Bestia (Mafia Italiana 3) TREINTA Y DOS
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TREINTA Y DOS

BELLA

H e conseguido que Elio acepte que me ayude a levantarme de la cama. Sé que no puedo hacer mucho esfuerzo, indicaciones del médico según me ha dicho él, pero quiero estar presentable para cuando llegue mi familia.

Me lleva en brazos hasta el cuarto de baño y me deja en pie delante del espejo.

Ahí está de nuevo ese rostro destrozado, a moratones y a cortes.

¿Algún día podré mirarme en uno de ellos y no ver en mi reflejo mi peor versión?

Me produce un escalofrío pensar que ya me he acostumbrado a este aspecto.

Y no debería. Tendría que estar horrorizada y muerta de miedo.

Aunque esa emoción nunca ha sido parte de mí.

Si la tuve fue de muy pequeña las primeras veces que veía a las personas de mi alrededor llenas de sangre.

Incluso la primera vez que maté. Pero luego… ni una pizca.

He conseguido dominarlo hasta el punto de no saber si existe o no. Incluso hasta incomodarme cuando lo siento. Cuando se trata de mi familia, aparece. Agradezco que sea pocas veces, ya que ellos no son débiles y casi nunca están en situaciones complicadas.

He bajado de peso. No estoy alimentándome bien.

Mis grandes caderas y muslos han disminuido.

Lo único que sigue intacto son mis enormes pechos y el trasero.

Eso no baja, lo sé bien. He probado todo tipo de dietas y hago ejercicio para no perder la técnica ya aprendida.

Pero ni así quiere disminuir, el muy hijo puta.

De soslayo, veo a Elio repasándome de arriba abajo. Se relame el labio inferior. Ese gesto hace que me empape. Joder, es un puto depravado, pero no puedo evitar ponerme cachonda. Me gusta tanto que es irresistible.

Le empujo en el pecho para desviar su atención.

—Deja de mirarme como si me fueras…

Atraviesa mi espacio personal, yergue su pecho e interrumpe mis palabras.

—Como si te fuera a comer. Eso quiero, bella .

Me empuja contra los fríos azulejos de la pared. Gimo por la mezcla de dolor de los apuñalamientos y del deseo que siento.

—Te recuerdo que estoy muy herida —comento mientras le pongo las manos sobre el pecho de nuevo para frenarlo.

—Y más que lo vas a estar —asevera clavándome el azul de su mirada.

Su frente casi roza la mía. Apenas nos separan unos centímetros, una distancia ridícula que parece infinita.

Puedo notar el calor de su respiración deslizándose sobre mis labios.

Sus ojos no abandonan los míos ni un solo instante, pero, de vez en cuando, caen a mi boca y los míos hacen el mismo recorrido antes de regresar a su mirada.

Todo a nuestro alrededor desaparece. El tiempo deja de avanzar, el ruido se apaga y solo existe esta tensión insoportable que nos aprieta el pecho.

Cada fibra de mi cuerpo me suplica que acorte esa mínima distancia, que lo bese de una vez, que deje de luchar contra un deseo que lleva demasiado tiempo creciendo entre los dos.

Pero ninguno cede. Permanecemos inmóviles, respirándonos, consumiéndonos sin llegar a tocarnos, dejando que las ganas nos devoren lentamente.

Siento salir de mi vagina un chorro. No puede ser mi líquido, es demasiada cantidad. Mi expresión se vuelve confusa. Él me muestra una sonrisa perversa. Adelanta una mano, recoge ese hilillo con un dedo y lo pasa por todos mis labios inferiores. Gimo sin poder evitarlo.

Entonces, lo levanta y me hace probarlo. Cedo hipnotizada por la excitación tan descomunal que siento. Al introducirlo en la boca noto un sabor salino, áspero y cálido, con un leve toque amargo. Reconozco este sabor. Y no es mío.

En mi estómago revolotea una corriente que cada vez se hace más grande y llena cada rincón de mí de furia. Le pego un empujón en el pecho que desemboca en un dolor agudo en la clavícula. Me he forzado demasiado.

—¿Eso es semen? ¿Cuándo me has follado? —inquiero impactada por lo que acabo de descubrir.

Su sonrisa se agranda más, quedando muy satisfecho.

—No soportaba verte con tantas huellas y golpes que no eran míos —asegura en tono siniestro.

—Estás enfermo —escupo con odio—. ¡Maldito depravado! ¿Me has violado estando inconsciente?

Doy un paso hasta él dispuesta a enfrentarme de la forma que haga falta.

—Tu cuerpo me recibió mejor que tú ahora. Estabas empapada mientras te la metía hasta el fondo.

La sangre me hierve y a la vez mi vagina me traiciona y siento cómo vuelve a chorrear. No debería sentir excitación al saber que me ha violado, joder.

—¡Fuera de aquí! ¡FUERA! —le grito fuera de mí.

Cara entra corriendo.

—¿Qué está pasando?

Abre mucho los ojos al verme desnuda. Me fijo en que está como siempre. Sin un solo rasguño y entera. Ella me dedica una débil sonrisa al verme. Sin palabras corroboramos que estamos bien. Ella asiente con determinación sabiendo qué es lo que necesito.

—Me alegra verte viva. Gracias por todo —el tono de ella muestra su aflicción al verme así. Luego se dirige a su cuñado en tono firme—. Vamos, Elio. Dejémosla. Necesita asearse y espacio.

Lo empuja con suavidad hacia fuera. Después se lo agradeceré.

La sangre que me hervía está volviendo a su estado normal. Nunca dejará de sorprenderme este tío. ¿En serio me ha follado estando inconsciente? Mi cuerpo no piensa lo mismo. No para de enviarme pequeñas descargas a mi vientre bajo pidiendo más atención.

“Que te jodan”, me digo.

Mi cabeza gana.

Resoplo antes de abrir el grifo. Necesito ordenar mi mente para lo que me espera. Va a ser lo más intenso de toda mi vida, y mira que he pasado por situaciones poco convencionales.

Ver en una misma habitación a Gepetto, Pantera, Ciro y Elio es un verdadero desastre que no quiero ni pensar qué consecuencias tendrá. Nunca imaginé que llegaría a presenciar este momento con mis propios ojos.

Que Dios nos coja confesados o que el demonio nos abra las puertas del infierno. Eso sería más fácil.