Bestia (Mafia Italiana 3) DIECINUEVE
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DIECINUEVE

BESTIA

M e sé cada puto rincón de esta maldita sala de torturas. Yo era el que estaba al otro lado, el que se sentaba donde está ahora mi hermano.

El aire es frío, húmedo y tiene un olor metálico, imposible de confundir, mezclado con moho y lejía.

Las paredes de hormigón desnudo están manchadas por el paso del tiempo, surcadas por grietas oscuras que trepan hacia el techo bajo.

En el centro de la estancia suele haber una pesada silla de metal anclada al suelo, rodeada de cadenas que tintinean con cualquier corriente de aire.

En cambio, esta vez, han añadido un sofá, bastante cómodo diría yo.

También han puesto una televisión y una nevera cercana a ella para que me sirva cuando quiera.

Estanterías oxidadas ocupan una pared entera, cubiertas de herramientas cuya sola apariencia resulta perturbadora.

Conmigo no las han utilizado. Han remodelado esta sala solo para mí porque yo no soy ningún enemigo.

Lo único que me tiene atrapado aquí debajo es el grillete que rodea mi tobillo, las cadenas atornilladas al suelo me mantienen en estos metros a la fuerza.

Ciro baja de vez en cuando a echarme la bronca por mi comportamiento. Yo le subo el volumen a la televisión cuando eso ocurre. Y justo en este momento, está sucediendo.

—Eres un jodido capullo —comenta mi hermano ofuscado pasándome una cerveza.

Se sienta a mi lado, me pega una colleja no muy fuerte para dejar salir parte de su frustración. Esbozo media sonrisa. No se lo tengo en cuenta. Bebo un trago.

—No me gusta tenerte aquí, joder —afirma enfadado.

—Pues ya sabes, déjame salir —suelto sin más.

Sé que eso no va a pasar.

—No puedo. Eres un peligro ahora mismo para nuestra hermana. Está muy jodida por tu culpa. Te has comportado como un verdadero idiota —resopla.

Mi sonrisa se hace más grande y más perversa. Me he comportado como a ella le gusta. Le encanta lo duro, lo fuerte, lo bruto. Por mucho que lo niegue, es evidente. Pero no es una contestación que quisiera escuchar mi hermano, así que me la guardo para mí.

—¿Cuánto tiempo tienes pensado dejarme aquí? Es para ir pidiendo pesas y esas cosas para entretenerme —pregunto un poco en broma.

Bebo otro trago.

—Solo hasta que Bella vuelva a su casa —anuncia en tono neutro. Esas palabras me tensan hasta que siento los músculos al límite—. Espero que sea pronto. En cuanto esté preparada, quedaré con Gepetto y se la llevaré.

—No puedes hacer eso —replico con voz contundente.

Gira su rostro hacia mí con velocidad.

—Sí puedo y lo haré. Es NUESTRA HERMANA—enfatiza en las palabras—. ¡Hermana! No entiendo la maldita obsesión que tienes. ¿Le harías lo mismo a Jasmine? Es también tu hermana.

Sigo con la mirada al frente haciendo creer que veo el partido de futbol que está en la televisión, pero mi sangre hierve recorriendo mi cuerpo.

—Bella es mía —respondo sin más explicación.

No la necesita. No la comprende.

No. No la considero mi hermana como Jasmine. Si él sigue creyendo las mentiras de Gepetto, allá él. Yo no pienso entrar en el puto juego de ese mal nacido. Cuando Ciro se dé cuenta de todo, ya vendrá pidiendo ayuda, como hace siempre. Como hizo en el ataque de esos tipos al salir de La Nonna.

Así llevamos toda la vida. Yo sacándolos de problemas, y él conmigo igual.

En realidad, él me ha salvado el culo más veces que yo a él, pero eso parece estar cambiando desde que conoció a Cara y no para de meterse en problemas por esa chica.

Y encima la deja embarazada. Es feliz con ella.

Y ella no está tan mal. Es demasiado buena persona para pertenecer a la mafia, pero habrá que vivir con ello.

—¿Cuándo quieres llevar a cabo esa reunión? —inquiero con interés.

Debo prepararme y salir de aquí antes de que eso suceda. Bella no moverá un pie sin mi permiso.

Ciro me fulmina con la mirada.

—No pienso informarte de nada. Sé lo que pretendes —asegura con los ojos entornados.

Me río como el puto desquiciado que soy.

Sí, me conoce bien y sabe que no voy a conformarme.

Esparzo el contenido de la bolsa que hay sobre una mesa cercana.

Hago un par de rayas con una tarjeta de crédito y aspiro por la nariz.

Lo dicho, sigo a mis anchas aquí abajo. Lo único que ha hecho es alejarme de Bella, aunque eso duele más que cualquier puñalada o ataque físico.

Mi hermano ve mi acción y resopla. Vuelve a centrarse en el futbol.

No es que seamos muy partidarios de ese deporte, pero nos vale para pasar el rato.

A mí me gustaba más las reuniones en el salón con todos.

Allí bebíamos y nos drogábamos hasta el amanecer.

Desde que él se metió en la mierda de La Nonna y empezó con Cara, dejó de reunirse con nosotros y ya apenas lo hacíamos.

Podríamos haber seguido sin él, pero no es justo.

La famiglia [4] somos todos. Si uno falta, no estamos completos y sería una falta de respeto unirnos.

—¿Qué has visto en esa chica que te ha dejado tan obsesionado? Nunca habías hecho estas estupideces con ninguna —inicia mi hermano el interrogatorio.

Hace como que no le importa la respuesta fijando sus ojos en el pase que le acaba de dar el lateral izquierdo al delantero.

Podría decirle que he visto toda la vida cómo el amor sobrevive a los golpes, ya que he visto toda mi infancia cómo Santoro abusaba de mi madre y ella lo amaba, seguía durmiendo con él, seguía preocupándose por él.

Lo mismo hizo con mi padre, Pierino. También nos contó que era una mala persona y abusaba de ella.

Yo quiero que alguien me quiera como lo hizo mi madre con sus parejas, incondicionalmente.

Si Bella ha seguido conmigo después de haberla maltratado, es porque me quiere. Y ese tipo de amor es inquebrantable.

Pero no es solo eso; es una suicida como yo.

Es tan valiente que no le teme a nada. Ha vivido los mismos horrores que yo.

Apartando que ella no sufrió a manos de su familia, ha visto asesinatos, torturas y ajustes de cuenta.

Lo sé porque no ha mostrado ni un ápice de debilidad mientras la torturaba.

Y que se ponga igual de cachonda que yo con la violencia quiere decir que ya la tiene arraigada dentro y no la asusta.

Está hecha de acero puro. Está hecha para mí. Y sus curvas, esos muslos anchos que me vuelven loco. Me dan ganas de meter la lengua ahí a todas horas. Su imagen gimiendo y disfrutando del sexo duro se me instala en la mente. Se me seca la boca.

Me doy cuenta de que estoy apretando demasiado el botellín de cristal. Tengo los nudillos blancos y las venas marcadas por todo el brazo.

Quiero destrozarla de todas las formas posibles para que me quiera más. No soy el único monstruo en este cuento. Solo que ella aún no lo sabe.

—Lo mismo que viste tú en Cara. Esperanza —respondo dando un trago largo.

Mi hermano abre mucho los ojos sopesando mi respuesta.

He sido sincero, solo que lo que él busca es una familia, mujer e hijos, paseos por la playa, noches de risas, una compañera dulce y amorosa.

Y yo, una igual que yo, que me soporte, que me comprenda, una cómplice.

Una compañera con tanto fuego que queme. Pasión, adrenalina y salvajismo.

Y ella es perfecta para mí.

Mi monstruita.