Bestia (Mafia Italiana 3) TREINTA Y UNO
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TREINTA Y UNO

BELLA

A ntes siquiera de abrir los ojos, ya sé que Elio está a mi lado.

Su olor amaderado me eriza cada vello. Siento la boca seca, los labios pegados.

Los párpados apenas puedo abrirlos, me pesan.

Parece que me han dado una paliza, y es que lo han hecho.

Los últimos momentos me llegan en oleadas.

Noto un dolor agudo en el costado. Otro en la clavícula. Es donde me apuñalaron.

Joder.

Malditas zorras engreídas.

Recuerdo haberle dicho a Elio que no la matara para interrogarla, pero juro que me alegro de que esté muerta. Al fin y al cabo, si estaban entrenadas, no creo que hubiéramos podido sacarles mucha información.

Levanto un brazo para tocar a mi alrededor; me pesa y apenas logro mi cometido.

Aun así, vuelvo a intentarlo. Me duele tanto el cuerpo que es insoportable.

Busco con una mano a mi lado, tocando las sábanas hasta que al fin doy con lo que creo que es una cabeza.

Su cabello rapado me confirma que es él.

La tiene descansando sobre la cama. Noto cómo la mueve. Estaba dormido y lo he despertado.

—Vaya siesta te has echado, bella —saluda él con voz ronca de haber estado descansando.

Me esfuerzo por abrir un poco los ojos. Hay poca luz; agradezco que sea así, ya que hasta con esta poca iluminación siento que todo me deslumbra. Lo veo levantarse poco a poco; está sentado en una silla, con el torso y la cabeza echados sobre la cama.

Estaba cuidándome.

O vigilándome.

Hubiera preferido que fuese lo primero, pero al sentir que llevo el collar puesto cuando giro el rostro, me decanto más por la segunda opción.

—Ag… —apenas puedo hablar.

Él entiende lo que le pido. Sus pupilas azules me analizan. De un salto, se hace con un vaso de agua que estaba en la mesilla para posarlo en mis labios pegajosos. Bebo a pequeños sorbos.

—¿Cara? —es lo primero que se me viene.

Necesito saber que ella y su bebé están bien.

—Está siendo atendida por Aurora, la matrona, pero no hay nada que temer —responde muy serio.

Su respuesta me alivia. Suspiro. Me doy cuenta de que el albornoz ha desaparecido. Solo estoy tapada por una sábana. Mis heridas están cubiertas por vendas y una vía en la mano me introduce medicina cuyo nombre leo en el envase que cuelga.

—Creía que no salía de esa. Me estaba desangrando tanto y con tanta rapidez que me había hecho a la idea de morir —me sincero con un nudo en la garganta.

Quería seguir luchando, pero cuando me desmayé al final, pensé que no volvería a abrir los ojos.

—Te han servido las lecciones de lucha —afirma con orgullo en su tono.

Me gusta esta parte de él. En calma, sin dobles intenciones, sin estar alerta. Solo siendo un chico preocupado.

—Tengo que agradecérselo a mi hermano. Él me enseñó todo lo que sé.

Pienso en Vito y lo satisfecho que estaría al haberme visto.

Elio esboza una mueca de desprecio. Lo odia. Joder. ¡Mi padre tiene que estar al caer! Si me ve así, podría pensar que es culpa de ellos. Resoplo pensando en otro problema.

La puerta se abre para dar paso a Ciro.

—¿Cómo estás? —su tono desprende verdadera preocupación.

—Bien —intento sentarme en la cama, rodeando la sábana por encima de mis pechos. Hago un gesto de dolor. La clavícula y el costado me arden—. ¿Y Cara?

Lobo rodea la cama para ponerse en el lado contrario al hermano. Analiza mi estado para asegurarse de que he dicho la verdad.

—Sana y salva, gracias a ti. No tendré vida para agradecértelo. —Coge mi mano como muestra de cariño.

Elio le gruñe.

—Deja de ser un imbécil. Te recuerdo que es mi supuesta hermana y tengo una mujer a la que quiero con toda mi alma —le discute Ciro a su hermano.

—Ignóralo —suspiro.

Bestia es un caso imposible. Ni psicología ni mierdas. Es intratable y ya me he dado por vencida. No sé qué más hacer con él. Si fuera mi paciente, le devolvería el dinero y me rendiría. Lo mandaría a algún psiquiatra que lo internara porque escapa de mis habilidades.

—¿Santoro? —pregunto a Ciro refiriéndome a las mercenarias.

Él asiente.

—Creemos que sí. Deberíais haber dejado alguna con vida para interrogarla.

—Al oír eso, giro el rostro solo un segundo hacia Elio y le dedico una mirada de reproche; luego vuelvo a prestar atención a Lobo—.

Las hemos buscado por el sistema y hemos confirmado que se reunieron con uno de los hombres de Lamberto en Siria.

Además, por lo que me contó Cara, solo querían apuñalar al bebé.

Supongo que estarán torturando a mi mamma y ya sabrán que existe esa criatura —finaliza con el tono afligido al hablar de su madre.

Un escalofrío me recorre al imaginar qué le pueden estar haciendo a Sofía.

Siempre dicen que es una mujer fuerte, pero aun así, yo he visto muchas torturas hacia mujeres y no son nada fáciles de presenciar.

Son más horribles que las de los hombres.

No sé será capaz de soportarlo. Ella está criada sobre protección y seguridad.

No sabe lo que es tener que luchar por vivir.

En fin, no ha sido una persona presente en mi vida, así que me importa ahora mismo más bien poco.

—No sabemos cómo hemos llegado a este extremo, pero Gepetto viene de camino. Dice que no espera más. Alguien le ha dicho que no estás bien y no piensa ceder en mi petición de dejarme unos días más contigo. —Se frota las sienes—. No entiendo cómo ha pasado esto. ¿Has sido tú?

Niego con la cabeza, haciéndome la sorprendida. Los ojos de Elio me escrutan al detalle. Entorna los ojos. Sospecha de mí.

—En fin. Tendremos que recibirlo. Los acontecimientos han hecho que se precipite la hora de volver a casa —lo último lo anuncia fijando los ojos en Elio—. Quítale ese maldito collar y compórtate cuando vengan.

—Ella no se irá —declara Elio con una sonrisa prepotente y una calma apabullante.

—Sí lo hará. Tiene su hogar y es ella la que decide dónde quedarse —le reprocha su hermano.

—Dilo todas las veces que quieras si eso hace que te sientas mejor. Pero NO se irá de aquí —insiste Elio con los brazos apoyados sobre el colchón y los dedos entrelazados.

Su hermano lo fulmina con la mirada.

—Si opones resistencia y das problemas, tendré que encerrarte, y esta vez no será solo con un grillete en el pie —amenaza Ciro muy enfadado.

Elio se levanta para enfrentarlo a su altura sin borrar esa sonrisa siniestra.

—Inténtalo si puedes —le provoca.

Me cago en la puta.

Se me erizan los vellos al verlos tan de cerca desafiándose con sus torsos inclinados hacia delante, justo en medio de mí.

Levanto mis pesados y doloridos brazos para ponerles la palma sobre el pecho.

—Necesito que os calméis. No creo que mi cuerpo aguante más moratones —rompo la intensidad de la situación.

Elio es el primero que se aparta; se vuelve a sentar con una actitud de desasosiego y vacile. Aprovecho para mirar a Ciro y agrandar los ojos. Espero que entienda mi seña.

—No me iré. Llegado el momento, lo hablaremos, pero lo que sí quiero es ver a mi padre; necesito pedirle explicaciones y saber que está bien.

Ciro entiende mi explicación y asiente con la cabeza volviendo a mirar con precaución a su hermano.

Ya veremos luego cómo tratamos con el problema de Elio. Hay que ser inteligentes, ya que a la fuerza no conseguiremos nada.

—Vergüenza te tendría que dar que sea una mujer quien tenga que controlar la situación, que tenga que cuidar sus palabras y que tenga que vivir con miedo por un imbécil como tú. Daría mi vida por ti, hermano, pero te juro que si sigues por ese camino… —lo avisa Ciro.

Elio lo corta.

—Ella la controla porque yo la dejo, no te equivoques.

Te desharás de mí —finaliza su frase en tono frío y neutro—.

Ya he visto que estás encantado con tu nueva familia.

Tienes un padre que llama tu atención y nuevos hermanitos.

Estás deseando quitarme del medio —pronuncia con la barbilla baja pero clavándole una mirada que hace que me estremezca.

—El que está equivocado eres tú. Nunca, NUNCA, dejarás de ser mi hermano.

Mi segundo. La persona por la que daría la vida.

Nadie te podrá quitar nunca ese puesto —sus palabras salen con firmeza aunque noto el dolor detrás de ellas—.

Lo que no pasaré por alto es que seas la bestia que todos dicen que eres y que actúes como un puto maníaco.

Así que o aprendes a ser un ciudadano normal o te trataré como lo que te apodan con todo el dolor de mi corazón.

Los nudillos de Elio se tornan blancos. Quiere desatar la violencia contenida.

Suspiro. No me gusta la idea de volver a quedarnos a solas. Sin embargo, es lo mejor.

—Ciro, déjanos solos —inquiero.

—Gepetto estará aquí en unos minutos —dispone este con contundencia antes de encaminarse hacia la salida.

—Gipitti, Gipitti —vacila Elio en un tono agudo—. Seguro que en sus reuniones juegan a ver quién se mete el palo más grande por el culo.

Su hermano lo fulmina con la mirada pero sin interrumpir su paso. Decide dejarlo pasar y sale por la puerta.

Ahogo una risa. Elio es muy infantil e inmaduro a veces.

Todo lo que tiene son celos. Su hermano ahora tiene una mujer y ha descubierto que tiene más familia, y Elio tiene miedo de que lo deje de lado.

Si solo ha tenido toda su vida a su madre y hermano, y Sofia está secuestrada y Ciro está distanciándose por la actitud que está teniendo conmigo estos días, se verá muy solo.

Mi pecho se aprieta al pensarlo. Lo odio y no debería sentir ningún tipo de empatía por él, pero no puedo evitarlo.

Le acaricio el rostro con suavidad para darle el cariño que tanto está pidiendo.

No es la forma de hacerlo, pero creo que nadie lo entiende.

Y eso me destroza. Tiene a Taddeo, pero una simple amistad no es suficiente y más si solo se juntan para las maldades.

No los veo intercambiando confesiones o apoyándose en los malos momentos.

—Solo quiero ver a mi padre, saber la situación en la que estamos con Santoro y ver que mi familia está bien. Luego volveré contigo —pronuncio en tono cariñoso para llevármelo a mi terreno y que no se oponga.

—Toda esa información te la puedo dar yo sin necesidad de salir de aquí —responde dejando atrás su chulería y demostrando ahora un poco de inquietud.

Conmigo se abre. Poco, pero es mejor que nada.

—Elio, por favor —pido levantando las cejas.

—Está bien, pero no te muevas de mi lado. Y cuando diga que se acabó, es que se acabó —sentencia muy serio.

Asiento para aceptar su condición.

No será así. Es verdad que siento mucha aflicción por él.

He comprobado que soy la única que lo calma a veces, otras su hermano o Taddeo, pero no es un problema que me corresponda solucionar.

No puedo vivir toda mi vida en esta locura, sin un poco de paz, en tensión a cada segundo.

No me desagrada; al revés, me emociona, pero si huí de Nápoles fue por una razón, y ese motivo está cada vez más cerca de salir a la luz.

Sería lo último que querría que pasara.

Por lo tanto, con todo el dolor de mi corazón, debo volver con mi padre y ser una persona normal. Ya iré a terapia o trabajaré para quitarme este problema.

Odio haberle mentido. No solo se siente solo por su hermano y su madre, sino también por mí. No me quiero ni imaginar cuando descubra mis verdaderas intenciones.