CUARENTA
BELLA
L a vida es fácil en realidad. Si quieres hacerlo, hazlo. Si no, no lo hagas. Ni consecuencias ni historias. Las personas se comen mucho la cabeza por tonterías.
Entré en una ferretería y compré lo necesario pagando en efectivo. Al salir me puse la capucha de la sudadera por la cabeza. Me he vestido con ropa cómoda para pasar desapercibida. No quiero que se fijen en mí.
Como hoy he sentido la necesidad de verme más guapa, luego estuve en un centro de estética y me han puesto unas uñas larguísimas, un poco modificadas a mi manera. Las chicas han hecho bien su trabajo. También me han peinado, depilado y maquillado.
Elio y Taddeo no paraban de llamarme. No se lo quiero coger aún. Necesito probar mi juguete antes.
Dentro de poco, esta ciudad me reconocerá para toda la vida.
Santos será un poco más libre. Sonrío mientras camino por la calle como cualquier persona.
Es un lugar fronterizo del norte de México, marcado por el contraste entre el bullicio constante y la dureza del desierto que la rodea.
Sus calles contienen el caos del comercio, el ir y venir de personas y vehículos hacia la frontera con Estados Unidos; también cuenta con barrios de apariencia humilde y amplias avenidas.
Es un lugar de calor abrasador durante el día y de noches frías.
Hay polvo suspendido en el aire y una atmósfera donde la tensión y la supervivencia parecen formar parte del paisaje todo el tiempo.
Aquí intenta sobrevivir mucha gente a diario, la mayoría de la ley es corrupta, trabajan para los cárteles.
Si has nacido aquí, es mejor que te vayas.
Y si tienes la necesidad de visitarlo de vacaciones, yo te aconsejaría darte la vuelta.
Las bandas suelen aprovecharse de los turistas para secuestrarlos.
O bien reclaman un pago o venden sus órganos. Son dianas fáciles.
Un grupo de tíos que no tienen buena pinta se me quedan mirando. Bajo la barbilla y me tiro de la capucha.
—Oye, tú, morra, vente para acá, pues —me agarran del brazo.
Mierda, se han vuelto por mí. Justo lo que no quería, llamar su atención. Bueno, la vida es así. Ocurre y tienes dos opciones: divertirte o no. Yo siempre escojo lo primero.
Giro con fuerza hacia la primera esquina que veo. Aquí hay un callejón entre dos casas grandes inmerso por la oscuridad aunque estemos a plena luz del día. Tan grande es la fachada que oculta cualquier tipo de iluminación.
—¿Tú de dónde saliste, vieja? ¿Quién te dio permiso para andar acá? —insiste uno de ellos acercándose mucho a mí.
Los tres se miran entre sí creyendo que tienen un premio por delante. Suelto una risa baja. No se imaginan con quién se han metido. En fin, me servirán para probar mi nuevo juguete.
Uno con cuchillo se lanza primero, intentando agarrarme por el brazo. Me muevo con un paso lateral, un giro de cadera y mi codo impacta directo contra la nariz del tipo. Con un crujido, el hueso se hunde hacia adentro. Sus agujeros comienzan a chorrear sangre caliente que salpica el suelo.
—Primer error —canturreo, bailando hacia atrás—. Nunca extiendas el brazo así. Parece que estás pidiendo que te lo rompa. Sois la carnada perfecta para mis desquiciadas ganas de matar todo el rato.
El segundo, el del tatuaje que le rodea toda la cabeza rapada, ruge y trata de hacerme un placaje contra la pared.
Lo recibo con una patada baja que va directa a la rodilla y queda destrozada.
El chasquido es tan fuerte que resuena en el callejón.
El hombre cae aullando, sujetándose la pierna torcida en un ángulo antinatural.
—Ups. ¿Te duele? —me burlo, agachándome un segundo junto a él—. Imagínate cuando te meta los dedos en los ojos.
El tercero intenta atacarme por detrás con una jeringa.
Giro con rapidez, le atrapo la muñeca y, con un movimiento fluido, se la tuerzo hasta que el hueso se le asoma por la piel.
El tipo grita. No lo suelto. En cambio, le clavo su propia herramienta de mierda en el muslo, vaciando todo el contenido y dejándolo inconsciente. Quería adormecerme para secuestrarme.
Qué ingenuo, el pobre.
—Shhh, calladito —susurro cerca de su cara, sonriendo como una loca—. Eso era para mí, ¿no? Qué considerado eres.
El del tatuaje intenta arrastrarse con la rodilla hecha papilla. Lo agarro del pelo y le estrello la cara contra el pavimento. Una, dos, tres veces. Hasta que los dientes saltan por el aire.
—Si eras feo antes, imagínate ahora —me carcajeo—. Ahora mismo comer coños se te daría muy bien.
El primero, con la nariz hundida, se levanta tambaleante, cegado por la sangre y la rabia. Espero su movimiento con calma. Cuando está cerca, le lanzo un puñetazo directo a la garganta. El cartílago cruje. El hombre cae de rodillas, boqueando, ahogándose en su propia sangre.
El del tatuaje, ya casi inconsciente, gime palabras incoherentes. Me siento a horcajadas sobre su pecho, sonriendo con satisfacción.
—¿Sabes? Le debo un regalo a mi monstruo, él me lo hizo a mí —murmuro, inclinándome—. Siempre he querido hacer lo que Bestia hizo. —Le rajo con mis uñas modificadas por alrededor de la cuenca de los ojos, vaciando todo de tendones—. Le demostraré que yo también puedo.
El hombre gorgotea, intentando gritar. Le tapo la boca con la mano y sigo cortando con calma, concentrada en mi tarea, disfrutando de cada sonido húmedo y cada espasmo.
Al tener estas uñas es más fácil sacarlos de las cuencas.
Contienen cuchillas en el interior del esmalte y son el arma blanca perfecta.
Una vez hecho mi cometido, al último, el de la jeringa, que no está lúcido en este instante, lo arrastro hasta la pared y le doy varias puñaladas en el rostro salpicando rojo por todas partes, a borbotones, sin mediar palabra. Necesitaba esta saña.
Mi estómago revolotea con tanta masacre. Me estoy divirtiendo mucho. Tanto que me estoy poniendo hasta cachonda. Espero que Bestia quiera follarme o me tiraré a Taddeo.
Cubierta de sangre ajena y respirando agitada, me incorporo en la sombra del callejón.
No tengo ni un solo corte en el cuerpo. Me limpio las manos en la chaqueta de uno de ellos y miro los tres cuerpos destrozados: uno ahogándose en su sangre, otro con la cara convertida en carne picada y el tercero muerto con decenas de puñaladas.
—Qué pena —pronuncio con una carcajada suave—. Tres grandotes como vosotros acostumbrados a la dura vida de la calle y ni un rasguño me habéis hecho.
Doy media vuelta y desaparezco en la oscuridad del callejón. Mi móvil suena de nuevo. Elio. Ahora verá la sorpresa que le llevo. Camino tarareando una canción infantil mientras me dedico a observar mis nuevas uñas que son superbonitas y afiladas. Un arma letal incrustada en gel acrílico.