Bestia (Mafia Italiana 3) CUARENTA Y SEIS
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CUARENTA Y SEIS

TADDEO

E stoy de pie en una esquina del espacio, con los brazos cruzados, observando cómo cuelga el cuerpo del hijo de puta.

Lo até bien fuerte, las muñecas juntas con alambre de púas que se le clavan en la piel y el extremo enganchado a una viga podrida del techo.

Sus pies apenas rozan el suelo mugriento.

La habitación es un puto vertedero. Las paredes están desconchadas, con trozos de yeso colgando.

Hay manchas negras de humedad, moho y sangre vieja de otras veces.

No somos los únicos que han utilizado este lugar para hacer atrocidades.

El suelo es de cemento agrietado, lleno de polvo, tierra y restos secos de personas.

No hay muebles, solo una silla de madera en una esquina, puesta por nosotros, y una mesa improvisada con nuestras herramientas, cuchillos, alicates, un soplete, una sierra oxidada, cadenas, clavos largos y un martillo. Lo justo para un buen trabajo.

La puerta se abre con un chirrido. Entra Elio, mi hermano de toda la vida.

Al verlo, siento admiración y un cariño que solo se forja después de estar tantos años juntos y de tanta mierda que hemos pasado.

Lleva una cadena de metal gruesa enrollada en el puño derecho.

Sus nudillos ya están blancos de la presión.

Me mira un segundo y sonríe de una forma maníaca que conozco demasiado bien. Sé que está a punto de desatarse.

—Todo tuyo —anuncio con voz baja y ronca.

Él no responde. Se acerca al secuestrado, que reproduce palabras que no entiendo debajo de la mordaza.

Con un movimiento rápido, Elio desenrolla parte de la cadena y la estrella contra las costillas del tipo.

El golpe es música para mis oídos. Se oye cómo se rompen al menos dos de ellas.

Damián grita a través de la cinta. Elio se la quita de la boca de un tirón.

—¿Dónde está Lamberto Santoro? —interroga mi amigo en español al mejicano.

El tipo lo mira, analizándolo. Está pensando en qué quiere y quién es.

No hemos hecho nunca negocios con él, pero en la mafia, todo el mundo sabe quiénes somos los que nos dedicamos a esto.

Cualquier cotilleo de interés se habla entre las organizaciones, así que tienen que saber por dónde debe esconderse.

Además, este cártel es el más fisgón. No hay dato que no sepa.

Están al tanto de cada detalle de las mafias repartidas por el planeta.

—Mírame —insiste—. Te voy a dar una pista de quién soy. Qualunque cosa tu faccia o dica, non ti salverà dalla morte [7] .

Me río bajito. No creo que sepa italiano, pero solo el tono que ha utilizado ha hecho que el maldito mejicano palidezca. Su expresión deja de ser furiosa para mostrar miedo.

—No mames. ¿Eres de La Camorra? ¿Pantera? —balbucea el tipo.

Error.

Sé que mi amigo está muy confundido y dolido con todo el tema del hermano encontrado. Esto ha abierto una herida que estaba intentando pasar desapercibida.

Elio oscurece la mirada y Bestia vuelve a la carga en todo su esplendor.

Envuelve la cadena alrededor del puño otra vez y empieza a golpearle la cara.

Uno, dos, tres golpes. La nariz explota con un chorro de sangre oscura que salpica el suelo.

Un diente sale volando y rebota contra la pared.

La mejilla de Damián se abre, dejando ver el hueso blanco bajo la carne rasgada.

—Soy el jodido Bestia de La Cosa Nostra. No confundas a un puto gatito con un monstruo, hijo de puta —asevera mi amigo dejando salir toda su frustración.

No hemos hablado del tema porque no somos de palabras, pero sé que le ha afectado mucho saber que su mayor enemigo es su familia perdida.

Él estaba acomodado a su vida: con Ciro, su hermano protector; con su madre atenta, Sofía…

, y ahora descubrir que nada es real… Me oprime el pecho solo de pensar el dolor que tuvo que sentir.

Es un tío frágil aunque no lo aparente. Solo lo sabemos Ciro, Sofía y yo, los que de verdad lo conocemos.

Actúa así no por falta de sensatez, sino porque es donde se siente cómodo, en el dolor.

Santoro le pegaba todos los días sin compasión.

Yo era quien le sacaba una sonrisa. Y él no comprendía cómo su madre seguía con una persona así de inhumana.

Creció creyendo que la violencia era lo correcto, y aunque sé que en su interior sabe que no está bien, es lo único en lo que encuentra paz.

Y sinceramente, no soy nadie para reprochárselo.

Soy su compañero, confidente, amigo. Si me necesita mientras mata, yo enterraré el cuerpo y caminaré junto a él hasta el fin de mis días.

Nuestra amistad se hizo a base de noches sin dormir. No negaré que con solo diez y doce años, cuando íbamos a la escuela y lo veía amoratado, me producía lástima. Pero después, junto con las confidencias y travesuras, hicimos una conexión irrompible.

—Solo te lo preguntaré una vez más antes de producirte tanto dolor que querrás estar muerto. Tu puto cártel lo sabe todo de las mafias existentes. Dime dónde cojones está Lamberto Santoro —exige Elio con una frialdad que a cualquiera le pondría los vellos de punta.

—No lo sé… Estás equivocado… No sé nada —consigue articular.

Damián apenas puede respirar. Su rostro ensangrentado y sus extremidades dislocadas dan una imagen brutal y muy cruel.

—Respuesta equivocada —sentencia Bestia.

Mi amigo agarra uno de los cuchillos largos de la mesa.

Sin mediar palabra, lo clava en el muslo, girándolo, y saca un trozo de músculo.

Elio mete los dedos en la herida y tira, arranca más tejido mientras El Sombra se mea encima de puro dolor.

Seguido, mi amigo, le hace una gran corte en la parte superior del estómago, un poco a la derecha, y como si fuera parte de una película de terror, coge uno de sus órganos, el hígado, y lo estruja en sus manos.

Damián está a punto de perder el conocimiento y le inyecto adrenalina introduciendo la jeringuilla en su brazo izquierdo.

Elio le abre la boca a la fuerza y le mete su propio órgano para que se lo coma.

Bestia se ríe cuando el tipo lo escupe y vomita llenando todo de su bilis.

Mi amigo se aparta a tiempo de no mancharse.

Cojo la garrafa que dejé preparada en una esquina y se la tiro al secuestrado sin compasión.

El ácido sulfúrico funde su piel cerrando los vasos sanguíneos de forma brutal y dolorosa.

Comienza a oler a carne quemada. Esto es necesario para que no muera desangrado y, por supuesto, para nuestra diversión.

Bella está en una esquina, apoyada contra la pared desconchada, con los ojos muy abiertos y brillantes.

La sonrisa sádica no se le va del rostro.

Me fijo en su pecho, en lo enormes que son sus tetas, y no puedo evitar notar cómo respira acelerada.

Lleva el vestido negro arrugado de todo lo que ha pasado en el coche y por el interior del muslo le gotea líquido.

A ella no le importa ese detalle, al menos ahora mismo; está hipnotizada mirando cómo Bestia desata toda su furia.

Mi amigo sigue apuñalando y masacrando el cuerpo de Damián.

Me alejo unos pasos para coger una botella de alcohol. Se la paso a ella y bebe un gran trago.

Recuerdo cómo estaba hace unos minutos, gimiendo sentada en la polla de él y ahogándose con la mía mientras yo conducía.

Me pone cachondo de cojones verla así, fascinada con la tortura, con las pupilas dilatadas y los labios entreabiertos.

Los he visto follar muchas veces. Desde que nos fuimos de Italia, se desataron y dejaron salir sus demonios.

No piensan, solo actúan. Hacen lo que quieren cuando quieren.

Los dos. Se refugian el uno en el otro. Y aunque ellos crean que solo son una herramienta de placer y que no hay nada más allá, se mienten.

Yo lo veo. Están embelesados. De ella no puedo afirmarlo por completo, aún me queda mucho para conocerla, pero de mi amigo sí.

Elio nunca se había obsesionado tanto con una tía.

En el momento que se corría, dejaba de ser apetecible para él.

Sin embargo, a Bella no puede dejar de buscarla a todas horas, de protegerla, de cuidarla.

No es solo sexo. Está sintiendo más. Pero ya lo reconocerá más adelante.

No seré yo quien se lo diga. Lo que sí puedo hacer es acelerar ese proceso con detalles.

Ella se relame los labios. Yo siento la polla dura otra vez dentro de los pantalones.

Pienso en los cientos de veces que hemos hecho tríos los dos.

Y orgías. No me gustan los hombres, ojalá me gustaran para disfrutar más.

No nos tocamos mientras estamos en el sexo, pero nos gusta competir y recrearnos con las zorras que nos follamos.

A ver quién lo hace mejor o quién le hace más daño. Es un juego para nosotros.

No pensaba que quisiera compartir a Bella; sé que es importante para él, pero si quiere hacerlo, yo no pienso negarme.

Llevo muchos meses con los dos, aguantando polvos, masturbándome en la intimidad de lo caliente que me suelo poner.

Así que, si quiere un poco de diversión, yo entraré en ella.

Bella es muy guapa, y sus curvas de infarto llaman mucho la atención.

No entiendo a los tíos que les gustan delgadas, sin carne donde agarrar y golpear.

Hundir la cabeza en esos grandes muslos tiene que ser una pasada.

No me interesa para nada más. Ella ya tiene dueño, le pertenece a Elio, a la Bestia, y así será. Pero hoy ese monstruo quiere compartir la comida. Y yo estoy hambriento.

Me pasa la botella. Me dirijo a mi amigo y lo admiro mientras sigue a lo suyo.

Ahora coge los alicates y le arranca una uña de la mano con una crueldad digna de él.

El grito de Damián es tan agudo que parece que se romperá la garganta.

Le ofrezco el alcohol. Elio tiene la camiseta negra empapada en sangre del tipo, se la quita, sudoroso.

Sin dilación se bebe el contenido de la botella en segundos, como si fuera agua.

Le pongo una mano en el hombro a mi hermano y le aprieto con cariño.

—Déjalo pensar —le recuerdo.

Después de una sesión de tortura, es bueno que nuestra presa se quede a solas con sus pensamientos. Pierde la cordura poco a poco y, si sabe lo que queremos, suele soltarlo siempre. No solo destrozamos su cuerpo, también manipulamos su mente.

Es arte.

Y nadie sabe hacerlo mejor que nosotros.