CUARENTA Y TRES
BELLA
E n esta carretera secundaria, apenas existe luz.
La noche es cerrada y la luna apenas brilla.
Ellos avanzan hacia mí como dos depredadores que ya han marcado su territorio.
Imponentes. Seguros de sí mismos. Dos preciosos e increíbles monstruos.
MIS monstruos. Sus formas de moverse denotan control absoluto y cero piedad.
Sus siluetas las iluminan los faros de los vehículos.
Mi corazón late tan fuerte que parece salirse del pecho. Una excitación enfermiza, oscura, me recorre el cuerpo entero. Los deseo. A los dos. Son peligro puro y eso me hace sentir viva como nunca.
Bestia, con una mirada que hiela la sangre, levanta el brazo sin siquiera parpadear.
El disparo retumba por el ambiente recordándome lo letal que es.
El conductor ni siquiera ha tenido tiempo de gritar, su sangre salpica el parabrisas.
Sus ojos no se apartan de mí ni un segundo, ni siquiera cuando ha apretado el gatillo. Ese hombre no era su objetivo, soy yo.
Respiro agitada. Con las manos temblorosas por la excitación, corto el cinturón de seguridad con una uña.
Junto las muñecas de Damián y las ato con fuerza, usando el propio cinturón como una soga improvisada.
Al hacerlo, pienso en el día que Vito me enseñó a hacerlo.
Estuvimos toda la mañana en el bosque practicando varios tipos de nudos.
Joder.
Los he decepcionado a todos. Y mi padre…
“PARA”, me grito en mi interior.
A la mierda los demás. No puedo ni quiero pensar en nadie que no sea yo misma. Esta soy yo. Este es mi verdadero ser. Mi alma necesita sangre y violencia para existir.
Mi mente viaja a mis enseñanzas en Londres.
En filosofía existe una corriente llamada relativismo moral.
Defiende que el bien y el mal no son verdades absolutas, sino conceptos que dependen de la cultura, la época o incluso de la perspectiva de quien juzga.
Lo que una sociedad condena, otra puede celebrarlo.
Lo que ayer era inmoral, hoy puede considerarse un derecho.
La historia está llena de ejemplos. Hubo un tiempo en que la esclavitud era legal y moralmente aceptada por millones de personas.
También se consideró correcto impedir que las mujeres votaran o que ciertas personas se casaran por el simple hecho de amar a alguien de su mismo sexo.
Que la mayoría creyera que aquello estaba bien no lo convertía en correcto.
La moral nunca ha sido una brújula infalible.
Por eso evito juzgarme a mí misma. Me río en la cara de quien pretenda decirme qué está bien y qué está mal. Su moral no es la mía. La mía no busca su aprobación. Y, desde mi punto de vista, no hay nada inmoral en disfrutar de aquello que para otros resulta monstruoso.
Así que, a la mierda quien quiera juzgarme.
Taddeo abre la puerta del coche de un tirón.
Sin decir nada, coge al mejicano por el cuello como si no pesara.
Los músculos de su brazo se marcan, la camiseta de manga corta blanca se ciñe tanto a su abdomen que puedo notar cada cuadrado perfecto debajo de ella.
Lo saca a rastras, sin delicadeza alguna.
La cabeza de Damián rebota contra el marco de la puerta.
Lo lleva hacia su propio vehículo, dejando un reguero de sangre a su paso.
Pero lo más curioso es que durante todo el trayecto sus ojos siguen clavados en mí.
Hay tanta lujuria en esa mirada que me hace apretar los muslos sin darme cuenta.
¿Es real? ¿O es solo mi mente enferma proyectando lo que yo misma siento? No quiero hacerme una idea equivocada.
Cuando llega al maletero, lo abre de un golpe y lanza a Damián dentro como si fuera basura. El portazo resuena en todo el lugar.
—Bien atado. Buen trabajo —comenta Elio desde la distancia acercándose a mí, haciendo que centre mi atención en él.
Por un instante su mirada baja a mis labios, luego más abajo; se detiene en mis pechos. Noto la ropa pegada a mi cuerpo por el sudor, la sangre y la adrenalina. Además de hacer mucho calor, él me sube la temperatura hasta límites insospechados.
Elio abre mi puerta de golpe. Antes de que pueda reaccionar, su mano grande se enreda en mi cabello con una fuerza brutal y tira de mí hacia el asfalto. El dolor me arranca un jadeo ahogado, pero entre mis piernas siento un latigazo de placer.
“Puta enferma”, pienso.
La de veces que se lo decía a él hace apenas unos meses. Y ahora puedo jurar que mi locura le gana a la suya con creces.
—Zorra provocadora —gruñe contra mi oído, con la voz ronca de rabia y deseo—. No soporto saber que han tocado lo que es mío.
Me lame toda la mejilla con posesión. Ese puto gesto me excita demasiado.
— Sei mia. Mia per scoparti, mia per distruggerti, mia affinché nessun altro ti tocchi senza il mio permesso. E se permetti che lo facciano di nuovo, ti trascinerò con me in quel fottuto inferno [6] .
Lo empujo con fuerza, aunque en realidad no quiero escapar. Me zafo de su agarre solo para mirarlo a los ojos. Respiro agitada, una sonrisa oscura asoma en mis labios. Me gusta este juego. Me encanta verlo celoso, furioso, descontrolado. Me pone muy cachonda.
Caminamos hacia el coche de Taddeo. El otro lo abandonaremos aquí. Me dirijo a la puerta trasera, dispuesta a subir, pero Elio la golpea con un portazo violento cerrándola justo delante de mí.
—Tu sitio es encima de mí. Siempre cerca, bella . Donde pueda sentir cómo te mojas por lo depravados que somos —declara con la voz baja y peligrosa.
Noto cómo mi pulso se acelera. Casi gimo por esa orden envuelta en oscuridad y promesa.
Y yo, maldita sea, quiero obedecer. Quiero que me rompa. En realidad, quiero que los dos me marquen hasta que no quede nada de mí.
Me subo encima de él una vez que él ya se ha acomodado.
Mis rodillas se posan a ambos lados de su cadera y me dejo caer sobre su regazo enfrentando nuestros pechos.
No puedo evitar producir un gemido al sentir su miembro duro debajo de mí; es evidente la erección que tiene.
Sus manos grandes bajan a mi cintura, me aprieta contra él con fuerza.
El coche arranca con un rugido suave. Taddeo conduce en silencio, pero de vez en cuando nos observa.
—MÍA —sentencia Elio mordiendo el lóbulo de mi oreja con dureza.
Me muevo un poco sobre él, buscando más fricción, y él suelta un gruñido que me excita más aún. Su mano sube por mi espalda hasta enredarse de nuevo en mi pelo, tirando de él para obligarme a mirarlo.
—Esta noche vas a pagar por ponerme celoso, bella .
Y esa promesa tan exquisita no pienso rechazarla.