CUARENTA Y SIETE
BELLA
M ientras veo a Elio concentrado cortando, desgarrando y disfrutando, yo observo a Taddeo. Él me devuelve la mirada, hambrienta, y ya sé que en cuanto terminemos con este cabrón, los tres vamos a follar como animales en medio de toda esta sangre.
Lo veo parar a la Bestia. Elio respira acelerado, su pecho muy musculado sube y baja con rapidez. Lo primero que hace es girar el rostro hacia mí. Tiene las pupilas tan dilatas que no se les ve el color azul que tanto me vuelve loca. Es inhumano ahora mismo, de otro mundo.
A mí lo único que me apetece es provocarlo.
Quiero llevarlo al límite y demostrarle que no me quiebra con facilidad.
Observo su musculada y tatuada espalda por donde le recorren gotas de sudor.
Parece que le van a explotar las venas y los músculos en cualquier momento.
¿Cómo es que yo no estoy en su piel? Si tanto me adora, debería llevarme marcada para toda la vida.
Ahora tengo el sentimiento de posesión más fuerte que nunca. Quiero mis dientes en todo su cuerpo.
—Taddeo, ve a por tinta, que quiero marcar a mi Bestia —exijo.
Elio se da la vuelta. Arquea una ceja.
Taddeo deja salir una risa baja y va a por lo que le he pedido. Mientras, yo me acerco a Bestia a paso lento y sensual.
—Yo no soy la única que tiene dueño. Que sea la última vez que otra tía te toca. Si hay una próxima, le corto las putas manos y las utilizo para masturbarme y correrme en ellas —le presiono la punta de la uña en el pecho hasta que se la hinco y sale un hilillo de sangre.
Que le sirva de advertencia. No estoy jugando.
A él le brillan los ojos y no hace ni un gesto de dolor.
—Suena tentador. Quizá sí que quiera las consecuencias. —Se acerca a mí hundiendo la uña más en su piel.
—No solo será su mano la que corte. Cuidado, que ni te imaginas de lo que sería capaz.
Él arquea una ceja.
—Sí que lo sé, y por eso me muero por verlo —insiste rozando mis labios.
Taddeo llega y enciende la máquina ya lista. Retiro la uña.
—¿Qué quieres hacer? —pregunta con una evidente emoción.
—Vas a tatuar las marcas de mordiscos que yo le haga. Con cada detalle —anuncio entornando los ojos.
Espero la aprobación de Bestia y esta me llega en forma de una sonrisa retorcida.
Acerco mis dientes a la piel de su cuello, justo donde sé que está la arteria principal, y muerdo lo justo para dejar la marca sin dañarlo para que la tinta no infecte una herida abierta.
Noto sus fibras cediendo a mi agarre, me muero por desgarrarlo, pero me contengo.
Quiero llevar a cabo este plan para que siempre me lleve encima.
Elio echa la cabeza hacia atrás exhalando un gemido. Al retirarme, Taddeo se acerca a repasarlo con tinta. Luego sigo en el pectoral, donde aún queda un hueco entre tanto tatuaje; en el bíceps derecho, en uno de los espacios que queda; sigo con el oblicuo.
Admiro mi obra de arte mientras su amigo repasa mis mordidas.
Sé que Elio está igual de cachondo que yo, su erección se hace muy presente.
Mientras Taddeo termina, voy a por alcohol.
Abro una nueva botella y la esparzo por su piel.
Imagino el escozor que sentirá, lo he hecho aposta para hacerlo sufrir y me recorre un escalofrío de la emoción.
Pero él ni se inmuta; me clava el azul de sus ojos lleno de excitación, mostrando una sonrisa perversa. Me lo hará pagar. Lo sé.
—¿Has terminado? —inquiere Elio sin mostrar un signo de dolor.
Me río con una euforia digna de una maníaca.
Los dejo en la habitación y corro hacia el salón, que está a solo unos pocos pasos.
Este lugar es muy pequeño. Una casa en la que desde una punta ves el otro extremo.
Mis ojos van directos a la coca esparcida por la mesa.
Nos metimos antes de irnos y mi cuerpo me pide ahora más.
Ya con el billete preparado, hago una fina línea y la aspiro hasta lo más profundo de mi ser.
Estoy excitada, entusiasmada y muy extasiada.
—Chica mala —escucho la voz ronca de Elio detrás—. ¿Divirtiéndote sin nosotros? Ahora me toca a mí marcarte.
Me agarra del pelo, esa manía me vuelve loca. Me muerdo el labio inferior. Mi cabeza se queda inclinada hacia atrás y él recorre con su lengua toda la piel de mi cara. Es un puto animal. Y, joder, qué caliente me pone.
Me empuja sin delicadeza hacia la mesa. Sus manos cogen mi cintura y me sube a ella en un solo movimiento.
Es Taddeo quien, con una sonrisa perversa, me echa hacia atrás hasta quedar tumbada sobre ella.
Saca más droga de un bolsillo. Es Bestia el que con un cuchillo me corta todo el vestido, quedándome desnuda por completo.
El otro me esparce la droga por el abdomen.
La reparten como yo he hecho hace solo segundos y los dos aspiran a la vez sobre mi piel.
El gesto me produce una corriente eléctrica cargada de lujuria.
Gimo sin poder evitarlo. No apartan su rostro.
La superficie áspera de la mesa me roza la espalda.
La cocaína me corre por las venas como fuego, el corazón me late desbocado, la piel me arde y cada roce lo noto mil veces más intenso.
Me siento una diosa depravada, una reina sádica que quiere más dolor, más sangre, más todo.
Ellos están a cada lado de mí. Elio a la izquierda, Taddeo a la derecha.
Sus bocas recorren mi cuerpo como animales hambrientos.
Sus lenguas lamen mis tetas, chupan mis pezones hasta dejarlos rojos e hinchados.
Sus dientes me muerden fuerte, dejando marcas moradas.
Elio deja un reguero de saliva a su paso, baja por mi vientre, por mis costillas y por la curva de mis caderas.
Luego, él levanta el cuchillo. Me mira a los ojos con la sonrisa perversa que tanto me gusta y, sin preguntar, me hace un corte limpio y profundo justo debajo de la teta izquierda. El dolor se mezcla con el placer, y yo gimo fuerte, arqueándome sobre la mesa.
—Ya eras preciosa, pero ahora con sangre, lo eres mucho más —susurra, con la voz ronca llena de deseo.
Él me corta otra vez en el muslo. El líquido rojo brota a chorros y los dos se lanzan como perros.
Lamen mi sangre directamente de las heridas.
Sus lenguas me recorren la piel, chupando, tragando y mezclando mi sangre con su saliva.
Siento cómo me excito todavía más; el coño me palpita recordándome que soy tan sádica como ellos.
Verlos beber de mí me pone cachonda de una forma enferma y deliciosa.
—Yo no seré tan benevolente como tú, bella . Mis marcas te dolerán más —sentencia Elio con la voz ronca.
Llena de una excitación fuera de lo normal, me río.
Muerde alrededor de un pezón. Fuerte. Gimo echando la cabeza hacia atrás.
Taddeo repasa su mordisco con la tinta. Sentir la fina aguja sobre la piel sensible me hace pegar un pequeño espasmo.
Me contengo. Duele, pero puedo soportarlo.
Mi umbral del dolor está muy alto, si no, no podría soportar todo lo que me han hecho.
Luego se dirige al otro, me marca los dos pezones.
Entonces, baja por mi abdomen hasta llegar al comienzo de mi vagina.
Muerde justo en la parte superior, casi rozándome el clítoris.
Ese mordisco es más fuerte, mucho más. Lanzo un alarido.
Al quitarse, Taddeo lo repasa con su aparato.
No siento tanto dolor como el mordisco, quizá lo ha hecho para que me duela menos, aunque me decanto más porque le gusta verme sufrir.
Sigue justo en mi ingle. Y mientras Taddeo lo tatúa, Elio me pone la botella en los labios y me obliga a beber.
No sé si serán conjeturas falsas, pero creo que lo hace para que no sienta tanto dolor.
—Y ahora, la joya de la corona —señala el centro de mi garganta a su amigo—, ahí mi inicial. Para que todo el mundo sepa a quién perteneces. Por y para siempre, mi monstruita. Mía hasta que este mundo desaparezca ante nuestros ojos.
Él me mira con tanta inensidad que parece introducirse en lo más hondo de mí sin tocarme. Se me queda la boca seca de tanto gemir. Levanto la barbilla para darle acceso. Taddeo acaba su trabajo en poco más de un minuto.
—Quiero más —les pido entre jadeos.
Entonces Elio camina hasta el borde de la mesa, entre mis piernas abiertas.
Me agarra los muslos con fuerza, me clava los dedos en la piel y hunde la cara en mi coño.
Su lengua entra profunda, follándome con ella, chupa mi clítoris hinchado como si quisiera arrancármelo.
Grito una y otra vez como una energúmena, como una puta poseída.
Mis gemidos llenan la habitación mugrienta mientras él devora mi coño sin piedad, me muerde los labios hinchados, introduce dos dedos y los curva buscando el éxtasis que solo él sabe darme.
Me corro creyendo que estoy en el jodido paraíso, mi cuerpo tiembla entero y él sigue tragando mi líquido mientras sigo gritando con la voz ya ronca.
Taddeo, que había dejado el aparato en un rincón, se sube a la mesa.
Se pone a horcajadas sobre mi pecho y se saca su polla gruesa y dura.
Me agarra del pelo con una mano y me la mete hasta el fondo de la garganta.
Empieza a follarme la boca con fuerza, sus huevos me golpean la barbilla, mientras con la otra mano aprieta uno de mis cortes para que siga sangrando.
Me da tan fuerte que mis ojos se llenan de lágrimas y me ahogo en mi propia saliva.
La sangre de mis heridas mancha sus cuerpos y la mesa.
Sería una imagen difícil de soportar para la mayoría de la sociedad.
Me siento usada, rota, adorada y completamente viva.
Levanto las caderas para que Elio me lo coma más profundo y agarro el culo de Taddeo para que me la introduzca hasta el límite. Quiero que me destrocen. Quiero más cortes. Quiero correrme hasta que me desmaye en medio de toda esta locura.
—¿Te has dado cuenta lo sometida que te tiene este CAPULLO? —inquiere Taddeo haciendo referencia al insulto que tantas veces le he dicho.
Seguido se baja de encima de mí. Sus ojos se van directos a los de Elio; se dirigen una mirada cargada de complicidad oscura, de una hermandad enferma que tienen desde hace años. Sonríen de forma perversa.
Taddeo me coge en brazos sin esfuerzo. Mi sangre le mancha los brazos y el pecho mientras me pega a él. Elio se tumba boca arriba en la mesa, como yo estaba. Está desnudo, no me he dado cuenta ni cuándo se ha quitado la ropa; su polla erecta y gruesa me reclama. Y yo la necesito.
Su amigo me coloca encima de él. Me pongo a horcajadas y, sin esperar ni un segundo, embisto yo nuestros sexos brutalmente.
Grito de gusto cuando me abre entera. Lo follo como una salvaje, subiendo y bajando con fuerza, golpeando mi culo contra sus huevos.
Soy yo la que actúa. La que reclama. La que dirige.
La mesa cruje bajo nosotros. Mis heridas vuelven a sangrar con el movimiento y las gotas rojas caen sobre su pecho.
—Eres monstruosamente deliciosa —gruñe él desde abajo, agarrándome las caderas con fuerza.
—Más, siempre más. Contigo nunca es suficiente —le respondo entre jadeos y una risa de loca.
—He creado un monstruo —asegura riéndose.
—Ya lo era —admito en un hilo de voz extasiada de tanto placer.
Taddeo se pone de rodillas detrás de mí, entre las piernas abiertas de su amigo. Siento su polla gruesa rozando mi culo mientras me follo al de abajo. Me agarra del pelo, tira mi cabeza hacia atrás y me muerde el cuello justo donde ya tenía una marca de dientes.
—Para un segundo, puta —me ordena el capullo.
Freno el movimiento en seco. Cierro los ojos dejándome llevar por la sensación de euforia que me recorre. Taddeo escupe sobre su polla y la coloca encima de la del otro, las dos presionan contra la entrada de mi vagina.
¡JODER!
Grito como una energúmena cuando las dos pollas empiezan a entrar juntas en mi coño. Me abren en canal. El dolor es brutal, pero también delicioso y perfecto. Mis paredes se estiran hasta el límite, me desgarran por dentro.
—Te estamos rompiendo, justo como te prometí, mi monstruita —pronuncia Bestia con los ojos brillantes de sadismo puro.
—Desde aquí veo mi polla llena de sangre, tu coño está destrozado. Qué puta guarra —añade Taddeo a mi espalda, empujando más profundo.
Empiezan a follarme los dos a la vez. Primero lo hacen coordinados, después ni les importa, lo hacen como animales salvajes. Cada embestida hace que el dolor y el placer se mezclen hasta que ya no sé dónde empieza uno y termina el otro.
—¡Más! ¡Quiero más! —grito desquiciada.
Taddeo me da una palmada fuerte en el culo mientras me penetra con dureza y Elio se deleita apretándome los cortes abiertos con las manos, haciendo que sangre más.
Me corro tan fuerte que todo mi cuerpo se convulsiona: mi sexo aprieta sus pollas dentro de mí y los vuelve locos porque los oigo gruñir. Estoy en una jodida nube.
No paran. Siguen follándome sin piedad, cada vez más rápido, más profundo, hasta que siento cómo se tensan.
Elio me aprieta contra él para frotarse la sangre que me sale de uno de los cortes por la cara y noto que se corre primero, llenándome hasta el fondo del coño con chorros calientes.
El capullo la saca para meterla sin dilación por mi ano, me embiste dos veces más y se corre también.
Los tres acabamos temblando, hechos un desastre de sangre, sudor, semen y locura.
¡Qué bestialidad!
Me derrumbo sobre el pecho de Elio; Taddeo saca su miembro y siento el canal de culo encogerse. Estoy tan derrotada que ni me muevo.
Ellos creen que me han destrozado, que me han denigrado, y lo que no saben es que me han hecho estar más viva que nunca.