VEINTISIETE
BELLA
P ara mi sorpresa, el aparato está en silencio.
Cara me ha hecho un tour por toda la casa, nos hemos alejado hacia todos los rincones y no se ha activado ni una vez.
¿Lo habrá desactivado por completo? Tengo una pequeña esperanza de que haya recapacitado y haya comprendido la gravedad del jueguecito.
Nos hemos estado entreteniendo mientras llegaban algunas profesionales a la mansión. Dos mujeres experimentadas nos harán la pedicura, manicura, masaje relajante y spa capilar. Cara está emocionada por el plan. Dice que hacía tiempo que no se cuidaba.
Han traído en una furgoneta mobiliario y aparatos para todo lo que nos piensan hacer.
Cara las ha instalado en una habitación de la planta superior que estaba vacía.
No entiendo cómo puede estarlo con la de personas que viven aquí.
Es verdad que la mayoría de los hombres están instalados en un edificio contiguo a la mansión.
Aquí solo duermen los más cercanos y superiores en el escalafón.
Es parecido a lo que pasa en el edificio de mi padre.
En su planta solo está él, pero en las de abajo conviven desde los más cercanos a los menos, por orden de cercanía a su vivienda.
A las horas, tumbada en un sillón reclinable con el cuerpo muy relajado y los ojos cerrados, pienso que no me va tan mal. Quizá solo era estrés y estaba siendo demasiado dura. Tengo cero ganas de discutir y mucho menos de pelear. Esta chica sí que sabe cómo relajarme.
Ojalá todo vaya a mejor a partir de ahora. He tenido un mal despertar, pero el día se ha ido arreglando hasta que casi puedo decir que será increíble.
La chica, que creo que se llama Natalie, me está limando la uña de un pie mientras el otro lo tengo metido en agua. Solo llevo un albornoz anudado, el pelo recogido con una toalla y rodajas de pepino sobre los párpados. Lo justo para sentirse muy mimada y en calma.
Cara me contó antes, sin que estas chicas estuvieran presentes, lo que vivió en La Camorra con todo lujo de detalles.
Ahora entiendo el sufrimiento de Maia también.
No puedo evitar sentirme más enfadada con mi padre.
En su día, con Maia, lo perdoné, pero es que volver a repetir la historia…
No sé en qué mierda estaba pensando para dejar que Santoro la liara tanto.
Se supone que mi padre es un as en lo que hace.
No se le escapa ni una. Y el control lo lleva al día.
¿Cómo ha podido cachondearse tanto en su cara un gilipollas?
¿Y Vito? ¿Cómo lo ha permitido? Fue el único momento del día en que sentí que casi entraba en erupción, por su historia, pero ella me tranquilizó.
Creo que tiene una fuerza increíble para haber vivido todo eso y a pesar de ello ser la persona que es. Cariñosa, atenta y muy dulce. No busca venganza. No siente rabia. Solo quiere ser feliz y olvidar todo lo posible.
Ojalá yo pudiera ser como ella, pero a mí me quema la ira. Quiero que paguen por todo. No perdono nunca. El rencor me puede. Y es inevitable, no es un defecto que pueda cambiar.
—Creo que le pediré a Ciro que me deje preparar esta habitación con lo necesario para hacer esto todos los días —escucho su voz a mi lado.
—Apoyo tu idea —confirmo en tono feliz.
—Creo que reduciría la agresividad y los problemas en un noventa por ciento —se ríe.
Sonrío al pensar que está en lo cierto.
Imagino a Elio tumbado en este sillón con los pepinos en los ojos, las uñas pintadas y las venas del cuello hinchadas porque no sería capaz de relajarse. Mi carcajada resuena en la habitación.
—No quiero saber qué has pensado, ¿verdad? —oigo a Cara en tono divertido.
—Mejor no —murmuro entre risas.
Piiiiiiiiiiiiiiii…
Me sobresalto. Las rodajas de mis ojos salen volando. Mi cuerpo se ha movido por inercia y le he pegado una patada en la cara a la chica que estaba muy concentrada con mi pie.
—Mierda. Lo siento —digo con rapidez mirando cómo cae en el suelo. Mi rostro se gira hacia Cara, que me observa con el ceño fruncido—. ¿Ves? El imbécil ha vuelto. No te acerques a mí.
Me levanto corriendo, tropezando, para alejarme todo lo posible de ella. No quiero hacerle daño.
—¡Espera! —escucho a Cara a mi espalda.
—No te muevas de ahí, por favor —le imploro con la voz un poco temblorosa por si puedo hacerle daño.
Si explotara y ella estuviera a mi lado… No quiero ni pensarlo.
Corro con desesperación escaleras abajo. Me resbalo al tener el pie mojado y caigo de bruces en el ultimo tramo de las escaleras, rodando.
Piiiiiiiiiiiiiiiiii…
La presión y la adrenalina hacen que mi cuerpo no note ni el dolor. Me levanto al momento, dejando la toalla del cabello tirada sobre uno de los escalones, buscando por cada habitación al eje de la maldad pura.
Pi. Pi. Pi. Pi.
Está cerca. Abro una puerta. Es un salón compuesto por una chimenea, un minibar y dos sofás enfrentados. Hay muchos más detalles, pero mi vista vuela hacia los dos gilipollas que están sentados juntos riéndose a carcajadas.
Mi corazón late con furia descontrolada.
La mente se me nubla y ahoga todo pensamiento racional.
Mis puños se cierran con tanta fuerza que los nudillos palidecen, las uñas largas recién puestas se clavan en las palmas y un calor abrasador me sube por la garganta, exigiendo salir en forma de destrucción.
Todo a mi alrededor se tiñe de rojo, el mundo se estrecha hasta convertirse en un túnel de ira pura donde solo existe el impulso salvaje de querer matarlo.
Podría haber volado por los aires a Cara y su bebé. ¿Y ella asegurando que los protegería? Y una mierda. Toda esperanza de que hubiera mejorado la situación se desvanece.
—¿Os parece gracioso? —mi voz sale con una calma apabullante. Seguido, mis ojos se clavan en los de Bestia—. ¿Te parece divertido jugar con la muerte?
Dejan de reírse. Elio deja en su rostro una sonrisa retorcida. El collar deja de pitar. Lo ha parado.
Se mete una raya de coca en el momento. Me fijo en que hay polvos esparcidos por toda la mesa. No me sorprende. Pocas cosas lo hacen si vienen de él.
—Las venganzas de Bestia son las más divertidas, Bella. Te dije que te arrepentirías —anuncia el capullo de Taddeo observándome con diversión.
—Solo estaba llamando a mi perra, a ver si estaba hambrienta. ¿Tienes hambre, bella ? —comenta Elio con desdén.
Podría lanzarme hacia él. Podría matarlo si quisiera porque no pararía hasta ahogarlo con mis propias manos. Pero, uno, no dejaré que se salga con la suya y entrar en su macabro juego. Y dos, no sé por qué, pero me da que ignorarlo le hará más daño.
Me muerdo la lengua para no actuar ni hablar. Me giro haciendo acopio de toda mi fuerza de voluntad. Al cerrar la puerta, escucho en el interior carcajadas llenas de diversión.
Putos locos de mierda.
Al subir los escalones me encuentro con la mirada preocupada de Cara.
—Bella —susurra tragando saliva.
El dolor me comienza a subir por todas las extremidades. Mi corazón se aprieta. Me siento muy humillada. No quiero venirme abajo, pero con ella me siento en casa. La abrazo con fuerza mientras ella me acaricia el cabello y la espalda.
—No quiero hablar —se me quiebra a voz—. No lo soporto más.
Me siento tan al límite porque me he dejado llevar. Porque al estar en tensión y en modo supervivencia, las cosas no te afectan tanto. Lo sobrellevas mejor. Pero he entrado en tal estado de calma que ha bajado todas mis barreras. Y ahora lo siento todo con más energía.
Me sentía una chica normal. Por primera vez en días, pensaba que toda la mierda había acabado. Esto es lo que pasa cuando eres demasiado ingenua, que te llevas un palo tras otro. Que te hacen más daño.
No volveré a bajar la guardia.
Cara tiene mi mano agarrada. Volvimos a la habitación después del numerito que montó Bestia. No he querido hablar de ello. No quiero desmoronarme.
Ya no me relajo. Me quedo en alerta. Aunque la chica esté dándome el mayor masaje relajante de mi vida, no lo hago. Mis músculos siguen tensos. Mi rostro está girado para Cara, que me mira con aflicción. Yo tengo el ceño fruncido.
—Será mejor que llame a Ciro y le cuente… —pronuncia ella en voz baja a mi lado.
—No. No puede estar pendiente de mí como si yo fuera una niña pequeña. Tengo que enfrentarme a esto sola. Quédate tranquila. Yo puedo hacerlo —debato fingiendo una sonrisa de calma.
Lobo salió esta mañana a hacer negocios. Cara me contó que Elio siempre se va con él, pero como me tiene puesto este maldito collar, se queda en casa hasta que se resuelva este asunto.
Me alegro de haber levantado la coraza y de esta alerta porque el aparato vuelve a pitar.
Piiiiiiiiiiiiiiiiii…
Han pasado un par de horas. Solo con este gesto, ya me dice que Bestia se tirará todo el día dando por saco.
Quiere vengarse por el puñetazo que le metí.
Juro por Dios que me muero de ganas por darle otro, pero no lo haré.
No caeré tan bajo. Me anudo la toalla al pecho. No me importa ir así por la casa.
Esta mañana no pude controlarme, pero ahora sí lo haré. Quiero hacerle ver que no me importa, que para mí no es nadie y que sienta lo que es ser rechazado.
En psicología, es la privación de refuerzo. Dejar de reforzar una conducta con acciones o palabras hace que la otra persona se llene de frustración. Ahora le toca a él rozar el límite. A astuta no va a ganarme.
Bajo las escaleras deprisa pero sin correr. El sonido sigue siendo intenso. Busco por todas las estancias. No lo encuentro.
Piiiiiiiiiiiiiiiiiiii…
El pitido me zumba en los oídos acelerándome el pulso. Le pregunto a uno de los hombres con el que me cruzo, es la primera vez que lo veo. Pero ¿cuánta gente vive aquí?
—¿Dónde está Bestia? —inquiero cogiéndolo por el cuello de la camiseta.
—En la cancela de entrada.
Me lanza una mirada de extrañeza y me empuja para que lo suelte.
Genial. El hijo de puta se ha propuesto hacerme caminar hoy y ponérmelo difícil, pero no aprieto el paso. Voy con sosiego por todo el camino empedrado hasta que veo sus siluetas a lo lejos.
Pi. Pi. Pi. Pi.
Están apoyados sobre la garita de la entrada y se están riendo a carcajadas como antes. Sigo avanzando mientras controlo mi respiración.
No entraré en su juego.
No caeré.
—No, no tengo hambre, por si te lo preguntabas —comento con indiferencia cuando llego hasta ellos.
Hago referencia a su puto comentario de antes que estuvo muy fuera de lugar, como todo lo que hace.
Durante un instante, veo cómo su mandíbula se tensa.
—Solo te echaba de menos, bella —declara con provocación.
Odio ese preciosa de su boca.
—Si has terminado de reírte —señalo a la casa sin mostrar ninguna emoción—, estoy ocupada.
Me giro para irme, pero antes le lanzo una mirada desafiante. Bajo la barbilla y entrecierro los ojos con una comisura levantada.
Hace el ademán de lanzarse hacia mí. La vena del cuello de siempre se le marca tanto que está a punto de estallar. El capullo lo frena poniéndole la mano en el pecho. Sus risas han desaparecido. Bien. Le susurra para que el maníaco de Bestia no se mueva del sitio.
Regreso a casa con una sonrisa triunfante.
Si lo que quieres es espectáculo, no te lo voy a dar.
A veces es mejor una hostia sin manos, aunque yo prefiera la que conlleva contacto físico.