VEINTICINCO
BELLA
E SA jodida alarma de nuevo. El sonido estridente del collar me sobresalta haciendo que me levante de la cama en cuestión de milisegundos. Sin pensar, miro hacia los lados. Bestia no está. ¿Voy a morir así de fácil? Sería la muerte más estúpida del planeta.
Con los ojos aún medio pegados y sin estar consciente del todo, salgo de la habitación forzándome a coordinar el movimiento de mis piernas.
Mis extremidades aún no se han despertado.
Me tropiezo. Camino a trompicones oyendo cómo el pitido se mete tanto en mi interior que me avisa de que estoy al límite.
Pi. Pi. Pi. Pi.
Son cortos y muy seguidos.
Busco por las habitaciones cercanas que están abiertas. Nada. Me cruzo con un hombre que me mira con extrañeza en el rostro. Mi expresión desesperada debe de ser un poema. Corro hacia el final del pasillo. El sonido cambia.
Piiiiiiiiiiiiiii…
Ya no hay pausas. Es largo. Este es mi final. Va a explotar.
¿Dónde se habrá metido el jodido Bestia?
Encuentro a otro de los hombres.
—¿Dónde está Bestia? —pregunto con desasosiego.
Mi pecho sube y baja, acelerado. La adrenalina me ha hecho despertarme por completo. Él me observa con la misma expresión del hombre anterior. Joder, no tengo tiempo para esta mierda.
—¡Habla! —Lo agarro por el cuello de la camiseta y lo zarandeo llena de furia.
No quiero pagarlo con él, pero juro que como explote lo buscaré por el reino de los cielos para darle su merecido.
—Creo que en la cocina —comenta levantando las manos en alto.
Su gesto me impacta. No creo que tenga miedo de mí. ¿Y si…? Niego con la cabeza mientras bajo las escaleras corriendo.
Pi. Pi. Pi. Pi.
Bien. Quiere decir que me estoy acercando. Ese hombre temía rozarme siquiera. Estoy segura de que Elio ha amenazado a todos con cortarles las manos si me tocaban. Él es capaz de eso. Lo conozco.
El sonido se hace más pausado. Suspiro de alivio al saber que al menos viviré un poco más. Lo justo para matarlo. Porque juro que pienso hacerlo. La ira se apodera de todo mi ser. Quiero sangre. Quiero reventarle la cabeza.
Abro la puerta de la cocina de una patada con el pecho subiendo y bajando acelerado. Veo a Taddeo dándole dinero a Elio y los dos riéndose con diversión. Mi odio aumenta. Es imparable.
—Tú ganas. Un justo ganador —anuncia Taddeo con una risa alegre.
Tiene toda la pinta de ser una apuesta. Los dos están de pie, con los pies y brazos cruzados y apoyados contra los muebles frente a la puerta. Estaban esperándome.
—Tú, maldito comemierda —murmuro con desprecio señalando a Bestia—. ¿Quieres matarme? ¡Hazlo! Te aconsejo que aprietes el puto botón ya porque no vivirás más para volver a hacerlo.
—Encima tiene mal despertar. Una joyita de niña —suelta Taddeo riéndose ante mi reacción.
—El capullo de tu amigo te acompañará bajo tierra —declaro a Bestia con el fuego quemándome la piel.
Grito llena de rabia y me lanzo desquiciada a por él. Cruzo la cocina de un par de zancadas y me abalanzo sobre él sin pensarlo.
Él apenas se inmuta.
Esquivando mi primer golpe echando su cuerpo a un lado con una facilidad insultante. Mi puño corta el aire donde debería estar su mandíbula. Intento alcanzarlo otra vez, luego otra, pero él bloquea mis ataques. Su expresión es exasperantemente relajada.
Una carcajada baja y burlona hace que la sangre me hierva aún más.
—¿Eso es todo? —se mofa.
Aprieto los dientes y vuelvo a lanzarme contra él con un grito lleno de frustración.
Mi experiencia toma el control donde la razón ha desaparecido.
Cambio el ritmo, finjo un golpe y ataco por otro ángulo.
Él sigue defendiéndose, sigue evitando hacerme daño, pero deja de parecer tan despreocupado. Empieza a tomarse en serio el combate.
Lanzo un derechazo. Lo bloquea. Giro sobre mí misma para finalizar dándole una patada. La esquiva. Pero el siguiente golpe lo inicio desde donde no lo espera. Mi puño impacta de lleno contra su mejilla. El sonido resuena en la cocina. Su cabeza se gira por la fuerza del impacto.
Por primera vez se queda quieto; yo también. Él pasa lentamente la lengua por el interior de su boca y después escupe sangre sobre el suelo.
La sonrisa le desaparece por completo. El cambio en su rostro es instantáneo. Sus ojos se oscurecen. La tensión se vuelve tan densa que cuesta respirar. Me clava los ojos dedicándome una clara advertencia.
—Que te quede claro que si sigo aquí es porque quiero. Puedo contigo. Es la última vez que verás mi cara de tonta porque voy a desaparecer de tu vida pronto —afirmo decidida con ira contenida.
Él da un paso hacia mí.
Luego otro.
Taddeo le pone una mano en el pecho. El capullo ya ha dejado de reírse. Ahora, con el rostro pálido, intenta frenar a su amigo.
Esbozo media sonrisa llena de prepotencia. Los músculos de Elio se tensan y veo exactamente cuándo decide lanzarse. Pero antes de que pueda hacerlo, una tercera figura aparece entre los dos.
Ciro.
Ni me he dado cuenta de cuándo ha entrado. Le planta una mano firme en el pecho y lo detiene en seco.
—Basta. Esto está llegando demasiado lejos.
Durante unos segundos nadie se mueve.
Elio mantiene la mirada clavada en mí por encima del hombro de su hermano. Sus ojos siguen llenos de amenaza. Por primera vez desde que empezó todo, soy plenamente consciente de que he estado a un solo paso de cruzar una línea peligrosa. Muy peligrosa.
—Quiero ver a mi padre —informo a Ciro—. Se acabó seguir con este puto juego. Quiero volver a mi casa.
Lobo se gira y chasquea la lengua, no está nada contento con mi petición.
—Justo ayer me dijiste que necesitabas tiempo —arremete.
—He cambiado de opinión —afirmo segura levantando la barbilla.
Él dirige su mirada a su hermano, luego a mí.
—Dices esto ahora mismo por joder a Elio. No empeoraré las cosas por un capricho de a ver quién la tiene más larga, Bella —anuncia Ciro sacando un cigarrillo.
Se lo pasea por los labios antes de encenderlo. Sonrío porque no puedo evitar mostrar mi felicidad al ver a Bestia con las fosas nasales muy abiertas conteniéndose, a punto de explotar como un animal salvaje.
—Yo no tengo polla. Tengo ovarios. Y los tengo grandes —expongo con la voz templada poniendo mis manos en mi cintura para mostrar altivez—.
Si no aceptas mi petición, entenderé que me estás reteniendo contra mi voluntad y que esto es un secuestro.
Me gustaría saber qué pensarían mi padre o mi hermano de esto.
Ciro entrecierra los ojos. Niega con la cabeza. Elio hace el ademán de lanzarse, pero su hermano lo frena de nuevo.
—Tienes el día de hoy para decidir. Si no, tengo mis medios para escaparme o para hacerle llegar a mi padre mi situación —amenazo con contundencia.
Elio gruñe con las venas de los ojos a punto de explotar, inyectados en sangre.
Su hermano lo coge por la nuca y lo saca a empujones de la cocina mientras le susurra algo en el oído para calmarlo.
Surte efecto porque desparecen de mi vista.
Todos menos Taddeo, que me mira con diversión desde uno de los taburetes.
—¿Qué miras, capullo? Tu dueño se ha ido. Como el perrito que eres, deberías seguirlo —me burlo, y hago un gesto con la mano como el que echa a un animal.
Suelta una risita baja, pero no se mueve del sitio.
Abro varios armarios antes de dar con una taza para echarme un café. Aún no me sé la ubicación del menaje, ni quiero saberlo, porque mi presencia en esta casa tiene las horas contadas.
—Háztelo mirar. La que lleva un collar indicando que tiene amo eres tú —escucho a mi espalda.
Me giro y lo fulmino con la mirada.
Imbécil.
—No por mucho tiempo —pronuncio.
Lleno mi taza con el café que ya está hecho.
Veo a Taddeo comer galletas saladas, se las mete de una en una en la boca.
Juguetea en sus manos con ellas. No estoy de humor para aguantar las gilipolleces de este.
¿Por qué no se ha ido con el otro? Resoplo frustrada y enfadada. Él no deja de observarme con diversión.
—Deja de mirarme, capullo —espeto sin poner mi vista en él. Hace que la puerta que tengo enfrente se más interesante.
Él niega con la cabeza aguantando una risa.
—Entiendo la obsesión de Elio. Eres puro espectáculo.
Obvio su comentario. ¿Les divierte ver cómo otra persona está al borde de la muerte? Son unos putos enfermos de mierda. Si sigo en esta casa, me destrozarán la cordura a mí también. Por eso debo irme cuanto antes.
—Ya me reiré yo cuando regrese y le cuente a mi padre todo lo que me habéis hecho. Quemará esta casa con vosotros dentro —recito con calma y una sonrisa oscura.
Él se levanta. Guarda la bolsa de galletas en uno de los armarios. Seguido, siento cómo me roza el pelo y me lo echa hacia el hombro izquierdo para dejarme el oído derecho libre.
—Sigue soñando. Nunca te irás de aquí. Bestia no dejará que pase.
Y si él no quiere dejarte ir, yo tampoco —susurra muy suave—.
Además, no sé si te has dado cuenta de la promesa que te ha hecho Bestia en silencio.
Quizás sea él el que queme la casa para vengarse de ti. Te arrepentirás de lo que le has hecho.
Mi cuerpo se tensa. Si nos viera Elio así, ¿qué haría? No ha pasado nada, pero la sola cercanía es sospechosa. ¿Por qué parece que lo estoy traicionando?
Veo a Taddeo irse de la cocina con una gran sonrisa perversa y los ojos entrecerrados.
¿Por qué me debería importar ese gesto? A la mierda todo el puto mundo. Aquí son todos iguales. No me asustan las amenazas. ¿Vengarse? Solo le he dado de su propia medicina. Si piensa que voy a acobardarme, está muy equivocado.
Estoy reventada de tanta tensión. Dejo caer mi frente en el frío mármol de la isla. Estoy agotada. No sé cuánto tiempo he dormido, pero me falta una semana más en cama para sentirme conforme.
Ayer dándome caricias y hoy a punto de matarme. ¿Qué cojones le pasa? Voy a explotar y no por el maldito collar. Hace que mis sentimientos siempre vayan de un límite a otro.
Estoy decidida a acabar con esto.