Bestia (Mafia Italiana 3) VEINTITRÉS
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VEINTITRÉS

BELLA

L a casa está demasiado tranquila. La noche está muy avanzada, pero sabiendo la que hemos liado en el sótano me esperaba guardias por todos lados o Ciro vigilándonos.

Y nada. Ni un alma por los pasillos. Por un segundo siento el pecho apretado por la culpa.

¿Y si he hecho enfadar a Ciro tanto como para dejarme completamente sola?

No puedo reprochárselo. Se lo he pedido, literal.

Me decepciona en parte que me haya hecho caso sabiendo cómo es su hermano.

¿Y si es Elio el que lo ha hecho cambiar de parecer?

He visto la mirada sádica y desquiciada que Bestia le dirigía a Lobo.

Quizá le teme tanto como para dejarlo en paz.

Pero es el Don. Si quisiera, podría poner todo un ejército a su mando para encerrar de nuevo a Elio.

Si lo hace teniendo yo el collar, peligraría mi vida.

Son demasiadas teorías para no saber una respuesta firme.

Tendré que hacerme a la idea de que estoy sola en esto.

He podido con todo en mi vida, esto no será menos.

Tengo los codos apoyados sobre la espalda del grandullón y mi rostro descansando sobre la palma de las manos. No pataleo porque no serviría de nada. Y, bueno, estoy muy cansada; si me lleva, eso que agradezco.

Gira la esquina y ya reconozco este pasillo; no es el mismo en el que se encontraba la habitación en la que me desperté. Supongo que quisieron alejarme todo lo posible del dormitorio de él.

Pues mira, no ha servido para nada.

Entro de nuevo en el cuarto que ya conozco.

Esta vez sí me fijo con atención. Es enorme, pero extrañamente impersonal.

Los tonos oscuros dominan cada rincón, las paredes son grises, los muebles negros de líneas simples y una cama amplia vestida con una colcha en color tierra.

No hay fotografías, adornos ni objetos que revelen demasiado sobre quién duerme aquí.

Sin embargo, hay algo suyo por todas partes.

Su olor impregna el aire, una mezcla inconfundible de piel, colonia y presencia masculina que permanece suspendida entre las paredes.

Pero resulta evidente que apenas pasa tiempo aquí.

No hay vida en esta habitación. Imagino que se pasará las noches en los clubes con mujeres y durmiendo en cualquier parte que pilla al momento.

—Si no es de tu agrado, es lo que hay —anuncia con una calma fuera de lo normal.

Lo noto ¿decepcionado?, ¿afligido? ¿Puede ser por su hermano?

Lo poco que he presenciado es que discuten mucho, pero la conexión y el cariño que se tienen está presente desde el primer momento.

Quizá se arrepiente de haberlo amenazado así.

Frunzo los labios sintiendo una punzada de lástima en el pecho.

NO.

Suspiro. No puedo hacerme cargo de él. No puedo dejarme manipular. Tengo que salir de esta casa cuanto antes. Mañana le diré a Ciro que llame a mi padre y a estas horas estaré en mi habitación de Nápoles leyendo o viendo la tele sin remordimiento ninguno.

Lo veo tumbarse en la cama con pesadez. Se ha quitado toda la ropa y solo le quedan los calzoncillos. Mis ojos se quedan paralizados en el bulto enorme de su entrepierna.

“Por Dios, Bella, para ya”, me riño en mi interior.

Miro hacia los lados buscando un lugar donde al menos sentarme o relajarme.

—¿Te piensas quedar ahí toda la noche? Vamos, ven ya —exige Bestia observándome sin ninguna emoción.

Ni muerta pienso acostarme con él en la misma cama, piel con piel, su pene rozándome a cada instante, su respiración chocando contra mi cuello… Trago saliva porque se me ha quedado la garganta seca.

—¿Por las buenas o por las malas? —insiste ahora con una sonrisa.

Le divierte esta situación. Ya vuelve a ser él. En parte eso me tranquiliza y me hace sentir mejor. Se apoya en un codo como si fuera a ver un espectáculo.

—Podrás haberme puesto este maldito collar, pero te recuerdo que tengo cinco metros. Te juro que rozaré el límite cada maldito segundo hasta que sepa cómo quitármelo —anuncio con valentía.

Pongo las manos en la cintura y alzo la barbilla para que vea lo decidida que estoy.

—Yo no he dicho que sea la distancia definitiva —contesta en tono burlón.

Alza la mano con su móvil en ella. Entrecierro los ojos. No sé lo que piensa hacer y eso me inquieta tanto que mi corazón vuelve a acelerarse, aunque intento no mostrarlo. Ojea la pantalla dos segundos y vuelve a clavarme una mirada llena de oscuridad con una sonrisa perversa.

—Ya no son cinco metros, ahora es uno —me informa con sosiego mientras veo cómo pulsa el aparato con el dedo índice.

Al instante, mi collar comienza a sonar como una puñetera alarma, sobresaltándome. El sonido es mucho más fuerte que la otra vez. No es el mismo. Abro mucho los ojos intentando digerir lo que está pasando.

—Así no sonaba antes —espeto.

—Te mentí con la distancia, así suena el límite de verdad. Y te quedan segundos —responde con la misma frialdad y calma.

Mi pulso se acelera. Mi corazón bombea tan fuerte que parece que se me va a salir del pecho. Joder. Odio que se salga con la suya. No quiero ceder.

No…

Un pensamiento pasa fugaz por mi mente. ¿Y si nos vamos juntos al infierno? Total. No podré deshacerme de él. Mi cuerpo está en tensión. Una corriente eléctrica me recorre de punta a punta. La adrenalina casi me asfixia. Me siento muy viva.

Debería tener miedo, cualquier persona normal lo tendría.

Mi corazón late deprisa, pero lo que siento no es terror; es una necesidad tan profunda que me vacía por dentro.

Toda mi vida persiguiendo el subidón y ahora es real.

Me doy cuenta de que no solo el sexo me produce la satisfacción que tanto busco, también lo hacen las emociones extremas.

Si doy un paso adelante, seguiré respirando, seguiré existiendo, pero volveré a sentirme muerta y vacía.

Si doy un paso atrás, no sé qué ocurrirá.

Esa incertidumbre me resulta más tentadora que cualquier promesa de seguridad.

Yo no quiero estabilidad ni rutina ni calma. No quiero una vida larga. Quiero intensidad. Quiero algo tan fuerte que me haga temblar hasta los huesos.

—Yo no tengo salvación, pero tú tampoco. No deberías jugar con monstruos —sentencio muy segura.

Clavo los ojos en los suyos; si piensa que voy a rendirme como antes, está muy equivocado. La sorpresa que se llevará; tendrá mi nombre grabado hasta la eternidad.

Balanceo el cuerpo un poco hacia atrás mientras dejo salir una sonrisa triunfante.

Solo un segundo, lo justo para salir corriendo hacia él.

Para que cuando llegue el fin, nos coja a los dos.

Me lanzo hacia sus brazos, dejando mi cuerpo caer encima del suyo en la cama.

Espero en cualquier momento la explosión que hará que nuestro final llegue.

Pero no lo hace.

Elio me atrapa en el aire antes de caer y me atrae hacia él, aprisionando mi pecho con el suyo. Mierda. Este no era el plan. Ya deberíamos estar muertos. Se ríe como si todo esto fuera un juego. Y me deja perpleja.

—Pequeña suicida —susurra acariciando mi cabello.

Levanto la vista para buscar una explicación.

En el momento que salí corriendo dejó de sonar el collar, pero no sé por qué.

Él levanta una mano con el móvil y lo zarandea—.

Puedo hacer lo que me dé la gana. Lo he anulado justo cuando has dado ese paso hacia atrás.

No dejaré que tú decidas cuándo se termina.

Me perteneces, bella —susurra en mi oído, y se inclina hacia delante para tener mejor ángulo—.

Yo soy el que determina si vives o mueres. Eres mía a todos los efectos.

Mi cuerpo está encima del suyo sintiendo su calidez.

Se tensa más y el bulto de su entrepierna se me hinca en el muslo.

Es mucho más alto que yo. Su aliento roza el mío.

La punzada en mi bajo vientre vuelve y me hace sentir incómoda al notar cómo mi sexo se moja.

Odio que me produzca esto. Odio que mi maldito cuerpo no se resista.

La rabia me arde como un volcán fuera de control.

No podrá conmigo. No podrá romper mi cordura.

No.

Intento levantarme, pero él me agarra contra su pecho con fuerza.

—Tenías un metro —pulsa la pantalla—, ahora solo centímetros. No te muevas. ¿Quieres defraudar a toda tu familia? ¿Qué pensarán cuando sepan que te dejaste ganar y que fuiste una imprudente?

Me quedo inmóvil. Hijo de puta. Sabe cómo hacerme daño solo con palabras. Tengo que ser más inteligente que él y no caer en su maldito juego. Eso es lo que está consiguiendo, que yo siga sus reglas.

Puedo sentir el calor de su respiración chocando contra mis labios cada vez que exhala.

El aire entre nosotros parece haberse vuelto demasiado cargado.

Es palpable la tensión que llevamos demasiado tiempo arrastrando.

Sus ojos permanecen clavados en los míos con una intensidad que me hace olvidar hasta cómo respirar.

Tiene la mandíbula tensa, los músculos rígidos, como si estuviera empleando toda su fuerza de voluntad en no moverse, en no acortar los pocos centímetros que nos separan.

Lucho contra mis instintos, que me piden que me lance a sus labios.

Que los devore. Solo de pensar como sería…

NO.

Aparto la mirada.

—¿Pretendes que me quede aquí toda la noche? —murmuro en tono burlón recuperando la compostura.

—Hoy y todas. El resto de nuestra vida, bella . Hemos perdido mucho tiempo ya —declara con voz ronca.

Dejo caer la cabeza en su pecho, el cansancio hace mella en mí. Demasiadas emociones fuertes y muy poco descanso. Sus manos me rodean la espalda, una la baja dejándola caer en mi trasero y pegando un pequeño apretón.

—Ni se te ocurra pensar que vas… —levanto la cabeza y le hablo con desprecio.

—No lo haré —me interrumpe—. Ya he comprobado lo que quería. Solo voy a dejar que tú te des cuenta de ello. Serás tú quien me busque —asegura con firmeza.

¿Qué cojones quiere decir eso? ¿De qué habla? Vuelvo a apoyar la cabeza sobre sus pectorales. Los ojos se me cierran solos. Escucho una risa baja que apenas es audible. Hijo de puta…

Me tiene donde quería, justo obedeciendo sus órdenes. Juro que esto se terminará pronto, que seré yo quien ría al final. Pero ya pensaré en eso mañana. Hoy apenas puedo seguir.

Él se inclina y mueve su cuerpo con el mío encima para taparnos con la colcha.

La tela me llega hasta la nuca, envolviéndome en una comodidad y calidez que me relajan al instante.

Sus manos vuelven a mi espalda. Una de ellas se mete por debajo de mi camiseta para acariciarme la piel.

Pasea los dedos por cada zona, dejándome una sensación de paz y cariño que nunca habría pensado que podría sentir con él.

Pero no puedo ni quiero oponerme a ello ahora mismo.

Necesitamos esta tregua los dos. Son demasiadas las veces que hemos llegado al límite.

Cualquier ser humano ya se hubiese vuelto loco, pero nosotros ya lo estamos.