Bestia (Mafia Italiana 3) DIECISIETE
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DIECISIETE

BELLA

L a consciencia regresa a mí a trompicones.

Noto un dolor agudo detrás de los ojos, también en la sien y en la nuca.

Intento moverme y un mareo brutal me revuelve el estómago.

Todo me da vueltas. Parpadeo varias veces.

La visión aparece y desaparece entre manchas borrosas.

Tengo la boca seca. La lengua me sabe a hierro.

Trato de recordar que ocurrió, pero los recuerdos me llegan a fragmentos.

Alguien me abatió.

Me despierto de golpe. Lo primero que veo son los ojos de esa chica pelirroja escrutándome con una expresión de interrogación.

—Hola, Bella. Soy Cara —me saluda con una gran sonrisa.

Parece muy dulce. No entiendo cuál es su papel en esta casa ni qué pretende hacer conmigo. Por lo tanto, hasta que obtenga más información, no puedo confiar en ella.

Me ofrece un vaso de agua con una mano y en la otra me enseña algunas pastillas. Yo la miro reticente.

—¿Dónde está Elio? —inquiero apoyando la espalda contra el cabecero.

El mareo se hace más prominente y tengo que entrecerrar los ojos para soportarlo.

—Ahora hablaremos de eso. Tómate este analgésico para ese dolor que estás sintiendo —me pide en tono muy cariñoso.

No lo acepto. Quiero respuestas, así que la fulmino con la mirada. Ella suspira como respuesta a mi actitud.

—Eres terca. Soy amiga de Maia. En ella sí confías, ¿verdad? —comenta dejando el vaso junto a la medicación en la mesita de noche.

Saca un móvil del bolsillo de sus vaqueros. Observo la habitación. No es a la que me llevó Elio. ¿Qué estará pasando con él?

Suenan dos tonos de llamada. De repente, oigo una voz muy familiar.

—¿Cara? ¿Va todo bien? —dice Maia.

—Estoy con Bella. Está un poco trastornada, pero se encuentra bien. Sé cautelosa —anuncia la pelirroja.

Creo que tiene mi misma edad. Es muy guapa. Me alegra ver a alguien como yo, con un cuerpo que no es delgado precisamente.

—¡Ay, Dios mío! ¿Estás bien? Estábamos muy preocupados —escucho a través del altavoz.

Su voz me produce ternura. Tengo la sensación de haber vuelto a casa.

Parece que no ha pasado el tiempo y se me viene a la mente la última vez que estuvimos juntas con los pies metidos en el lago cerca de la cabaña de Vito, con Bagheera a nuestro lado disfrutando de un día soleado y de confesiones.

De eso hace unos dos meses. Solo estuve en Italia unos dos días, los únicos que me dieron libres en el trabajo.

—No sé qué contestarte. —Aún estoy asimilando lo que siento—. ¿Y Vito? ¿Y mi padre? —pregunto ansiosa.

—Vito no está. Ha ido a reunirse con Gepetto. Estaban preocupados por ti, pero ahora que vas a volver con nosotros estarán bien. ¡Menos mal que ese Bestia no ha llegado a hacerte daño! —exclama emocionada.

Mis ojos se dirigen a Cara. Ella baja la cabeza apenada y frunce los labios. ¿No le ha contado nada? ¿Por qué?

—Sí… —Carraspeo para recomponerme—. Oye, Maia, tengo que dejarte. Hablamos pronto.

Cuelgo sin darle opción.

No puedo enfrentarme a sus preguntas ni a sus reproches si no sé ni yo misma lo que siento. Noto la piel de mi rostro tirante. Recuerdo todo lo que me hizo Elio ayer. Tengo que tener un aspecto horrible con los restos de semen esparcidos aún por la cara.

Dejo el móvil en la mesita para esta vez coger la medicación con el agua.

—¿Por qué? —inquiero en tono contundente.

Quiero saber por qué ha mentido a Maia y por qué actúa así conmigo.

Ella inhala profundo.

—No creo que se merezca más problemas. Ella ha sufrido mucho. Tú debes de saberlo.

Creo que se refiere a lo que me contó Maia del monasterio. Sentí ganas de quemarlo con mis propias manos cuando me relató la de barbaridades que vivió allí, pero Vito me dijo que él ya se había encargado de ello. Aunque estaba abandonado, lo redujo a cenizas para que no pudieran darle más uso.

—¿Cómo es que os lleváis tan bien? Sois de clanes distintos —indago.

—Yo… —hace una pausa, como si le doliera recordar— también estuve cautiva en el monasterio.

Éramos amigas. A ella la salvó Vito y a mi me manipularon convirtiéndome en una muñeca sin vida que trabajaba para ellos en un prostíbulo.

Creía que Maia estaba muerta y ella también pensaba lo mismo de mí.

Hace poco que nos encontramos de nuevo —narra finalizando con el tono lleno de emoción y alivio.

Recuerdo a Maia contarme algo sobre una amiga que tuvo que era como una hermana. Ella se echaba a llorar cada vez que me la mencionaba.

—¿Cómo acabaste en La Cosa Nostra?

Creo que estoy siendo demasiado metiche, pero necesito más.

Ella recoge su pelo en una coleta antes de contestar.

—Ciro coincidió conmigo un día y no paró hasta abrirme los ojos.

Yo estaba muy ciega y veneraba a Santoro por encima de todo.

Ahora él ha secuestrado a Sofía como represalia.

Ciro dice que es por él, porque tienen cuentas pendientes, pero yo me siento culpable porque yo abrí la veda cuando lo traicioné —explica con el tono pesado—.

Elio fue en tu busca creyendo que Santoro había sido enviado por Gepetto.

Quería tenerte para hacer el intercambio por su madre —pronuncia bajando el tono, como si estuviera avergonzada—.

No me imagino todo lo que te habrá hecho, lo siento muchísimo.

Se levanta incapaz de aguantar más tiempo sentada. Noto su inquietud. Sus dedos se buscan para presionarse entre ellos.

Tengo la mente tan bloqueada que no puedo ni pensar.

—No quiero excusarlo —dice caminando de un lado a otro—, pero te contaré algo en confianza.

Él no tuvo una infancia feliz ni tranquila.

Recibió toda la vida malos tratos de su padre biológico y luego de Santoro, que estuvo viviendo en esta casa hasta hace unos años.

Lamberto estuvo jugando a dos bandas mucho tiempo y entretanto pegaba y maltrataba a Elio.

Con Ciro también lo intentó, pero no lo conseguía porque era más maduro y lo ponía en su lugar aun siendo un niño.

Elio, sin embargo, siempre ha sido muy inestable. Es más frágil, aunque no lo parezca.

Joder. Se me seca la boca. Echo mano del vaso de nuevo para humedecerme la garganta. Con más razón sentía que tenía que cuidar de él. Mis instintos siempre han sido increíbles.

—¿Dónde está? —La pregunta me sale sin pensar.

—Encadenado en el sótano. Se ha vuelto más peligroso de lo normal. Yo lo he tratado durante algún tiempo y te puedo asegurar que nunca ha estado tan violento y desquiciado como ahora. No podemos fiarnos de lo que te pueda hacer. Está obsesionado contigo.

—No. No va a hacerme daño. Tiene que soltarlo.

Solo sé que me necesita. Ya veremos como nos organizamos luego.

—Bella —me coge de las manos y se sienta cerca de mí—, ahora mismo estás muy coaccionada.

Créeme, lo veo desde fuera. No sientes amor por él.

Es lástima. Y si sigues a su lado, puedes ser tú quien acabe muerta.

Le debo mucho a Maia, pero también a Ciro.

—Aparta la vista un segundo con incomodidad.

Entiendo que le produzca malestar pensar en ser leal a uno de los dos—.

Podría dejarte ir para que vuelvas con él y volváis a entrar en esa espiral de violencia, posesión y manipulación, pero no pienso faltar a mis valores.

Quiero que pienses en tu padre, en tu hermano, lo que ellos dirían de esta situación.

No te criaron para ser el juguete de una Bestia.

No te dejes engañar. No seas como yo. Vales mucho, eres inteligente, preciosa; te mereces un amor real.

Preciosa, bella .

Su voz resuena una y otra vez en mi mente.

—Déjame sola —pido con la voz en un hilo.

Ella con los ojos brillosos asiente; seguido, se marcha dejando un vacío agobiante.

La mente es nuestro peor enemigo, y ahora está hablándome.

Me levanto con cuidado de la cama para no volver a marearme.

Aún siento que la sien me martillea. Supongo que me dieron un buen golpe para dejarme inconsciente y que no opusiera más resistencia.

Su propio hermano quiso separarlo de mí.

Teme lo que pueda hacerme. Todo el mundo ve el daño que me produce menos yo.

Camino hasta el baño con pasos pesados. La habitación es el triple de grande que mi piso de Londres.

Tiene de todo: sofá, televisión, mesas. Todo lo necesario para vivir aquí y no salir si no quisiera.

Excepto comida. Me faltaría un frigorífico y un microondas, con eso me bastaría.

Era lo que solía utilizar en Londres. Todo lo que consumía era comida precocinada.

Lo primero que se hace visible al abrir la puerta es el espejo.

DIOS MÍO.

Levanto la vista y el aire se me queda atrapado en los pulmones.

Durante unos segundos ni siquiera reconozco a la mujer que me devuelve la mirada.

Tengo el rostro cubierto de restos secos y manchas que me ensucian la piel mezclados con sangre, suciedad y restos de fluidos.

Mi cara está demacrada, más pálida de lo que jamás la había visto, con profundas sombras bajo los ojos y el labio partido.

Cortes, arañazos y hematomas salpican cada centímetro visible de mi cuerpo.

Algunos moratones son de un violeta oscuro, otros son amarillentos.

Me observo sin poder apartar la vista, sintiendo cómo una sensación que recuerdo me aprieta el pecho. Soy la viva imagen del demonio que llevo dentro. El propio espejo me lo refleja.

Al instante mi mente ya no me habla, me grita.

¿Quieres volver a sentir todo lo que enterraste?

¿Vas a echar por la borda todo lo que has conseguido?

Eres más fuerte de lo que crees. Solo supéralo. Ya lo hiciste una vez.

Dejo caer mi cabeza y permito que mis pensamientos vuelvan a invadirme.

Me ha hecho confundir sus deseos con los míos.

No quiero ser como él.

Todo este tiempo he estado bajo su influencia.

He hecho exactamente lo que él quería que hiciera.

Si mi familia me viera así, se horrorizaría. No me criaron para ser una salvaje. Si mi padre supiera todo lo que he hecho con Bestia, se avergonzaría de mí. Y Vito también, que siempre me enseñó a ser fuerte.

No puedo seguir jugando a su puto juego macabro.

Mis ojos se llenan de lágrimas. ¿Qué me pasa? ¿Por qué me atrae tanto el peligro? ¿Por qué he hecho todo esto? No puedo quitarme culpa. He aceptado cada actitud de él. Le he dado cada vez más poder sobre mí.

Pongo las manos sobre el lavabo impoluto y me apoyo sobre los brazos; todo mi cuerpo pesa demasiado en este momento. Los orgasmos, los golpes, las palabras… Todo pasa por mi mente avergonzándome hasta el límite. Me encojo sobre mí misma.

Me estudió, encontró las grietas y se coló por todas ellas. Me utilizó para su beneficio. Me da igual que lo maltrataran de pequeño. Eso no le da derecho a hacerle lo mismo a los demás. Sus putos traumas casi acaban conmigo.

Mi cordura vuelve enterrando con fuerza mi oscuridad. Le debo todo a mi padre, y no pienso defraudarle.

No soy ningún monstruo. Soy Bella Genovese.

Y este juego enfermizo se acabó.