Bestia (Mafia Italiana 3) CUARENTA Y NUEVE
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CUARENTA Y NUEVE

BELLA

A bro los ojos un poco, tengo la mejilla hundida en su pecho.

Durante unos segundos permanezco inmóvil, escuchando el latido pausado de su corazón, mientras su respiración profunda mueve mi rostro.

La temperatura en el ambiente es menor que la del calor que él desprende, y eso que estamos en verano.

Poco a poco, la realidad llega tan directa que se me contrae el pecho.

La euforia ha desaparecido. La droga ya no recorre mi cuerpo.

Solo queda un vacío inmenso que me devora por dentro.

Me pesa todo el cuerpo, los brazos, las piernas, incluso me cuesta respirar.

Tengo la garganta seca, la lengua pastosa, el estómago revuelto y una presión insoportable oprimiéndome el pecho.

Quiero esconderme de esa sensación horrible y sin apenas darme cuenta, me acurruco un poco más contra él, buscando su calor como si pudiera protegerme.

No dejo de darle vueltas a la noche anterior mientras observo su rostro ensangrentado. Siempre he visto su parte desquiciada; es alguien que se ríe del peligro, que no teme a las consecuencias. Siempre pensé que detrás de esa sonrisa oscura no había nada más que locura.

Pero anoche bajó todas las murallas durante unas horas.

Hablamos de verdad, sin máscaras, sin juegos sádicos.

Solo fuimos dos personas compartiendo la carga de todo lo que llevamos dentro.

Descubrí una versión de él que jamás imaginé encontrar y para mi desgracia, me he enamorado también de esa versión.

Me gusta el hombre capaz de desafiar al mundo entero con una sonrisa tan peligrosa que hace temblar a cualquiera.

Me gusta esa oscuridad que desprende, esa libertad salvaje con la que vive.

Pero también me gusta el que fue anoche; me habló con calma, con empatía y me quiso consolar.

Se preocupó por mí de verdad. No me miró como una posesión sin alma. Me trató como su ¿amiga? ¿pareja?

Joder, y ese es el problema. Porque ahora quiero las dos partes de él. Lo quiero todo. Y mi corazón late por él no por obligación, sino por elección propia.

Ese pensamiento hace que todas mis emocionas vuelvan como un huracán.

Mi hermano, mi padre, sus caras cuando vieron cómo elegía la crueldad y a un desconocido antes que a ellos, los secretos que me han escondido durante años, las mentiras, la decepción reflejada en sus ojos.

Nunca olvidaré aquella expresión. No hace falta que dijera una sola palabra.

Además, mi padre tiene efectivos suficientes y herramientas a su disposición que podría movilizar si quisiera encontrarme y no lo ha hecho.

¿Por qué? Porque ha descubierto quién soy y seguro que me ha repudiado.

Ni psicología ni mierda, soy una mala persona.

Nadie querría estar al lado de alguien así.

Una punzada me atraviesa el estómago y las lágrimas empiezan a acumularse detrás de mis ojos.

Necesito hablar con alguien. Necesito que me abracen hasta que deje de doler.

Necesito dejar de cargar sola con todo esto.

Sin pensar, vuelvo a apretar la mejilla contra él. De repente, una voz me grita dentro de mi cabeza.

“Qué estúpida eres. No puedes buscar eso aquí, él no te quiere”, me dice.

Nunca me ha prometido una relación amorosa ni mínimamente normal.

Entre nosotros solo existen la tensión sexual, la adrenalina y una forma extraña de entendernos cuando el resto del mundo deja de tener sentido.

Él no cree en refugios, como yo, ni en relaciones ni en quedarse cuando todo se vuelve difícil.

Yo también era así antes, pero estoy empezando a necesitar todo eso.

Joder, no puedo controlar lo que siento y esto se ha vuelto ya insoportable.

Se me rompe el corazón por dentro al admitirlo porque significa que ya quiero más de lo que él jamás estará dispuesto a ofrecerme. ¿Dónde está mi lado psicótico cuando lo necesito?

Levanto despacio la cabeza para mirarlo.

Sigue profundamente dormido, ajeno a la tormenta que acaba de despertarse dentro de mí.

Frunce el ceño entre sueños. Tiene varias manchas rojizas oscuras que se extienden por su cuello, sus hombros y parte del pecho.

Parece que hayamos sobrevivido a un huracán.

El olor metálico todavía permanece suspendido en el aire, mezclado con el aroma de la madera vieja de la cabaña y el perfume inconfundible que siempre lo acompaña.

No puedo dejar de observarlo; nunca me había parecido tan guapo y nunca me había costado tanto marcharme después de una noche de sexo.

Aparto su brazo con cuidado y consigo levantarme sin despertarlo. Salgo al exterior con el corazón en un puño.

El aire fresco del amanecer me acaricia el rostro.

Frente a mí se extiende un camino estrecho que da a una carretera secundaria por donde únicamente se puede acceder a la cabaña.

Los primeros rayos de sol consiguen atravesar las copas de los pinos y todo huele a tierra húmeda. A lo lejos canta algún pájaro.

Apenas puedo respirar. Lo de mi alrededor deja de tener sentido.

La ansiedad me invade despacio. El corazón me late tan deprisa que noto cada golpe retumbando por todo mi cuerpo.

Me falta el aire. Procuro llenar los pulmones de oxígeno, pero cuanto más lo intento menos parece entrar. Me tiemblan las manos, las piernas…

Junto a la fachada hay un viejo bidón lleno de agua de lluvia. Me pongo frente a él y sumerjo las manos. El agua está helada, pero mejor esto que entrar en casa y tener que enfrentarme a lo que siento. Mis pies no volverán ahí dentro.

Empiezo a lavarme despacio. El agua resbala por mis brazos, por mi cuello, arrastra las manchas que todavía me cubren la piel y deja al descubierto todos los cortes.

Algunos ya medio cerrados, otros están aún abiertos, y basta con rozarlos para que vuelvan a sangrar.

Poco a poco el agua transparente comienza a teñirse de rojo.

Froto una y otra vez; ojalá pudiera limpiar también todo lo que llevo dentro.

Veo el vehículo con el que llegamos ayer.

Abro la puerta trasera sin hacer apenas ruido.

Siempre dejamos ropa repartida entre las casas de las operaciones y los coches por si alguna vez tenemos que desaparecer deprisa.

Saco un pantalón corto negro, una camiseta amarilla y unas zapatillas deportivas.

Me visto con urgencia queriendo salir de aquí cuanto antes.

Meto también algunos billetes en los bolsillos.

Tengo que irme. Quedarme solo conseguirá que me siga enamorando un poco más cada día de alguien que jamás será mío.

Yo sí soy suya.

No puedo seguir haciéndome esto.

Avanzo por el camino, abrazándome y con la cabeza baja.

Solo son unos metros de tierra antes de incorporarme a la carretera secundaria.

Mis zapatillas pisan el asfalto agrietado del arcén al fin mientras el sol termina de asomarse por el horizonte.

El cielo se tiñe de tonos dorados y anaranjados y las copas de los árboles comienzan a iluminarse.

El mundo entero parece despertar lleno de vida, pero dentro de mí sigue siendo de noche.

Camino sin rumbo, sin ningún plan, rodeándome con los brazos a mí misma para contener el temblor y dejando caer las lágrimas. No me importa derrumbarme. Nadie puede verme.

Cada paso me aleja de él y duele mucho. Más que cualquier golpe físico.

Porque lo que más ansío es su contacto, su cariño.

Nadie me ha aceptado como él ha hecho. Ha abrazado mi lado malo, se ha divertido con mi lado bueno.

Le gusta mi cuerpo aun con algunos kilos de más.

Nunca me ha minimizado ni me ha rechazado.

Mierda. Siento cómo se me parte el corazón. ¿Por qué he tenido que enamorarme? Esto lo ha complicado todo. Éramos felices. No nos hacía falta subir de nivel, y yo lo he fastidiado. Nunca he querido a nadie con tanta intensidad. Me jode hacerlo ahora. Todo se irá a la mierda y es culpa mía.

El sonido de un motor rompe mis pensamientos. ¿Y si es ÉL? El estómago me da un vuelco tan fuerte que siento que se me sale del cuerpo.

No. Niego para mí misma antes siquiera de volverme. No puede ser él. No habría salido a buscarme. Ni siquiera habrá notado que me he ido. Y, aunque lo hubiera hecho, ¿por qué vendría detrás de mí? No soy esa clase de persona para él. Nunca lo he sido. Lo de anoche no cambia nada. Al menos para él.

Me limpio las lágrimas con el dorso de la mano, respirando hondo para intentar recomponerme, y continúo caminando por el borde del asfalto.

Cada pocos pasos vuelvo la cabeza. La carretera serpentea entre los árboles.

No sé a dónde voy. No puedo volver a casa.

No tengo a nadie esperándome. Nadie a quien llamar.

Nadie en cuyo sofá pueda dejarme caer para romper a llorar durante horas.

Estoy sola.

Completamente sola.

Y el dolor me aprieta tanto que apenas puedo seguir caminando; parece que avanzo con cadenas atadas a los tobillos.

Vuelvo a mirar atrás. La silueta del coche se acerca a gran velocidad. Reconozco la forma de la carrocería, y mis pulmones dejan de funcionar.

Es el coche que conducía ayer Taddeo.

Mi corazón se despierta de golpe, me martillea con fuerza las costillas. Durante un instante, una esperanza me invade. Ha venido a por mí. Porque le importo.

Quizás...

Quizás...

No.

“No confundas las cosas”, me grita mi lado racional. No ha venido porque no soporte perderme. Ha venido porque está obsesionado conmigo. Porque le atraigo sexualmente, sin más. Porque soy un desafío que superar. Solo eso.

La punzada que siento en mi interior es todavía peor que la anterior. Mis piernas empiezan a moverse antes de que mi cabeza termine de decidirlo. Echo a correr. Las lágrimas vuelven a inundarme la vista mientras el aire me golpea el rostro.

No quiero que me alcance. No le tengo miedo. Si algo tengo claro es que nunca he sentido ese sentimiento respecto a él. Lo que no podré será lidiar con mi alma sabiendo que anhelaría cada segundo lo que no puede tener.

El coche se acerca con una rapidez y movimiento que reconozco.

Lo he visto conducir muchas veces. Un estruendo rompe el aire cuando acelera hasta colocarse a mi altura.

La carrocería me sobrepasa y, antes de que pueda reaccionar, gira delante de mí con brusquedad.

Los neumáticos chirrían sobre el asfalto.

El coche se cruza en la carretera cortándome el paso.

Mi respiración se descontrola. Miro a un lado.

Mi única opción es el bosque. Salto desesperada hacia la maleza.

Las ramas me arañan las piernas nada más atravesar el primer matorral.

La hierba alta me llega casi a las rodillas y esconde piedras y pequeños desniveles que lucho por esquivar para no caerme.

Las zarzas me rozan los brazos desnudos mientras aparto las ramas con desesperación.

Corro sin rumbo. “No puedo volver”, ese es mi único pensamiento.

Necesito poner distancia. Escucho cómo él me persigue. Sus pasos son más rápidos.

No.

No.

Por favor.

Aprieto los dientes y acelero todavía más, esquivo un tronco caído por apenas unos centímetros. Mi pecho arde. Las lágrimas apenas me dejan ver el camino y aun así sigo avanzando. No quiero que me alcance. No quiero volver a mirarlo porque sé que perderé toda la fuerza que me queda.

Una raíz sobresale del suelo. Intento esquivarla, pero pierdo el equilibrio un instante. No llego a caerme, solo hace que me frene un segundo, lo suficiente para que me atrape.

Mierda. Estoy perdida.