CUARENTA Y OCHO
BELLA
E lio se incorpora conmigo en brazos, él aún palpitando dentro de mí.
Sin soltarme en ningún momento, me lleva pegada a su pecho hasta el sofá.
Se deja caer de espaldas y yo no hago ningún tipo de movimiento, ni por quitarme ni por quedarme.
Solo disfruto del placer que todavía me recorre por las venas.
Él echa una manta fina sobre nosotros. Mi mejilla descansa sobre el pecho de él y mis brazos lo rodean por su costado. Escucho cerrarse la puerta de la habitación. Taddeo se ha ido. Nos ha dejado solos. ¿Por qué lo hace?
—Taddeo… —mi tono suena más preocupado de lo que pretendía.
—Está bien. Solo nos ha dejado intimidad. Descansa, bella —su tono es el más dulce que he escuchado hasta el momento.
Me acaricia la espalda con movimientos suaves, me da cariño con sus dedos, paseándolos por toda mi piel haciéndome sentir un escalofrío de placer. Me da un beso en el cabello.
Joder. ¿Quién es este y qué han hecho con Bestia?
No pienso quejarme. Me gusta esta parte de él.
En realidad, me gusta cada parte de él. Las malas, las buenas, las maníacas, las cuerdas.
Hasta sus defectos se quedan en segundo plano.
Para mí es perfecto. Duro, dominante, posesivo, atento, justo como me encanta.
Un jodido sádico de manual. Yo no soy mejor que él, y por eso lo admiro tanto y lo acepto.
Estaba muerta en vida; intentaba ser una persona que no era, esconder mi verdadero ser.
Estaba insatisfecha en el sexo, no encontraba placer alguno, no llegaba a tener orgasmos.
En mi vida he sentido con nadie lo que siento con él.
Adoro que me lleve al límite en todos los sentidos.
Me hace llenarme de ira hasta el punto de querer ver arder el mundo, pero es que cuando me hace feliz, también es hasta el extremo de pensar que estoy en el jodido nirvana.
Quiero esto. Me siento muy viva.
—¿No puedes dormir? —me sobresalta la voz de él.
Levanto la cabeza para mirarlo. Sus ojos se clavan en los míos. Ya no tiene la expresión de antes; ahora su iris azul llena todo por completo. Es hipnótico ese color tan claro y llamativo.
—Estaba disfrutando del momento —pronuncio.
Pienso que quizá él me hace sentir que ya estoy en el cielo porque él lo lleva en sus ojos.
—Repón fuerzas, que nos queda mucho por delante —me aconseja.
Y sé que es así, porque no es el tono de siempre. No me habla con la dureza y la frialdad de siempre.
—¿No vas a parar hasta encontrar a tu madre? —pregunto dibujando en su pecho trazos inventados con un dedo.
—Resulta que no es la mía, es la tuya —suena decepcionado.
Joder. No quiero ni pensarlo.
—No considero que lo sea —me sincero—. Una madre no abandona a su hija por muchos peligros que la rodeen.
No puedo ni quiero perdonarla.
—Escucha su parte. No te cierres en banda, Bella. Tienes una madre, aprovéchalo. Yo me he quedado huérfano de la noche a la mañana —se desahoga en tono pesado.
Ese es su dolor y por eso ha iniciado esta masacre a nivel mundial. Se sintió tan perdido y solo que decidió ser un monstruo sin sentimientos, literal.
—No. Sofía te quiere con locura, y tú lo sabes.
Siempre has sido su niño y siempre lo serás.
Ella no te dejará de lado por esta información.
—No estuve presente en su relación, pero por lo que me ha contado Cara, sé que era así—.
Además, ella ya sabía que no eras su hijo y aun así mira cómo te ha tratado toda la vida, como si lo fueras.
—Ha escondido esa parte que es muy importante —debate mirando al techo.
—Pero no cambia nada. Su amor por ti es el mismo —insisto para que lo entienda.
—Sí cambia. Mis verdaderos padres están muertos. ¿No pensaba contármelo nunca?
—No cambia nada que lo sepas. Entiendo su posición. Era hacerte un daño innecesario. Serás su hijo igual, con la verdad y sin ella. Creo que solo ha querido ahorrarte un disgusto —pienso en voz alta.
—Entonces, ¿por qué tú misma no le das una oportunidad? Estás defendiéndola y alegando lo buena madre que es —arremete con una sonrisa juguetona.
—No quiero hablar de eso...
Aparto la vista. Me duele pensarlo. He conseguido estar satisfecha con mi vida. Ahora soy lo que quiero ser, y no quiero entrar en una espiral de autocompasión que solo me haría la vida más difícil.
—Háblame.
Me coge de la barbilla y me hace mirarlo. Esta vez su agarre es muy suave. Sus dedos solo me rozan, no imponen. Trago saliva con dificultad al sentir de nuevo ese cielo en su mirada.
—Es solo que pienso que soy el monstruo que soy por su culpa.
Si hubiera tenido una madre, quizá no hubiera dejado que me criara con hombres matando a diestro y siniestro.
Quizá me hubiera dado algún tipo de cariño que habría hecho que fuese una persona decente.
Quizá todo sería distinto —se me quiebra la voz.
Mi padre me ha criado lo mejor que ha podido, pero estar todo el tiempo rodeada de sangre y muertes tiene su consecuencia. Sigo creyendo fervientemente que con una figura femenina habría sido distinto.
Elio se ríe de forma alegre. Una risa que es la primera vez que escucho. Es genuina, no está cargada de intenciones. Comienzo de nuevo a mover los dedos sobre su pecho trazando líneas.
—Estás equivocada —afirma—. Yo sí he tenido una madre presente.
Es más, si no hubiese sido por ella, me habrían reventado a golpes de pequeño.
Gracias a ella, estoy vivo y estoy aquí.
—Esa confesión me pone los vellos de punta—.
Y sin embargo, soy igual de sádico que tú.
Un monstruo que sí ha tenido madre, así que no es por la crianza.
Ya aprenderás a convivir con ello. —Retira su mirada de mí para cerrar los ojos—.
Me encargaré de guiarte. No te dejaré sola.
No permitiré que caigas en los mismos errores que yo.
Se puede ser así y convivir con personas normales.
Solo hay que saber cuándo desinhibirte. Ya hablaremos de ello —su tono baja—.
Después de todo, tenemos toda la vida. Nunca te irás de mi lado.
Sonrío contra su piel. Me gusta esa posesión, joder. ¿Qué hago?
—¿Estás dibujando corazoncitos, monstruita? —pregunta en tono burlón sin abrir los ojos—. ¿Me quieres?
Pongo mi atención en el trazo. Mierda. Sí que lo estaba haciendo.
—No, gilipollas. —Le golpeo el pecho—. Tendría que estar muy mal de la cabeza para gustarme alguien como tú.
—Y tú lo estás —declara.
—Ni lo pienses.
Frunzo los labios. No quiero reírme. Sin embargo, noto cómo él sí lo hace. La vibración de su pecho me abraza.
No creo estar enamorada de él. Eso sería una catástrofe. Una putada enorme. Pero, joder, ¿por qué siento que mi corazón da un vuelco cuando lo pienso?