VEINTIDOS
BELLA
C iro entra jadeando con una evidente tensión en el cuerpo y los ojos muy abiertos. Los dirige a Elio, luego a mi nuevo collar y de nuevo a su hermano.
Bestia deja salir una risa oscura y perversa.
—¿Qué has hecho? —pregunta Ciro con un hilo de voz.
Se frena a nuestro lado y espera una respuesta antes de actuar. Es muy cauteloso porque no sabe a qué se enfrenta.
—Le he puesto un collar como la perra que es. Ahora es ella la que tendrá que seguirme a mí a todos lados si no quiere que haya sesos por todas las paredes —declara riéndose con una calma y felicidad escalofriante. Se gira hacia mí—. ¡Boom! —Mueve las manos haciendo el gesto de explosión.
Maldito psicótico de mierda.
Me veo reflejada en ese jodido humor negro.
Yo antes era así, pero cambié. A las personas no les gustaba, me han mirado siempre como un bicho raro.
A veces lo sigo utilizando, pero mucho menos, muy rara vez.
Y ahora mismo entiendo por qué no suele gustar.
No es lo mismo cuando haces la broma que cuando la recibes.
Abro los ojos al darme cuenta de que estoy pensando como una persona normal. Mi alivio se expande por todo el cuerpo. Sí, joder. No conseguirá romperme. Soy más fuerte que esto.
—¿Bella? ¿Estás bien? —Ciro me acaricia un brazo queriendo reconfortarme.
—Si la tocas una vez más, te corto la mano y la utilizo para limpiarme el culo cada vez que cague. Piénsalo. ¿Quieres no poder darle el biberón a tu hijo? —Elio amenaza a Ciro con una firmeza que es apabullante. ¡Es su hermano!
Ciro no se deja intimidar. Se enfrenta a él muy de cerca y le pega el rostro al suyo.
—Hazlo si tienes cojones —lo desafía.
Ciro vuelve a poner una mano sobre mi brazo sin apartarle la mirada.
Mierda.
Mierda.
Mierda.
—Es tarde, creo que es mejor que te vayas con Cara. Puedo sobrellevarlo.
Me meto entre los dos y dirijo una breve mirada al hablarle a Ciro antes de girarme hacia Elio para coger su rostro desquiciado entre las manos y obligar a su vista a posarse en mí.
No quiero ser el motivo por el que dos hermanos se maten entre ellos.
Odio a Elio, pero sé que la única forma de quitarle atención a su entorno es centrarla en mí.
—No puedo dejarte con él. No parará hasta matarte, Bella —escucho a Ciro a mi espalda.
Suspiro y recupero oxígeno unos segundos. Mierda. ¿Cuándo se ha torcido esto tanto que ahora soy yo quien salva al que se supone que me iba a proteger?
—He dicho que puedo con él. Vete. Puedo hacerlo. —Me giro para que vea la decisión en mi rostro—. Me criaron en La Camorra. No soy mucho mejor que él.
Mis ojos demuestran la frialdad necesaria para que comprenda que no soy ninguna princesa necesitada de ayuda.
Soy Bella Genovese.
La hija del Don.
El monstruo que no quieren ver.
Sin dejar de observar a Elio con desprecio, Ciro deposita en mi mano una llave.
Supongo que es de la cadena que tiene sujeto a Bestia.
Hasta que no lo veo salir por la puerta, no libero las mejillas de él de mis manos.
Lo tenía sujeto haciéndolo mirarme; con la fuerza que tiene podría haberme alejado en un empujón.
Sin embargo, se quedó quieto, dejándose hacer por mí.
Resoplo liberando un poco de presión en mi pecho. Me agacho hasta su tobillo para soltar el grillete. Cuando alzo los ojos lo veo con los brazos cruzados y la expresión imperturbable. Al no dejarme ver sus intenciones, me inquieta más. Es tan impredecible que la tensión a su lado es constante.
No espera ni a que me incorpore cuando me levanta como si no pesara nada y me echa sobre su hombro.
—Sé caminar, gilipollas —suelto con desgana.
Estoy cansada ya de luchar. Es tarde y no he dormido apenas nada desde que apareció en mi vida.
De su parte solo sale un gruñido. Al doblarme, el collar me aprisiona la carne del cuello y me incomoda.
Mi estómago se contrae recordando el odio que le profeso.
No me gusta esta situación, pero si gracias a esto puedo recordar a cada segundo el monstruo con el que trato, bienvenido sea.
Este acero será mi aviso de lo que puede llegar a hacerme este salvaje, y hará que no me retracte en mi decisión: alejarme de él en cuanto pueda y no mirar atrás.
Volveré con mi familia y esto quedará atrás como una pesadilla.
Quizá el verdadero error de Bella en el cuento no fue entrar en el castillo. Fue quedarse. Y no pienso cometer el mismo error.