Bestia (Mafia Italiana 3) CUARENTA Y UNO
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CUARENTA Y UNO

BELLA

M e he deshecho de la ropa anterior. He comprado en una tienda un vestido increíble, muy corto y con un escote muy pronunciado; se queda muy ajustado y deja poco a la imaginación. Necesito meterme en mi papel.

He tenido que prepararme en el baño de una tienda ya que quemamos nuestro piso esta mañana.

No volveremos a él al terminar nuestra operación ya que volaremos fuera del país.

Mientras se lleve a cabo esta tortura, estaremos en una cabaña abandonada a las afueras.

Así que vamos con lo justo encima. Solo billetes, un móvil y poco más.

Hacía años que no me ponía unos taconazos de esta altura.

Me centro en caminar bien y no parecer un pato mareado.

Me siento muy sexy y guapa. Me muero por ver la cara de Bestia cuando me tenga delante.

Me tiene las hormonas revolucionadas. Desde que descubrí que con él los orgasmos eran muy fáciles, mi cuerpo no para de reclamarlo.

Me echo hacia atrás los tirabuzones rubios. Me he maquillado a conciencia. En definitiva, pensarán que soy turista y que soy una pobre mujer borracha.

Me salto la cola del local. Hay una fila que llega hasta casi el final de la calle. Le sonrío con inocencia al guardia y este me transmite una mirada lasciva a la vez que abre la cuerda para mí. Son todos iguales. Se dejan embaucar por unas tetas grandes.

La música envuelve todo el lugar, los altavoces retumban con sonidos latinos.

Bailo desinhibida por el pasillo hasta llegar al final.

En el ambiente hay una mezcla de olores a sudor y alcohol.

Meto el bolso debajo de mi axila y analizo el lugar con brevedad: jóvenes de veinte a cuarenta bailando ebrios.

Las luces señalan a la pista central. Hay guardias con auriculares en los oídos postrados en cada rincón.

Están conectados, pero eso ya lo sabíamos.

En un lateral, la zona vip, llena de mesas y sofás.

A un lado, Elio y Taddeo con dos tías sentadas encima de ellos.

Sonrío cuando los cuatro ojos se fijan en mí.

Bestia frunce el entrecejo y abre sus fosas nasales.

No puedo asegurar si es porque llego tarde, por el vestido tan corto que se me ve casi el alma o porque hoy ha tenido un mal día, como todos en realidad.

Me carcajeo.

Me importa una mierda. Más allá de él, Damián “El Sombra”, líder del cártel de Jalisco, rodeado de unos cuantos de los suyos y manoseando a varias tías que se desviven por la atención de él.

Ya hemos recorrido medio mundo buscando información de Sofía y no hay nada que nos haya dado siquiera una pequeña pista.

De todas formas, no me importa. Es Elio el que quiere recuperar a su madre, yo solo quiero divertirme.

Ahora veo con claridad la vida tan aburrida que llevaba, y ojalá esto no se acabara nunca.

¿Por qué reprimir mis instintos? ¿Por qué actuar como una persona que no soy? Ellos me hicieron así.

Yo he sobrepasado ya mis límites. Y joder, me excito solo de pensar en la maldita sangre manchándome las manos.

Bailo con ritmo por toda la pista. Cojo un chupito de un tío y me lo bebo. Cojo otro vaso de alguien y me lo derramo por encima haciéndome la sorprendida. Para que esto sea creíble, me tiene que apestar la boca y la ropa a alcohol.

Elio pasa una mano por la espalda de la chica. Le cortaré las manos y a ella le desollaré la espalda. Hijo de puta. Aun sí, no escondo mi sonrisa.

Alguien pone sus manos en mis caderas. Aprovecho para bailar pegada al chico.

Echo la cabeza hacia atrás y dejo que me lama el cuello.

“Eres hombre muerto”, pienso sobre el que me está manoseando.

Lo confirmo cuando mi vista se clava en la de Bestia y veo esa promesa en su mirada.

Su expresión es tan fría y calculadora que a cualquiera le aterraría; a mí no.

Yo disfruto de ponerlo celoso, y me muero de ganas por ver qué le hará a este tonto.

Cojo las mejillas del chico y le planto un morreo en la boca. Dejo mi lengua quieta. Solo finjo deseo. Al terminar, lo empujo y me río divertida.

Bestia permanece inmóvil, con la mandíbula tan tensa que podría romperse y los ojos clavados en mí con una intensidad que atraviesa la distancia.

No necesito verle el ceño fruncido para saber lo que está sintiendo.

Es una mirada posesiva, cargada de amenaza.

El aire entre nosotros se vuelve denso, es como si todo el mundo hubiera desaparecido y solo quedáramos él y yo.

Los celos que siente los lleva escritos en cada músculo rígido de su cuerpo.

“Está aguantando el campeón”, pienso. En otra situación ya se hubiera cargado al chico aunque fuera delante de todos.

Se está volviendo aburrido. Desde que he dejado salir mis instintos, se ha vuelto más calmado.

Está siempre pendiente de mí y no me prohíbe mis deseos.

Me deja destrozar o asesinar todo lo que se me atraviesa.

A veces disfruta con ello al verlo, pero no participa. Parece mi puta niñera.

Camino aposta tambaleándome y riéndome, como la que se ha pasado de copas, con el vestido aun más arriba. Agarro la barandilla de la entrada de la zona vip. Hay dos putos gorilas muy serios que seguro que ni por estar borracha me dejan pasar. Tengo que cambiar de estrategia.

Espero entre la gente moviendo las caderas hasta que uno de sus hombres sale de la zona vip.

Lo sigo con los ojos sin moverme del lugar.

Ha ido a decirle algo a los camareros. Vuelve hacia atrás.

Calculo la distancia justa para tropezar justo delante de él.

Como era de esperar, me agarra por la cintura para que no caiga al suelo.

Esbozo mi mejor sonrisa de timidez y mis manos agarran sus musculados brazos.

—¡Vaya! Muchas gracias. —Me incorporo y demuestro que aunque esté ebria soy consciente de todo.

Nadie quiere una chica borracha e inútil, pero sí manejable—.

¿Todas las bebidas que ponen aquí son tan fuertes?

He venido con mis amigas. ¿No habrás visto por aquí a una morena bajita y otra un poco más alta que yo? —le hablo en español.

Es lo que tiene haberse criado con un tutor desde los tres años y saber seis idiomas.

—¿Española? —inquiere el tío.

—Sí. Estamos de vacaciones. Por cierto pensaba que haría más calor. Eso dice Google —me hago la tonta.

—¿Te late ir a por un trago y te cuento todo lo que hay que hacer en la ciudad? —pregunta con los ojos entornados.

Bingo.

Asiento con timidez.

Él se cree que se ha llevado el premio gordo. Dejemos por el momento que lo siga pensando.

Paso por el medio de los dos gorilas de la entrada agarrada de su mano. Elio y Taddeo están justo en el sofá de la entrada, así que tengo que pasar por su lado. El tipo camina delante de mí y me fuerzo porque parezca que me cuesta seguirle el ritmo.

Hago como que se me cae el bolso al suelo y dejo que el mejicano se aleje un poco.

Lo abro y saco con disimulo los ojos de los tipos del callejón.

Aprieto en la palma de mi mano los regalos para esos capullos.

Al levantarme, hago que mis piernas se doblen y vuelvo a tambalearme.

Levanto la barbilla con arrogancia antes de arrojar un ojo a cada copa de mis chicos.

Me tiro encima de mi bestia porque “me acabo de tropezar”.

Qué bien me lo estoy pasando, joder.

Él empuja a la que tenía encima hacia su compañero de batallas para dejarme el sitio en su regazo.

Taddeo coge las copas de los dos y las esconde antes de que las zorras que los acompañan se den cuenta del regalo que les he hecho.

Luego, se pone en cada pierna a una de las tías, dejándome intimidad con mi chico.

Les debía esa sorpresa. ¿Creen que ellos son los únicos que lo pueden hacer? Juraría que los órganos que yo he traído están mejor de aspecto. Aunque he tenido cuidado al cortarlos para que no quede ni un solo tendón largo, parecen que son de atrezo.

—Has tardado —pronuncia Elio con voz ronca y baja, lo justo para que sea solo yo la que escuche ese tono frío.

Su mano se desliza con lentitud por la parte interna de mi muslo, tan cerca que cada roce provoca que el aire entre nosotros se vuelva más denso.

No necesita decir una sola palabra para hacerme saber sus intenciones; la forma en que sus dedos me tocan y su respiración cálida que me alcanza la piel hablan por él.

Levanto la vista y nuestros ojos se encuentran.

Hay algo feroz en esa mirada, una promesa muda que hace que el resto del mundo desaparezca.

La conexión que compartimos es tan intensa que parece desafiar toda lógica.

Basta con un simple roce para recordarnos que, incluso cuando intentamos mantener las distancias, siempre terminamos gravitando el uno hacia el otro.

Inhalo su olor que me tiene viciada a él. Su contacto me libera tantas endorfinas que mi cuerpo produce un escalofrío de placer. Me lo follaría aquí y ahora.

Observo el tatuaje que le sobresale por el cuello de la camiseta.

Me gustan todos los que tiene. La cara de un lobo en el bíceps derecho, creo que es Ares; la bandera de Italia enredada en cadenas en el otro brazo; y un gran monstruo con colmillos en la espalda.

Tiene muchos más, pero esos son mis favoritos.

Cada vez que hemos matado a alguien se ha tatuado una cruz más en el pecho, así que tiene los pectorales llenos de cruces pequeñas que todas significan los asesinatos que ha cometido.

Son muchos. Cientos. Tengo que pedirle a Taddeo, que es quien se los hace, que me haga alguno a mí también.

—Por si no te has dado cuenta, he tenido inconvenientes —contesto en el mismo tono ahogando mi deseo para no darle el gusto refiriéndome a los tipos del callejón.

—Que sepas que le cortaré la cabeza al que te ha metido la lengua hasta la garganta —murmura con disimulo en mi oído; al finalizar, me mordisquea el lóbulo.

Gimo sin poder evitarlo. Espero que lo haga delante de mí para disfrutar de ello. Me pone que mate por mí. Me gusta de él todo lo que a otras aterrorizaría. Su brutalidad, su posesión, su dominio.

Veo de soslayo al jodido mejicano acercándose; se ha dado la vuelta al echarme en falta y viene hacia mí.

¿Y si acabamos con esto y le corto la garganta?

Ya no quiero seguir con esta operación. Solo quiero que Bestia me folle duro, que me rompa de las formas que solo él sabe.

Quedarme pegada a sus increíbles pectorales musculados absorbiendo su esencia, su masculinidad, su…

Estoy empapada.

El del cártel casi ha llegado hasta mí. Me levanto haciendo movimientos torpes e inseguros para meterme en el papel. Me inclino hacia la oreja de Elio antes de alejarme.

—No esperaba menos de ti. ¿Y si lo atamos junto a la zorra que no paraba de contonearse sobre MI polla? Cuidado, monstruito, aún puedo sorprenderte; puedo ser peor que tú —mascullo finalizando con un mordisco sobre la vena que le palpita en el cuello.

Tiro tan fuerte de la piel que la señal que le he dejado se hace visible al momento. Está marcado. Así me gusta más.

Sin verlo, sé que ha sonreído. Le gusta lo cruel que soy. A él lo pone caliente, y a mí también. Somos de otro planeta.

—Te habías perdido, reina —afirma el del cártel cogiéndome de la cintura para pegarme a él. Luego se dirige a mis amistosos colegas—. Lo siento, chavos, pero ya es mía.

Elio deja escapar una carcajada inquietante. Sonrío con disimulo. El mejicano acaba de firmar su sentencia de muerte al afirmar eso.

¡Qué divertido, coño!

Me dejo guiar por el hombre con la parca acechándole hasta la mesa de su jefe.

—Señores, aquí les traigo a... ¿Cómo te llamas? —Me mira con el ceño fruncido—. Dice que anda de vacaciones la morrita.

—María —me río avergonzada.

—Salió muy delicada. Dice que el trago está fuerte. Ahorita le voy a dar uno para que llore con ganas —se ríe pasándome una copa.

Le sonrío y me ofrece asiento entre ellos. Mi objetivo no ha abierto la boca. Me analiza con una mirada furtiva. Le intereso, Le gusto, así que ahora tendré que aunar una paciencia de la que no dispongo. Solo unas horas más y será mío.

Eso si aguanta mi bestia, porque tiene los ojos puestos en mí y juraría que está a punto de quemar los cimientos del local con todos dentro.

Bebo el chupito de un trago con una advertencia en la nuca, un cosquilleo difícil de ignorar.

Evito mirarlo para evadir el desastre. Soy muy voluble.

Antes quería dejar esto de lado porque tenía otra distracción mejor.

Ahora quiero ver como el Damián este bebe los vientos por mí y hacer sufrir a Elio. Será más interesante.

“Ándale, virgencita, cuídanos, pues”, pienso rezando, aunque en realidad estoy deseando ver a la Bestia actuar.