Bestia (Mafia Italiana 3) VEINTISEIS
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VEINTISEIS

BELLA

C ara aparece por la puerta con unas ojeras profundas.

No se encuentra bien, se le nota, pero lo esconde tras una débil sonrisa que aparece en su boca.

Al llegar a mí, me da un corto abrazo como saludo.

Me dejo rodear por ella porque me parece tan tierna que no se merece la ira que contengo por los otros capullos de la casa.

—¿Cómo te encuentras? —me habla con dulzura acariciándome los hombros.

Se aleja para darme espacio, pero no mucho. Se sienta a mi lado.

—Imagínate. Es de locos lo que está pasando. Parece surrealista —pronuncio pensando en cada segundo desde que dejé Londres.

Ella baja la vista con culpa aunque no es de ella. No debería defender a Elio por mucho cariño que le tenga.

—Te entiendo. No paro de intentar explicarle y de aconsejarle, pero cuando se trata de ti, no atiende a razones. Es frustrante —resopla.

Aparto la vista.

—Hijo de puta —susurro en voz muy baja para no producirle malestar.

Ella se levanta con un suspiro. Va hasta la cafetera y se vuelca un poco de café en un vaso, apenas cubre la base de cristal; luego le echa leche. Supongo que se lo beberá así de suave por el embarazo. Me alegro de que se cuide.

—No sé si es por la ausencia de Sofía o por tu aparición.

Son los dos únicos hechos que han cambiado.

Quizás sea por los dos a la vez. —Mueve la cabeza hacia los lados, negando—.

Antes Elio era un bruto, pero Ciro lo controlaba fácilmente.

A mí en estos meses no me ha soltado ni una sola palabra mal sonante y, sin embargo, el otro día me apuntó con una pistola sabiendo que estoy embarazada.

No lo entiendo porque fue el primero que se alegró cuando lo supimos.

Vi emoción en sus ojos y Ciro me contó que se tiró toda esa noche celebrándolo con Taddeo, a su manera —dice con reticencia—. Pero bueno, cada uno es como es.

¿Qué significa “a su manera”? No sé si quiero saberlo.

—Me importan una mierda sus sentimientos, su mierda o su vida.

He aprendido a la fuerza que intentar ayudarlo es destrozarme a mí misma —respondo más enfadada de lo que pretendo—.

¿Sabes lo que es mirarte al espejo y no reconocerte?

Me está matando poco a poco. Esto es peor que una maldita bala en la cabeza.

Cara me observa afligida. Sus cejas se arquean demostrando comprensión.

—Lo siento —afirma con un hilo de voz.

—No es tu culpa. No lo sientas. Es de él. Y ya vale de maquillar sus acciones. No quiero comprenderlo. No quiero ceder y no quiero saber nada de él. Por eso debo irme cuanto antes de esta casa —declaro.

Bebo el último sorbo de mi café.

—Lo sé. He visto a Ciro calmando de nuevo a Elio en el pasillo.

Este no paraba de decir que “no te irías a ninguna parte” —declara—.

Ni Ciro ni yo podemos dormir. Él está destrozado por todas las peleas que está teniendo con su hermano y yo me siento frustrada porque no puedo hacer nada.

No te estoy quitando importancia —me acaricia el antebrazo con la misma débil sonrisa que antes—, pero todos lo estamos sobrellevando como podemos.

—Está loco, debería estar encerrado en un manicomio —suelto con desprecio. Le señalo el abdomen—. Tú vas a tener un bebé. ¿No te da miedo que tu hijo se críe con alguien como él?

Ella aumenta su sonrisa y esta vez es de verdad. Yo arqueo las cejas al ver ese gesto tan genuino.

—Estará en las mejores manos. Sé cómo es Elio en realidad, Bella, y sé que daría la vida por su hermano. Cuando nazca este bebé, también la dará por él. No podría estar más segura de ello —pronuncia con verdadera convicción.

No sé lo que habrán vivido juntos, pero yo no tengo motivos para confiar en él. Conmigo no ha sido un buen hombre y no tengo por qué tener el mismo concepto de él. Es un demonio. Hay que tenerlo cuanto más lejos, mejor.

A Cara se le abren los ojos de sorpresa.

—¡Oye! He tenido una idea. Las dos necesitamos mimos. ¿Qué te parece dedicar el día a ello? Podemos darnos masajes, cuidarnos el cabello, la piel. Quizá así podamos relajarnos y dormir un poco mientras tanto —se ríe como si hubiera dicho un comentario fuera de lugar.

—Imposible. No puedo salir de aquí. Es más, no sé en qué momento hará que este aparato explote.

—Señalo mi cuello. Ella mira el acero con el ceño fruncido.

No le gusta—. Será mejor que te apartes de mí por si lo hace.

No quisiera otro motivo para ir al infierno.

Saber que he matado a una madre y su bebé me atormentaría incluso en el más allá —expongo medio bromeando pero con una clara preocupación en el tono.

—No estoy de acuerdo con eso. —Señala el collar—. Ayer me lo contó Ciro cuando llegó a la habitación —suspira—. Estarás más segura conmigo que sola. Elio no se atrevería a hacerme daño.

—Confías demasiado en él.

Me levanto para poner el vaso en el fregadero.

—Créeme. Te lo demostraré. Además, no hace falta salir para tener un día de chicas.

Me coge del brazo antes de que pueda oponerme. No pienso forcejear con una embarazada, así que me dejo guiar por ella.

Rezo porque el monstruo tenga un poco de cordura y esto no desemboque en una catástrofe.

Mi corazón vuelve a bombear con fuerza y no es por mí. Es por el miedo que tengo respecto a que le pase algo a Cara. No podría soportarlo.