Bestia (Mafia Italiana 3) TREINTA Y CINCO
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TREINTA Y CINCO

BELLA

L os brazos no ceden y las armas siguen en alto, solo que ahora toda la atención recae en Cara, a quien le caen gotas de sudor por la frente y cuyo cuerpo pega pequeñas sacudidas de la inquietud.

—¡Haced lo que os digo!

Cara mira a todos uno a uno instando a que acaten sus normas.

Cuando llega el turno de Elio, este asiente en modo aburrido y mi collar deja de pitar. Al menos a ella sí le hace caso. Le tiene afecto. Creo.

Maia viene hasta mí para llevarme a su lado y me sienta entre ella y mi padre. Este último me acaricia la espalda con ternura.

—¿Te ha violado ese desgraciado? —me pregunta en voz baja muy cauteloso.

Todos están pendientes de mí.

Bajo la cabeza, no quiero contestar. No quiero admitir que me gusta.

No quiero avergonzar a mi familia. De soslayo, veo cómo Elio hace una mueca de decepción.

No le gusta tenerme lejos. Ahora mismo a él no le debo nada.

Para mí no es nadie. Mi familia, sí. Por eso haré lo que sea necesario para no decepcionarlos.

Aprieto la mano de Maia para calmar mi pulso y le dirijo una breve mirada a Cara para que me ayude también.

—Lo voy a matar —susurra Pantera, su voz apenas audible.

—Sé que no va a ser fácil de digerir —comienza a hablar Cara—. Sofía me contó que ninguno de los tres hijos era de Pierino. Jasmine, de Santoro; Ciro, de Gepetto; y Elio…

—Espera, ¿no es hijo de Pierino? —inquiere mi padre exasperado—. Sofía me dijo que no era mío y di por hecho que era del imbécil ese. ¿Con quién más ha estado Sofía entonces, joder?

Se levanta del sofá para echarse una copa. La situación está pudiendo con él. ¿De verdad tanto quería a esa mujer?

Maia y Cara se echan una mirada cómplice.

—Sofía me dijo que Elio era adoptado. Ella tampoco es su madre.

—Se gira hacia Bestia, que se ha quedado muy quieto y con el ceño fruncido—.

Lo siento, Elio. Pensaba hablarlo contigo en el momento adecuado y no aquí delante de todo el mundo, pero he visto necesario sacar el tema ya que casi os matáis entre vosotros.

Cara baja la barbilla y su boca se frunce; sus manos siguen temblando, se nota la gran aflicción que lleva.

—A mi también me contó Vito su historia. Cuando sus padres murieron lo separaron de su hermano menor —la intenta ayudar Maia.

Han hablado de esto antes entre ellas. Eso me queda claro.

—Cuadrando fechas, tú —señala Cara a Elio— entraste en esta casa teniendo un año de vida, justo cuando ocurrió el asesinato de Akela, justo cuando Gepetto tuvo que hacerse cargo de Vito —expone con cautela.

No puedo saber qué siente o piensa Elio.

Permanece inmóvil y con el rostro neutro.

Joder, es tan frío que no hay manera de acceder a él.

Observo a Vito, que tiene el ceño fruncido y está igual de paralizado.

Imaginando lo que quieren decir las chicas, me da la sensación de que será peor que una guerra nuclear.

—Eran demasiadas coincidencias, pero no pruebas contundentes, así que Cara cogió una muestra de ADN de Elio, un pelo —añade Maia—, y yo de Vito. Las llevamos a analizar.

Cara se levanta del sofá y sale de la habitación dando grandes pasos. La esperamos ansiosos bajo un silencio sepulcral. Todos permanecemos expectantes a lo que ya sabemos que va a decir, pero nadie quiere que ocurra. Ella vuelve con papeles en la mano y le da uno a Elio y otro a Vito.

—Sois hermanos, confirmado —anuncia Cara en tono dubitativo.

ME CAGO EN LA PUTA.

Ellos, que han sido enemigos acérrimos desde siempre, que se han odiado hasta la saciedad, que han estado varias veces a punto de matarse…

El salón queda sepultado por un silencio tan denso que parece ahogarnos en él. Nadie habla. Nadie se mueve. Solo nos observamos unos a otros, asimilando.

Siento la tensión vibrando en el aire, colándose entre nosotros, enredándose alrededor de nuestras gargantas hasta robarnos el aliento.

El tictac del reloj resuena con una claridad insoportable.

El ambiente está tan cargado que bastaría una sola palabra, un mal gesto o una respiración fuera de lugar para hacerlo estallar todo.

Vito, después de pensarlo unos segundos, dirige su mirada a Elio.

Tiene las cejas arqueadas y todo el odio contenido se ha esfumado.

Ahora solo queda confusión. Ha descubierto que su hermano menor está delante de él.

Elio, por el contrario, le dedica una mirada llena de rabia, con una ira tan profunda que da escalofríos.

—Vuestros padres murieron a manos de Santoro y Pierino.

Akela fue mi mejor amigo y un gran apoyo, y quisieron quitarlo del medio para intentar que yo no llegara al poder.

Siento mucho… —Gepetto hace una pausa para recobrar la compostura—.

Siento mucho que esos depravados hayan jugado con dos niños.

Ojalá pudiera volver al pasado. Haría muchas cosas diferentes. Empezando por Sofía —declara afectado.

Le pone una mano en el hombro a Vito para mostrarle su cariño. Mi padre se sienta a su lado. Los demás se dejan caer en los sofás de nuevo aún pensativos.

Elio baja la cabeza, no hace falta que diga nada.

Me da la sensación de que al fin lo ha asimilado.

Basta con mirarlo para comprender que algo dentro de él acaba de romperse.

El gran monstruo imponente y despiadado está destrozado.

No habla ni se mueve. Sé que no es rabia porque no se le marcan las venas como otras veces y sus párpados están caídos.

Me duele verlo así. Ha descubierto que su única ancla en la vida, su madre, no lo es. Tiene que ser duro. Ahora resulta que Sofía sí es mi progenitora, pero no de él. Las vueltas que da la vida.

Permanece inmóvil, con los hombros vencidos porque el peso del mundo se le ha caído encima de golpe.

Sus manos descansan sobre las piernas, inmóviles, pero los dedos se tensan y se destensan apenas un instante, delatando una tormenta que lucha por contener.

No levanta la vista ni una sola vez. Es como si hubiera dejado de existir todo cuanto lo rodea.

Verlo así me revuelve el pecho. Acostumbrada a su aplomo, a su presencia que parecía imposible de doblegar.

Contemplarlo desmoronarse en silencio resulta infinitamente más devastador que cualquier grito.

Se está hundiendo delante de todos. Y, por primera vez, parece derrotado de verdad, débil, frágil.

Nunca imaginé que contemplar su derrota pudiera dolerme tanto cuando era lo único que buscaba estos días.

Al instante, el collar se suelta de mi cuello. Lo ha desactivado y me ha liberado sin mirarme siquiera. Ahora entiendo la gravedad, está completamente hundido. Tanto como para dejarme ir.

Busco una explicación psicológica a lo que siento.

Mi cabeza intenta encontrarle sentido. Es absurdo.

Hace apenas unas horas habría dado cualquier cosa por escapar de él.

Me ha manipulado, me ha herido, me ha llevado al límite una y otra vez.

Debería alegrarme de verlo caer. Debería sentir alivio.

Y, sin embargo, lo único que noto es una necesidad irracional de acercarme a él.

Como profesional en ese ámbito, sé que la mente rara vez entiende lo que "debería".

La empatía no aparece por criterios morales; a veces responde solo al sufrimiento.

Quizá mi cerebro ha dejado de ver al monstruo por un instante y solo es capaz de reconocer a un hombre roto.

O quizá me duele porque estoy presenciando el derrumbe de alguien que jamás permitió que nadie viera sus grietas.

No sé cuál de todas esas explicaciones es la correcta. Solo sé que verlo así hace que el rencor pierda fuerza. Y eso me aterra casi tanto como él.

Me necesita.

Igual que yo a él.

—Elio… —rompe Ciro el silencio poniendo una mano en su espalda.

—Traeré a la mamma y será ella quien confirme todo esto —anuncia con voz rota.

Se levanta como un huracán. Miro el collar en mi mano.

Debería dejarlo ir. Debería huir de esta maldita casa ahora que puedo.

Elio pasa por mi lado y se me estruja el corazón cuando veo que ni me mira.

¿Por qué me haces esto? ¿Por qué me evitas?

Duele incluso más que las malditas puñaladas que tengo.

—Elio, espera —escucho a Pantera.

Pero nada lo frena. Sale por la puerta sin mirar atrás.

Duele demasiado. Es un dolor insoportable. Tan profundo que siento cómo me desgarra por dentro, cómo araña las paredes de mi pecho buscando una salida. Apenas puedo respirar. Cada latido es una puñalada. Y entonces comprendo que tengo una elección.

Puedo seguir sintiéndolo o puedo abrir la jaula.

Lo noto dentro de mí. Siempre ha estado ahí, agazapado, paciente, esperando el momento en que yo dejara de sujetar los barrotes.

El monstruo que he contenido toda mi vida, el que está sediento de sangre, de diversión; algo inhumano que disfruta con el sufrimiento.

Mis dedos tiemblan alrededor del candado imaginario.

Le pedí a mi padre que me dejara irme a Londres para hacerlo desaparecer.

Cada vez me escapaba más de mi habitación y yo era quien pedía que me dejaran torturar a los hombres.

Me deleitaba con los gritos desgarradores, bebía incluso su sangre.

Pero me he dado cuenta de que por mucho que quiera escapar de él, él nació conmigo y no hay forma de evitarlo.

Me aburría tanto y me sentía tan insatisfecha en Londres que era cuando de verdad me estaba volviendo loca. No puedo evitar ser quién soy.

Soy un monstruo y he encontrado a otro que es como yo. Por eso, por más barbaridades que me haga, no me afectan. Y por mucho que lo niegue, he disfrutado de estos días como unan cría en un parque de atracciones.

Las bisagras chirrían en algún rincón de mi cabeza. El monstruo se desliza despacio por mi interior como una sombra que conoce perfectamente el camino. Se estira. Sonríe con mis labios. Respira con mis pulmones y me llena de adrenalina.

Y, de pronto... El dolor desaparece. Así, sin más. El pecho ya no me duele. El nudo en la garganta se deshace. Ya no hay culpa ni miedo ni pena. Solo un silencio inmenso. Una calma antinatural.

La oscuridad se acomoda bajo mi piel, reconociéndola, ya que siempre ha pertenecido a mí. Todo adquiere una claridad escalofriante. Las emociones dejan de estorbar. El sufrimiento deja de existir. En su lugar queda una lucidez helada.

Dejo de preguntarme cómo sobrevivir a este momento y en su lugar me pregunto quién sobrevivirá a lo que está a punto de ocurrir.

Sin mediar palabra. Corro hacia el exterior. Escucho mi nombre a mi espalda, todos me persiguen. Veo a Bestia a punto de montarse en su coche con Taddeo, entre ellos hay silencio.

—¿Os ibais sin mí? Oh, qué malos —comento en tono teatral como si fuera una cría—. Yo conduzco, imbéciles.

Pongo las manos en la cintura y abro las piernas con una sonrisa siniestra.

Elio frunce el entrecejo un segundo. Luego accede, levanta los hombros pareciendo aburrido y me lanza al aire las llaves.

—¿Sabes dónde te estás metiendo? —me pregunta muy serio.

—¿Y tú? Porque yo voy a jugar, y me divertiré mucho.

Dejo salir una carcajada retorcida. Me acerco lentamente a él, lo cojo del cuello de su camiseta y tiro con fuerza hacia mí.

Mi boca devora la suya con una intensidad casi cruel, un beso que reclama, y lo muerdo hasta que le hago una pequeña herida y luego la lamo.

El aire deja de importar y solo existe un vértigo feroz que nos consume.

—Luego te follo, cachorrito. —Lo empujo con fuerza hacia atrás—. Ahora vamos a divertirnos, que me muero de aburrimiento.

Me dejo caer en el asiento del conductor y me río con una gran euforia. Todos los que estaban en el salón están en lo alto de la escalera de la entrada, pasmados, con la boca entreabierta y una expresión indescriptible.

Elio esboza media sonrisa llena de orgullo al montarse a mi lado. Me acaricia el muslo poniéndome muy cachonda.

—La primera cabeza es mía —me relamo los labios.

Meto primera y salgo derrapando dejando una nube de humo a mi paso.

—¡BELLA! —escucho en la lejanía.

No le presto atención. Quizá por eso nunca le tuve miedo de verdad. Los monstruos siempre reconocen a los de su especie.