TREINTA Y OCHO
PANTERA
E l rugido de la moto hace eco en el bosque antes de apagarse.
El aire huele a tierra húmeda, a pino, a madera vieja empapada por el rocío de la mañana.
Inspiro despacio y el aroma salvaje me llena los pulmones.
Las copas de los árboles se balancean sobre mi cabeza, filtrando hilos de luz que caen sobre el sendero de hojas secas.
Fui a reunirme a primera hora de la mañana con Gepetto.
Apenas duerme, lo he notado en las profundas ojeras que se le forman en el rostro.
También está muy irascible. Lo comprendo.
Su hija está por ahí perdida, sin ubicación, sin saber a qué peligro se enfrenta y como compañero al tío más violento que puede existir, el mismo que se supone que es mi hermano.
Maia ha intentado sacarme el tema muchas veces, pero no quiero hablar. No estoy preparado para ello.
Freno frente al porche, levanto la vista y el mundo deja de existir.
Mi chica, vestida con ropa deportiva, está practicando en un lateral de la cabaña los movimientos que le he ido enseñando.
Es muy constante, no hay día que no entrene.
Me llena de orgullo la fuerza que tiene.
Quiere defenderse sola. Nunca lo estará, pero siempre es bueno que sepa al menos las nociones básicas de defensa.
El viento le revuelve el pelo y el sol se cuela entre los árboles dibujando sombras sobre su rostro. Mi pecho se olvida de respirar durante un segundo eterno. La deseo tanto a cada momento que a veces pienso que lo que siento está a otro nivel.
Bagheera está a su lado, pendiente de cada ruido, de cada movimiento, en constante alerta.
Me arrodillo frente a mi animal y deslizo la mano por su cuello, hundiendo los dedos entre el pelaje.
La pantera entrecierra los ojos y responde al instante, apoyando el enorme cráneo contra mi pecho con un ronroneo grave.
Durante unos segundos se deja mimar como si no fuera uno de los depredadores más letales del bosque.
Levanto la vista hacia ella, comprobando que mi chica está ilesa.
Bagheera ha cumplido su cometido. Ha permanecido a su lado hasta mi regreso sin apartarse un solo instante, cuidándola, protegiéndola.
Sonrío con orgullo, le doy un par de caricias más y termino con una suave palmada en su lomo.
La pantera alza la cabeza, comprende la orden sin necesidad de palabras y, tras dedicarme una última mirada, se pierde entre los árboles con un movimiento elegante y silencioso, lista para salir de caza.
Sin hablar para no molestarla en su concentración, me pongo delante de Maia preparado para atacar. Ella me fija su vista y veo decisión en sus ojos. Está dispuesta a darme una paliza. Esto será divertido.
De repente, su puño pasa rozándome la mandíbula.
—Lento —le afirmo muy serio.
Frunce el ceño al instante. Ya sé que esa palabra la enfurece más que cualquier golpe.
Se lanza otra vez contra mí con una rabia preciosa. Bloqueo su ataque con una sola mano y la hago girar sobre sí misma antes de soltarla.
—Otra vez.
—Deja de hablar —espeta furiosa.
Está llena de sudor y su respiración acelerada hace que me fije en cómo se mueven esos apetecibles pechos.
—Cuando tú dejes de cometer el mismo error —declaro siendo firme.
Bufa. Sus ojos echan chispas. Odia perder, pero todavía odia más que sea yo quien se lo recuerde.
Vuelve a la carga, más rápida, más impulsiva. Sonrío sin poder evitarlo. Siempre hace eso cuando se enfada, deja de razonar y empieza a pelear con el corazón.
—Los pies —murmuro mientras esquivo otro golpe—. Si abres tanto la guardia, cualquiera puede derribarte.
—Tú no eres cualquiera. Pelear contra ti es la élite —se excusa con el tono cargado de rabia.
—Supéralo. Esa excusa no te mantendrá viva con un tío como Vivaldo —arremeto.
No es un golpe bajo. Sé por qué lo hago.
Lo mejor para superar aquello es hablarlo.
A veces me gusta sacarle el tema y que no se quede guardado dentro como si fuera algo intocable.
Los traumas se pudren en el silencio. Para dejar de cargar con ellos, primero hay que atreverse a nombrarlos, sacarlos de la oscuridad y pronunciarlos en voz alta una y otra vez hasta que dejen de sonar como una condena y empiecen a parecer solo un recuerdo.
Aunque ella aún no lo tiene muy superado. Cuando le menciono el nombre, aún se tensa, y a veces tiembla. Odio que ese hijo de puta produzca eso en ella incluso muerto.
Su rodilla busca mis costillas. La detengo antes de que me alcance.
—Bien. Ese casi me da —afirmo.
Me ha pillado desprevenido. Estaba pensativo.
—¿Casi? —Arquea una ceja.
—Casi —confirmo sin un ápice de suavidad en el tono. Me dedica una mirada que promete mi entierro. No puedo evitar provocarla—. Vamos. Demuéstrame que sabes hacerlo mejor —le ordeno en tono duro.
Gruñe y se abalanza sobre mí. Esta vez consigue obligarme a retroceder un paso.
—Eso está mejor —esbozo media sonrisa.
—No necesito tus felicitaciones —brama volviendo al ataque.
—No eran felicitaciones. Era una corrección —debato, bloqueo su golpe.
Resopla con tanta fuerza que casi puedo ver el humo salirle por la nariz. Está preciosa cuando se enfada. Las mejillas encendidas, la respiración acelerada, la mirada desafiante que parece buscar cualquier excusa para arrancarme una sonrisa, o la cabeza.
—¿Vas a dejar de sonreír de una vez? —espeta, enfadada.
La observo un segundo más, disfrutando demasiado de cómo aprieta los puños. La enerva saber que no puede conmigo. Yo soy su objetivo. Es inalcanzable, pero nunca se lo diré. Los años de lucha y la mafia juegan a mi favor. Aun así, algún día la dejaré saborear la victoria, aunque sea falsa.
—Lo haré cuando consigas tirarme al suelo —sigo con tono duro, aunque no pueda borrar la sonrisa.
Su respuesta es un ataque directo. Vuelve a lanzarse sobre mí con un grito ahogado, decidida a derribarme de una vez. Sus golpes llegan con fuerza, pero la rabia sigue marcando el ritmo de cada movimiento. Y con esa emoción no va a conseguir nada.
Espero el momento perfecto y desvío su brazo, giro sobre mi eje y aprovecho el impulso que ella misma ha generado. Ella pierde el equilibrio el tiempo necesario para sujetarla por la cintura y ambos caemos al suelo con un golpe seco que hace temblar la hierba.
Ella intenta incorporarse de inmediato. No la dejo. Atrapo sus muñecas antes de que pueda reaccionar y las inmovilizo contra el suelo. Coloco una rodilla entre las suyas para impedir que gane palanca y bajo el peso justo para mantener el control sin hacerle daño.
—Eres muy lenta. Piensas demasiado los movimientos. Si no estás al cien por cien, serás a la que se la coman los gusanos —susurro en tono feroz contra su oído.
Forcejea con todo su cuerpo. Me empuja. Se retuerce buscando un hueco por el que escapar.
Sonrío.
—Ahí está el problema —le explico entre respiraciones agitadas—. Sigues luchando con la fuerza cuando ya has perdido la posición. La estrategia lo es todo.
Me fulmina con la mirada.
—Suéltame.
Joder, que ese dulce coño no pare de moverse contra mi pierna no ayuda a que intente seguir con la máscara de hierro.
—¿Te rendirías si lo hiciera? —el tono me sale más provocador de lo que quisiera.
Aprieta la mandíbula con tanta fuerza que casi puedo oír rechinar sus dientes.
—Ni en otra vida.
—Eso pensaba —suelto una risa llena de orgullo.
Aflojo un poco la presión de una muñeca, solo para comprobar si ha aprendido la lección. Intenta liberarse al instante. Sacudo la cabeza con gesto divertido y vuelvo a inmovilizarla con facilidad.
—Gracias por demostrar mi argumento.
Ya me es imposible ser duro con ella. Solo tengo ganas de follármela una y otra vez.
Resopla con frustración.
—Eres insoportable —bufa.
—Y tú demasiado predecible cuando te enfadas —sentencio—. Tu cuerpo está aquí, pero tu mente no, y si esto fuera de verdad, ya estarías muerta. Me tomo muy en serio tu protección.
—¡Claro que no estoy aquí! Me cago en la puta de oro —suelta en español—. Bella y Elio van por ahí en modo “nos suda la polla todo”, matando a diestro y siniestro, buscando el peligro. ¿Y tú estás tan tranquilo? ¡Es tu hermano! Ni siquiera quieres hablar de ello.
Giro el rostro. No, no quiero. Sin querer, aprieto más su muñeca. Al darme cuenta la suelto quedándome sentando encima de ella, pero sin hacer presión.
—Puedes desahogarte conmigo. Eso es una relación, Vito. Sé que estás sufriendo. Habla conmigo —pide en tono suave y comprensivo.
Ahí está mi chica, que por mucho que yo me comporte como un verdadero capullo, siempre me apoya y me anima. Es mi luz.
—No es tu culpa. —Pone una mano en mi mejilla—. Sé que te la echas, sé lo protector que eres, pero con esos dos no se puede hacer nada. Por mucho que queramos, se salen de nuestro control.
Bingo.
Siento que al ser el hermano mayor de Bella debería estar protegiéndola, cuidándola.
La he visto crecer, le he enseñado a luchar, y no me esperaba esa faceta de ella.
Ni por asomo habría pensado que sería así de violenta.
Joder, creía que se había ido a Londres porque le horrorizaba todo lo que tuviera que ver con asesinatos y sangre.
Me tiene muy confuso. Aunque claro, eso no se o diré nunca a ella.
Cuando la recupere le diré que sabía cómo era y que la acepto.
Haré lo que sea por no volver a perderla.
Y Elio… Aún no asimilo que sea mi hermano.
Las pruebas están ahí, pero para mí sigue siendo un completo desconocido.
Además lo he odiado toda mi vida. Y como le pase algo a Bella, lo mataré yo mismo por muy de mi sangre que sea.
—Todo va a estar bien. Conseguiremos que vuelvan —promete ella con mucha ternura acercando mi rostro al suyo. Aprovecha ese instante para darme la vuelta y acabar a horcajadas sobre mí—. ¿Ahora quién es el perdedor?
Su sonrisa triunfal es enorme e impacta directo en mi polla. Ella tiene ese poder. No desaparecen los problemas, pero hace que sean más llevaderos.
Me lanzo a su boca con hambre. Me muero por sentirla dentro de mí y que deje salir toda esa rabia en gritos de placer. Mi lengua devora la suya. Ella gime.
—Hemos quedado con Cara y Ciro, nos esperan —murmura entre jadeos.
Gruño al escuchar el nombre de ese imbécil. Ahora nos soportamos, pero poco más. Nuestras mujeres se ven casi a diario y no nos queda otra que tragarnos.
Acaricio sus pechos y ella arquea la espalda.
—Ciro… —comienza a decir Maia.
Le lanzo una mirada llena de amenaza. Dejo de tocarla por completo.
—Ni se te ocurra mencionar más ese nombre mientras te estoy dando placer o le arranco la cabeza y se queda la niña nonata sin padre —espeto muy furioso.
Ella se carcajea.
—¿Celoso? Solo quería decir que Cara me ha dicho que ÉL —lo enfatiza para que note que no ha dicho su nombre— tiene nueva información.
Me empuja por los hombros para retirarme. Me dejo caer a la hierba, pero no dejo distancia entre los dos. La aprisiono contra mi pecho y me la pongo encima.
—Que esperen. Tengo cosas más importantes que hacer —aseguro.
Le pego un tirón al top deportivo para dejar sus pechos al aire. Mi polla palpita tanto que está a punto de salirse de los pantalones.
—¿Cómo cuál? —me provoca la muy cabrona.
Pasa su lengua por mis labios.
—Demostrarle a mi viborilla las consecuencias de poner el nombre de otro en su boca —amenazo.
Sus ojos brillan. Estoy seguro de que le pondrá solución a toda esa frustración del entrenamiento.
Es puro veneno.
Y es jodidamente letal.