Bestia (Mafia Italiana 3) TREINTA Y SEIS
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TREINTA Y SEIS

BELLA

MESES DESPUÉS…

E s una noche húmeda y hace mucho calor.

Estamos en las afueras de la ciudad de Silven, en Bulgaria.

Los búlgaros han sido los primero elegidos para que entren en el juego.

Nos hemos hecho con un viejo almacén abandonado donde huele a una mezcla de óxido mojado, orina rancia y gasolina derramada.

El aire está cargado, con un hedor metálico de sangre vieja incrustada en el cemento.

Llevamos varios días aquí intentando saber la ubicación de Santoro, pero no hay manera.

Cuatro focos de construcción cuelgan del techo alto, iluminando con luz amarillenta el centro del almacén.

Hemos instalado ejes que chirrían en varios puntos del techo para colgar a los tipos que nos dé la gana como si fueran cerdos a los que destripar.

Atado a uno de ellos, desnudo y ya temblando, está Petar, el líder de la mafia búlgara, de 34 años.

Las correas se le incrustan en las muñecas y tobillos.

Tiene la cara hinchada de los golpes previos, un ojo casi cerrado y el labio partido.

El suelo debajo de él está manchado de aceite de motor y sangre seca de otras “sesiones”.

Según Bestia, nosotros los italianos siempre hemos sido socios de ellos, pero, si se estropean los negocios, no es algo que me importe, siendo sincera.

A la mierda.

Me bajo la venda a los ojos para no ver, calculo las distancias y doy el siguiente golpe con todas mis fuerzas.

Aire. Ejerzo tanta presión que se me tambalea el cuerpo hacia adelante.

Una carcajada sonora de Taddeo resuena por todo el lugar.

Mi cuerpo es invadido por la adrenalina; soy adicta a ella, la necesito para sentirme bien.

He vuelto a fallar.

No puede ser, seguro que Bestia me la está jugando otra vez.

Me subo la venda a la frente y veo a mi monstruo sosteniendo el cuerpo de Petar en un lateral. Se suponía que el tipo debía moverse como un péndulo agarrado por los pies. Estamos jugando a la piñata.

—Eres un puto tramposo —frunzo el ceño.

—Estás más guapa enfadada —pronuncia Elio provocándome. Suelta a Petar y ahora sí se balancea—. Dale. Fuerte.

Sonrío invadida por la euforia. Me bajo la venda, abro las piernas, flexiono los codos, echo el palo hacia atrás y espero mi momento.

Escucho el zumbido que hace el aire cada vez que pasa cerca de mí.

Ya no grita ni se lamenta. Está inconsciente, así que es hora de que se despierte.

Calculo de nuevo en mi mente la distancia.

—¡Dale, dale, dale a la piñata! —canturreo la canción infantil en voz baja para no desconcentrarme.

YA.

Golpeo con tanta contundencia que se escucha el crujir de huesos. Me quito la venda rápido esperando haber dado en mi objetivo, pero me decepciono al ver que solo ha sido en el pecho; yo quería la rodilla izquierda.

Petar se ha despertado y ahora escupe sangre luchando por no ahogarse.

—Eres malísima para acertar —se burla Elio llegando a mi lado.

—Seguro que has vuelto a cogerlo mientras tenía la venda —aseguro enfadada.

—Te enseñaré como se hace.

Arquea una ceja y yo asiento sin dejar de mostrar mi enfado. Le doy el palo y la venda. Cuando él está preparado, se queda quieto unos segundos.

—¿No vas a cantarme? —inquiere Bestia con diversión.

Ruedo los ojos.

—Dale, dale, dale a la piñata —esta vez apenas es cantado, solo lo suelto palabreado para seguir mostrando mi enfado.

Él se impulsa desde atrás y da justo en el que era mi objetivo. El crujido es brutal, como un tronco partiéndose en dos. La rótula explota hacia adentro, astillas de hueso perforan músculo y piel. La pierna se deforma al instante.

Petar suelta un alarido gutural que rebota contra las paredes metálicas del almacén, mezclándose con el eco. El olor a sangre fresca se suma inmediatamente al hedor del lugar.

Segundo golpe. La tibia se quiebra con un chasquido sonoro.

El hueso blanco se asoma a través de la carne abierta.

El líquido rojo brota a chorros, salpicando el suelo y formando charcos oscuros que se mezclaban con el aceite.

Esta vez, Petar convulsiona, las venas del cuello las tiene hinchadas y grita hasta que la voz se le quiebra en un ronquido animal.

—Así es como se hace —declara Elio con una sonrisa triunfante.

Se quita la venda y me lanza una mirada muy sexy . Me empapo al momento. ¿Cómo puedo estar tan cachonda las veinticuatro horas del día? Me muerdo el labio deseando que termine este suplicio para volver a estar como estábamos hace unas horas: teniendo un orgasmo tras otro.

Bestia no tiene prisa y se deleita en su quehacer.

Ya sin los ojos vendados, golpea el fémur con fuerza salvaje.

El muslo se hunde con un sonido carnoso y el hueso queda pulverizado.

Trozos de músculo cuelgan como jirones rojos y brillantes.

El olor a sangre se hace más intenso, mezclado con el hedor de excrementos cuando Petar pierde el control del esfínter por el dolor.

Elio pasa al brazo derecho. El codo estalla bajo el palo y el antebrazo se queda colgando, unido solo por tendones y piel desgarrada.

Luego el hombro, un golpe seco que disloca la articulación, seguido de otro que fractura la clavícula.

Petar ya no grita, solo emite sonidos inhumanos mientras babea sangre y vómito.

La mafia se quedará sin líder, pero este tipo tiene un hermano pequeño.

Creo que lo hacen llamar el Sultán porque lo tratan como un rey.

Está de enhorabuena, porque cogerá todo el poder.

Su hermano dejará de respirar dentro de poco.

Elio para un segundo para recobrar aire. Vuelve a mirarme con intensidad. Yo le doy palmitas alentándolo a que siga. Taddeo se ríe desde una esquina mientras no para de comer esas galletas saladas que siempre compra.

El suelo está resbaladizo. Los focos zumban sobre la escena, iluminando los detalles gore, los huesos sobresaliendo, la piel rasgada, los músculos expuestos palpitando.

Una verdadera masacre.

Mi pecho late desbocado. Estoy tan emocionada que necesito sacar toda esta adrenalina. Le quito el palo a Elio y comienzo yo a golpear, sin pensar, sin decidir dónde, solo dejando salir toda la euforia que tengo dentro. Una, dos, hasta dieciséis veces.

Tiro la herramienta al suelo, exhausta y agotada. Levanto la cabeza hacia Elio, que me está observando con ojos brillosos llenos de deseo. Joder, casi gimo.

Me bajo las bragas deslizándolas por las piernas. La falda corta de vuelo me da la libertad que necesito. Me lanzo hacia su cuerpo y de un salto rodeo sus caderas con las piernas.

Esta es la mejor parte de las torturas, y por muy cansada que esté, no pienso perdérmela.