un esfuerzo insoportable soltar cada palabra—. Desde que apareciste, duermo.
Parpadeo intentando entender lo que quiere decir.
—¿Qué? —pregunto.
Esboza una sonrisa muy pequeña, pero la noto.
—Antes no podía. Dormía tres horas. Cuatro, con suerte.
Me acostumbré desde pequeño, porque no sabía cuando podía aparecer Santoro para golpearme o —traga saliva con dificultad— violarme.
Siempre estaba preparado para salir corriendo o para defenderme.
Y eso ha seguido con el paso del tiempo, aunque él ya no esté.
—La mirada que me dirige me pone los vellos de punta de lo intensa que es—.
Contigo me duermo. Cuando estoy contigo bajo la guardia sin darme cuenta.
Hablo de mi vida, cosa que no he hecho con nadie porque para mí es un secreto bajo llave.
Y me sorprendo muchas veces pensando dónde mierda estás cuando desapareces cinco minutos.
—Hace una pausa y levanta la cabeza un instante para respirar, y pensar—.
Esta mañana cuando me desperté y no te vi… Entré en pánico.
No sé qué responder. No esperaba eso. Lo violaron joder. ¡¿QUÉ COJONES?!
Su mirada no para de moverse de un árbol a otro y muestra su inseguridad. Niega despacio con la cabeza, frustrado.
—Lo siento —me sale en un hilo de voz.
—No quiero que me mires con lástima. Lo superé.
Tuve que convertirme en esto para sobrevivir.
Fue con doce años, una sola vez, porque a raíz de ese día, a cualquiera que se me acercaba, lo mataba sin pensarlo.
Me entrené para ser fuerte y nadie podía conmigo.
Empecé a ser más inteligente y ya nunca me quedaba a solas con él para evitarlo.
Siempre iba acompañado por Taddeo o Ciro.
Tuve que aprender a fijarme en los detalles y a utilizar mis manos para quitar vidas.
Y ya —aparta la mirada conteniendo dolor en ella— no hay vuelta atrás.
No sé ser de otra forma. No me fiaré nunca de nadie.
Pero tú… —vuele a clavarme la vista— sí te has ganado esa confianza.
Eres la única que sabe esto. Era un secreto que me llevaría a la tumba, y sin embargo, aquí estoy contándotelo. ¿Sabes lo que significa eso?
Chasquea la lengua al verme tan inmóvil; creo que hasta él mismo se siente frustrado. Sé lo que quiere decir. No me quiere, pero me ha cogido cariño, sin más. Juro que a Santoro le cortaré la polla. No pararé hasta hacerlo.
Bestia es todo fachada. Solo es un niño al que rompieron de forma abrupta. No le quedó más opción que hacerse fuerte, frío y un monstruo para sobrevivir. Es duro, muy duro. Nadie debería pasar por eso.
Me duele tanto el pecho solo de pensar por lo que habrá pasado que creo que me asfixio. Y sin embargo, escondo mis emociones porque sé que le afecta. Lo primero que me ha pedido es que no le tenga lástima, eso le haría más daño, y no quiero que lo reciba por mi parte. No se merece más sufrimiento.
—¿Ves? Ni siquiera sé explicar qué demonios me pasa.
No sé si esto es querer. No sé ponerle nombre.
Nadie me enseñó cómo se hace. —Suelta una risa amarga—.
Lo único que sé es que esta mañana me he despertado, he visto el hueco vacío a mi lado y he salido como un puto loco a buscarte.
Ni siquiera me he preguntado por qué. Solo sabía que tenía que encontrarte. No puedo ni imaginarme un día sin ti.
El silencio vuelve a reinar entre nosotros. Contengo la respiración. ¿Eso es una declaración?
—No puedo prometerte flores, ni paseos agarrados de la mano.
Ni siquiera puedo ofrecerte una vida tranquila.
Solo te imploro que te quedes a mi lado.
Y juro por Dios, Bella, que me estoy esforzando ahora mismo por intentar mantener la calma.
Te lo pido de forma educada y tranquila, pero si no aceptas —su mirada se oscurece—, tendré que llevarte a la fuerza.
Porque no dejaré que te vayas. Nunca. Dije que eres mía, y es de lo más seguro que he estado en mi vida.
Cierro los ojos un segundo. Ignoro su amenaza.
Ya no tienen peso sobre mí. Ya no me impactan como cuando nos conocimos.
Pero duele esa verdad. Nunca podrá darme lo que le pido.
Ha sido sincero. No me está dando falsas esperanzas.
Nunca llegaré a ser feliz si me quedo porque sus sentimientos no estarán a la altura de los míos.
—Pero quédate, por favor —suplica con la voz en un susurro.
Abro mucho los ojos. Por primera vez desde que lo conozco, parece tener miedo, y también es nuevo esto de escuchar súplicas de su parte.
El pulso acelerado recorre mi cuerpo. Las lágrimas me nublan por completo la vista.
Quiero decirle que con eso no basta, que merezco a alguien que me quiera sin límites, que no dude y que yo sea su todo.
Pero mi corazón lleva demasiado tiempo ignorando lo que merezco.
Mientras él hablaba solo podía pensar en una cosa: ha venido a buscarme.
Ha sentido pánico al despertarse sin mí.
Dormía con la respiración profunda cuando me desperté, y ha pasado ya varias veces.
Es real que baja la guardia conmigo. Y, para ser un hombre que lleva toda la vida creyéndose un monstruo incapaz de sentir, eso es un gran paso.
Quizá para cualquiera eso no es suficiente. Quizá otra en mi lugar huiría y no aceptaría su proposición. Joder, lo ha pedido por favor, ha dejado ver su fragilidad.
No puedo ignorar todo eso. Puede que jamás me quiera como yo lo hago con él y puede que esté retrasando lo inevitable y que acabe aun más rota, tanto que sea irreparable.
Aun así, acabo de tomar una decisión. Seguro que es ridícula y me arrepentiré en un futuro, pero también es la única que mi corazón está dispuesta a tomar.
Apoyo mi frente contra la suya. Contengo las malditas lágrimas que quieren salir.
—Soy tuya —suelto con un hilo de voz.
Él cierra los ojos. ¿Aliviado? Siento cómo el aire que llevaba conteniendo desde que me encontró abandona por fin sus pulmones al exhalar largo y con lentitud.
Podría haberme sometido, lo ha hecho muchas veces, y sin embargo, me lo ha suplicado. Joder, seré una jodida ilusa, pero estoy tan enganchada a él que la mínima posibilidad, la acepto sin dudar.
Solo espero que esta decisión no me acarree consecuencias. Aunque mi instinto me dice que es mal camino.