Bestia (Mafia Italiana 3) TREINTA Y NUEVE
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TREINTA Y NUEVE

LOBO

M i prometida gime bajito con los ojos cerrados.

Masajeo con delicadeza sus hinchados pies, subo mis manos hacia sus tobillos maltratados ya que llevan el peso de dos seres humanos.

Las dos razones de mi existencia. Mi mujer y mi hija.

En realidad no me he casado aún ni mi niña ha nacido, pero eso son detalles sin importancia. Lo que es por ley no puede cambiarse.

Cara está tumbada en un diván y yo sentado en el borde con sus piernas encima de mí, mimándola. La ventana abierta deja pasar el aire cálido y húmedo, también el olor a mar.

Desde el secuestro de mi madre todo se descontroló, y odio no tener el poder de nada.

Envié a Jasmine a un internado con protección en cuanto vi a Bella con el collar explosivo.

Es mejor que esté fuera de toda esta guerra.

A Elio no le gustó mucho la decisión, pero la aceptó.

Supongo que él mismo veía venir los acontecimientos e intuía que esto llegaría tan lejos como ha llegado.

Además, aunque sé que quiere mucho a nuestra hermana pequeña, ahora mismo está en un momento de su vida un poco… inestable.

Se ha obsesionado con Bella de una forma que no sabía ni que podía existir.

Siempre ha sido impredecible, pero ahora ya se ha escapado de mi dominio.

Me ha costado muchas noches sin dormir, muchos dolores de cabeza, hasta que entendí que tenía que seguir adelante por Leila, por Cara.

Eso no quiere decir que lo haya dejado a su suerte.

Sigo tras su pista, igual que Gepetto tras la de Sofía, solo que ninguno de los dos conseguimos nuestros objetivos por más que lo intentemos.

Tengo el alivio de que él está igual de frustrado que yo, o incluso más.

Siempre he sabido cómo era mi hermano, pero todos hemos descubierto esta faceta de Bella ahora. No entendía cómo no se asustaba con las aberraciones que le hacía mi hermano, no la veía ni siquiera tensa, y ahora sé el por qué: es igual de retorcida y maníaca que él.

Una bestia para otra bestia.

—Cariño, ¿estás bien? —la voz de mi mujer me saca del ensimismamiento.

Asiento con una sonrisa fingida. Bastantes noches ha pasado ya a mi lado como para importunarla más. Y menos en su estado.

—No me mientas, por favor. ¿Recuerdas? Confianza plena ante todo, no volvamos al pasado.

Me dedica una mirada de reproche, pero a la vez muy dulce.

Suspiro.

—Ya sabes, lo mismo de siempre —afirmo presionando en un punto del talón.

—Elio volverá. Nunca te dejaría para siempre. Solo estará pasando por el duelo de la verdad a su manera —me intenta consolar.

“A su manera”. Masacrando a personas de una mafia a otra recorriendo todo el puto mundo buscando información sobre mi madre.

Pero a ella le omito los detalles escabrosos de sus encuentros.

Sabe que está asesinando, pero no los métodos que utiliza.

Me llegan casi a diario comunicaciones de todos los rincones del planeta con avisos.

Están todas las organizaciones en alerta porque Elio puede visitarlas en cualquier momento, y por mucho que yo pida perdón, trate con ellos regalando millones de mi bolsillo o haciendo tratos imposibles, nos tienen en el punto de mira.

Podrían coger represalias y venir a por Cara o Jasmine en consecuencia de los actos de mi hermano.

Por eso es mejor que nos quedemos aquí, en la costa de Acciarella.

No hay casas en kilómetros a la redonda.

Solo campo. Tengo a mis hombres repartidos por todo el territorio.

Solo he dejado a unos cuantos en Roma. Aunque mi mansión tiene una seguridad inquebrantable, prefiero el factor sorpresa.

Ellos no saben dónde estamos y jugamos con ventaja.

Además, Cara está encantada. Adora el mar y pasear por la playa. Sé que también sufre. Empatiza mucho con aquellos a los que les coge cariño, y sé que piensa tanto en Bella como en Elio.

Solo espero que Taddeo tenga más responsabilidad y sepa frenarlos y cuidarlos.

Mi móvil suena, lo saco del bolsillo. A Cara se le ilumina el rostro al ver el jodido nombre de “PANTERA”.

Ruedo los ojos, porque a mí verlo me produce el efecto contrario, pero no me queda otra que tratar con él.

Tampoco me gusta que sepa mi ubicación, pero ahora colaboramos juntos y ponemos de nuestra parte por el bien de mi madre y de su hermana.

Podría venir el mismo Gepetto a hablar conmigo, pero prefiere enviarlo a él para, según él, “que vayamos soportándonos”; según yo, es por darme por culo.

—Yo abro.

Se intenta incorporar con rapidez. La freno.

—No, cara mia . Cuidado, estás con la tensión muy baja estos días —le advierto.

—Está bien —se vuelve a tumbar—, aquí espero —pronuncia con una gran sonrisa.

Su felicidad aumenta cada vez que aparece Maia. Le doy un beso en la frente antes de irme.

Camino hasta la puerta de entrada. Ares gruñe y avanza a mi lado. Pongo un mensaje a Ennio para que lo deje pasar. Me yergo sobre la entrada esperando ver su vehículo en cualquier momento. Mi lobo se sienta en el suelo.

El rugido de un motor irrumpe en la finca. Alzo la vista justo cuando un coche negro atraviesa el portón principal con lentitud y levanta una fina estela de polvo a su paso. Ya sé que tiene los ojos puestos en mí y alzo la barbilla para que me vea bien.

Permanezco inmóvil con la espalda recta y los brazos cruzados sobre el pecho. Mi expresión desprende una calma que deja claro que no daré un solo paso adelante para recibirlo.

Las ruedas se detienen a escasos metros de mí y el motor se apaga. Sostengo la mirada fija en la luna tintada del vehículo, esperando a que sea Pantera quien dé el primer movimiento. Si ha venido a mi casa, será él quien salga primero. Aquí las reglas las pongo yo.

La primera en bajar es Maia, que me dedica una sonrisa agradable; detrás de ella sale la pantera. Ella la acaricia.

Mi lobo abandona mi lado con el rabo balanceándose despacio.

Antes de que pueda llamarlo, se planta frente al animal.

Ambos permanecen inmóviles un segundo, observándose con un lenguaje salvaje que ninguno de nosotros entenderá jamás.

Maia pasa las manos por el pelaje de los dos.

Ella y Cara han pasado mucho tiempo haciendo que nuestros animales tengan que soportarse y han llegado a coger tanta confianza que ya se reconocen de lejos.

Luego, acercan los hocicos, se olisquean con calma y terminan frotando las cabezas y los costados en un gesto de absoluta familiaridad.

La pantera incluso deja escapar un ronroneo grave mientras mi lobo le da un suave empujón con el morro.

Resoplo con fuerza y desvío la mirada, incapaz de ocultar mi fastidio.

—Traidor... —murmuro entre dientes a Ares.

De todas las criaturas del maldito mundo, tenía que llevarse precisamente bien con la pantera. Parece que el mismo universo disfrutara fastidiándome haciendo que nuestros animales se lleven más que bien.

—Deberías de aprender de él. Hasta un animal tiene más educación que tú para recibir a sus invitados —escucho la vomitiva voz de Vito mientras sale del coche con esa aura de superioridad que siempre lleva pegada.

Bufo.

—Recibo a los que son bienvenidos. No recuerdo haberte invitado —asevero sin cambiar de posición.

—Órdenes de Gepetto —revoca fijando la vista en mí.

—No recibo órdenes de nadie. Esta es mi casa, y soy el Don de La Cosa Nostra —arremeto.

—Una casa en el territorio de La Camorra.

Estás al suroeste de Roma, por lo tanto Gepetto tiene el mando —vacila con media sonrisa—.

Por cierto, muy bueno eso de tener viviendas por nuestro territorio a escondidas.

Te recuerdo que no podrías estar aquí si no te dejáramos.

Estás en zona prohibida —asegura en tono burlón.

—Yo decido estar aquí. Puedo hacerlo ya que soy el Don. ¿Tú puedes? Ah, no, que eres simplemente el que ejecuta las órdenes de otro, el Sottocapo —esta vez cambio mi tono imitando el de él.

Su expresión se crispa.

—Ya vale, machotes. La tenéis tan larga que os ha llegado a la cancela.

Ya ha quedado claro. Venga, a trabajar —interrumpe Maia fulminando con la mirada a Pantera.

Luego pasa por mi lado acompañada de los dos animales y me da una palmadita en el hombro como saludo—.

Gracias por recibirnos, Ciro —me dedica una sonrisa amable.

Puedo ver cómo Vito se enfurece hasta el punto de parecer que le explotará una vena del cuello. Odia que su chica me toque. Ya no sé si Maia lo hace queriendo o es solo por ser amable.

En fin, esperamos hasta que ella desaparece escaleras arriba para buscar a Cara.

Le hago un gesto a Pantera para que me siga.

Me enciendo un cigarrillo de camino. Fumo bastante menos porque delante de ella no quiero, por su salud y la del bebé, pero aprovecho los instantes que puedo para recaer en el vicio.

Lo guío hasta el despacho que tengo en la planta baja. Al entrar, él se sienta en el sofá que está frente al ventanal que da al mar. Echo whisky en un par de vasos.

—¿Viste el último informe? —comienzo yo la conversación.

Le paso la bebida. Él da un trago antes de contestar.

—Son implacables. He asesinado de muchas formas crueles, pero ellos se están pasando el juego —expone Vito muy serio.

Me dejo caer a su lado.

—¿Qué dice Gepetto al respecto? —me intereso.

—Está desesperado. No está mejor que tú ni que yo, te lo aseguro. Su delicada hija convertida en una sádica, el amor de su vida desaparecido sufriendo a saber qué barbaridades… —relata dejando de lado la arrogancia.

Resoplo. Estamos todos igual. Ya sea por Elio, por Bella o por mi mamma . Joder, es un puto sinvivir. Doy un trago.

—Los búlgaros no han aceptado mi trato. Dicen que la muerte de Petar y de la mujer de Iván no quedarán indemnes.

Me la tienen jurada. Más enemigos a la lista.

Y Cara cada vez puede moverse con menos rapidez.

Me preocupa la situación —me sincero—. Además, Elio no para de sacar grandes cantidades de dinero y es imposible seguirle la pista.

Va al banco de Alemania a sacarlo y a las horas está en Brasil.

No se queda quieto, sabe moverse. —Me pellizco el puente de la nariz—.

El otro día compró en Brujas una grúa y un tanque de 40 litros de agua.

¿Para qué cojones quiere eso? Cuando envié a Tullio ya no estaba.

Sabe esconderse de las cámaras de seguridad y pasar desapercibido de un país a otro.

Le cuento la verdad porque sé que, por Maia, él nunca haría nada en nuestra contra, por muy mal que nos llevemos.

—Te pasaré dinero y traeré refuerzos. No te preocupes por personal, tendrás el doble. Podrías valorar la idea de mudarte al edificio de Gepetto —ofrece. Los dos miramos al frente, al mar—. Solo el tiempo que tarde en arreglarse todo esto.

No quiero limosna. Me sobran billetes, pero si soy yo el que está costeando la salida divertida de dos locos, que aporte todo el mundo, no solo yo.

—Meter dos objetivos en uno —respondo refiriéndome a mudarme con Gepetto— sería muy mala idea.

No solo es Elio, también es Bella. No solo quieren rendir cuentas conmigo, sino también con Gepetto.

Todo el mundo sabe que hay dos clanes en Italia, y los han reconocido.

¿Quién no conoce al Bestia? ¿Y a la hija delicada y preciosa del Don de La Camorra?

Vito hace una mueca.

—Ya no es delicada —parece derrotado.

Bebo otro trago. Supongo que él también está asimilando el nuevo carácter de Bella. Nos ha cogido por sorpresa a todos.

—Elio la llevó al límite —intento consolarlo quitando culpa a Bella.

—Ella fue la decidió montarse en ese coche. Ya no tenía nada que la atara a él. La liberó del collar. Y sin embargo, nos ignoró y se fue —cuenta escondiendo una aflicción que se nota de lejos.

—Volverán —aseguro muy firme.

—Sí, pero ¿tendrán luego redención? Lo que están haciendo es inhumano. Es una salvajada. ¿Podrán vivir con ello?

Me levanto para rellenar mi copa y la suya.

—Estás impresionado porque nunca has visto ese comportamiento.

Yo llevo viéndolo toda la vida. Te aseguro que puede vivir con ello.

Es más, ellos son felices así. —Hago una pausa para vaciar el contenido de la botella en su vaso—.

Solo tenemos un objetivo: cuando vuelvan, intentaremos controlarlos para que hagan el mínimo daño posible, como yo hacía con Elio.

Le dejaba masacrar cuando era necesario en el negocio y así lo mantenía contento.

—La vista de Vito se pierde en el horizonte—.

Sé que es difícil de digerir, pero Bella es igual que él.

Necesitan esa forma de vida para sentirse realizados y felices.

Son psicópatas. Solo hay que mantenerlos controlados y ocupados.

—¿Y no sería mejor que se trataran con un profesional? —debate él.

—Puedes intentarlo, pero el último que vino a ver a Elio acabó descuartizado y me encontré a mi hermano jugando al futbol con sus huevos y su polla.

Fijo la vista en Vito, cuyos ojos se oscurecen. Se queda muy serio.

—Bella no es así —asevera.

—Repítetelo si así te sientes mejor. —Me giro para volver a fijarme en las olas—. Pero cuanto antes lo aceptes, mejor. Para ellos y para ti. No necesitan sentirse incomprendidos. Solo trátala con cariño y mantenla vigilada. Te doy el consejo que me hubiera gustado que me dieran a mí.

—Se fue a Londres porque no soportaba ver sangre —susurra con un hilo de voz, inmerso en sus pensamientos.

—O lo hizo porque le gustaba demasiado —sentencio.

Espero dar con ellos lo antes posible. Por su bien y por el de todos nosotros.