Bestia (Mafia Italiana 3) VEINTIOCHO
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VEINTIOCHO

BELLA

M e cae agua sobre el cabello. Estoy tumbada sobre una camilla y la chica me masajea el cuero cabelludo con tesón, pero mis músculos siguen contraídos por la tensión que vivo a cada minuto.

No quiero relajarme. Sé que en cualquier momento, Elio volverá a hacer de las suyas.

Casi es mediodía y mi estómago ruge pidiendo que lo llene.

—¿Te gustaría que saliésemos a comer fuera? ¿A un restaurante? —pregunta Cara a mi lado.

¿Salir de aquí? Suena muy bien, sobre todo por la parte de perder de vista a Elio, pero no creo que me deje, y menos con el cabreo que debe de tener encima por desafiarlo.

—No creo que podamos —respondo sin entrar en detalles.

Ella inclina la cabeza hacia adelante para mirarme. Yo noto su movimiento y abro los ojos al instante. Solo le señalo el collar para que entienda.

—Yo me encargaré de él —asegura con el tono cargado de furia.

Me sorprende verla así. Ella, que siempre lo defiende hasta la saciedad. Creo que su paciencia ha llegado a su límite, y me alegra tenerla de mi lado.

Me fijo en el móvil que está en la mesita que hay entre nosotras. Es el suyo. Antes estuvo mensajeándose con Ciro, pero no le contó nada de lo que estuvo sucediendo. Me ha sido leal, le pedí que no lo hiciera.

—Cuéntame qué te gustaría comer y dónde estás pensando en ir —le pido a modo de distracción.

Si ella está hablando, estará más pensativa y no tan alerta, y mi intención es tenerla entretenida. Sé que están las profesionales pendientes, pero espero que sepan lo que les rodea. No creo que hayan dejado pasar aquí a cualquiera. Sabrán que tienen que tener el pico cerrado.

Giro el rostro evadiendo el agua. Cojo el móvil con cuidado e introduzco el número de mi padre. Seguido le envío un mensaje: “Sácame de esta maldita casa. Soy Bella. No contestes. He cogido el móvil a escondidas”.

Cuando corroboro que le ha llegado, lo borro de la aplicación para no dejar rastro. Lo suelto con mucho cuidado de no hacer ruido. Las chicas me miran con curiosidad, así que pongo un dedo en la boca para hacerles el gesto de silencio. Ellas asienten y apartan la vista enseguida.

—…me muero por comerla, pero el médico me ha dicho que no es buena porque tiene bacterias que pueden sentarme mal. Las gambas son alimentos saludables, ¿no? No enti…

Ella sigue con su monólogo. Una punzada de culpa me martiriza un poco al pensar que yo sí le he fallado a ella. Podría habérselo pedido y no se lo habría tenido que esconder, pero como no sé su respuesta, me he curado en salud y lo he hecho antes de que pudiese ponerme obstáculos.

Solo quiero volver a casa.

No soporto más esta tortura mental.

Ni al enfermo mental de Elio.

Piiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii…

Otra vez.

Otra. Maldita. Vez.

Ella se incorpora en el mismo momento que yo. Esta vez suena más seguido, está jugando demasiado con el peligro. Parece que le importa una mierda su cuñada embarazada.

Frunzo el ceño y me ajusto con fuerza el cordón del albornoz. Con el cabello empapado de agua y chorreando por el suelo, voy caminando hasta la terraza de la habitación.

Mi intuición me dice que esta vez está frustrado y querrá jugar con saña. Abro las puertas con lentitud. Le echo una breve mirada cómplice a Cara. Ya no corro. No se me acelera el corazón. Si quiere hacerme volar por los aires, que lo haga. Y ya te digo yo que no tiene cojones para eso.

Efectivamente, el loco y el capullo están en mitad del jardín con los brazos cruzados, uno muy junto del otro. Me retan con la mirada. Bestia tiene las comisuras un poco levantadas.

Pongo las manos en la barandilla. No bajo la barbilla para mirarlos. Dirijo los ojos hacia abajo, para clavarlos en los suyos.

Piiiiiiiiiiiii…

El sonido retumba por toda la propiedad. No pienso ceder ante su juego. Dibujo una media sonrisa llena de decisión y orgullo.

“Hazlo, vamos”, digo en mi mente.

No tengo miedo. Nunca lo he tenido. Puedo tener inquietud o sorpresa, pero no terror. Esa emoción solo corresponde a mi padre o hermano. Lo demás me importa una mierda.

Durante un instante veo cómo su mandíbula se tensa.

Es de lo que hablé antes, el estallido de extinción ha aumentado la intensidad de sus provocaciones porque el refuerzo que siempre había recibido, que era mi reacción al salir corriendo y acatar sus órdenes, ha desaparecido.

El silencio entre nosotros es un arma de doble filo.

El levanta la mano y presiona su móvil. El sonido de mi collar es atronador, parece que está al límite. No me muevo. Él tampoco.

Cada segundo desafiante que le dedico erosiona más su control; es más dañino que cualquier golpe que hubiera podido darle.

Mi piel se crispa al sentir el peligro tan de cerca. Siento la adrenalina recorrerme por cada parte de mi cuerpo. Controlo la respiración para que no se me note. Los segundos se hacen eternos. Si él no piensa parar, yo tampoco.

Estamos mano a mano, hijo de puta.

Noto una silueta a mi espalda. Cara se pone a mi lado y entrelaza sus dedos con los míos. Clava su vista en Bestia.

—Se acabó, Elio —anuncia ella en tono decisivo en voz alta para que llegue a escucharla.

Me tenso de sentirla tan cerca. Joder, que puedo explotar en cualquier momento y ella aquí, exponiéndose.

—Cara… —advierto en un susurro.

—Se acabará cuando yo lo diga —grita un Bestia muy enrabietado desde abajo.

—¿Estás dispuesto a matarnos a los tres? —inquiere Cara en tono desafiante.

No se amilana ante él. Al revés, pega su cuerpo al mío. Se pone delante de mí y me rodea con sus brazos dándome un cariño reconfortante. Se está jugando la vida por mí, por una desconocida. Esta chica es increíble.

Elio frunce el entrecejo y ahoga una mueca. Sabe que ha perdido. El sonido va descendiendo hasta que deja de escucharse.

—Gracias —murmuro solo para que lo escuche ella.

—No tienes que darlas.

Cara me sonríe con una dulzura que me enternece.

Mis ojos vuelven a Elio que ahora está apretando con fuerza su móvil, pagando su frustración con él.

Mi sonrisa se hace muy grande. He ganado. A la mierda, maldito loco.

Cara se retira de su abrazo poco a poco. He sentido su vientre abultado sobre el mío durante unos segundos y ahora la culpa me llega. Tendría que ser yo quien defendiera a una embarazada, no ella a mí. ¿Tan débil soy? No me gusta verme así. Me odio.

Nos cogemos de las manos ante la amenazadora mirada de los capullos. Ella se pone a mi lado. Le dedica un asentimiento con la cabeza a Elio como para darle las gracias. Este no se mueve. Hasta que noto en milésimas cómo sus ojos se agrandan. Veo miedo. Solo ese gesto hace que me ponga alerta.

Por inercia me giro con rapidez, de repente una de las profesionales levanta un cuchillo a centímetros de Cara y está dispuesta a clavárselo. Ella se gira como yo he hecho y a cámara lenta observo el recorrido del arma blanca. Quiere clavarlo en su vientre.

Mi cuerpo reacciona antes que mi mente. Me pongo delante de Cara justo en el momento en que la profesional va a atacarla; su cuchillo se me clava en un lateral del abdomen y lanzo un alarido de dolor.

Parece que el mundo entero se detiene cuando el acero me atraviesa el vientre.

El aire desaparece de mis pulmones. Bajo la vista y ahí está el mango sobresaliendo de mí, hundido hasta la empuñadura.

Durante una fracción de segundo soy incapaz de comprender lo que estoy viendo.

Sin embargo, eso no me frena. No me derrumbaré hasta que les dé su merecido a estas hijas de puta.

Empujo a la que me ha apuñalado con toda mi fuerza, tanto con los brazos como con una pierna, para que se aleje de nosotras.

Al hacerlo, saca el cuchillo de mi piel, dejando un reguero de sangre bajando por mis piernas.

Ella se tambalea hasta recuperar la estabilidad.

—¡Bella! —escucho a Cara, asustada, a mi espalda—. Dios mío. ¿Estás bien?

Mis ojos van hacia las mujeres, que están una al lado de la otra, cada una empuñando un cuchillo y con una expresión siniestra.

No son chicas de la estética que llamó. Son mercenarias enviadas para matarnos; parecen deseosas de sed de sangre y más que preparadas para llevar a cabo su objetivo.

Han dejado las batas de lado y ahora llevan un mono enterizo negro.

La primera mercenaria se lanza hacia mí con el arma en alto.

Apenas tengo tiempo de reaccionar. Desvío su muñeca con el antebrazo, giro sobre el pie izquierdo y dejo que su propia inercia la arrastre más allá de mí.

En el mismo movimiento le golpeo el antebrazo con toda la fuerza de la cadera.

Escucho un crujido seco. El arma sale despedida y, antes de que pueda siquiera maldecir, mi codo impacta contra su mandíbula con un chasquido que le hace escupir saliva y sangre.

—¡Bella! —grita Cara muy asustada desde un rincón de la terraza. Se cubre el vientre con las manos—. ¡Ayuda! —vocifera hacia el jardín para quien pueda escucharla.

—Deja de lloriquear, puta —suelta con rabia la que aún no ha peleado conmigo.

No malgasto fuerzas en palabrería. Necesito aunar toda mi energía para el enfrentamiento.

Solo hago un gesto con la mano a Cara para que se calme sin dejar de observar a la que amenaza.

Elio nos vio. No puedo confirmar si ha venido en nuestra ayuda porque tuve que luchar y no he podido quitarles ojo a las asesinas.

Tengo que estar concentrada. La vida de Cara y su bebé dependen de mí.

Y no pienso fallarles.