VEINTINUEVE
BELLA
N o me da tiempo a recobrar el oxígeno cuando la otra asesina ya está encima de mí.
Sus puños son rápidos. Me cubro el rostro y el cuerpo en el combate mientras ella busca un hueco para atacar.
Cada bloqueo hace que la herida en mi vientre se abra y me desangre con más rapidez.
Siento la piel desgarrándose desde dentro y un espasmo me atraviesa el abdomen.
Se me nubla la vista. Las piernas amenazan con fallarme.
No.
No ahora.
Lanzo un gancho al hígado, ella lo esquiva. Giro para lanzar una patada, ella me bloquea. Me devuelve un codazo que roza mi mandíbula y noto el sabor metálico de la sangre llenándome la boca.
Las dos mercenarias se miran entre ellas con una indudable conexión. Luego, una de ellas desvía los ojos hacia Cara. Ella está inmóvil junto a la pared, arrodillada, encogida y llorando con desazón.
Una de las asesinas rompe a correr hacia ella con rapidez. El corazón me da un vuelco. No pienso en ninguna estrategia ni en consecuencias. Solo me lanzo.
La embisto por el costado antes de que recorra dos metros y ambas atravesamos la mesa que hay con herramientas de peluquería.
La madera estalla bajo nuestros cuerpos en una lluvia de astillas que me arañan la cara.
El impacto hace que la herida en mi abdomen sufra más.
El dolor es tan insoportable que por un instante creo que voy a vomitar.
Ella intenta levantarse. No se lo permito. Le atrapo la muñeca, la retuerzo hasta hacerla gritar y estrello su cara contra el suelo. Lo hago una y otra y otra vez hasta que la sangre empieza a manchar las baldosas.
—¡BELLA! —el tono de Cara de terror me pone en alerta.
No me da tiempo a reaccionar antes de notar que me ha atrapado la otra.
Intenta salvar a su compañera. Algo se cierra alrededor de mi cuello.
La asesina me estrangula con su antebrazo desde atrás mientras tira de mí hacia su pecho.
El aire deja de entrar en mis pulmones y me arden.
Mis dedos intentan arrancarle el brazo, pero apenas consigo moverlo.
—Hija de puta, ¡has matado a Nastya! —brama en mi oído con una furia descomunal.
Escucho golpes en la puerta. Alguien está intentando derribarla. Elio. Espero que sea él y salve a Cara. Mi visión se nubla. Pierdo fuerza. Creo que me desmayo. Siento mucho dolor.
Pienso en Vito. En Maia. En mi padre. En las lecciones que me dieron de pequeña. En cómo los avergonzaría si me rindiese. Me han enseñado a luchar hasta el final. Una vez, Vito me estranguló hasta que casi perdí el conocimiento, y ahora que estoy entrando en la inconsciencia recuerdo su lección.
“Debes hacer creer a tu rival que ha ganado, bajará la guardia y ahí será cuando tú tomes la ventaja”.
—Me encargaré de que esa puta —se refiere a Cara— te acompañe a comer gusanos. Junto con su bebé —pronuncia llena de odio.
Cara ha sido la persona que más cariño y ternura me ha dedicado estos días.
Podría llegar a ser para mí tan importante como Maia.
Se ha portado muy bien conmigo. Además, su bebé es de mi sangre si de verdad Ciro es mi hermano.
Y lo más importante, me ha salvado la vida al desafiar las intenciones de Elio.
Me ha priorizado antes que su protección o la de su bebé.
Así que no, no dejaré que le pongan un pelo encima.
Por encima de mi cadáver.
La asesina piensa que me tiene, que ha ganado. Un enorme error por su parte.
Dejo de forcejear. Me calmo un par de segundos.
Escucho el llanto incontrolable de Cara.
Los golpes de la madera. La risa baja de la enferma que me aprisiona.
La jaula en mi interior lucha por abrirse, pero no le doy paso.
No. Aún puedo salir victoriosa sin necesidad de dejar atrás mi humanidad. Yo soy fuerte.
Descargo todo mi peso sobre una pierna y le clavo el talón en el empeine. Cuando afloja apenas un segundo, ya que no se lo veía venir, echo violentamente la cabeza hacia atrás.
Mi cráneo impacta contra su nariz. Cruje. Su grito retumba en toda la habitación. Es música para mis oídos.
No tengo muchas esperanzas de sobrevivir. Ha salido ya demasiada sangre de mi cuerpo, pero antes de irme de este mundo, dejaré un buen acto para confirmar que no soy ningún monstruo, que lo que viví o pensé fue un error que he podido superar. Soy buena persona y estoy salvando a una embarazada.
Me libero, giro sobre mi eje y aprovecho el brazo que aún conserva extendido para lanzarla por encima de mi hombro. Sale despedida y atraviesa todo el carrito lleno de productos de belleza que se desploma con un estruendo.
Respiro con desesperación. Cada inspiración es un cuchillo nuevo. La sangre cae por mi vientre, resbala por mis piernas y convierte el suelo en un charco terrorífico. Estoy perdiendo demasiada.
Otra vez, la asesina fija la atención en busca del camino hacia Cara.
No le basta conmigo. La quiere a ella.
Una rabia tan feroz me recorre el cuerpo y el dolor deja de importar durante unos segundos. Todo desaparece. La herida. El sufrimiento. El agotamiento. Solo existe una idea en mi cabeza: nadie la tocará.
Esta imbécil no se imagina lo terca que soy, y cuando se me mete una idea en la cabeza, no hay quién me la saque. Sonrío con prepotencia.
Ella intenta abrir mi guardia con una combinación rápida de golpes. Bloqueo el primero, desvío el segundo y utilizo el tercero para acercarme. Mi frente golpea su nariz con un cabezazo brutal. Mientras se tambalea, le hundo el puño en la garganta. Se lleva las manos al cuello buscando aire.
Aprovecho para respirar, apenas me quedan fuerzas. Ella en ese instante sale corriendo hacia Cara.
No.
La alcanzo de un salto y le sujeto la muñeca justo cuando me hunde en la clavícula un cuchillo con la otra mano.
Expulso un alarido lleno de sufrimiento.
Me permito sentir el dolor solo un segundo.
Luego, giro con todas mis fuerzas. Su hombro gira más de lo que debería.
El chasquido de la articulación rompe el silencio.
Ella grita expresando el daño que le he hecho. Le he dislocado la jodida extremidad.
—Sufre, perra —le escupo en la cara.
Tiro del arma blanca, despegándola de mi piel y dejándola caer tintineando sobre el suelo. Ni siento el dolor, solo veo rojo. Quiero muerte.
Sangre.
Destrucción.
La adrenalina me recorre como un volcán. Me da la fuerza que me faltaba. Le doy una patada en la rodilla a la asesina. Sus piernas ceden. La empujo contra la pared con tanta violencia que el yeso se agrieta detrás de ella.
Yo también estoy a punto de caer. Todas las extremidades me tiemblan sin control. La sangre no deja de brotar de varias partes de mi cuerpo. Apenas consigo mantener la vista enfocada.
La puerta se abre al fin luego de un golpe sonoro y brutal. Han roto la cerradura. La madera rebota contra la pared.
Veo borroso, pero noto cómo mis ojos se abren, impactados. Lo que hay delante de mí no es una persona. Es una bestia.
Elio está tan furioso que el aire sale por sus fosas nasales de forma abrupta. Su pecho sube y baja acelerado. Sus músculos están muy tensos y rígidos. Las venas parecen estar a punto de explotar. Es un caballo desbocado. Más bien, un monstruo fuera de control.
Sus ojos se clavan en mí. Me analiza en cuestión de un segundo. Mis heridas, mi agotamiento, mi respiración entrecortada y el albornoz en el que ya no queda nada de color blanco, está teñido de rojo y marrón.
Él avanza con grandes zancadas llenas de determinación.
Detrás de él, entran Taddeo y unos seis hombres más.
Bestia llega hasta la asesina que en ese momento intenta enderezar la espalda y levantarse.
Él fija su mano en el cuello de ella, la sube con facilidad hasta que los pies de la mercenaria quedan a centímetros del suelo.
La estrangula sin ningún tipo de dificultad.
Ella forcejea solo unos segundos. Centro la vista para no perderme nada. Con él aquí mi cuerpo se relaja, la adrenalina desaparece junto con el instinto de supervivencia. Estamos a salvo. Todo el dolor aparece al momento y se me va la vida.
—No la mates… Necesitamos interrogarla —balbuceo haciendo un esfuerzo por articular palabra.
Elio gruñe como respuesta. Sin dar pie a ningún tipo de opción, hinca sus dedos tanto que estruja la tráquea como una prensa de acero cerrándose sobre el cuello. Reduce tanto su garganta que es antinatural.
La expresión de la mercenaria se torna a puro terror justo antes de quedar sin vida.
Es brutal.
Es implacable.
Es despiadado.
Solo ha necesitado un gesto para quitar una vida. En eso se resume todo lo que pueda hablar de él. Lo extraño es que esa parte me llama tanto la atención que hasta mi corazón se acelera.
Él viene corriendo hacia mí. Me dejo caer al suelo sabiendo que Cara ya no está en peligro; mi último vistazo se centra en comprobar que ella sigue bien.
Está llorando rodeada de guardias y Taddeo la está consolando acariciando su espalda.
Pierdo la consciencia justo antes de saber si mi cuerpo se golpea contra el suelo.
Sin embargo, presiento que Elio no habrá dejado que eso suceda. Está celoso hasta del suelo que piso. Y eso, cojones, me da una satisfacción y un orgullo que me aterra sentir.