TREINTA Y TRES
BELLA
M overme en la ducha con cuidado y teniendo que tener especial precaución con los puntos para no mojarlos es un verdadero suplicio. Aún estoy débil, me canso demasiado pronto y jadeo casi todo el tiempo. Sin embargo, no quiero pedir ayuda.
Necesitaba mi momento a solas. Elio no para de hacerme barbaridades que a veces me molestan y otras no. Y aunque me enfade, con solo su presencia o un gesto suele calmarme. Es confuso. Y antinatural. Pero nunca he dicho que fuera una chica fácil.
Cara se ha ganado todo mi respeto. Ha sido una sorpresa que se haya puesto en peligro por mí si apenas me conoce. Y Ciro… Aún estoy observándolo, no quiero llegar a conclusiones precipitadas. Taddeo es un puto grano en el culo, así que ni hablo de él.
Estoy ansiosa por saber qué pensarán mi padre y Vito, cómo estarán y qué harán al respecto.
No creo que traigan a Maia a la casa del enemigo.
Por mucho que mi papá le haya dicho a Ciro que es su hijo, no me imagino a este último desviviéndose por él.
Vito es igual de desconfiado que yo. Por mucho que mi padre ordene, mi hermano actuará con cautela. Estoy segura.
Me termino de preparar. Me peino con mucho esmero el cabello. Sonrío al ver que al menos las zorras asesinas me han dejado la manicura y pedicura hechas con un color rojo que tanto me gusta. No se les ha dado mal, oye. Podrían haberse dedicado a esto si no se les hubiera dado bien cortar cabezas.
En el armario me decido por prendas totalmente de mi estilo: un pantalón ajustado negro con algunos cortes por las piernas y un top ajustado del mismo color de encaje con mucho escote. Me gusta ir provocativa y sexy . No tengo un cuerpo delgado, pero eso no me impide mostrar mi piel con orgullo.
Me maquillo con tesón, poniendo énfasis en pintar mis labios de rojo.
Perfecta.
Ahora mismo me siento la Bella que llegó a Londres.
La que buscaba una vida aburrida y venía del caos y del horror que tanto me gustaba.
La que tuvo que esconder su verdadero ser por su bien.
Esta es su fachada. Hacía mucho que no me vestía así.
Juro que no quiere decir nada, no desataré a ese monstruo, pero sí me sentiré un poco más yo misma con el aspecto físico.
Los inconvenientes: la venda que me rodea el vientre por esa puñalada y el apósito en la clavícula por el otro corte. Son heridas de guerra. Bienvenidas sean si me recuerdan que estoy viva porque me he esforzado lo suficiente para estarlo.
Ah, y se me olvidaba: el puto collar con el que parezco la perra de Elio.
Maldito imbécil.
Me bebo el batido de frutas molidas que me ha preparado Rosi mientras ojeo la entrada exterior de la casa.
Desde la habitación de Elio se ve hasta casi el cercado de fuera.
Creo que la habitación de Ciro está a la derecha y seguida de ella supongo que la de Sofía.
No lo sé con exactitud ya que siempre está cerrada. Le estarán guardando respeto.
Sigo sin querer tomar un veredicto sobre ella, la que se supone que es mi madre.
¿Cómo puedo perdonar que me abandonara? ¿Por mi bien?
Por mi bien hubiera sido hacer todo lo posible por huir.
No quedarse como los cobardes. Me tiene muy enfadada.
No creo que pueda llegar a tener siquiera una relación cordial como la que tienen Ciro y mi padre.
Yo no. Soy más vengativa, rencorosa. No puedo evitarlo.
Me asomo apenas unos centímetros a la ventana con el corazón golpeándome las costillas y entonces los veo.
Un convoy de todoterrenos negros atraviesa el portón principal como una orden militar.
Uno tras otro. Sin prisas. Sin dudar. Reconozco esas carrocerías blindadas antes incluso de distinguir las matrículas. Las he visto toda mi vida. Mi famiglia.
El aire abandona mis pulmones en una exhalación temblorosa. Han venido a por mí.
Los neumáticos crujen sobre la grava mientras los vehículos se despliegan por la explanada como depredadores ocupando su territorio.
No aparcan al azar, forman un perímetro perfecto alrededor de la entrada principal, dejando siempre espacio para una retirada rápida o un ataque frontal.
Todo es estrategia. Y más viniendo del gran temido Gepetto.
Las puertas de los vehículos se abren. Se bajan hombres vestidos de negro, con una calma que resulta mucho más intimidante que cualquier acción.
Algunos se colocan las americanas, otros comprueban el cargador de sus armas antes de ocultarlas de nuevo bajo la tela.
Sus miradas recorren cada rincón del jardín, los tejados, las ventanas, los árboles que rodean la mansión.
Están analizando el lugar para que no haya sorpresas.
El viento agita las copas de los cipreses que flanquean el camino de entrada.
La fuente que hay en medio sigue brotando agua con tranquilidad, ajena a la tormenta que está a punto de estallar.
Los focos del jardín bañan las fachadas de piedra, reflejándose sobre el metal oscuro de los coches y arrancándoles destellos fríos.
Y por primera vez desde que estoy aquí, siento que puedo volver a respirar.
Nadie inspira más miedo que la familia que me ha criado. Los mafiosos más respetados del país. Los hombres cuyo nombre basta para detener conversaciones y vaciar habitaciones. Y hoy toda esa violencia, todo ese poder y toda esa crueldad vienen de mi lado. Han venido a sacarme de aquí.
Mi corazón me martillea acelerado, dejo el vaso, ya vacío, sobre el mueble. Camino con rapidez hasta la puerta principal, deseando abrazar a todos. A Baloo, a Vito, a mi padre…, aunque tenga que pedir explicaciones.
—¿Dónde vas tan deprisa, bella ?
Me agarra Elio por detrás con una llave marcial que imposibilita mi movimiento.
—Suéltame —ordeno con firmeza.
—¿Después de todo por lo que has pasado aún no has aprendido la lección?
El que manda soy yo —murmura con provocación en mi oído—.
Estás —siento sus ojos recorrer mi cuerpo— para volver a marcarte.
—Desliza su lengua por toda mi mandíbula, mejilla y rostro entero—.
No me gusta que no lleves mis fluidos. Voy a tener que prohibirte bañarte.
Ahora sí vuelves a estar marcada. Hueles a mí.
Me suelta con un empujón. Me limpio sus babas con el antebrazo mientras le dirijo una mirada de odio.
Quisiera gritarle varios insultos que se me ocurren, pero no lo haré.
Porque esto se ha terminado. Solo debo aguantarlo unos minutos más y seré libre.
Mi padre será quien lo obligue a quitarme este maldito collar y seré libre.
Me giro para seguir caminando, pero él me frena cogiendo mi muñeca.
—Si crees que puedes ir sola, te equivocas. Te recuerdo que me perteneces, y te quedarás en todo momento a mi lado. —Se pone a mi altura y avanza por el pasillo sin soltarme—. Si intentas cualquier método de escape, mataré a todos. Y sabes que lo haré sin que me tiemble el pulso.
Mierda. Me va a dar más problemas de la cuenta, pero no pienso echarme atrás. Esto es la guerra. Y no me gusta perder.
Ya casi soy libre.