DIECIOCHO
BELLA
V estida con un conjunto de lino color amarillo, camino por el pasillo observando cada rincón. Esta mansión parece enorme por dentro; desde mi ventana se veían los metros de fachada que recorrían gran parte de la explanada.
No llego a sentirme limpia del todo. Aunque mi pelo luzca más bonito y cuidado, mi piel hidratada y mi olor denote una absoluta pulcritud, todo lo vivido se me ha instalado bajo la piel y no puedo deshacerme de ello con facilidad. Se clava tan hondo que no creo poder olvidarlo nunca.
Escucho voces en la lejanía. Varias. Son hombres hablando. ¿Cuánta gente vivirá aquí? Hay decenas de habitaciones a simple vista y solo estoy en una parte de la mansión. En el edificio de mi padre viven cientos de hombres con sus familias. ¿Aquí será igual?
Me cruzo bajando por las escaleras con cuatro de ellos. Me saludan sin juzgarme, sin sospechas ni comportamientos extraños. Solo como si fuera una más.
Por el olor a comida consigo llegar hasta la cocina. Al entrar veo a una niña sentada de espaldas a mí. Se gira al instante sobresaltada.
—Eres Bella, ¿verdad? Por favor, no le cuentes a Ciro que estoy aquí, si no me caerá una buena —me pide con una sonrisa.
¿Cómo es que me conoce? Ella seguro que es Jasmine, la hermana pequeña. Es una preciosidad. Está comiéndose un bol de cereales.
—¿Por qué no deberías estar aquí? —pregunto curiosa.
Avanzo hasta ponerme a su lado. Ella me ofrece su comida y yo niego con la cabeza. Me muero de hambre, pero no hasta el punto de quitarle la comida a una niña. Eso no sería nada educado por mi parte.
—Dijo que Elio estaba descontrolado. No quiere que salga de mi habitación hasta que esté más calmado —resopla al finalizar. Luego se mete otra cucharada en la boca.
Entiendo que guarde su inocencia y que no quiera que ella presencie esas atrocidades. Yo recuerdo que con su edad ya había visto muchas torturas y gente muerta. Incluso mi padre me hizo disparar a un hombre a la cabeza poco después de cumplir los once.
En casa decían que era mejor que me acostumbrara desde pequeña al mundo cruel que me rodeaba, que tenía que aprender a soportar el dolor y a sufrir para que no pudieran romperme de mayor. Para ser fuerte.
No es que no esté de acuerdo. Es solo que a causa de ese aprendizaje me volví adicta a la adrenalina y a la sangre, a las sensaciones al límite.
Intenté remediar mis pensamientos buscando una vida normal para evadirme de todo eso.
Pero en este momento pienso que a lo mejor ha sido muy tarde para enmendar esa vida.
Mi mente ya está destrozada, y no fue el enemigo quien lo hizo.
—¿Te ha hecho algo malo alguna vez? —me intereso con el corazón en un puño por su respuesta.
—¿Elio? Qué va. Es el mejor del mundo. Él no suele abrazar a nadie; a mí, sí —comenta despreocupada—. Yo le he dicho a Ciro que si Elio se está comportando así, sus motivos tendrá. Porque te aseguro que no es malo.
—Es mejor que te quedes en la habitación como dice tu hermano —afirmo pensativa.
Así que con Jasmine es un tío cariñoso. Mi corazón da un vuelco al pensar cómo sería como padre. ¿Qué cojones estoy diciendo? Bella, céntrate.
—Hablas como ellos —me fulmina con la mirada. Supongo que “ellos” son Ciro y Cara.
—Solo queremos lo mejor para ti —respondo incómoda por estar discutiendo con una niña.
Una niña que podría ser mi hermana. En realidad, lo es, según Lobo.
Aún no estoy preparada para enfrentar ese tema.
Mi vida es un jodido caos y no sé dónde acabará.
Las mentiras de mi padre me aprietan el pecho cada vez que las recuerdo.
Es la columna vertebral de mi vida, mi estabilidad, mi eje, y me ha escondido una información tan importante como esa.
Luego, asimilar que mis enemigos de toda la vida son mi familia.
¿Cómo puedo llamar hermano a Lobo? Si le he deseado la muerte mil veces.
Y Elio… Él me rompe todos los esquemas. Quiero odiarlo, busco en mi mente mil razones para ello, pero una voz muy escondida me grita que le dé una maldita oportunidad. La callo casi siempre.
Me siento en el taburete porque comienzo marearme. Demasiadas emociones por procesar.
Aparece por la puerta Cara; tiene el semblante dulce como siempre. Esta chica parece que no tiene maldad ninguna. No como yo, que estoy corrompida y me avergüenzo de mí misma.
—¡Oye! Si te ve tu hermano aquí… Corre, ve para tu habitación —le reprende a Jasmine.
La niña arruga el entrecejo y no se molesta ni en levantarse.
—Vamos. —Cara le da palmaditas en el trasero—. Toma. Yo no le cuento que te visto aquí si me guardas tú a mi este secreto —le dice con diversión.
Saca dos bolsitas de chuches. Una, llena de cerezas que le da a la niña, y esta sonríe muy feliz. La otra, llena de dentaduras. La balancea haciendo que Jasmine se ría más todavía. Consigue su objetivo, porque la chiquilla se va dando saltitos de felicidad.
—Me estoy pasando con los kilos en el embarazo y me están controlando la dieta —explica sentándose a mi lado y cogiendo un par de gomitas de la bolsa.
Me río contagiada por la alegría del momento—.
Me escapo de vez en cuando a comprar estas para quitarme la ansiedad de la comida y hago cómplice a Jasmine para intentar que no piense mucho en todo el lio que se está formando.
¿Cómo estás? —cambia el tono a preocupada.
¡Está embarazada! Lleva un jersey holgado y no he notado nada.
Dios, Ciro va a ser padre. No sé cómo será la relación que tienen, por lo tanto, no sé si alegrarme o no.
Los he tratado por separado y me ha sorprendido lo cercana que ha sido Cara conmigo.
No dudo de que ella en su relación será dulce y cariñosa.
Y desde el primer momento que me vio en aquel almacén, el comportamiento de Ciro conmigo ha sido intachable.
Aunque yo no puedo cambiar de la noche a la mañana el sentimiento de rabia que le profesaba, sí que ha disminuido bastante.
No sé cómo será como pareja. ¿La tratará bien? ¿Será cariñoso?
—Aún asimilando —me sincero.
—Lo entiendo. Date tiempo. —Me aprieta una mano con la suya, dándome cariño—.
Rosi ha dejado mucha comida preparada en la nevera.
Vamos a ver qué te gusta. —Se dirige al electrodoméstico con una dulce sonrisa—.
Por cierto, Rosi es una de nuestras empleadas, la jefa, para ser exacta.
Lleva con los chicos desde siempre y es muy dulce.
Es una lástima que haya tenido que ir a comprar, pero luego te la presento.
Me muestra unos cuantos tápers hasta que elijo el de pollo en salsa; se me hace la boca agua.
Mientras calienta la comida, disfruto del silencio que reina en este rincón.
Me viene bien para ir ordenando mis pensamientos.
Cara está siendo muy buena, me da mi espacio y no acelera mi ritmo. Me gusta tenerla cerca.
Ciro entra por la puerta con su postura recta y elegante.
Me dedica una sonrisa antes de dirigirse a Cara para besarla con pasión mientras la coge por la cintura.
La espalda de ella se arquea y mi duda se resuelve al instante al ver la atracción y el amor que sienten entre ellos.
Ella le acaricia la mejilla, él le acomoda el cabello de ella y busca su cuello.
Entonces, siento que estoy invadiendo la privacidad de ellos y me incomodo.
Debería dejarlos en paz. Hago el ademán de levantarme, pero Ciro me presiona el hombro para que vuelva a sentarme.
Escucho el sonido del microondas avisando de que está listo para abrirse.
—Necesitas comer, Bella. Y sé que es pronto, pero también tenemos que hablar —anuncia sentándose en otro de los taburetes enfrente de mí.
Cara me pone el plato humeante por delante.
Me da los cubiertos necesarios junto con un vaso de agua.
Observo la comida, tiene una pinta exquisita.
Estoy deseando probarla. ¿Cuánto llevo sin comer?
He perdido la cuenta. Creo que fue el sándwich de Elio…
¿Ves? No puedo parar de recordarlo a todas horas, joder.
Corto un trozo y lo mastico casi con un gemido al saborearlo. Qué rico. Se me deshace en la boca solo de lo que estoy salivando.
—Gepetto está desesperado por verte. Quería venir hasta aquí, pero le he dicho que quería asegurarme de que te parecía bien —me informa.
Necesito comer. Mi mente se pone en blanco y no pienso en nada hasta que casi he acabado el plato. Me he dado cuenta al final de que estaba comiendo con urgencia, con ansiedad. Levanto la vista y veo a Ciro y a Cara abrazados mirándome con la expresión divertida.
—Veo que te ha gustado —comenta ella.
Sonrío ya de mejor humor al tener el estómago lleno. Pienso en mi padre, en que si ve a Elio, lo matará. Y espero profundamente que no le cuenten todo lo sucedido. Resoplo mirando el vaso de cristal con fijación.
Aquí sigo, cuidando de él. Actuando de forma que él no obtenga consecuencias. “Me tiene demasiado manipulada”, me grito en la mente.
—Aquí no. Hoy no. Vamos a algún lado —pido muy seria—. Y, por favor, todo lo que ha sucedido entre Elio y yo, que sea nuestro secreto.
Veo a Ciro pasarse la mano por el pelo. Él tampoco se siente cómodo con todo esto. Lo noto.
—Era justo lo que iba a pedirte. Quiero a mi hermano y no podría dejar que Gepetto tomara represalias hacia él. Es un bruto, pero aun así lo quiero, siendo él, con todos su defectos y virtudes —pronuncia con calidez.
Me muerdo las mejillas por dentro. No quiero mostrar sentimientos. No puedo venirme abajo por el monstruo de nuevo. Aunque me dé ternura lo que Ciro acaba de decir, no puedo salir corriendo en busca de Bestia para darle consuelo.
—¿Está bien? —inquiero necesitada de información.
Cara y él se miran unos segundos; su conexión es brutal. Al final me miran con pesadez.
—Volverá a la normalidad —susurra Ciro en tono afligido—. Lo tengo encadenado porque está fuera de sí.
¿Eso es querer a su hermano? No entiendo esa forma de hacerlo.
No se me ocurriría hacer eso nunca con alguien a quien quiero.
Quizá me engañaron las apariencias y Ciro es el verdadero monstruo.
Quizá Bestia actúa así porque es como le han hecho ser.
Y yo voy y le doy la espalda. La culpa se vuelve más insoportable.
—Bella, está bien, pero es incontrolable y no puedo arriesgarme a que te mate. Estuvo a punto ayer —refiere al ver mi rostro enfadado.
No. Si hubiera querido la vida, lo habría hecho desde el primer día.
Siempre me ha tenido en sus manos. No es excusa, pero no se lo debato porque aún no sé si confiar en el que dice ser mi hermano.
Me siento como si estuviera en un vacío entre dos mundos.
No pertenezco ni a uno ni al otro. Estoy tan abrumada que las lágrimas vuelven a mis ojos y el pecho se me comprime.
—Necesito espacio —anuncio en voz alta.
Me levanto para ir corriendo a mi habitación con el corazón queriendo escapar de mi pecho.
Cada paso pesa más que el anterior. La culpa me persigue tan de cerca que siento su aliento en la nuca mientras la confusión me enreda la cabeza hasta no saber qué pensar.
Una parte de mí grita que me estoy equivocando, que estoy tomando la peor decisión posible, que debería ayudarlo, que él confía en mí.
La otra insiste en que es lo correcto, en que es un monstruo y debería olvidarme de él.
Esa lucha me desgarra por dentro. Me destroza.
El pecho me duele tanto que apenas consigo respirar. El aire me entra a trompicones.
No puedo parar de imaginármelo encadenado como una bestia, sufriendo. Él solo necesita cariño. Solo necesita buscar su camino, su lugar seguro, y yo podría ayudarlo.
Cuando llego a la habitación, las piernas me fallan. Me dejo caer sobre la cama y entonces todo se rompe. Las lágrimas brotan sin control.
Busco una explicación psicológica. Recuerdo los términos y algunos ejemplos de mis clases.
Creo que es el reconocimiento de la propia sombra, un concepto desarrollado por Carl Jung.
Ocurre cuando vemos en otra persona defectos, impulsos o errores que también reconocemos en nosotros mismos.
Aunque desaprobamos sus acciones, nos cuesta condenarla por completo porque entendemos, en cierto modo, de dónde vienen.
Debería odiarlo. Quizá cualquier persona sensata lo haría.
Ha tomado decisiones imperdonables, ha herido a otros y ha cruzado líneas que jamás debieron cruzarse.
Y, sin embargo, cada vez que intento convertirlo en el monstruo que todos ven, algo dentro de mí se resiste porque reconozco partes de él.
La oscuridad que desprende, la rabia, el egoísmo disfrazado de supervivencia...
, hay mucho de ello en mí. Es todo lo que quise enterrar hace años.
Lo observo a él cometer errores y siento la misma punzada incómoda que aparecía cuando me miraba al espejo en mi habitación rosa de Nápoles.
Es como si estuviera viendo una versión deformada de mí misma, una que se atrevió a llegar más lejos.
Por eso no consigo odiarlo del todo. Detrás de todo el daño veo a una persona rota y entiendo lo fácil que es perderse cuando ciertas heridas te gobiernan.
No justifico lo que hace, no lo perdono, pero tampoco puedo evitar sentir lástima.
Puede que, en circunstancias distintas, quizá yo podría haber acabado pareciéndome demasiado a él.
Me encojo sobre mí misma mientras los sollozos sacuden mi cuerpo entero. Siento un vacío horrible en el estómago, un nudo insoportable en la garganta y la certeza de que, haga lo que haga, alguien va a salir herido. Y quizás esa persona sea yo porque no dejaré que sea él.
Esperaré a que oscurezca y bajaré a verlo. No puedo seguir mi vida sin cerciorarme al menos de que está bien.