Bestia (Mafia Italiana 3) VEINTIUNO
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VEINTIUNO

BELLA

Y yo sufriendo por él. Me maldigo. Me desprecio. Ha vuelto a manipularme. Una y otra vez.

¡Qué idiota soy!

—No… no puedes estar hablando en serio —susurro, tengo la voz ahora llena de ira—. Dime que es una mentira. Dime que esto es una puta broma.

Debí haber hecho caso de las advertencias de Ciro. Debí haber entrado en razón y haber elegido lo correcto antes que el corazón. Me dejé llevar y ahora estoy pagando el precio.

Lo odio.

Y me odio.

Esta situación me produce tanto rechazo que pienso en salir corriendo y dejarlo explotar. Quizá así se termine el sufrimiento. Está la opción de que este hijo de puta me siga hasta el infierno y ni allí me deje en paz. Sería capaz. Lo sé.

Se levanta del sofá y camina hacia mí con pasos lentos y seguros.

Mi vista se va a lo que produce ruido. Lleva un grillete en el tobillo sujeto a una cadena.

Me alegraría si no estuviera encadenada a él por culpa de este puto collar explosivo.

Me aprieta el cuello. Estoy segura de que me dejará marcas en la piel.

Cuando está frente a mí, levanta una mano y me acaricia la mejilla con el dorso de los dedos. Un gesto escalofriante al venir de él. La Bestia. Lo que siempre ha sido y yo he obviado: el peligro.

—Es muy real —murmura, disfrutando cada segundo—, y ahora estarás a mi lado para siempre.

De repente se ríe. Una risa profunda, oscura y sincera. La de un jodido loco. Porque lo es. Está eufórico. Feliz como nunca.

Puto sádico.

Me hierve la sangre. El odio me quema por dentro tan fuerte que por un segundo solo veo rojo.

—Te odio —aseguro en voz baja, empujándolo con toda la fuerza que me queda en los brazos—. Te odio con cada parte de mí, maldito psicópata de mierda.

Me aparto de él. Mis piernas tiemblan, pero no me detengo. Retrocedo paso a paso, mirándolo con todo el asco y la rabia que siento. El collar de acero me pesa en el cuello, recordándome lo que soy ahora para él. Soy de su propiedad.

Pero no por mucho tiempo.

—Prefiero morir antes que seguir aquí contigo —gruño, y sigo alejándome.

Más lejos. Cuatro metros. Cada paso que doy hace que mi corazón bombee más fuerte.

Siento el pulso golpeando contra el metal.

Sé lo que puede pasar. Sé que puede explotar.

Y una parte enferma de mí quiere que lo haga.

Quiero acabar con esto aunque me lleve a mí también.

Por vergüenza. Porque no soporto saber que me han manipulado, que soy una maldita ingenua.

Este puto monstruo no me dejará nunca en paz.

Él no se mueve. Solo me mira desde el centro de la habitación con una sonrisa ladeada, los brazos cruzados sobre el pecho y una diversión enferma en los ojos.

Sigo retrocediendo. Mi respiración es entrecortada, furiosa. Afloran lágrimas de rabia que me nublan la vista. Quiero que explote. Quiero que este maldito collar me vuele la puta cabeza y le quite a él la satisfacción de tenerme. Que se joda. Que se quede sin su juguete.

Llego al límite. Escucho un sonido que sale del collar advirtiéndome del riesgo. Mi cuerpo entero se estremece. Cierro los ojos un segundo, respiro hondo y estoy lista. Un paso más y todo termina.

La adrenalina me recorre como una ola imparable.

Él me observa con curiosidad. La tensión del momento me hace sentir un escalofrío.

Y por jodido que suene, me siento más viva que nunca.

¿Qué me pasa? ¿Por qué me fascina esta sensación tan frágil?

Estoy en medio de una fina línea entre la vida y la muerte y sin embargo, la excitación gobierna mis sentimientos.

Estoy más llena de energía. Más cómoda. Más decidida. Más yo.

Freno en seco.

En el último instante, mi cuerpo me traiciona. El calor me sube hasta instalarse en mi bajo vientre. Odio que tenga ese poder sobre mí. Un sollozo de frustración se me escapa de la garganta y me desgarra las cuerdas vocales; estoy temblando violentamente.

—Hijo de puta… —susurro apenas sin voz.

Él suelta una carcajada baja y desquiciada que me eriza la piel. Camina hacia mí sin prisa, disfrutando cada segundo de mi humillación. Sus ojos brillan con pura diversión sádica; sabía desde el principio que no llegaría a hacerlo. Todo esto solo es un juego para él.

—Apuesto a que estás muy mojada —murmura con un tono burlón que me dan ganas de arrancarle los ojos.

Odio que lleve razón.

Se detiene frente a mí y levanta una mano para acariciar el collar con un dedo. Me estremezco, pero no me aparto. Ya no tengo fuerzas. El odio y el deseo laten dentro de mí más fuerte que nunca, pero ahora están mezclados con una vergüenza profunda y asfixiante.

Sé que ha ganado esta batalla.

Y lo peor es que él también lo sabe.

—¿Qué está pasando? —inquiere en tono alarmante Ciro.

Entra corriendo y se frena justo cuando alza los ojos y me ve. No tengo ni idea de cómo se me verá desde fuera, pero por dentro siento que estoy a punto de colapsar.

Quizá ha conseguido también volverme loca.