VEINTE
BESTIA
H ace rato que se ha ido mi hermano. Estoy tumbado en el sofá con el sonido de la televisión al mínimo. La única iluminación es la de las imágenes que van pasando por la pantalla.
No se me va de la mente. Nunca he tenido tanta ansia por meterme una raya como la que tengo por verla a ella.
Me produce tanta adicción que siento que en cualquier momento voy a explotar.
¿Qué estará haciendo ahora? ¿Dormir plácidamente en su cama creyendo que el monstruo de sus pesadillas no puede comérsela porque está encerrado?
Sonrío. Qué equivocada está. Le daré de plazo a mi hermano hasta mañana por la tarde. Si no me ha soltado…
Un sonido tenue rompe el silencio, tan débil que al principio creo haberlo imaginado. Contengo la respiración y agudizo el oído. Entonces lo escucho otra vez; sí, son pasos, lentos y cuidadosos. Parece que alguien camina de puntillas intentando no hacer ruido.
Quizá adelante mi jugada. Al fin y al cabo, es ella quien está acechando al monstruo.
Mi corazón empieza a latir con más fuerza mientras sigo escuchando el avance cauteloso. Voy a volver a verla. Me esfuerzo por no moverme. Quiero seguir teniendo el factor sorpresa.
La puerta se abre. Controlo mi respiración. Ella no puede hacerlo con la suya. Oigo sus inhalaciones fuertes desde aquí. Está nerviosa. Quiere decir que no está muy conforme de haber venido y aun así lo ha hecho. ¿Por qué? Porque me quiere, y esa certeza casi me hace mandar a la mierda mi plan.
—¿Elio? —susurra preocupada—. ¿Estás bien?
Sigo haciéndome el dormido. Aguanto la sonrisa que lucha por salir.
Está aquí. Es una jodida fantasía. Le importo.
No como a Bina, que se follaba a su tío a escondidas.
No como a las putas a las que pago para que me la chupen.
Ella está sufriendo por mi estado. Ha venido a comprobar que yo estuviera bien.
Y eso, joder, es todo lo que quiero. Amor incondicional.
Percibo su olor cada vez más cerca. El sonido de sus pasos cesa.
Está a mi lado. Escucho sus jadeos, su respiración acelerada.
Sus dedos me tocan la mejilla y su calidez me recorre todo el cuerpo.
Es hora de que el monstruo salga a comer.
Muevo la mano con rapidez y atrapo su muñeca, abro mucho los ojos.
Ella se sobresalta dejando salir un pequeño grito.
—Qué ironía, Bella. Viniste buscando respuestas y acabaste encontrando a la Bestia —declaro con la voz ronca conteniendo un deseo brutal.
Ella intenta zafarse y tira de su brazo. Yo al ser más fuerte la atraigo hacia mí y la pongo encima de mi cuerpo. Ahora parece arrepentida de haber venido.
Pues ya es tarde.
Los cuentos olvidan mencionar que algunas Bestias no quieren convertirse en príncipes.
Sus muslos aprietan mis costillas mientras sus manos empujan con furia mis hombros contra el sofá. El cuero cruje bajo nosotros. Su respiración se acelera más y sus ojos brillan con rabia. Me vuelve jodidamente loco.
—Suéltame —gruñe ella, revolviéndose con valentía, clavándome las uñas en la piel a través de la camiseta.
Intenta incorporarse, usar su peso para impulsarse hacia atrás y escapar de mi agarre, pero soy más fuerte.
Mis manos se cierran como los grilletes que utilicé, alrededor de sus muñecas, tirando de ella hacia abajo.
Su pelo rubio cae en cascada sobre mi cara, huelo su olor corporal que ya reconozco como mío.
Forcejeamos. Su cuerpo se arquea, se retuerce como un animal salvaje. Una de sus rodillas se clava cerca de mi costado, buscando debilitarme, y por un segundo casi lo logra. Siento como su coño se frota contra mi abdomen en la lucha y me endurece al instante. Ella es fuego. Mi fuego.
—Quieta —le ordeno con voz ronca, pero no me obedece.
Se revuelve más fuerte, girando las caderas, intentando liberarse de los dedos que la sujetan. Sus pechos suben y bajan contra mi torso, su aliento entrecortado roza mis labios. Está a punto de ganar terreno, de deslizarse hacia un lado del sofá y echar a correr.
Y no puedo permitirlo. Se quedará conmigo para siempre.
Pongo en marcha mi plan.
Con un movimiento rápido, suelto una de sus muñecas solo el tiempo necesario.
Mi mano libre busca debajo del cojín del sofá, donde tenía preparado el collar desde que me impusieron esta encerrona.
El acero frío brilla por un instante bajo la luz tenue de las imágenes del televisor.
Antes de que ella pueda reaccionar, lo cierro alrededor de su cuello con un sonido metálico.
Ella se queda congelada encima de mí.
Sus ojos se abren enormes, perplejos, buscando en los míos una explicación que no estoy dispuesto a darle todavía. Sus dedos suben temblando hasta el collar, palpa el metal grueso. La cerradura es invisible, está por dentro.
—¿Qué… qué es esto? —susurra con la voz todavía en un estado de sorpresa.
Su cuerpo todavía está tenso sobre el mío, pero el forcejeo ha cesado por completo. Ahora solo me mira, respirando con dificultad.
Yo sonrío despacio, con oscuridad y posesión, mientras mis manos vuelven a sujetarla por las caderas, manteniéndola exactamente donde quiero, encima de mí, marcada y siendo completamente mía.
No la detengo y dejo que se levante del sofá. Se tambalea, retrocede unos pasos en el suelo. Pero sé que no llegará lejos. Nunca más.
Ella se detiene a unos tres metros, respirando con dificultad y con los ojos clavados en mí. Su mirada es una mezcla entre odio y estupor. Sus dedos no dejan de tocar el metal frío, buscando una hebilla que no existe.
—¿Qué mierda es esto? Quítamelo ahora —exige.
—No te alejes más si no quieres que cada trozo de tu piel salte por esta habitación —le digo con voz baja y controlada.
Sus ojos se abren más. Sus piernas tiemblan sin parar.
Levanto la mano izquierda con lentitud, le muestro la pulsera de metal que llevo en la muñeca—.
Este collar que ahora llevas tan bonito no es solo un adorno, bella .
Tiene explosivos dentro. Es C4 moldeado, con un detonador sensible y un receptor conectado directamente a mí.
Muevo mi muñeca para que la observe con la luz de la televisión.
—Si te alejas más de cinco metros de mí, explota —informo.
Una carcajada torcida resuena en la habitación. Es mi felicidad haciendo acto de presencia. Al fin es mía.
Sus ojos se llenan de puro fuego. Retrocede por instinto otro paso, pero se detiene en seco al darse cuenta de lo que hace. Su respiración se acelera aún más. Las manos vuelven al collar, tiran de él con desesperación; cree que puede arrancárselo.
No soporto la distancia entre los dos; el monstruo solo tiene alma si ella está conmigo.