DIECISÉIS
BELLA
M aldita enferma de mierda. Me odio. ¿Cómo puede ponerme tan cachonda un desquiciado? Solo escucharlo hablar de lo celoso que estaba hizo que me diera un vuelco el corazón. Mientras intento controlar la respiración agitada, trato de buscarle sentido a lo ocurrido.
En psicología esto puede entenderse como una necesidad de reconocimiento emocional.
Si una persona ha pasado gran parte de su vida sintiéndose poco valorada o emocionalmente invisible, puede desarrollar una sensibilidad especial hacia cualquiera que la haga sentir importante.
En esos casos, la atracción no surge únicamente por quién es la otra persona, sino por lo que despierta dentro de ella, por la sensación adictiva, y siente que importa de verdad.
Quizá el problema no es él. Quizá soy yo.
Me aferro tanto a su atención porque nunca antes me había sentido importante para nadie.
No de esta manera. No como si mi presencia fuera una salvación.
Mi padre me dio todo el cariño que pudo, pero para mí nunca ha sido suficiente.
He echado en falta una madre, alguien que me peinara por las mañanas y desenredara no solo los nudos de mi cabello, sino los de mi corazón.
Alguien que me dijera cómo actuar y qué esperar de mi primer día de menstruación.
El cariño maternal que mi padre intentó cubrir no se puede crear ni con todo el esfuerzo del mundo.
Porque una madre es única.
Quizá ese tipo de afecto, esa carencia, es la que hace que tenga este comportamiento tan depravado. Cuando Elio me mostró los celos que tenía, me derrumbó toda la armadura que había construido en el vuelo. Le gusto de verdad. No solo para un polvo como todos los que se han cruzado en mi camino.
Siempre he estado conforme con mi cuerpo no normativo, pero tuve unos años en que la inseguridad de vez en cuando aparecía.
Llegué a pensar que ningún chico me quería para una relación estable por mi cuerpo tan feo.
Mis caderas son anchas y no tengo un abdomen plano.
Por eso me construí una coraza. Y esta bestia, él, solo con mirarme muestra el hambre que me tiene.
Me demuestra con gestos y palabras que lo pongo muy cachondo.
Con los que tenía sexo, les costaba que se les pusiera dura.
No me veían atractiva. Y Elio ha roto todos mis miedos por la mitad.
Es una sensación tan extraña como embriagadora. Y cuanto más la experimento, más la necesito, porque me está dando algo que llevo toda la vida echando de menos: ser suficiente para los hombres.
Resulta que tengo más carencias y problemas de los que creía. Soy la paciente más difícil que me voy a encontrar en mi carrera. Yo misma.
No estoy segura de haber dado en el clavo. Quizá hay mucho más detrás que aún no sé identificar. Solo sé que con él me siento viva, y que llevaba años muerta.
Los golpes de la puerta cada vez se hacen más prominentes. Se escucha la voz desesperada de Ciro detrás. Bestia sonríe con orgullo al mirar mi rostro lleno de sus fluidos.
—Ahora no vas a limpiarte porque quiero que a cada segundo recuerdes a quién perteneces.
Con su mano extiende la mezcla por mi rostro de nuevo. Me observa como si fuera un cuadro en el Louvre. Sus ojos brillan satisfechos de lo que ven.
—¡Elio, tengo que hablar contigo! —escucho la voz de una mujer tras la puerta, igual de desesperada que Lobo.
—Fuera todo el mundo. Dejadnos solos —impone Bestia en tono firme.
Me agarra de la barbilla, acerca su rostro al mío. Tiene las pupilas dilatadas y su iris azul reluce con una intensidad que me pone los vellos de punta.
—Es importante. Es sobre tu madre —insiste la mujer.
A él se le abren los ojos por unos segundos. Su punto débil. Su madre. Esa mujer lo conoce bien si ha arremetido con esas palabras. Me gustaría saber quién es. No recuerdo que Vito me dijera que vivían más familiares aquí, y es demasiado mayor para ser la hermana pequeña.
—Si entráis, Bella morirá. ¡Dejadnos solos! —declara Bestia levantando el tono de voz para que lo oigan.
—Elio… —escucho el murmuro casi inaudible de su hermano.
De nuestro hermano.
Sigo de rodillas con las manos sobre los muslos. De repente, todas las imágenes se me superponen. Las voces de mi cabeza me gritan que soy una jodida enferma.
“Es tu hermano, ¿qué crees que estás haciendo?”, me reclama mi conciencia.
Mis pupilas bajan al suelo; me siento incómoda, avergonzada. Bestia me aprieta más la barbilla y me la vuelve a levantar.
—Mírame. ¿Te doy asco? ¿Vuelves a arrepentirte?
—su tono al principio parece calmado y comprensivo, pero ya lo conozco.
Sé que solo es una treta para luego arremeter con la frialdad que le caracteriza—.
Voy a follarte hasta que dejes de verme como tu puto hermano y solo veas al monstruo al que vas a aguantar y adorar el resto de tu miserable vida.
Me levanta agarrándome el pelo hasta que casi me hace tambalearme. Me empuja hasta la cama. Creo que Ciro se ha dado por vencido. Me prometió protección. Puto mentiroso de mierda. ¿Cómo he podido confiar en el Don de La Cosa Nostra?
Elio se acerca como un cazador dispuesto a destrozar a su presa. Un escalofrío me recorre la columna vertebral. Me da la sensación de que aún no he visto su lado más salvaje y eso ya es decir mucho.
La puerta se abre en un golpe seco.
La acaban de romper. Entran corriendo Ciro, Taddeo y algunos hombres más. Veo a Bestia darse la vuelta en el momento que ellos irrumpen dentro.
—¡Corre! Ven conmigo.
Alguien tira de mi brazo. Mi rostro se gira solo un poco para ver cómo la chica que se interpuso en el camino me observa con preocupación.
Intenta que me levante de la cama. Me esfuerzo por hacerlo, pero el cansancio hace mella en mí.
Llevo días recluida, sin comer bien y el peso de las horas cae sobre mí.
Sufro una intensidad que no vivía desde que era niña.
Todo este cambio me supera y mi cuerpo está tan exhausto que casi no puedo ni moverme.
La chica me ayuda a incorporarme y me agarra por debajo de las axilas para hacerme caminar.
Mi vista se va hacia la pelea que se ha formado a pocos metros de distancia.
Varios tíos intentan someter a Bestia, incluido Taddeo, y les cuesta hacerlo.
La fuerza que tiene es sobrehumana. No hay forma de apresarlo.
Las venas de sus brazos se tensan tanto que parece que van a explotar.
Los ojos se le han vuelto más fríos de la cuenta.
Este es el verdadero monstruo. El que es imparable.
Feroz.
Brutal.
Sus ojos, mientras forcejea, se clavan en mí.
Soy su objetivo. Su presa. Ya me lo ha dejado claro.
Pero noto cómo su mirada se suaviza al posarse en mí.
Parece una tontería, pero noto el cambio.
No solo ahora. Me he dado cuenta todas las veces anteriores.
Cuando se trata de mí, su actitud cambia por completo.
La mayor parte del tiempo es frío, un cuerpo sin vida; conmigo muestra sus emociones.
Deja salir su violencia más extrema, su lado más dulce, como cuando me trajo algo de comer.
Incluso es más protector y celoso al verme tan abierta a su propio hermano.
No digo que esté bien, solo que siento que si me voy, le estoy fallando, porque pienso que soy la única capaz de comprenderlo, ayudarlo y darle lo que necesita.
Ciro consigue, con ayuda de los demás, ponerlo de rodillas.
Elio me echa un breve vistazo y en solo dos segundos veo el miedo en su expresión.
No creo que sea por lo que le está haciendo su hermano.
Es por mí. Porque sus ojos se dirigen a la mano de la mujer que agarra mi brazo y me obliga a moverme.
No quiere que me vaya de su lado. Es posesión.
Puedo entenderla porque nuestra conexión es real. Desde el minuto cero en que lo traté.
Aparte, ver cómo Taddeo, su amigo, lo traiciona de esta forma me aprieta el corazón. Nadie lo comprende y nadie lo acepta. Nadie le procesa una lealtad inquebrantable.
Quizá no quiero aceptar que somos más parecidos de lo que querría.
Mi vista vuela de la mujer a él, y viceversa. Es un monstruo, pero es MI monstruo, y me niego a sentirme mal dejándolo solo. Sé que soy lo que necesita. Y yo… creo que también lo necesito a él.
No está solo. Me tiene a mí.
No, no me importa que sea mi hermano. A la mierda con lo convencional. Me deshago del agarre. Empujo a la mujer unos centímetros y corro hacia Bestia.
—¡¿Qué haces?! —exclama Ciro cuando le doy un puñetazo en la mejilla que lo hace tambalearse.
No se esperaban ese gesto de mí. Elio deja de tener un brazo sometido. Aprovecha el momento para deshacerse de Taddeo. En medio del revuelo, Elio pone las manos en mis mejillas. Me atrapa la cara para que quede muy cerca de la de él.
—Mía —reclama—. Mi Bella me acepta —pronuncia lleno de orgullo y alivio.
Sus labios rozan los míos.
—Tuya —confirmo para que él lo sepa.
Unos niñatos inmaduros, pero con una idea clavada muy profunda: estamos hechos el uno para el otro.
No me da tiempo a nada más cuando todo se vuelve negro. Mi conciencia se apaga mientras pienso en lo cómoda que estoy entrando en una oscuridad que no pensaba que necesitara tanto.