Bestia (Mafia Italiana 3) CUARENTA Y DOS
74%

CUARENTA Y DOS

BELLA

D espués de unas horas, la impaciencia me tiene desbordada. Quiero asesinar a esa zorra por refregarse tanto con Elio. Nos hemos estado poniendo al límite los dos. Casi echamos a perder la operación un par de veces.

Yo he aprovechado los momentos en que mi acompañante desparecía para acercarme a Damián. Se le nota el interés en mí. Ha dejado a sus chicas de lado para tocarme las piernas sin parar y adularme con piropos; he forzado algunas risas unas cuantas veces.

Mi objetivo es un hombre de porte firme, piel morena curtida por el sol y facciones duras. Sus ojos oscuros permanecen alerta, se le nota que es desconfiado. Su barba recortada endurece aún más su expresión.

Llegó un momento que ya me reclamó. Delegó a las dos tías y se quedó solo conmigo en su regazo. Mi antiguo acompañante aceptó el cambio, aunque de mala gana. Se ve que no le queda otra que acatar órdenes porque es su jefe.

Me relamo los labios cuando me pregunta si quiero ir a su casa. Le doy a entender sin palabras que acepto. Tampoco creo que me hubiera dejado negarme. Decidido, él se levanta con su mano entrelazada a la mía. Veo a mis chicos salir del reservado. Las zorras se quejan cuando los ven irse.

Vuelvo a tropezar un par de veces queriendo. El Sombra me agarra por la cintura y aprovecha para apretarme el trasero con fuerza.

—Mijo, nos vemos en la casa. Te puedes ir con Santiago en su carro, yo me voy solo —comenta Damián al que era mi acompañante.

¿Lo acaba de llamar hijo? Entonces es Juan.

¿Por qué se me ha pasado ese dato por alto?

¿Tanto he bebido? Elio y Taddeo me enseñaron los rostros de todos los integrantes del cártel.

Debería de haber sabido quién era. Aunque, bueno, no me ha ido mal, así que me guardaré ese detalle para mí y si me preguntan, les diré a estos dos capullos que me fijé en Juan queriendo.

Nunca sabrán que he actuado por impulso. Al fin y al cabo, me ha salido bien la jugada.

Me río fuerte y con ganas de lo que acabo de pensar. Damián me echa una breve mirada creyendo que es por los síntomas de la ebriedad.

El mejicano me guía hasta un coche negro aparcado justo delante de la puerta del local. He notado en su forma de hablar con Juan que pretendía hacer cosas obscenas en el coche conmigo.

Ahora veremos si está a la altura de las circunstancias.

Al montarnos en la parte trasera, mi objetivo sonríe con una seguridad irritante; cree tener el control de la situación.

—Te mostraré lo chingón que nos la pasamos por acá —afirma llegando hasta mí su aliento bañado en alcohol. Su voz se ha vuelto más cercana, más confiada.

Le sonrío de verdad, sin fingir. Sí que nos lo vamos a pasar bien, muy bien.

Se inclina hacia mí con una familiaridad que nadie le ha concedido y dejo que el dorso de sus dedos me roce el brazo; está convencido de que no voy a apartarme.

Interpreta mi impasibilidad como interés, y mi silencio, como una invitación.

Cree que me tiene embaucada. No sabe que llevo observándolo desde el primer minuto, que cada sonrisa que le dedico está hecha a medida para él, que cada segundo que permanece creyéndose vencedor, lo acerca un poco más al final que he preparado a conciencia.

El conductor nos mira de reojo de vez en cuando. Nadie acompaña a su jefe. Solo un débil conductor. Qué fácil será matarlo.

Mis ojos se clavan en el retrovisor. Dos deportivos irrumpen en mi visión, se acercan a gran velocidad, conducen con estrategia. Los reconocería entre un millón. Una sonrisa involuntaria curva mis labios mientras un cosquilleo de pura adrenalina me recorre la espalda. Ya están aquí. Mis chicos.

No vienen a alcanzarme, no necesito que me salven; tan solo vienen a cubrir mi masacre. Uno ocupa el carril izquierdo, el otro, el derecho, pegándose al maletero de mi vehículo. Guardan mi retaguardia. Ningún coche podrá acercarse a mí sin pasar antes por ellos.

Se me acelera mi pulso. Sola soy suficiente y más que capaz, pero saber que están ahí me llena de seguridad y de éxtasis.

Me siento protegida, respaldada y peligrosamente poderosa.

Los observo alternar posiciones con una coordinación perfecta y no puedo evitar pensar en la idea de tener sexo con ambos.

No solo hay conexión y tensión con Elio, también las siento con Taddeo.

Las compartimos incluso en mitad de una misión; basta que aparezcan en mi vista para hacer que el corazón me golpee con más fuerza contra el pecho.

Aparto esa distracción con una exhalación lenta.

Ya habrá tiempo para fantasías. Ahora solo existe mi objetivo.

Mis dedos se cierran unos milímetros sobre mi muslo y no puedo evitar recordar mi gran creación.

Las horas que pasé inmóvil esta mañana, soportando el proceso con una paciencia impropia de mí, mientras transformaba mis uñas en algo mucho más peligroso que un simple capricho estético.

Ahora, bajo el esmalte, se esconde un secreto letal.

A simple vista parecen elegantes, nadie imaginaría lo que realmente son: el recordatorio de que conmigo, incluso la caricia más inocente puede convertirse en una amenaza mortífera.

Un simple roce y sería peor que un cuchillo desgarrando la piel.

Me inclino hacia adelante con una sonrisa juguetona y le acaricio la nuca con una ternura fingida. Mis uñas se clavan de repente como garras, rasgando la piel de su cuero cabelludo hacia abajo. Damián grita sorprendido y el conductor se alerta. El vehículo se tambalea dando una pequeña sacudida.

—¿Qué pinche madre está pasando? —vocifera El Sombra.

—¡Jefe! —exclama el conductor.

Antes de que pueda reaccionar, paso el cinturón de seguridad trasero alrededor de su garganta y tiro hacia atrás con una fuerza brutal, usando el respaldo del asiento como punto de apoyo. La cabeza de Damián queda echada violentamente hacia atrás; su cuerpo, se queda tenso contra el asiento.

—Shhh… Solo relájate para mí. Vamos a pasarla chingón —susurro con una voz cargada de excitación haciendo referencia a su frase anterior.

Aprieto el cinturón lo suficiente para que sienta que se le escapa el aire.

Su cara se pone roja, luego morada. Me froto contra el asiento trasero, disfrutando cada espasmo de su cuerpo, cada patada desesperada contra el suelo del coche.

La sangre de los arañazos en su cuello gotea sobre mis dedos y me mancha los muslos. Esa imagen me pone enferma de placer.

—¡Ya suéltalo, pinche puta! —brama el conductor sacando la pistola que vi antes que tenía guardada en la funda que lleva en el cinturón.

De esta es la conexión que antes hablaba.

Mis chicos parecen darse cuenta de lo que está sucediendo en este espacio.

Empiezan las maniobras, aceleran sus coches y se cierran bruscamente; rozan los espejos de este, obligándolo a agarrar el volante con fuerza.

Por lo tanto, el conductor deja de apuntarme.

No quiero que Damián muera todavía. Solo quiero dejarlo inconsciente.

Aflojo el cinturón un poco para que inhale un hilo de oxígeno y sienta una falsa esperanza y luego aprieto de nuevo, más fuerte.

—Si me disparas, tu jefe está muerto —amenazo al conductor.

Este deja mi advertencia en segundo plano, suda y grita palabrotas tratando de zafarse, pero mis chicos están tan locos como yo.

Taddeo golpea el lateral de nuestro coche con un impacto que nos hace vibrar; mientras, Elio se adelanta un poco y frena en seco para cortarle el paso, obligándolo a dar un volantazo.

En medio del caos, yo actúo. La mano libre la dirijo al muslo de Damián y le clavo la uña despacio ante la atenta mirada de su súbdito; la giro con saña mientras corto hacia arriba en un zigzag irregular, abriendo carne y músculo sin llegar a la arteria principal.

Las cuchillas son buenas, y eso me enorgullece.

Su grito se ahoga en un gorgoteo patético que me hace morder el labio de puro gusto.

Su perrito guardián no puede hacer nada al respecto.

Él intenta mirar hacia atrás, aterrorizado, pero no puede; mis chicos lo están encerrando, siguen golpeándolo la carrocería con estrategia.

Elio le da un golpe lateral tan fuerte que hace que nuestro coche derrape un segundo, y el otro se pega tanto que casi nos empuja fuera de la carretera.

Me carcajeo con cinismo ante la frustración que desprende el conductor.

Le arranco un trozo de oreja a mi presa de un mordisco salvaje, masticándolo con lentitud mientras él solloza y se retuerce.

Escupo el pedazo ensangrentado en su regazo y sigo apretando el cinturón, controlando su respiración como si fuera un juguete sexual con el que estoy disfrutando.

Golpeo su cabeza varias veces contra el reposacabezas con fuerza sádica, disfruto del sonido de cada impacto.

El conductor da un volantazo queriendo despegarme de mi objetivo, pero mis súbditos están desatados atrapando y embistiendo nuestro coche.

El conductor ya no puede más. Da un volantazo desesperado, pero terminan cerrándolo por completo.

Con un último golpe coordinado, los dos vehículos lo obligan a frenar en seco en medio de la carretera.

Observo cómo el cuerpo de mi objetivo tiembla y sus ojos se ponen en blanco, aflojo el cinturón lo justo para que no muera. Se desploma inconsciente hacia el lado, respirando con dificultad; tiene la cara hinchada y cubierta de sangre.

En este momento exacto, un calor brutal me sube por el vientre.

Estoy empapada, temblando de placer. Me froto contra el asiento trasero sin vergüenza, jadeando, mientras paso los dedos por la sangre de su cara y me los llevo a la boca.

Mis chicos bajan de sus coches con sonrisas salvajes, las armas en la mano, y rodean el vehículo como cazadores acechando a su presa. Estoy muy excitada, hasta el delirio.

Hasta la puta locura.